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Posts Tagged ‘reflexión bíblica’

El primer paso hacia la sanidad es un diagnóstico certero. A pesar que ser objeto de revisión médica implica meter el bisturí de forma minuciosa, cualquier acción es justificada con tal de que el médico logre encontrar la  solución.

Algo similar sucede con los oráculos proféticos de Isaías que presionan una y otra vez, diagnosticando para determinar por qué la nación se encuentra enferma.  Si Israel/Judá requieren ser tratadas,  el profeta Isaías insiste, ellas primero tienen que esforzarse para comprender la naturaleza y gravedad de su aflicción.

Ella debe ver. Ella debe escuchar.

Porque este es un pueblo rebelde; son hijos engañosos, hijos que no quieren escuchar  la ley del Señor. A los videntes les dicen: «¡No tengan más visiones!», y a los profetas: «¡No nos sigan profetizando la verdad! Dígannos cosas agradables, profeticen ilusiones. ¡Apártense del camino,  retírense de esta senda, y dejen de enfrentarnos  con el Santo de Israel!» (Isaías 30:9-11 N.V.I).

En la retórica del profeta Isaías, los niños son presentados en el primer plano por dos razones. Primero, en los diagnósticos fúnebres de los capítulos anteriores del libro, los adultos son quienes deberían estar en capacidad de saber mejor su proceder, pero se comportan como niños.

En segundo lugar, cuando la promesa redentora del libro florece en la segunda mitad del libro, Jerusalén personificada como adulto, habiéndose imaginado como una mujer sin hijos, queda atónita al ver cuántos niños regresan a ella desde lo lejos.

En el pasaje mencionado, los ‘niños’ son las ‘gentes rebeldes’ de YHWH, impacientes con cualquier demanda que pudiera limitar su libertad para auto-destruirse, aunque esta palabra sea instrucción o corrección.

Aunque aquí no hacen ningún esfuerzo para silenciar al vidente y al profeta, ellos cooptarían su mensaje. Cambiarían el bisturí que es como un filo agudo y quirúrgico de la fe Yahwistica—un instrumento cuya espada servía para efectuar la vida y la curación—por la  suave y cómoda  auto-absorción religiosa.

Silenciar al profeta o comprar su mensaje, el resultado es el mismo.

Los niños rebeldes dan las órdenes, según el escrutinio de Isaías, mientras que aquellos cuya palabra debe ser recibida y honrada, son ordenados de aquí para allá como empleados principiantes. Los mandamientos llegan en un perfecto quiasmo  (incluso aquí el profeta es un artesano), como el resueño del tambor:

¡No veas!

¡No nos profetices lo correcto!

¡Háblanos cosas superficiales!

¡Profetíza ilusiones proféticas!

En demasiadas ocasiones preferimos manejar nuestra piedad de esta manera. Nos gustan nuestros profetas, con todo y corbata, y con buen acento, siempre y cuando no nos incomoden con sus demandas rigurosas.

Ante la ausencia de cierta fuerza, preferimos hacer del profeta nuestro consolador, nuestro entrenador, el agente y manager de nuestra siempre positiva auto-imagen.

Sólo porque YHWH está dispuesto a causarle dolor a los suyos, a fin de que puedan encontrar la redención, nuestra esperanza puede permanecer viva. Y nosotros con ella.

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Las pobres y tristes descripciones del pueblo de YHWH en los momentos más oscuros, sirven para iluminar justamente lo que YHWH desea para su pueblo cuando logre ser sanado y restaurado.

El Libro de Isaías aborda cuestiones de conocimiento y comprensión, en algunos casos desde el lado más oscuro y en otros, desde el lado de la salud y la bendición.

En el primer capítulo del libro, Judá/Israel es comparado con los animales de granja en cuanto a su comprensión y conocimiento.

El buey conoce a su dueño y el asno el pesebre de su amo; ¡pero Israel no conoce, mi pueblo no entiende! (Isaías 1-3 N.V.I).

Los instintos de los animales, en este caso el buey y el burro, quienes buscan satisfacer sus necesidades básicas, sirven de ilustración para comprender el contraste que presenta Isaías con un pueblo que se comporta como éstos. En hebreo las palabras que entran al escenario son ידע y בין.

Isaías subraya lo extremo de la falta de percepción que Judá manifiesta por su decisión de omitir el objeto que normalmente corresponde a estos dos verbos. No es tanto que no conocen esto, ni entienden aquello. ¡Tragicamente, ni conocen ni entienden nada!

