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Debido a la calidad de la relación que une a YHVH y al salmista, aún el sufrimiento más insoportable rara vez se distancia de la mano de YHVH.

La teodicea los salmos—su intento de dar sentido al comportamiento de Dios—es más complejo que simple. El salterio no se permite eliminar la causalidad de la lista de explicaciones que describen la participación de Dios en nuestro dolor. En mi dolor.

En este sentido, las 150 oraciones del libro de los Salmos son tenazmente teológicos. No hay una objetiva reflexión filosófica aquí. No hay un discurso liviano secularizante ni un choteo piadoso acerca de lo que pasa cuando Dios no presta atención o se distrae por cosas más grandes.

Incluso un grito de gratitud para la liberación de la aflicción como el Salmo 66, se expresa de la siguiente manera:

Porque tú nos has probado, oh Dios; nos has refinado como se refina la plata. (Salmo 66:10 LBLA)

El problema con dichas conclusiones es que—leído descuidadamente—sugieren que el que sufre supiera todo el tiempo que estaba en una mera prueba o un ensayo. En realidad, en sus momentos más difíciles, en sus meses más duros, sintió como si fuera el blanco de la enemistad de Dios. Pareciese que fuera un asesinato.

Nos metiste en la red; carga pesada pusiste sobre nuestros lomos. Hiciste cabalgar hombres sobre nuestras cabezas; pasamos por el fuego y por el agua…

El lamento y la queja característicamente conllevan a la celebración en los salmos, no tanto porque la forma literaria requiere un final feliz, sino porque YHVH, de hecho, escucha, actúa y transforma.

En el salmo 66, el deseo del poeta de generar a partir de su experiencia la instrucción que evitará que otros que sufren persistan una especie de dolor sin sentido, agrega un revistimiento didáctico a su gratitud. Sería bueno, parece pensar él, que si—en tu oscuridad——pudieras descubrir más rápido que yo, que el paso por fuego y por agua lleva a un lugar que vale la pena luchar para descubrir.

Venid y oíd, todos los que a Dios teméis, y contaré lo que El ha hecho por mi alma. Con mi boca clamé a El, y ensalzado fue con mi lengua. Si observo iniquidad en mi corazón, el Señor no me escuchará. Pero ciertamente Dios me ha oído; El atendió a la voz de mi oración.

Bendito sea Dios, que no ha desechado mi oración, ni apartado de mí su misericordia.

Cuando uno habla así de feliz, así de intacto por el fuego y el agua, las palabras son superficiales y desalentadoras. Pero cuando el hablante aún cojea, cuando la sombra de la muerte aún pasa de vez en cuando sobre tu rostro—transformada pero no disipada por el rescate de YHVH—tales palabras pesan casi más de lo que se puede expresar.

 

 

 

 

 

 

 

 

El salmista bíblico posee la sorprendente habilidad de contraponer el gozo de la justos a la desolación del malvado sin incitar una masacre. Involucrar el alma de Israel en su autodefinición ideológica la libera de la necesidad de llevar a cabo la venganza a aquellos que aman el mal o, en algunos casos, a aquellos quienes odian a Sion. YHVH se preocupará por la venganza, los salmos parecen afirmarlo. Nuestro deber es mantener la justicia.

Y regocijarse en YHVH.

Un salmo como el noventa y siete está, de principio a fin, lleno de ese júbilo extremo, el cual parece hacer que la tierra se regocije y que las costas de la tierra rebosen de alegría. Al mencionar las más duras realidades, Israel se encuentra incapaz de mostrar una emoción moderada. En vez de eso, estalla en danza.

Sean avergonzados todos los que sirven a imágenes talladas,
los que se glorían en los ídolos;
adórenle todos los dioses.
Oyó Sion esto y se alegró,
y las hijas de Judá se han regocijado
a causa de tus juicios, oh Señor.
Porque tú eres el Señor, el Altísimo sobre toda la tierra,
muy excelso sobre todos los dioses. (Salmo 97:7-9 LBLA)

Sería equivocado absolver al salmista por la clase de nacionalismo agresivo que encontramos desagradable. Sin embargo, sería igualmente erróneo no tener en cuenta la función de tal cántico en su contexto. A Israel se le da la licencia, con un salmo como este, para celebrar el cuidado de YHVH en medio de la implacable enemistad de las naciones vecinas. Si Israel esboza una sonrisa al enterarse de la caída del idólatra o de la catástrofe que cae sobre los pueblos vecinos, también añora en otros poemas de esta antología que otras naciones se regocijen con ella.

La retórica del salmista es descuidada y coquetea con un enaltecimiento indecente de su tribu. Sin embargo, es a la vez el lenguaje de los débiles que saben eludirse solo cuando YHVH actúa por ellos, porque ellos no pueden hacer nada por sí mismos:

Los que amáis al Señor, aborreced el mal;
El guarda las almas de sus santos;
los libra de la mano de los impíos.
Luz se ha sembrado para el justo,
y alegría para los rectos de corazón.
Justos, alegraos en el Señor,
y alabad su santo nombre.

Algunas palabras incitan a sus oyentes a realizar actos criminales. Otras palabras confortan a los indefensos al saber que Dios está de su lado.

Hay gozo para los fieles oprimidos en las palabras de los indefensos, danza para toda la tierra.

Para el espíritu humano, pocas cosas implican fuerza, estabilidad y firmeza como un árbol. Empleamos sus anillos de crecimiento para establecer el tiempo de eventos que pasaron mucho antes de que naciéramos. Asumimos su presencia aún después de que hayamos marchado. Un árbol mide el pasar de los tiempos que vienen y que van a partir de su sombra, lo que hace que parezcan más pequeños y efímeros.

Por esto y más, el árbol es una metáfora recurrente en las Escrituras. Dicha imagen habla de las cualidades que he mencionado, y de muchas otras. El autor del Salmo 52 lo considera una metáfora apropiada para ayudarlo a expresar su confianza en las eternas misericordias del Señor, frente a las aparentes fuerzas invencibles de hombres malvados.

Motivado por la provisión eterna del Señor, el salmista se anima a dirigirse al malevolente, que en su mente está parado delante de él con una atención temblorosa.  

¿Por qué te jactas de tu maldad, varón prepotente?

¡El amor de Dios es constante!
Tu lengua, como navaja afilada,
trama destrucción y practica el engaño.
Más que el bien, amas la maldad;
más que la verdad, amas la mentira.

Lengua embustera,
te encanta ofender con tus palabras. (Salmo 52:1-4 NVI)

De acuerdo con ese dualismo moral que enriquece la retórica de los hombres y las mujeres que escriben poesía mientras están bajo asedio, el salmista reduce a su adversario a un montón indiscriminado de malvadas maquinaciones.

Entonces, viene esta palabra:

Pero Dios te arruinará para siempre … ¡te arrancará del mundo de los vivientes!

Al leer tan feroz expresión de confianza en el carácter moral del mundo creado, es bueno recordar que uno lee las palabras del débil. El hombre débil vive por estas palabras, nutre su debilidad con la esperanza de que dichas expresiones son ciertas, deposita sus temores en la valiente confianza de semejante afirmación. No es fácil vivir asediado. Las palabras son, algunas veces, todo lo que uno tiene.

La confianza del salmista en el eventual destierro del malvado es una apuesta situada en la promesa del Señor para reivindicar al oprimido. Si él está equivocado, todo está perdido. Las probabilidades no son alentadoras.

