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En el antiguo Israel, al igual que en nuestros días, a veces parecía que la verdadera religión requería la infraestructura de la santidad y la burocracia siempre codiciosa de la piedad. En ausencia del templo, el sacerdocio y los sacrificios, ¿qué se puede hacer realmente?

La voz de los salmistas trae la oración -dondequiera que los inconvenientes de la vida ubiquen a quien habla con Dios de esta manera desnuda y sin trabas- como el compromiso suficientemente bueno con YHVH cuando es todo lo que uno tiene a mano.

Oh Señor, a ti clamo, apresúrate a venir a mí.
Escucha mi voz cuando te invoco.
Sea puesta mi oración delante de ti como incienso,
el alzar de mis manos como la ofrenda de la tarde. 

Salmo 141:1–2 (LBLA)

Estas palabras no llegan a través de la facilidad de la filosofía o del reposo del sillón que a veces se cree que es el espacio habitual para hacer teología. Las primeras líneas del poema esbozan una circunstancia presionada, incluso amenazada. Más vale que YHVH actúe rápidamente si este salmista quiere terminar su pensamiento. O vivir un día más.

En su precario momento, el salmista se atreve a esperar que su oración huela a incienso en las narices del Divino Oyente, que sus manos alzadas sean aceptables como representación del cordero o la paloma que en un momento más privilegiado podría llevar a los atrios del templo.

Puede que no estemos acostumbrados a pensar en la oración como una concesión a las limitaciones impuestas por la realidad. La noción afirma el valor del templo, el sacerdocio y el sacrificio, cuando estos se pueden tener.

Sin embargo, la recepción por parte del canon bíblico de la súplica del salmista, su concesión de un lugar de honor como “Salmo 141avo” a su grito incómodo, también respalda la idea de que YHVH escucha cuando todo lo que uno tiene son palabras.

Puede resultar difícil imaginar una vitrina tan desnuda de recursos religiosos.

Pero sólo hasta que el exilio, el extrañamiento u otro desgarro de la vida nos empuje lejos de los equivalentes modernos al templo. Al sacerdocio. Al sacrificio.

Entonces, a solas con sus palabras, uno descubre que no está verdaderamente solo.

Alguien está escuchando.

El perfil visual de una pieza de poesía hebrea ubicada en una página es en ocasiones sorprendente. No es de extrañar que la tradición anicónica de las letras hebreas desarrolle un capricho artístico que la ponga a jugar con las formas y potencialidades de la escritura hebrea.

Como el brazo fuerte de un maestro en la muñeca de un joven alumno cuando se sienta ante un dibujo, el Salmo 136 dirige la mirada del lector de una esquina a otra de su modesta forma. Le enseña a ver esto y luego aquello, a vislumbrar el orden mágico en el revoltijo.

En la parte superior y a la derecha, el ojo capta la repetición …הודו ל (‘Dad gracias a …’), un comienzo que se convierte en un final cuando en la esquina inferior derecha de la página abre la convocatoria final del salmo. La presentación en español tiene este aspecto:

Dad gracias al Señor…
Dad gracias al Dios de dioses… 
Dad gracias al Señor de señores…
Dad gracias al Dios del cielo…

Salmo 136: 1-3, 26 (LBLA)

El exuberante salmo no sólo está enmarcado conceptualmente por esta llamada a la gratitud. Su perfil visual está conformado por lo mismo.

A lo largo del lado izquierdo del salmo, una uniformidad irregular sugiere un caos ordenado más que un orden por la austeridad del orden.

Veintiséis veces el salmo termina con la afirmación más fuerte de la Biblia hebrea, casi un credo: כי לעולם חסדו. Las diferentes longitudes de los versos del poema sitúan esta persistente reivindicación y su forma visual a lo largo del lado izquierdo de la página con una indentación que se resuelve en una curva ondulante si el ojo lo permite.

Porque para siempre es su misericordia…

La afirmación es en la Biblia hebrea una observación de cómo ha sido YHVH. También es un consuelo, una esperanza, incluso una promesa.

A pesar de toda esta coherencia conceptual y artística, una pequeña partícula destaca como única y disyuntiva. Se trata de la partícula relativa שׁ, que suele considerarse tardía en el inventario del hebreo clásico, convirtiéndose en un estándar para ‘que…’ o ‘quien…’ sólo en la época postbíblica.

La partícula aparece cerca del final del salmo, en el 23avo de los 26 versos. Desde que el salmo se tradujo al griego hasta la perenne lucha de los traductores modernos con su complejo texto, se ha reconocido que marca un cambio significativo en el recital regularizado del salmo sobre el modo en que YHVH trata a su mundo y a su pueblo. La LBLA ofrece las palabras ‘El que…’ para glosar esta enigmática partícula relativa.

El que se acordó de nosotros en nuestra humillación, porque para siempre es su misericordia, y nos rescató de nuestros adversarios, porque para siempre es su misericordia. El que da sustento a toda carne, porque para siempre es su misericordia.

Salmo 136:23–25 (LBLA)

Algo, en efecto, cambia en el versículo 23. La partícula es la cristalización lingüística de ese cambio.

Parece que שׁ marca el punto en el que el recuento de los actos poderosos de Dios se traslada a nuestro propio momento. Los actos poderosos parecen irreductiblemente poderosos cuando marcan el contorno dado de los días antiguos, fijados en el espacio y el tiempo. Esas cosas parecen casi predeterminadas para haber resultado exactamente de la manera en que lo hicieron. El único poder que tenemos sobre ellas, la única flexibilidad que puede obtenerse de ellas tiene lugar en los pequeños adornos y giros personales que empleamos cuando las recitamos una vez más.