En la presentación poco usual de los acontecimientos en el libro, la infame comisión profética que es sometido el profeta, no ocurrirá  hasta que ciertas cosas hayan quedado primero registradas.

El capítulo seis, finalmente Isaías contempla “al Rey” en una visión en el templo. Él se encuentra quebrantado por esta manifestación. Pronto la severa misericordia del llamado profético de Isaías toma forma. Debió haber parecido una experiencia pavorosa, severa y sin piedad alguna.

 Entonces oí la voz del Señor que decía: — ¿A quién enviaré? ¿Quién irá por nosotros? Y respondí: —Aquí estoy. ¡Envíame a mí!  Él dijo: —Ve y dile a este pueblo: “Oigan bien, pero no entiendan;  miren bien, pero no perciban.” (Isaías 6:8-9 N.V.I.).

El  libro enfatiza algo así como cuando se raspa en el  fondo de un barril, pero en este caso lo que se encontrará serán fines redentivos. Israel volverá a re-aprender a ver, a escuchar, y a entender. Aunque primero para ello debería ser conducido al extremo de la lógica de su rebeldía. Y  antes de todo eso, deberá  experimentar la  verdadera ceguera, y la sordera genuina.

Nuevamente las palabras son ידע y בין, esta vez en orden invertido. Israel/Judá tiene que dejar de conocer y cesar de comprender para que pueda—con el tiempo, mediante la misericordia y justicia YHWH—volver a aprender a conocer y a entender.

Uno puede imaginar un pueblo cuyo carácter y comprensión toman su lugar al centro de su persona. Aquella comunidad, en la que el ver y el oír son capaces de producir su fruto, y dirigir a sus súbditos a un profundo compromiso empático entre sí y  con su mundo.

Cómo anhela el corazón pertenecer a tal pueblo, ocupar su espacio en su seno, rodeado por el sabio, el justo y la persona alegre—con conocimiento y entendimiento.

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En medio de muchas razones que el Libro de Isaías se distingue, lo encontramos en su introducción  con la palabra Emanuel  (Hebreo: עמנו אל) como un nombre propio.

Como con todo en este vasto trabajo bíblico, esta introducción sucede enigmáticamente.  El apego más famoso del nombre a un niño que aún no ha nacido, es precedido por la aparición de la palabra en contexto de guerra, amenaza y liberación. Lo cierto es que nadie podría suponer que en este escenario sobresalga un niño.

Por cuanto desechó este pueblo las aguas de Siloé, que corren mansamente, y se regocijó con Rezín y con el hijo de Remalías;  he aquí, por tanto, que el Señor hace subir sobre ellos aguas de ríos, impetuosas y muchas, esto es, al rey de Asiria con todo su poder; el cual subirá sobre todos sus ríos, y pasará sobre todas sus riberas;  y pasando hasta Judá, inundará y pasará adelante, y llegará hasta la garganta; y extendiendo sus alas, llenará la anchura de tu tierra, oh Emanuel (Isaías  8:6–8 R.V.I. ).

La violenta Asiria se levanta impecablemente hasta el borde de casi estar ahogando a la vulnerable, agitada y conspirada Judá. Esas aguas inundarían al pueblo hasta la garganta, sin dejar tregua para la salvación. Aunque hay otra interpretación que hace que ‘Emmanuel’ sea el mismo dueño de las ‘alas extendidas’, la interpretación más común recibe las palabras ‘Oh Emmanuel’ como una exclamación. O bien las alas de Asiria que se despliegan llenarán ‘la  tierra de tu pan, oh Emmanuel’, y donde Emmanuel es el señor de la tierra mancillada. O ‘Emmanuel’ es un grito de desesperación solitario: ‘… y las alas extendidas (de Asiria) llenarán la anchura de su tierra (es decir, de Judá). ¡Oh, Emmanuel!’

En cualquier caso, ‘Dios con nosotros’ continúa siendo una extraña y desconcertante expresión que despierta la curiosidad  del lector sobre lo que se encuentra en este pasaje.

El texto requiere la más mínima pausa antes de ser digerido hacia su segundo uso de Emmanuel como algo cercano a un nombre.  De nuevo, la imagen de un niño no se visualiza ni se escucha.