En esta situación arriesgada, la autodescripción del escritor se torna más conmovedora que banal:

Pero yo soy como un olivo verde
que florece en la casa de Dios;
yo confío en el gran amor de Dios
eternamente y para siempre.

Un árbol, un antiguo olivo verde, plantado desde hace mucho tiempo en la propia presencia del Señor, aún florece mientras el odio y el caos agitan las aguas justo más allá de umbral del templo.

Cuando los niños pequeños sacan pecho y se proclaman invencibles, sonreímos y sabemos que aprenderán con el tiempo a moderarse, a evitar el lenguaje vanaglorioso y practicar la autocrítica a su justa medida.

Los niños pequeños efectivamente crecen y descubren que no son invencibles, que el odio es demasiado concreto para negarlo, que la vida a veces se convierte en un drama de supervivencia, que no tienen recursos excepto su confianza en Dios, cuyo amor y bondad duran más que cualquier rival.

A veces, adorando y orando en soledad, imaginan que son como un árbol, floreciendo en la casa de Dios.

Salmo 15: Integridad

David Allen Baer Potter

 

¿Quién, SEÑOR, puede habitar en tu santuario?

¿Quién puede vivir en tu santo monte?

 

Sólo el de conducta intachable,

que practica la justicia

y de corazón dice la verdad;

que no calumnia con la lengua,

que no le hace mal a su prójimo

ni le acarrea desgracias a su vecino;

que desprecia al que Dios reprueba,

pero honra al que teme al SEÑOR;

que cumple lo prometido, aunque salga perjudicado;

que presta dinero sin ánimo de lucro,

y no acepta sobornos que afecten al inocente.

 

El que así actúa no caerá jamás.

(Salmo 15:1–5 NVI)

 

 

Tenemos un problema.

Usted no va a creer nada de lo que le voy a decir en esta mañana. Es más, usted no va a creer lo que este salmo nos dice.

Le explico por qué. Hay dos razones.

Primero, usted es un cristiano o una cristiana, formado por la mente y la retórica de Pablo. Usted es un evangélico colombiano del siglo 21 que sacrifica una semana en setiembre para escuchar sermones. Es un cristiano muy paulino.

Se lo aseguro.

Usted cree que lo que el apóstol afirma en Romanos 3 es absolutamente y precisamente acertado. De hecho, es posible que usted tenga memorizado este trozo de textos—la mayoría provienen de los mismos salmos—que Pablo arregla como perlas en un hilo:

Así está escrito: «No hay un solo justo, ni siquiera uno; no hay nadie que entienda, nadie que busque a Dios. Todos se han descarriado, a una se han corrompido. No hay nadie que haga lo bueno; ¡no hay uno solo!» «Su garganta es un sepulcro abierto; con su lengua profieren engaños.» «¡Veneno de víbora hay en sus labios!» «Llena está su boca de maldiciones y de amargura.» «Veloces son sus pies para ir a derramar sangre; dejan ruina y miseria en sus caminos, y no conocen la senda de la paz.» «No hay temor de Dios delante de sus ojos.»” (Romanos 3:10–18 NVI)

Y si eso fuera poco, existe una segunda razón por la que usted no va a aceptar nada de lo que le digo … de lo que este salmo nos dice. ¿Quiere saber que es?

Usted ha sido moldeado en un contexto con índices altísimos de corrupción. Hace años usted dejó de creer que existen personas íntegras. Usted ha llegado a saber que la malicia indígena es la que reina, que la gente es muy viva desde niño y que los que piensan de otra manera son totalmente despistados … ingenuos … mal informados … o demasiado alegres.

Mi amigo y colega Milton Acosta escribe estas palabras en su magnífico libro El mensaje del profeta Oseas: una teología para combatir la corrupción:

 Hay quienes afirman que la gravedad de la corrupción en América Latina se debe a una pérdida de valores y otras razones que recientemente habrían minado la ética de los ciudadanos. Al plantear el tema de esta manera se supone que tales valores existieron en otro tiempo cuando no había corrupción o, por lo menos, no tanta. Sin embargo, el historiador Alfonso Quiroz afirma que la corrupción en América Latina viene desde la época de la Colonia. Es decir, los estados latinoamericanos no han conocido existencia sin corrupción en ninguna época. La corrupción siempre ha formado parte de las estructuras oficiales y las relaciones entre los ciudadanos. A esto se le conoce con el nombre de corrupción sistemática … En otras palabras, no hay nada nuevo en la corrupción que vemos hoy, pues ésta es la herencia que hemos recibido, tolerado y cultivado. Quizá la única novedad hoy sea que conocemos mejor el talante de nuestros dirigentes y nos conocemos mejor a nosotros mismos (p. 18).

Entonces si Pablo es tan absoluto en sus declaraciones sobre la lamentable naturaleza del ser humano, y si la corrupción es tan epidémica y sistemática en su experiencia del mundo, ¿Cómo voy a anticipar que a mí me crea y este salmo lo asimile cuando habla de aquel ser humano que comparte residencia con el Señor por la integridad de su vida?

Quizá el mejor remedio para uno es, contratar un buen abogado y plantear una denuncia contra los organizadores de Predicación Transformadora por haberme dado tarea tan absurda e imposible.

Y no es que yo sea tan diferente por no ser colombiano. En una mañana de verano en 1981—recuerdo el momento como si fuera ayer—dos hombres de mayor edad … cínicos, amargados, racistas… quienes trabajaron al lado mío en la fábrica donde tenía mi primer trabajo después de graduarme de la universidad me sacudieron el mundo con esta declaración oscura:

¡Todo hombre tiene su precio … ¡

Por primera vez en mi vida, en esa asfixiante fábrica de repuestos para motores de automóviles, contemplé la posibilidad de que eso era cierto y que los hombres y mujeres justos que yo había conocido lo eran solamente por apariencias … que ellos venderían su integridad cuando el precio subiera a la cifra indicada.

Era una posibilidad que me inquietó por mucho tiempo … hasta que fui acompañado muchos kilómetros por personas de las cuales mi alma eventual pudo declarar: ‘Este sí es un hombre justo. Ella sí es una mujer de Dios.’

   *     *     *

A pesar de los anticuerpos que tú tengas contra el concepto, quiero convencerte de que el Salmo 15 no es una puerta cerrada a la posibilidad de habitar con Dios en su santo espacio … sino una puerta abierta. También quiero persuadirte de que sí existen hombres y mujeres de integridad … que tú puedes ser uno o una de ellos … y, en realidad, que nuestra Colombia necesita que así sea.

Pero volvamos al salmo …

Es un salmo que solo tiene tres cosas que decirnos.

Primero, nos confronta con esa pregunta retórica …

¿Quién, Señor puede habitar en tu santuario?

¿Quién puede vivir en tu santo monte?

Segundo, nos presenta con un perfil extraordinariamente detallado del hombre o la mujer de integridad.

Tercero, nos instruye sobre lo que esa persona íntegra puede anticipar en la vida, mediante una corta y contundente declaración final.

    *     *     *

Vamos, entonces, a la primera cosa que este salmo tiene para decir. Es una pregunta …

 

Uno: La pregunta

¿Quién, SEÑOR, puede habitar en tu santuario?

¿Quién puede vivir en tu santo monte?

Toda esta explosión de integridad comienza con una pregunta. Esta pregunta doble es el fósforo que le pone fuego a este salmo de integridad.

Es una pregunta doble que me llega directamente al corazón.

Me llega de esa manera primero por su muy sutil belleza poética.