 Reuníos, pueblos, y seréis quebrantados; oíd, todos los que sois de lejanas tierras; ceñíos, y seréis quebrantados; disponeos, y seréis quebrantados. Tomad consejo, y será anulado; proferid palabra, y no será firme, porque Dios está con nosotros (Isaías  8:9–10 R.V.I.).

La condenada conspiración de dos de los vecinos cercanos de Judá (Siria y Efraín, 7.5-7) se escucha  y hace sentirse por medio del eco. A pesar de que ‘ustedes pueblos’ y ‘todos ustedes países lejanos,’ incluye probablemente a Asiria e incluso a otras naciones, ello comienza con los conspiradores más cerca de casa como los son los vecinos de Judá, Siria y Efraín.

El rostro de desesperación que expresa los judaitas por el ataque asirio, citado unos versos antes, se desvanece ante un mensaje confiado de derrota a las naciones que se atreven a venir en su contra. ‘Emmanuel’ funcionó como un cuasi-nombre en el versículo 8,  su misterio se extiende aún más aquí, donde la palabra provee la razón por la cual Judá no caerá ante las oscuras conspiraciones pueblos y naciones armados.

‘Emmanuel’ –signifique lo que signifique la extraña yuxtaposición de las expresiones hebreas עמנו (‘con nosotros’) y אל (‘Dios’)—no permitirá  la total destrucción  de su tierra y de su pueblo.

Pero, ¿dónde están los niños?

 

 

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os imperios son  vulnerables a la arrogancia. Eventualmente siempre los atrapa la arrogancia.

Cuando YHWH silba a la abeja Asiria para infligir con su ardiente pero redentiva picadura a Judá, la cual se ganó el título de ‘un pueblo sin Dios’. Asiria falla  en comprender lo que significa esta  redención.

Lo envío contra una nación impía, lo mando contra un pueblo que me enfurece, para saquearlo y despojarlo, para pisotearlo como al barro de las calles. Pero esto Asiria no se lo propuso; ¡ni siquiera lo pensó! Sólo busca destruir y aniquilar a muchas naciones.   (Isaías 10: 6-7 N.V.I.)

La distancia entre ‘saquear y despojar y pisotear (Judá) el  fango de las calles’, por un lado, y ‘destruir y cortar las naciones’ podría expresar un solo matiz. Pero para el texto, representa un mundo diferente entre la intención de YHWH y el juego- final de Asiria.

Manifiesta una distinción de propósito y de carácter que lo expresa todo. YHWH (sólo …) propone afligir, para luego sanar. Al contrario, Asiria—la casi indiscutible superpotencia del momento—tiene la intención llevarlos al exterminio.

Si la aparente sorpresa de YHWH ante la severidad de Asiria plantea cuestiones éticas propias sobre el comportamiento divino, eso  debe esperar para otro momento.

Por ahora, es Asiria la arrogante imperial es la que salta a la vista.

Pues dice: ‘¿Acaso no son reyes todos mis jefes? ¿No es Calnó como Carquemis? ¿No es Jamat como Arfad, y Samaria como Damasco? Así como alcanzó mi mano a los reinos de los ídolos, reinos cuyas imágenes superaban a las de Jerusalén y de Samaria, y así como hice con Samaria y sus dioses, también haré con Jerusalén y sus ídolos.’  (Isaías 10:8-11 N.V.I).

Tan cierto como el sol que se levanta en el oriente y se oculta en el occidente, el éxito persuade a los poderosos que el pasado iba a predecir el futuro. Aunque no sea así. Ningún sistema es tan cerrado.

Siempre hay razones para conservar la humildad, entre ellas el andar de personalidades que todavía no se han contemplado. En el libro de Isaías, una de estas presencias clandestinas se atreve a sugerir que las naciones son ante él como simple polvo.

Asiria, en la medida que  el texto pretenda darnos acceso a los pensamientos de esa gran nación, aguarda ciertas respuestas obvias a sus arrogantes preguntas retóricas:

 ¿Acaso no son reyes todos mis jefes? En efecto.

¿No es Calnó como Carquemis? Por supuesto, mi señor.

¿No es Jamat como Arfad? No hay un golpe de diferencia entre ellos, mi rey.

¿No es Samaria como Damasco? Sin duda.

¿No tomará entonces mi mano Jerusalén y sus ídolos? ¡Adelante y exáltate!

Lo que el texto bíblico sabe es que el imperio se vuelve ciego y olvida la realidad de que no está solo en el campo de la grandeza. Otros se inquietan y se incomodan por el momento en que esté ensimisma.

Y para Isaías, la  palabra más importante aún no ha se ha  pronunciada:

Uno de ellos no es un ídolo.

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Dos facetas abren el discurso de  Isaías y develan su rostro  en este corto pero extraordinario oráculo:

En verdad, el Señor tendrá compasión de Jacob y elegirá de nuevo a Israel. Los asentará en su propia tierra. Los extranjeros se juntarán con ellos, y se unirán a los descendientes de Jacob.  Los pueblos los acogerán y los llevarán hasta su patria. Los israelitas los tomarán como siervos y siervas en el suelo del Señor; apresarán a sus captores y dominarán a sus opresores. (Isaías 14:1-2 N.V.I).

El texto no se apreciaría en su plenitud si no consideráramos lo insólito del pasaje: Los pueblos no iban a sobrevivir la experiencia del exilio en el Antiguo Cercano Oriente.

Contra todo pronóstico el exilio representaba el exterminio y la aniquilación de la nación sobre la tierra. Por la masacre y el caos,  por la asimilación tan forzada, como no forzada. El pueblo ‘exiliado’ era un grupo étnico que estaba destinado a renunciar a toda esperanza de levantarse del exilio a manos de, por ejemplo, los Babilónicos bíblicos.

Pese a este este sombrío telón, YHWH en el libro de Isaías constantemente promete tener compasión y elegir de nuevo a su pueblo cautivo Israel / Judá. Esta afirmación es una bofetada a toda probabilidad histórica que avergonzaría al  propio poder de  Babilonia.

Sólo un señor con capacidad de sobrepasar la historia podría asegurar semejante afirmación y burlarse de toda corte humana. E incluso entonces, YHWH tendría que cumplir su promesa en la arena del espacio y del tiempo antes si su palabra fuera tomada en serio por todos, menos por aquellos desesperados que eran los cautivos de Sion.

Este giro divino de la cautividad hacia la libertad de Judá, era la primera de las dos hazañas extraordinarias del mensaje de Isaías al que me refiero. Era un retorno que afirmaba  la mano misericordiosa divina y ofrecía el respaldo al llamado del profeta sobre su mensaje de que a Judá irremediablemente tenía que regresar (en arrepentimiento) y volverse (físicamente a Sion). Aunque para ello YHWH tenía que intervenir y derramarse en su pueblo, y para ello no había otra salida. Cualquier intención o acción humana para producir este resultado por pura fuerza humana, era heroísmo fútil, una locura histórica, una breve explosión de entusiasmo que se marchitaría borrando todo registro.

En segundo lugar, las ‘naciones’ encontrarían un lugar ambiguo en esta retórica. El texto afirma que los extranjeros reunirían a Judá y a la casa de Jacob, expresiones que connotan un fuerte olor de conversión y un sentido de injerto al que ellos podrían aferrarse.

Además, ‘las gentes’—los paganos reprensibles, en su totalidad—llevarían  a Judá/Israel a su tierra y luego se volverían siervos lacayos del pueblo. Una vez más, Isaías muestra un panorama que sobrepasa toda lógica, pero se cumpliría si a YHWH se le creyera.

El lugar de las naciones en la visión de Isaías es algo debatible. Por momentos el libro nos permite vislumbrar a los no israelitas como virtualmente iguales con los mismos judaitas en la compañía de su Señor Redentor. Más comúnmente, las puertas se abrirían dadivosamente a los no judíos, a pesar de que el texto mantiene una especie de subordinación de los «gentiles» (el pueblo de las naciones no judías) a los propios judaitas que regresarían. Las circunstancias subordinadas de estos extranjeros quedan certificadas al menos en este pasaje. El lector debe conformarse con reconocer que no se cuenta con toda la información sobre cómo las naciones servirían para cumplir los designios divinos y se convertirían en siervas de Israel. Tal vez un poco. Tal vez mucho.

Sobre el tema de estos lacayos extranjeros, Isaías tendrá más que decir.

Cuando se tienen en cuenta estas características del texto, queda claro que el panorama profético no representa un optimismo prosaico e ingenuo de que las cosas saldrán bien al final.

Al contrario, Isaías nos dejaría sin aliento un mundo conocido que ahora queda deshecho. Y uno nuevo que apenas comienza.