Fíjate que el salmista no dice exactamente la misma cosa dos veces. No, eso sería demasiado sencillo y—confesémoslo—un poquito aburrido.

Al contrario, la primera línea del versículo 1 utiliza un verbo que se usa para aquel extranjero que pasa como nómada por una tierra que le es ajena. Y el lugar de su residencia temporal es ‘tu tienda’.  (NVI: ‘tu tabernáculo’)

Es decir, su imaginación aterriza en una realidad que es efímera y transitoria … y vulnerable. Nuestra versión NVI no capta estos detalles, lamentablemente.

Pero los verás si acudes a las notas de LBLA, donde encontramos ¿Quién peregrinará en tu tienda …?

No perdamos el detalle: el salmista primero imagina una situación precaria, donde como extranjero el estuviese buscando abrigo … añorando techo … en la tienda del Dios nómada de Israel. Él se imagina un forastero … un migrante … un desplazado … pisando suelo donde el mismo Dios vive y arma su tienda de nómada.

Luego, pasa a la realidad más sólida de vivir en tu santo monte.

En los dos casos, el salmista hace la pregunta atrevida: ¿Quién es capaz de compartir techo con Jehová? ¿Quién puede habitar cerca de él … en su presencia?

Bueno, te dije que hay una segunda razón por la que este primer versículo me llega al corazón.

Es que yo también soy forastero … migrante … residente extranjero.

Cada vez que cuadro una cita … cada vez que compro con mi tarjeta de débito … cada vez que me presento en el aeropuerto después de haber viajado en el exterior, es imposible ignorar el hecho que no pertenezco acá.

El documento lo dice todo: CÉDULA DE EXTRANJERÍA … MIGRANTE.

 Mi apuesta es con el futuro de Colombia y de los colombianos, y por lo tanto mi proyecto de vida también. He tomado mis decisiones. Residimos aquí. Nuestra vida es aquí.

Pero nunca perteneceremos, en cierto sentido de la palabra.

Hay una provisionalidad … un toque tentativo … en todo lo que soy y hago en Colombia … porque al final de cuentas, la cédula lo dice todo: extranjería … migrante.

Por lo tanto, cuando este salmista se atreve a plantear la pregunta inquietante: ¿Quién peregrinará en tu tienda, Señor? … me siento identificado con su inquietud, pues por naturaleza es difícil creer que él pertenezca en esa tienda de Dios.

Ahora, es a lo mejor injusto que yo—con las circunstancias de mi vida—hable en estos términos tan personales cuando nuestras calles y barrios abrigan desplazados venezolanos y colombianos cuyas circunstancias son mil veces más precarias que las mías.

Pero por una u otra ruta, tenemos que escuchar la emoción—la vulnerabilidad … la duda … que vive en la pregunta que el salmista se plantea delante del Señor.

¿Cuáles son sus credenciales para vivir en la compañía del Dios de Israel? ¿Qué tipo de visa le permite andar por ahí? Y, al ser descubierto, ¿experimentará acogida o desahucio?

¿Cuáles son tus credenciales para compartir la vida con Dios? ¿Cuáles son las mías?

¿Quién, SEÑOR, puede peregrinar en tu tienda?

¿Quién puede vivir en tu santo monte?

 

Dos: El perfil

Cuando pasamos a los versículos 2-5, encontramos una descripción asombrosamente detallada de la persona que puede habitar con el Señor tanto en su tienda nómada como en el templo que es el Edificio Número Uno de ‘tu santo monte’.

Nos debe sorprender de una vez lo que no aparece en este perfil de la persona íntegra:

No aparece culto … es decir, liturgia.

No aparece pactoes decir, identificación religiosa.

 Bueno, si el salmista no perfila la persona que puede convivir con Dios por su adoración, ni por su afiliación … no por culto, ni por pacto … no por su liturgia, ni por su identificación religiosa, entonces …

¿En qué términos la describe?

¡Por su integridad!

Ahora, sería un error concluir que el escritor del salmo 15 no valora la alabanza que al Señor se le presenta en ese santo monte … en el templo …

Sería un error también concluir que el salmista ha olvidado toda la historia de Dios con Israel y la crucial importancia de pertenecer a ese pueblo que el Señor tanto ama.

Pero por un momento, este salmo nos invita … nos obliga a considerar la posibilidad de que hay algo más importante que eso … y ese algo alude a cómo uno vive en el entorno en donde el Señor soberano lo ha plantado.

El salmista nos da nada menos de diez cualidades de la persona que puede convivir con Dios. Se trata tanto de acciones que la persona íntegra hace … como formas de vivir que él rechaza.

Yo quiero reducir estas diez cualidades a cuatro que me parece abarcan la totalidad:

  • Él ve con claridad.
  • Él abraza la realidad.
  • Él vive en comunidad.
  • Él actúa con generosidad.

 

Él ve con claridad.

Quiero que nos concentremos por un momento en un detalle del versículo 2.

Ahí, el texto bíblico habla de los hechos de esta persona, pero al final se refiere a lo que él dice o piensa.

La expresión en el texto hebreo es un poco ambigua. La NVI dice:

… y de corazón dice la verdad (NVI).

Las versiones más literales dicen otra cosa:

… habla verdad en su corazón (RV, LBLA).

En este caso creo que las versiones literales captan mejor la expresión hebrea. Pero en su literalismo pierden el detalle de que en la expresión hebrea decir la verdad en su corazón es pensar la verdad en su corazón o, mejor dicho, reflexionar sobre la verdad en su corazón.

Es decir, estamos hablando de una mujer o un hombre que percibe y reflexiona acertadamente. Su mundo interior no es confundido, confuso. No es una persona dividida. Es una persona unida y bien integrada.

Es una persona que ve con claridad.

 

Él abraza la realidad.

Esta persona convive con Dios porque su caracter se alinea con el de Dios. Él es un fiel reflejo, encarnado en carne y hueso, de la persona de Dios. Él es imagen y semejanza de Dios.

Para él, la realidad no es infinitamente moldeable a sus gustos y preferencias. Al contrario, él recibe la realidad como algo dado por el Señor y con las promesas que este individuo hace él colabora con Dios en forjar futuro … en construir realidad futura.

Es el versículo 4 que con más precisión traza esta faceta de su persona. Este verso define el individuo que puede convivir con Dios como el …

… que desprecia al que Dios reprueba,

pero honra al que teme al SEÑOR;

que cumple lo prometido

aunque salga perjudicado;

Esta persona es capaz de vivir en un contexto cultural como el nuestro, donde ‘todo se puede negociar’ … donde se toma por sentado que billetera que cae al piso en el pasillo de un supermercado es billetera que desaparece pa’ siempre … donde se asume que el soborno es parte normal de cualquier negocio … donde la violencia es apenas la forma más extrema del abuso que los ciudadanos practicamos en interés propio día en día.

Esta persona, aún en semejante contexto, preserva el sentido vivencial de que la justicia es justicia … que injusticia es injustica … que lo noble es noble … que mentira por disfraz que se le ponga sigue siendo mentira. Él sabe que la humanidad todavía consiste en sabios y necios, en justos y malhechores, en vivos y honrados. El abraza esta realidad.

Él es también una persona que forja realidad, pues él hace y cumple promesas, aun cuando su compromiso le perjudica.

El eticista fallecido Lewis Smedes observó que la Biblia le resta al creyente todas las formas ‘ordinarias’ de conocer y aun moldear el futuro: la hechicería, la manipulación de los espíritus, las declaraciones, las palabras de fe … todas excluidas para él que confía en el Señor.

Para el creyente, dice Smedes, nos quedan solamente dos—muy poderosas—maneras de crear futuro: perdonar … y hacer promesas y cumplirlas:

 Una promesa humana es una realidad asombrosa. Cuando una mujer hace una promesa, ella echa su mano en las circunstancias impredecibles de su mañana y crea un enclave de realidad predecible. Cuando un hombre hace una promesa, él crea una isla de certeza en medio de un océano turbulento de incertidumbre. Ningún hecho humano, excepto el perdonar, es más divino.

Esta persona, hombre o mujer, que convive con Dios, sabe que vivimos en un mundo intensamente moral. Además, este individuo forja futuro, haciendo y cumpliendo promesas costosas. Este aliado del Señor, con su permiso de andar en las plazas de su santo monte, abraza la realidad.

 

Él vive en comunidad.

Casi sobra decir que esta persona no camina solamente en la presencia del Señor. Él no es un santo demasiado piadoso para la compañía de otros, los menos consagrados. Al contrario, él comparte espacio con muchos seres humanos. Es decir, él o ella vive en comunidad. Es una especie comunitaria.

Versículos 2 y 3:

Sólo el de conducta intachable,

que practica la justicia

y de (en su) corazón dice (reflexiona sobre) la verdad;

que no calumnia con la lengua,

que no le hace mal a su prójimo

ni le acarrea desgracias a su vecino;

Su conducta fomenta el bienestar—el shalom—de su comunidad. Su presencia es catalítica, en el sentido de que genera una cadena de dinámicas positivas. El entiende el poder de la lengua, la capacidad enorme de la palabra o para destruir comunidad o cultivarla.

Él es, por excelencia, el buen vecino. Su presencia en un barrio, en una iglesia, en un seminario … en nuestra Colombia … es motivo de regocijo para los que también aman la justicia y reconocen la corrupción cuando la ven.

Tal persona es a la vez vecina de Dios y vecina nuestra. Y los dos—el Señor y nosotros—quedamos felices porque sea así.

 

Él actúa con generosidad.

Al final de esta intensa y detallada descripción de este vecino de Dios … este hombre íntegro … esta mujer de integridad … descubrimos que es también una persona generosa. Es decir, él no entiende lo que tiene en términos de lo que posee … sino como recurso que él administra.

Lo que me es asombroso es que esta descripción de generosidad no es eclesial. Es decir, no menciona sus diezmos ni sus aportes al templo de ese santo monte donde el Señor le abre las puertas.

Al contrario, los colores de su generosidad se pintan en los matices de su comportamiento cotidiano, no religioso.

… que presta dinero sin ánimo de lucro, (lit. sin interés)

y no acepta sobornos que afecten al inocente.

Él o ella no calcula la máxima rentabilidad de sus recursos solo por los montos de los intereses que puede acumular. Al contrario, él considera que una inversión en las necesidades humanas es una oportunidad codiciable, aun si lo depositado nunca se recupera. Si tildamos esto de ‘generosidad secular’, el Dios del santo monte lo ve diferente. Él lo considera una las principales virtudes de su vecino humano.

Este tipo también entiende que el soborno es una realidad sumamente económica, comunitaria y moral; es una forma de violencia. Por lo tanto, él renuncia la muy real oportunidad de emplear sus recursos en perjuicio del pobre e inocente que no goza de los mismos.

Es una persona que actúa no meramente con generosidad, sino con inteligencia económica y moral.

 En una nación poblada de tales personas, el soborno pasaría a ser una reliquia del pasado, recordada pero ya no practicada.

 

Tres: su futuro

Este salmo concluye con una declaración contundente sobre lo que la persona que vive con este grado de integridad puede anticipar en la vida … y quizás aun más allá de su vida.

La NVI nos da una traducción bastante parafraseada:

El que así actúa no caerá jamás.

Confieso que me gusta más una presentación más literal:

El que hace estas cosas no será movido.

No será movido.

Imagínate.

Los que conocen el dialecto de los salmos entenderán que no se trata de una promesa absoluta que afirme que esta persona íntegra será intachable … que los accidentes de tránsito y las enfermedades mortales y los actos absurdos de violencia que tanto sufrimiento nos causan … jamás la tocarán.

Pero es una promesa de que la persona íntegra puede vivir con confianza, con libertad, con gozo. Puede olvidarse de sí mismo para invertirse en su comunidad.

Puede salirse de los círculos viciosos de medias verdades … mentiras interesadas … la venta del honor de uno … de las mil y una ansiedades que acompañan tal ausencia de integridad.

Puede salirse al aire libre, donde el Señor está cerca y la comunidad al lado.

Imagínate una Colombia poblada por semejantes hombres y mujeres. Imagínate que, cuando se suelta la pregunta …

¿Quién, SEÑOR, puede habitar en tu santuario?

¿Quién puede vivir en tu santo monte?

… podemos mirar a cada lado y decir, ‘Pues, este … y aquella … y nosotros.’

Y luego salimos a bendecir nuestra Colombia con la plena confianza de aquellos que saben que …

No seremos movidos.

 

Resiliencia

Servicio Religioso FUSBC

11 julio 2019

Resiliencia

 

Tengo buenas noticias y tengo malas noticias. ¿Cuáles quieren escuchar primero?

….

Bueno, vamos con las malas:

En algún momento del semestre que en esta semana arranca, usted va a necesitar una resurrección. Lo digo con una cierta confianza, porque la matemática me respalda.

Considere esto: un semestre consiste en seis meses. Hoy es el día 11 julio y me tocó nacer un 11 de enero. Por lo tanto, he vivido 120 semestres y hoy me lanzo a las aguas de semestre número 121. Es decir, respecto a semestres, tengo experiencia y si me permite coquetear por un momento con una declaración prepotente, cuando se trata de semestres sé de lo que hablo, pues hoy estoy estrenando Semestre Número121.

Una cosa que he observado a lo largo de 120 semestres es que con cierta regularidad uno necesita una resurrección. La vida está rodeada de muerte, que toma la forma de la enfermedad … el cansancio … la depresión … la violencia … la injusticia … la desesperación … el pecado y mil formas de muerte más. Pues, la muerte no es tan creativa como la vida, pero sí es creativa. Sus caricias malévolas nos llegan en mil formas. Cuando el muy oportunista brazo de la muerte asciende del Seol y te agarra el tobillo, necesitas una resurrección.

Ahora para no volverme sentimentalista o exagerado, me aclaro que estoy hablando de ‘resurrección’ con ‘r’ minúscula. En lo que a este semestre concierne, no quiero hablar de accidentes de tránsito, divorcio, cáncer, enfermedad mental, despedidos injustos y despedidas dolorosas … tampoco de las demás circunstancias que en esta vida nos llevan al borde de la muerte. Es decir, no quiero insinuar que en las próximas 16 semanas usted u otro hija o hijo de nuestra comunidad vaya a enfrentarse con la necesidad de una resurrección tipo ‘R’ mayúscula. Es más, espero que no. Dios guarde.

Pero estoy trayendo malas noticias, si tan solo por un momento, para hablar con sinceridad … para no esquivar la realidad: Tarde o temprano, tú vas a necesitar una de aquellas también … es decir … una Resurrección, tipo R mayúscula. La vida es así. Rodeada de muerte. Tarde o temprano, te va a tocar. Nos va a tocar. Es cuestión de tiempo.

Decir otra cosa sería mentirles. Y aunque tengo instintos de cobarde y siempre los he tenido, no soy tan cobarde como para mentir a los miembros de mi familia, que es ahora lo que ustedes han llegado a ser.