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Usualmente los oráculos proféticos de la Biblia no se leen buscando inspiración alguna. Lo espeso de sus paisajes, los cuadros dantescos, salvajes y desoladores, más bien causan perturbación en vez de brindar consuelo o inspiración. De hecho, esto es su objetivo, aunque para ello emerja de sus entrañas una lectura dura de roer.

Profecía sobre el desierto del mar. Como torbellino del Neguev, así viene del desierto, de la tierra horrenda.  Visión dura me ha sido mostrada. El prevaricador prevarica, y el destructor destruye. Sube, oh Elam; sitia, oh Media. Todo su gemido hice cesar. (Isaías  21:1–2 N.V.I.).

Isaías 21 es pues parte de ese grupo de llamados ‘oráculos contra las Naciones’, dirigido contra Babilonia la opresora de Judá. La pequeña y frágil Judá encontraría algo de consuelo en ello, por su manera de invertir las estructuras de poder en su entorno. Semejantes denuncias muestran que los perros grandes no mandan, a pesar de su presunción. El profeta se  atreve a sugerir, en contra de las evidencias, que ningún poder humano es invencible.

Los versículos citados despliegan una característica particular de los oráculos proféticos, los cuales de manera sutil hacen un terrible reclamo: existe una línea de inevitabilidad que los rebeldes de cualquier clase pueden violar. A pesar de la paciencia larga del YHWH, a ese punto todo ha sido dicho y el juicio pronto se ejecutará.

Los traductores luchan por capturar la repetición representada en las dos frases en cursiva. En lo personal, he pasado tiempo tratando de encontrar una versión de la Biblia que intente reflejar esta misma idea como un juego de palabras reiterativa. Al menos en ingles la NRSV lo hace bien:  the betrayer betrays and the destroyer destroys (el traidor traiciona y el destructor destruye Hebreo: הבוגד בוגד והשודד שודד).

Por su lado, el libro neotestamentario,  Apocalipsis toma prestada esa misma  técnica, quizás mostrando su deuda con el libro de Isaías. Esto no debería extrañarnos en un libro tan saturado del espíritu isaiánico, tan convencido de que el nombre ‘Babilonia’ sirve perfectamente bien para identificar cualquier poder que aplasta bajo sus pies a los pequeños de YHWH.

Otra secuencia de lamentos de condenación idénticos encontramos aquí: (“cayó, cayó, Babilonia”, Isa. 21.9 // ” Ha caído, ha caído la gran Babilonia”, Apocalipsis 18.2) complementa este ritmo de reiteración.

 Si alguno lleva en cautividad, va en cautividad; si alguno mata a espada, a espada debe ser muerto. Aquí está la paciencia y la fe de los santos (Apocalipsis 13:10 N.V.I.)

Lo ineludible es algo que no se muestra con frecuencia en el relato bíblico en cuanto al trato que tenía YHWH con su pueblo y su gente. Por el contrario, se muestra una relación abierta, cargada de  promesas y deseos impregnados de buenas aspiraciones para los protagonistas humanos.

Pero hay un punto, los oráculos proféticos nos instruyen, después del cual no hay vuelta atrás. Es el punto en que oponerse a la voluntad divina se torna voluntarioso y completo. En ese momento, la suerte ha sido echada y la destrucción es inevitable.

Dios no lo quiera.

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El estudio de Levítico en el siglo veinte no puede ser resumido sin destacar el nombre de Jacob Milgrom. Los escritos magisteriales de Milgrom dan evidencia de una amorosa imersión en la literatura sacerdotal.

Este erudito crítico logra mostrar en cada sílaba de su acogedora prosa un profundo respeto por los valores que el libro procurar transmitir. Es más, Milgrom considera los ritos sacerdotales como valores inscritos en ceremonia. No se puede comprender una ley levítica en su espléndido—o tedioso—aislamiento. Al contrario, es necesario ver cada pronuncamiento como un elemento en un sistema global que pretende llevar a Israel a la escuela para que ahí aprenda los valores que necesita para realizar una vida significante en la presencia de YHVH.

Si presentas una ofrenda de cereal cocida en la sartén, la ofrenda será de flor de harina sin levadura, amasada con aceite. La partirás en pedazos y le echarás aceite. Es una ofrenda de cereal.