Tú vas a necesitar una resurrección, tipo ‘r’ minúscula pronto y probablemente durante este semestre. Además, vas a necesitar una Resurrección tipo ‘R’ mayúscula eventualmente.

Esas son las malas noticias.

¡Qué alegría haber comenzado con las malas!, ¿no?

Ahora, vamos para las buenas …

    *.    *.    *.

Primero, una observación.

El servicio religioso que practicamos en FUSBC es un carnaval de ironías.

En la hora cuando menos tiempo y atención tenemos, nos reunimos para recordar, juntos y en la presencia de nuestro Hacedor, las cosas más trascendentales de nuestra vida … los detalles más importantes de nuestra vocación como siervos de la misión de Dios.

Entre Hermenéutica 1 a las 7:00 a.m. y Teología Cristiana 2 a las 10:00, llegamos a este espacio con la ambición de encontrarnos con Dios. Cuando el alma todavía tiembla con las ocurrencias del Profe Nigel en Teología de la Misión y momentos antes de los asaltos del Profe Andrew en Historia de la Iglesia, apartamos 60 minutos para cantar, orar y recibir los avisos comunitarios que son la expresión verbal de nuestro quehacer comunal.

Es mucho, pues, esperar que en esta hora presten atención al rumiar de un profesor como este servidor, mucho menos que recuerden en detalle los ángulos que sus palabras trazan.

Por lo tanto, permítanme simplificar. Recuerden, por favor, solo una cosa:

Experimentamos el poder de Dios en nuestras vidas principalmente en la forma de la resiliencia.

 Ahora, definamos términos: Un investigador define la resiliencia así:

Resiliencia: la capacidad humana de asumir con flexibilidad situaciones límite, sobreponerse al dolor emocional que producen y seguir proyectándose en el futuro, a pesar de los acontecimientos desestabilizadores o condiciones de vida difíciles.

Esta definición se refiere a una capacidad humana, y lo es, gloria a nuestro Creador que creó la capacidad humana.

Pero hoy quiero convencerles de que la resiliencia es también la manera principal en que tú experimentas el poder de Dios en tu vida. Es una forma de resurrección.

Lo digo a partir de ese empalme mío donde se conectan 120 semestres de observación y experiencia de muerte y resurrección, por un lado … y el testimonio bíblico, por el otro. De esos 120 semestres, quizás 20 han traído en su abrazo el olor acre de la muerte.

Me permito hablar así por que a mí me ha tocado el poder de la muerte … y a partir de esa muerte he conocido el poder de Dios en mi vida para poder superar vivencias matadoras con vigor y con esperanza. Lo digo por que ando en este cuerpo y en esta alma los cicatrices que me ha dejado la muerte … pero camino hoy con el paso de hombre resucitado. Y yo, con todo y ese cojear con lo que los tocados por la muerte caminamos, casi no puedo esperar para ver lo que hoy y mañana nos traen. Lo digo porque en varios momentos de mi vida pensé que todo se me había perdido. Pero, al contrario, el Señor me regaló canto nuevo en mi corazón y una Aleluya en mi lengua. Digo estas cosas porque la vida se me está volviendo doxología … alabanza.

Recuerda tan solo esto: Experimentamos el poder de Dios en nuestras vidas principalmente en la forma de la resiliencia.

Viendo retrospectivamente a partir del primer día de mi Semestre 121, me pregunto cómo podría haber sido diferente, pues somos hijas e hijos de un Creador que se deleita en la resurrección.

Los rabinos captaron en parte este deleite divino y humano en levantarse para descubrir lo nuevo de Dios, pues imaginaron cada madrugada como una nueva creación, un momento en que aquel Adán que es cada hombre se levanta de su cama para descubrir una nueva creación al lado de su Eva, que es cada mujer.

Pero toca que la Biblia nos hable con aun mas claridad.

Les ofrezco un texto representativo de cada testamento:

  • el primero, largo y complejo testamento, ese mar de géneros literarios, idiomas e imperios que algunos estudiamos.
  • y luego el testamento pequeño y sencillo que es el estanque del Profe Christopher y otros.

Para no complicar, hablemos de dos textos bien conocidos.

Sorprendemos en pleno chillar al poeta que llora en las conmovedoras líneas de Lamentaciones desde las cenizas de Jerusalén destrozada:

(El Señor) me ha estrellado contra el suelo; me ha hecho morder el polvo. Me ha quitado la paz; ya no recuerdo lo que es la dicha. Y digo: «La vida se me acaba, junto con mi esperanza en el Señor.» Recuerda que ando errante y afligido, que me embargan la hiel y la amargura. Siempre tengo esto presente, y por eso me deprimo. Pero algo más me viene a la memoria, lo cual me llena de esperanza: El gran amor del Señor nunca se acaba, y su compasión jamás se agota. Cada mañana se renuevan sus bondades; ¡muy grande es su fidelidad! Por tanto, digo: «El Señor es todo lo que tengo. ¡En él esperaré!» (Lamentaciones 3:16–24 NVI)

En el verso 22, donde solemos entender ‘El gran amor del Señor nunca se acaba …’, el vocabulario (si no el paralelismo) sugiere que debemos entender otra cosa: ‘Es por el gran amor del Señor que no somos consumidos …’

En el dialecto del Antiguo Testamento, estas palabras son declaración del poder de la resurrección. Ellos carecían del lenguaje que Pablo y otros convertirían en pan diario nuestro. Pero conocían la mismísima realidad: que el amor poderoso de YHVH—suחסד—no puede permitir que la muerte sea la última realidad.

Por eso, y solo por eso, no somos consumidos.

Por semejante intuición, los profetas del exilio se percataron de que el exilio—la muerte nacional de Israel—no pudo tener la última palabra. Por tal revelación, nace un Israel que descubre el poder de su Dios en la resiliencia que le regala una nueva mañana … nace, un pueblo de YHVH resucitado de una experiencia que fue diseñada para matar … y que supo matar … y que efectivamente mató y exterminó pueblos ahora desconocidos.

Ahora, nuestro apóstol. Ahora, Pablo que entiende las conexiones irónicas entre creación y nueva creación … entre primera vida y vida hecha nueva … entre muerte y resurrección … entre el poder de Dios y la resiliencia humana. Palabras conocidas:

Porque Dios, que ordenó que la luz resplandeciera en las tinieblas, hizo brillar su luz en nuestro corazón para que conociéramos la gloria de Dios que resplandece en el rostro de Cristo.

Pero tenemos este tesoro en vasijas de barro para que se vea que tan sublime poder viene de Dios y no de nosotros. Nos vemos atribulados en todo, pero no abatidos; perplejos, pero no desesperados; perseguidos, pero no abandonados; derribados, pero no destruidos. Dondequiera que vamos, siempre llevamos en nuestro cuerpo la muerte de Jesús, para que también su vida se manifieste en nuestro cuerpo. (2 Corintios 4:6–10 NVI)

A veces no entiendo al apóstol Pablo. A veces el tipo no me cae muy bien. En otros momentos, siento que habríamos sido mejores amigos.

Pues en unos 20 de mis 120 semestres, he sido atribulado … pero no abatido; perplejo … pero no desesperado … perseguido … pero no abandonado … derribado … pero no destruido … medio muerto … pero resucitado por el mismo poder de Dios que levantó de los muertos a mi hermano mayor, Jesucristo.

Experimentamos el poder de Dios en nuestras vidas principalmente en la forma de la resiliencia.

Es posible que alguno de ustedes sea un Elías, convocando a 400 profetas de Baal a las llamas que los consumen. Es posible …

Es posible que entre nosotros anda aquel profeta que levanta aquella poderosa voz profética de Dios y declara sobre la ciudad de Medellín su vocación y su destino. Es posible …

Es posible que nuestra comunidad abrigue al Billy Graham colombiano que con temperamento genuino y humilde declara la redención que hay en Jesús y observa que miles y miles se acercan a la plataforma para conocer a este Jesús. Es posible …

Que el poder de Dios opere así entre nosotros, quizás con la excepción del masacre de los profetas paganos.

Pero para la mayoría nuestra verdad es otra y no es menos: Experimentamos el poder de Dios en nuestras vidas principalmente en la forma de la resiliencia.

En este semestre de tu vida o en otro, algo va a pasar que casi te mata.

Pero vas a sobrevivir. Es más, vas a conocer el poder de Dios como el poder de la resurrección que es, pues ¿cómo un Dios que se autodenomina Yahveh—Hacedor de Vida—podría tener y dar poder que no fuera para crear vida?

Vas a ser una hija o un hijo del Altísimo hecha/hecho para la resiliencia.

Hay un detalle más, pues les dije que hay malas noticias y que hay buenas noticias. Pero esa fue una mentirilla blanca.

La realidad es más interesante: Hay malas noticias … hay buenas noticias … y hay noticias excelentes.

Ahora, quiero darte las noticias excelentes: Con el poder de Dios en tu vida … y con la voluntad de experimentar las garras del Seol cuando tu vocación lo requiera … y con el horizonte escatológico por delante que contextualiza el misterio de tu vida y le da sentido …

Con todo esto, no vas a ser meramente una persona de resiliencia: ¡Vas a ser sencillamente imparable!

Así sea, familia. Así seamos.

What have we learned on the road?

Global Forum of Theological Educators

20-23 May 2019, Orthodox Academy of Crete

 

Χριστός ανέστη! // Christ is risen!

If it should turn out in the fulness of time that the Global Forum of Theological Educators, Verson 2.0 @ the Orthodox Academy of Crete should require a title, a refrain, a remembered rallying cry, a raison d’etre, I believe we will discover it to have been this:

Χριστός ανέστη! // Christ is risen!

We have asked ourselves in these days here in this magnificent location several questions about learners on the way.

We have, for example, followed Havilah Dharamraj as she’s queried ‘What does Abraham learn on the road?’ We’ve tracked with our brother Daniel Ayuch as he in turn has asked, ‘What do the disciples learn on the road to Emmaus?’ This very morning Laurie Brink has dared to ask aloud, ‘What did Jesus learn on the road?’

All the while a nearly invisible Listening Group comprised of seven of your peers has been laboring to understand ‘What have we learned on the road?’

I’d like to ask the members of your Listening Group to stand so that you can recognize them. They are Daniel Ayuch, Janet Clark, Rufus Ositelu, Kirsteen Kim, Gemma Cruz, and Zakali Shohe.

The we that stands as the subject of that sentence—’What have we learned on the way?’—is of course you. That is, we have tried our best to listen to you and now to speak back to you what we believe all of us have learned on our shared journey down this GFTE road.

There is of course a high degree of subjectivity in this enterprise. And with that subjectivity comes our renunciation of any claim that we’ve got this exactly right and certainly of any suspicion that our intuition captures exhaustively the learning that has occurred here this week in our second gathering of the Global Forum of Theological Educators.

Nevertheless, we have been earnest about our work and so it’s with a sense of sobriety that I now offer you some conclusions that represent both the results of the attentive listening that your Listening Group has exercised on your behalf during these days and my own interpretation of events in the light of that listening exercise.

I hurry to add that this is something other than a summation of the proceedings and so I’ll mention only a few presenters by name. I hope that none of you who has served us from this platform will feel diminished if your name remains un-spoken, for this in no way will reflect upon the value of the gift that you’ve given to us.

   *    *    *

We have found common cause in these meetings around one or two of the great hymns of the Church. Do you remember the first?

Father Abraham has many sons.

Many sons has Father Abraham.

I am one of them.

And so are you.

So let’s just praise the Lord.

That, at least, was how I captured Willie Jennings’ suitably pious version of this grand old hymn.

The version I remember from my own misspent youth makes a more Stoic claim.

Father Abraham had many sons.

Many sons had Father Abraham.

And they never laughed.

And they never cried.

All they did was go like this:

Tick-Tock, Tick-Tock, Tick-Tock …

It’s no wonder that Willie grew up and turned out so well, while others of us lagged so sadly far behind … and have such difficulty expressing our feelings.

I’d like to lay hand in this moment to another great, resonant hymn, one that my grandson Connor and I have intoned together no fewer than seven thousand three hundred times.

I wonder whether you know it …

Itsy Bitsy Spider went up the water spout.

Down came the rain and washed the spider out.

Out came the sun and dried up all the rain

And Itsy Bitsy Spider went up the spout again.

Theological education sometimes feels like that, especially in these days of elusive sustainability and reductive vision and crushing market forces and contexts that move like tectonic plates under our feet.

Dan Aleshire lowered himself down to dinner at table beside me two nights ago with a vast, world-weary sigh and said, ‘These conversations are so difficult. There are three poles and if you could lock down any one of the three, the conversation becomes easier.’

I asked Dan what the three poles are. ‘Well, the first … ‘, he intoned with extraordinary self-assurance ‘… is region of the world, that is, where one comes from. The second is a cluster of hot topics around identity, involving race, gender, and human sexuality.’

‘Yes, Teacher, but what is the third?’, I asked, though candidly Dan by this point was on a roll and didn’t need my encouragement to continue. ‘The third’, quoth Dan, ‘is confessional identity, which in our home contexts is fixed but here at GFTE is decidedly unfixed’.

This, in my view, is the genius of the GFTE concept to date: that we have chosen not to lock the third pole down but to engage the other two as the motley collection theological educators from six Christian families of theological educators that we are.

Whatever the GFTE experiment accomplishes, it most certainly does not make the conversation easier.

So one can be forgiven for feeling a little like Itsy Bitsy Spider on his or her infinitely daunting journey up and down the waterspout. Some would call it a futile journey though, as you’ll hear, I do not think that you do … I do not think that we do.

But let’s leave our sad little arachnid for a moment and attempt to speak concretely about some things we have learned on our road.

I offer seven things, not because of any insinuation that seven is the perfect number, but only because it’s our number.

One: Our Bible reading and our theologizing are inevitably located.

For a goodly number of us, one of the highlights of our gathering came right at the start with Havilah’s framing of Abraham, Sarah, Abimelech, Hagar, and Ishmael. In fact, what Havilah appears to have done is to reassemble the sequence of those names with her eye on the margins.

We did not so much trace the story of Abraham, Sarah, Abimelech, Hagar, and Ishmaelas we did these:

Hagar, Ishmael, Abimelech, Abraham, and Sarah.

That our Bible reading is a socially located exercise is not new news to anyone in this room. Yet we learned it all over again together as though it were, under the expert tuition of an Indian woman who has found her voice in proximity to foundational texts like Genesis 12-20 and then handed that voice over to us as a generous gift.

We saw with freshly open eyes how YHWH does not own Abraham’s abjection of Hagar and Ishmael but cares for and blesses outcast mother and child in a way that manifests ‘the wideness of his mercy’. Yet Abraham in the act and Israel in the memory simply cannot forget these alien figures who haunt their margins.