Milgrom afirma que las palabras fallan. Por un lado, no penetran a la comprensión de las personas menos ‘letradas’. Por otro lado, es fácil olvidarlas. (more…)

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La cantidad de personajes involucradas en la transacción del holocausto es reducida. Resulta ser una operación sencilla y, en el mejor de los casos, íntima.

El texto que estipula las acciones requeridas es precisa y exacta, pero deja cierta duda con respecto al sujeto de ciertos verbos de acción. Por ejemplo, parece—pero no sin discutir—que el hombre que ofrecía el ganado en 1.3 y pone su mano sobre la cabeza del animal en 1.4 es también el sujeto que degolla el ganado en 1.5. De ser correcta, esta interpretación, el ofrendador asume una función activa en el rito. Su participación es parte de la transacción que pretende restaurar o mantener el equilibrio en su relación con YHVH.

Pero existe una participación anterior a este detalle. En por lo menos dos de los tres escenarios presentados en el primer capítulo de Levítico, el ofrendador trae un animal que él mismo crió. Su ofrenda no depende de la suerte de la calle ni la de la caza. Es más, es un macho sin defecto. Es decir, la ofrenda es costosa.

Lo mismo es cierto, aunque la dinámica económica es distinta, en el caso del pobre que ofrece un ave (1.14-17). El también asume el costo de adquirir el ave; presumiblemente, se lo compra a una tercera parte.

La sencillez o intimidad del rito en conjunto con la provenencia del animal ofrendado se combinan para amarrar al ofrendador y su familia en un proceso notablemente personal. El ofrendador ofrece lo suyo; él se identifica con el animal en su experiencia; él mismo lo degolla.

Solo el ofrendador, el animal, el sacerdote, y YHVH están presentes. En la legislación levítica, el papel del sacerdote se limita al instrumental.

Un participante no sobrevive la transacción. Uno se prepara para repetir su función instrumental con el ofrendador que sigue. YHVH, conforme al resultado que el texto nos invita a anticipar, abandona la distancia o inquietud que hubiese sentido para con el ofrendador. Éste se va con la paz que resulta a partir de la harmonía restaurada.

Se ha pagado un precio. Se ha realizado una transacción.

El deficit relacional ha sido correspondido.

La vida puede continuar.

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El sistema sacrificial afirma la importancia de lo creado, lo natural y lo cotidiano.

Si alguien presenta al SEÑOR una ofrenda de cereal, ésta será de flor de harina, sobre la cual pondrá aceite e incienso.

Cuando YHVH por medio de su agente Moisés establece las formas y las acciones por medio de la cuales los israelitas mantendrán una correcta relación con su deidad, él escoge materiales que nutren la vida en la diaria rutina del pueblo. Vaca, oveja, pájaro, grano … estos son los fundamentos de la vida. Se tocan, se elaboran, se cultivan, se crían. El ser humano entra en relación corporal con estos elementos de la vida. En su momento, él los consume. Sin ellos, la vida termina. Dadas cantidades adecuadas de ellos, el pueblo come y sobrevive un día más.

El sistema levítico digna lo fisico y lo cotidiano. El sistema valora los materiales y los ritmos de la vida normal, considerándolos adecuados para mediar la relación entre los israelitas y YHVH. No se acude a medios místicos ni exóticos. Se emplea lo creado y lo normal para fines que ponemos en riesgo cuando les atribuimos el adjetivo ‘religiosos’.

Cultivo mis matas. Cuando convierto su grano en harina, tal y como lo hicieron mis padres, mis abuelos, y los padres de mis abuelos, le doy de comer a mi familia y presento una porción a YHVH y una parte de ésta a los sacerdotes.

YHVH está cerca. Los medios de servirle, aún más.

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El código levítico establece una transacción que es vital para que el Israelita y su familia convivan con un Dios exigente.

Reconocemos esta lógica en la legislación sobre el holocausto. El animal que el ofrendador presenta se recibe en lugar de la persona que toma la iniciativa de realizar un holocausto.

Aunque parezca rudimentaria la observación, es importante hacerla. Existe un déficit en la situación del Israelita ante el Dios que habita en la tienda de encuentro a las márgenes de la misma comunidad. Es de crítica importancia que este déficit se resuelva conforme al intervalo apropiado. El faltante en la situación parece merecer la muerte del Israelita, es decir, representa un dilema existencial en lugar de un mero inconveniente. (more…)

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