At our table immediately afterwards, I learned that the young Asian woman just there and the Filipino immigrant to America just there have always read this text through Hagar’s eyes while I, naturally and without question and for reasons that will be self-evident to many of you, have always seen it through Abraham’s.

But not anymore, not now, because we’ve been on this road together, we’ve lingered over these texts together. So we are changed.

Our Bible reading is inevitably located. But this is no counsel of despair. Rather, it’s an observation that invites us to listen to the located readings of our sisters and brothers and in the listening to touch Providence’s deeper wisdom.

In fact, one Listening Group member asked a quite pregnant question, one that I think surprised even her:

Is this conference really about listening?

Two: We must be dreamers.

If I’m not mistaken, we’ve groaned a little together. We have shared our disparate experiences of Itsy Bitsy Spider and her accursed rainstorms, our lives weighed down by budgets and FTEs and ‘economic contingencies’ and the tenacious grip of hard-wired injustices and non-viable institutional legacies and … two little steps forward and one bit step back …
So it’s refreshing to have been reminded that we must periodically lift our calloused hands from the business of pulling weeds and mopping up spills in order to dream withand forour students. A handful of years ago, in the context of lots of men in blue blazers at a North-South assemblage of seminary presidents in Brazil, my boss—a diminutive Colombian woman who guides the seminary I’m privileged to serve—loosed a cry of the heart. ‘Please let us dream!’, Elizabeth Sendek pled.

Let us remember why we do this, let us recall the unsolicited passion that invaded our lives and metastasized into vocation right smack in the middle of our complex context! Let us do it our way in our distinct places because our deep roots in those places tell us that we know a thing or two about them that are not well served by the abstractions and techniques of a ‘globalized’ monologue!

Now here comes Willie Jennings, providing us with some conceptual fodder for remaking our institutions—incrementally or otherwise—by doing again what got us here in the first place: dreaming dreams.

Willie is inexhaustibly quotable, but here is arguably my favorite line from his talk:

We are all the inheritors of someone else’s dreaming (both good and bad). Let’s find the points of alignment, of convergence, between our predecessors’ dreaming and our own.

One Listening Group member said, perhaps more vicariously than she knew, ‘I’m always obsessed by outcomes. Maybe dreams are more important than outcomes.’

Another offered, ‘Dreams are an activity of faith.’ Then, gathering steam, she observed ‘Dreaming is praying … Dreaming is hope.’

We must dream. Or, perhaps, we must remember what it was like to dream. And then find release to dream again … for and with our students.

 

Three: We are changed by the people we meet on this road.

This was the observation of our most prolific Listening Group leader.

It’s a home truth, a kind of rule of life. It’s not a newthing. Yet, in the delight we took in her recitation of it there was novelty, there was discovery.

‘Never in my life have I heard this!’, someone exclaimed of a text that he had heard a thousand times.

‘When we listen to the other, Scripture comes alive’, someone else chimed in.

When we walk the road with people who are very much like us, we belong. We are loved, we are strengthened, our wounds are bound up, our dreams recycle referents that are familiar rather than alien.

This is the ordinary traveling, the walking where one has been placed. Without doubt, it is a deep blessing, the ground of stability.

When we meet new, curiously different people on this road, however, we are changed.

For most of us in this room, the candidly beautiful internationality of this gathering is not the new thing. Many … perhaps most … have grown accustomed to this, our lives made the richer by it.

But the interconfessionalty of GFTE, the blooming six-family-ness of it conjures a meeting—to borrow my Listening Group colleague’s dialect—a meeting that brings the alien into a space that is up close and personal.

So we are changed by the people we meet on the road … on this road.

Four: Hospitality is arguably the defining quality of GFTE.

We heard about hospitality, we experienced hospitality, we practiced hospitality at every turn.

I think we could call this the Global Forum of Theological Hospitality and not risk being fined for telling a fib.

We are not, if I may use a contested expression from my own country, a melting pot. In fact, we are quite chunky.

What we have in common are just two things—trust in the Triune God and a common vocation—and not very much else.

Yet the divine hospitality that has welcomed each of us is something that we’re more or less working out how to practice with each other as we slowly realize just how precious—indeed, how priceless—that shared trust and common vocation truly are. Both alone and in concert.

I lack the courage to be a polemicist and yet I remember the conscious effort it took me to remind myself that I need not contest a table partner’s confidently declared opinion, one with which I could hardly disagree more completely. I felt better a few minutes later when a senior leader from another confessional family volunteered over lunch that he had had what I silently recognized as the very same experience at a different table and at roughly the same hour of the day.

It was related to me that a participant—again, from a confessional family not my own—had declared, ‘I have been unable to find a theological family … until now.’

In my view, GFTE has over the last 72 hours evolved from being a particularly interesting seventh-grade science experiment into being a thing. And I believe the defining quality of that thing may well be a divine one: hospitality.

As your listening group loitered longer than you were given the opportunity to do over yesterday’s Bible reading, we pondered this intuition.

On the road to Emmaus, eyes were opened to recognition of Jesus at the nexus of memory, interpretation, and hospitality. (prophecy)

Deliciously, we’ve enjoyed all three here at GFTE. Perhaps we, like they, have seen Jesus and then been providentially abandoned to our little community of two or three who gather in his name.

 

Five: Our capacity for empathy … indeed for shared journeying … is best enhanced by narrative … by the sharing of our stories.

For a moment, yesterday, it didn’t matter which of six confessional families Molly belonged to. We were all with her in her story. For a moment, we were all Molly, save her particular chains and any bruises she chose to leave unseen.

In the telling of our narratives, we discover who are neighbors are. Often they speak the shared language of our conference—English, the Latin of our day—with an alien accent. Often they name a different ecclesial family. Yet it turns out, sometimes, that they are neighbor. Indeed, sometimes they are kin.

Yet we didn’t know it until we heard their story. Until we learned of Molly’s first board meeting at a Kansas seminary. Until Cristian Sonea spoke my evangelical language of conversion in the first person of a Rumanian Orthodox priest. Until Davina’s narrative of daytime classes in Singapore with three students, nighttime classes that were full, and a Pentecostal seminary reborn. Until we learned that Coptic and Ethiopian Orthodox Churches are celebrated by many of our African Initiated Church brothers and sisters as the first and mother churches of their movement. Until a breakfast conversation with a colleague who in her institution was ‘marginalized’ from theology to missiology and then in that un-sought space converted by her students from Asia and Africa to a new understanding of mission.

Until …

Well, I suspect that many of our narratives are still to be told. Still to be heard.

 

Six: Theological education is best understood as an enterprise on the move.

One of our members declared as her first words in our Listening Group yesterday: ‘My words for today is mobility’.

One would have to be living in the proverbial bubble not to have experienced theological education as an enterprise that is conceptually on the move. Our methods, our student populations, our various constituencies, our justification for the craft in which we engage … all of these things are in a state of flux that roughly corresponds to the flux that defines every angle and corner of our world these days.

Yet we are also on the move as theological educators because we live in a world of massive migrations of human beings. Entire communities, however defined, are in movement and their churches with them. In Colombia, the country where I’m privileged to serve, 14% of our 48 million people have been internally displaced by half a century of war and political violence. Entire churches have been displaced with the communities they call home—a mobile home—as turns out. This fact has not been without redemptive significance for savaged Colombian communities that have found themselves homeless but not churchless.

Our Listening Group, having listened to you, mused whether this on-the-road-ness of theological education and its constituencies might best be considered normal for a Christian movement that in its earliest moments became known as The Way

Perhaps our moment, in historical terms, is not the uniquely deconstructing crucible that we imagine. Perhaps it is a more normal thing to find ourselves on the roadthan we have thought.

Perhaps, even, we are at our best … perhaps our opportunities are the most rich … when we must both engage and rest from the stress of mobility … when we are exposed before both the warming sun and the clotting dust of our road.

 

Seven: We didn’t learn new truths. We re-learned old truths in community.

Some may be left unsatisfied by the absence of reference to the skills, techniques, or performance of theological education in this review of what we’ve learned along the way.

That’s not an accident. And I can assure you that my notes are peppered by Listening Group members’ comments upon these things.

Yet none of them, in our conversations and in my estimation, rises to a level that would sustain a place as one of the top seven things we’ve learned. In fact, discussion of theological education’s vision and vitality in contexts seems to me to have served as the warm, moist, soily bed on which relationship and mutual understanding germinated and rose towards the sun.

There were moments when a ‘content cynic’ might have wondered whether our group would have thrived if our conference topic had been ‘Techniques of 19th-century Basket Weaving’. I think not, but it does seem that this group was—may I use a quasi-Pentecostal adjective—anointed in a way that made it a quick thing for us to recognize the neighbor, the fellow traveler, the family member.

A friend observed, ‘As an outcome of these meetings, my language has changed when I speak about other faith realities. I see the faces of the participants with whom I’ve worshipped, shared my passions, etc. It’s changed my language and my sense of identity. Before, I might have said of a certain seminary, “Oh, they’ve become liberal”. Now, I would not use language in their absence that I would not use as I looked into their faces. Now my observation might become “Their vision seems to have changed. I wonder what situation they are attempting to respond to.”’

That is, something quite powerful happened in the re-learning of old truths … together … on the way.

 

Conclusion

Well, your Listening Group was industrious and diligent. They flooded my inbox and my ears with many more fine observations than can be collected here. Time has done its violence to our task, but time is a force that must be welcomed rather than lamented.

How shall I draw these interpretative conclusions to their close without taxing your patience more than I should?

Let us a recall a home truth of ours: When a narrative ceases to speak life and becomes death-mongering instead, it’s time to change the narrative.

Let’s re-read a great hymn of the church from the social location of theological educators from six Christian families gathering to find common cause in just two things: a shared trust in the Triune God and a common vocation:

Itsy Bitsy Spider went up the waterspout.

Down came the rain and washed the spider out.

Out came the sun and dried up all the rain.

And Itsy Bitsy Spider went up the spout again.

Here’s what I hear, with regrets that this is not the moment for table conversation to tease out what you hear:

Itsy Bitsy Spider is not alone. And she is not climbing the only waterspout.

In fact, there are six spiders, of whom Itsy Bitsy is one, working out her vocation in the place in which she has been called to live and serve. Indeed, there may be more …

What’s more, this house has six waterspouts, each with its own busy, faithful spider. Or is this not merely a house? Is it a temple?

And Itsy Bitsy Spider’s iterative climbing up and being washed down are not the monotonous exercise in futility that has been claimed. Itsy’s vertically oriented lifestyle is in fact a liturgical rhythm. Itsy’s life oscillates between heaven and earth, for don’t temples always represent that space where heaven and earth intersect?

Itsy’s upward-oriented doxological movement is complemented by the downward, liquid rush of her Spirit-empowered reassignment to her world, where two or three gather and where so many groan for creation’s redemption and final consummation.

Some have conjectured that Itsy climbs a bit higher each time she makes her way up the waterspout, though others have felt that the mere insinuation of this belies something of a Pelagian spider-ology.

Regardless, the view from Itsy’s waterspout allows her to glimpse the other waterspouts. Indeed, she has come to recognize the spiders that climb those waterspouts as her neighbors … as her sisters … as her brothers.

Itsy finds this an empowering recognition, for she had wondered in her relative isolation whether those other spiders even belonged to her species.

Now will you rise to your feet and join me in singing together this great hymn of the faith … its narrative reframed so that it can give to us all the life that it has in it?

Itsy Bitsy Spider went up the waterspout.

Down came the rain and washed the spider out.

Out came the sun and dried up all the rain.

And Itsy Bitsy Spider went up the spout again.

Χριστός ανέστη! // Christ is risen!

 

As Jesus’ ministry gathers steam in Luke’s telling, we glimpse the drawing up of battle lines in the three-times-repeated memory that Jesus rebuked a collection of enslaving adversaries.

And in the synagogue there was a man who had the spirit of an unclean demon, and he cried out with a loud voice, ‘Ha! What have you to do with us, Jesus of Nazareth? Have you come to destroy us? I know who you are—the Holy One of God.’ But Jesus rebuked him, saying, ‘Be silent and come out of him!’ And when the demon had thrown him down in their midst, he came out of him, having done him no harm. And they were all amazed and said to one another, ‘What is this word? For with authority and power he commands the unclean spirits, and they come out!’ (Luke 4:33–36 ESV)

The verb that abbreviates Jesus’ belligerent command over the ‘unclean demon’ that holds this unnamed man in bondage is ε͗πιτιμάω (traditionally, to rebuke), supplemented in the people’s astonished after-commentary by ε͗πιτάσσω (usually, to command). As mentioned, Luke deploys ε͗πιτιμάω three times in close proximity, two of them of loud confrontations with demons reluctant to leave their hosts and once of Jesus’ command that an incapacitating fever should leave Simon’s mother-in-law.

And he arose and left the synagogue and entered Simon’s house. Now Simon’s mother-in-law was ill with a high fever, and they appealed to him on her behalf. And he stood over her and rebuked the fever, and it left her, and immediately she rose and began to serve them.

Now when the sun was setting, all those who had any who were sick with various diseases brought them to him, and he laid his hands on every one of them and healed them. And demons also came out of many, crying, ‘You are the Son of God!’ But he rebuked them and would not allow them to speak, because they knew that he was the Christ. (Luke 4:38–41 ESV)

In those who heard Jesus teach and observed his stern command over enslaving powers that is abbreviated by this word, it elicited recognition of Jesus’ authority (ε͗ξουσία; 4.32 of his teaching, 4.37 of his forcing the demon to depart).

By means of this flurry of words, we are meant to understand a powerful confrontation between Jesus, on the one hand, and enslaving tyrants on the other. The latter may be the difficult-to-describe phenomena that the text routinely calls demons or the hot fever whose departure allowed the afflicted woman to resume her customary habit of serving her guests

It is worth noting the uneasy cohabitation of accommodating truth and religion, on the one hand, and madness and religion on the other. Jesus’ teaching on the sabbath astonished by virtue of its authority, in implicit contrast with more customary sabbath instruction that appears to have lacked this. And Luke locates the man with ‘the spirit of an unclean demon’ precisely ‘in the synagogue’ at Capernaum.

Luke describes Jesus as the sworn enemy of those powers that imprison human beings in a cage of madness, destructive self-absorption, and enervating disease. It is possible that his narrative subtly means to include ‘teaching without authority’ among this roster of enslaving enemies of the newly arrived Jesus.

More, Jesus represents the front edge of a campaign to banish these from human experience.

In the passage at hand, such powers simply leave (έξέρχομαι, ἀφίημι), though often with a loud and frightening pout as they go, as though to signal that ‘This is not over …’.

Gentle Jesus, meek and mild?

Not so much.