Para los corazones anclados en los amenazantes desafíos de nuestros días, esas viejas y grandes cosas parecen que siempre iban a suceder. Sólo era cuestión de esperarlas.

No así los actos que anhelaríamos ver fluir del movimiento invisible de las manos de YHVH hoy. El recuerdo de nosotros en nuestro estado humilde. El rescate de nuestros enemigos. La provisión de pan, paz y dinero para el alquiler de hoy.

Este, nuestro pequeño pero conmovedor e ineludible drama, es introducido por שׁ:

El que…

Como mínimo, שׁ cuenta con nuestra necesidad de saber que YHVH -cuyo amor firme ha perdurado hasta ahora para siempre- es a quien debemos invocar en súplica cuando nos duele nuestra necesidad y luego en gratitud cuando ha actuado.

El compás, por así decirlo, de un salmo sorprendentemente rítmico, continúa.

No hay ningún cliché en las persistentes repeticiones del Salmo 136. Lo que podría confundirse con ello es, en cambio, la sutil invitación a comprender por un momento que aquella gente de entonces no sabía mejor que nosotros si YHVH actuaría.

Pero lo hizo. Lo hace.

Porque para siempre es su misericordia.

La palabra hebrea אז (‘entonces’) es una bisagra que ocasionalmente gira más que el peso esperado.

En Isaías 35, por ejemplo, אז es el pivote al comienzo de la memorable frase ‘Entonces se abrirán los ojos de los ciegos y se abrirá la boca de los mudos’. El texto contrasta el actual estado de abatimiento de los oyentes con la euforia que acompañará a la liberación y la restauración.

El Salmo 126 utiliza la poderosa distinción temporal que hace אז, pero en una dirección opuesta a la del pasaje de Isaías:

Entonces (אז) nuestra boca se llenó de risa, y nuestra lengua de gritos de alegría; entonces (אז) dijeron entre las naciones: ‘Grandes cosas ha hecho el Señor con ellos’. 

Salmo 126.2 (LBLA)

El poeta recuerda una época de buena fortuna casi vertiginosa, recordada desde su momento de desamparo con la más profunda añoranza.

Cuando el Señor hizo volver a los cautivos de Sión, éramos como los que sueñan. Entonces nuestra boca se llenó de risa, y nuestra lengua de gritos de alegría; entonces dijeron entre las naciones: Grandes cosas ha hecho el Señor con ellos. Grandes cosas ha hecho el Señor con nosotros; estamos alegres. 

Salmo 126: 1-3 (LBLA)

El Salmo puede revelar una conexión de algún tipo con la redención anticipada de Isaías 35, ya que ese texto esboza la exuberancia que salta en voz alta del regreso a Jerusalén desde el exilio. Aquí, la visión del poeta cae en una retrospectiva nostálgica sobre esa misma experiencia. Ambos textos hablan de un entonces bendito (אז), uno con la fuerte cadencia de la esperanza y el otro con el acento vacilante de un paraíso perdido.

Esta es, al menos, la interpretación que reflejan traducciones inglesas como la citada Nueva Versión Estándar Revisada (NRSV), que lee adecuadamente los dos verbos de resumen del versículo 3 según su connotación convencional como referidos al pasado: ‘El Señor ha hecho grandes cosas por nosotros, y nos alegramos.’

(Contrasta los tiempos perfecto y presente de la Nueva Versión Internacional: El SEÑOR ha hecho grandes cosas por nosotros, y estamos llenos de alegría; y los tiempos futuros de la Jewish Publication Society: El SEÑOR hará grandes cosas por nosotros y nos alegraremos).

La oración, en este salmo y en otros, es capaz de observar la bendición pasada con los ojos bien abiertos tanto a la satisfacción o el delirio de ese momento como a la realidad de que el sol se ha puesto sobre ella. La observación bíblica toma las cosas como son, no como deben ser ni como la fantasía las querría si pudiera.

El salmo ciento veintiséis, sin embargo, va más allá de la nostalgia para instar a YHVH a un cambio de fortuna que recupere lo que una vez fue.

Haz volver, Señor, a nuestros cautivos, como las corrientes en el sur. Los que siembran con lágrimas, segarán con gritos de júbilo. Él que con lágrimas anda, llevando la semilla de la siembra, en verdad volverá con gritos de alegría, trayendo sus gavillas. 

Salmo 126: 4-6 (LBLA)

No hay que olvidar las referencias equivalentes a las lágrimas y al llanto. Éstas, al parecer, son la suerte del poeta y de sus contemporáneos. Sin embargo, las imágenes de la agricultura en las que se incrusta el calor agudo de las mismas se inclinan hacia un tiempo en el que se habrán convertido en la semilla de la que han germinado cosas mejores, las raíces de una comunidad bien alimentada que puede aprender de nuevo a soñar y a reír.

El pasado no siempre se convierte en el futuro. La nostalgia puede distraer, enervar o paralizar.

Sin embargo, el recuerdo de días mejores puede alimentar la confianza de que los días venideros también tienen algo de magia en su espacio establecido. La oración aboga por su liberación. Y por la nuestra.

Sería un error leer en la retórica del Salmo sobre el alma -en hebreo, la נפש (nefesh)- concepciones griegas de un segmento invisible y duradero de la criatura humana. Esto no es así, sobre todo cuando el salmista da órdenes a su alma: “¡Alaba al Señor, alma mía!”, “¡Despierta, alma mía!” y cosas similares.

Con este lenguaje el salmista se dirige a toda su persona, a toda su vida, a su propia existencia. Lejos de segmentar a la persona humana, el lenguaje hebreo del alma trata al ser humano como una unidad integrada, aunque a menudo una unidad que debe luchar para descubrirse a sí misma, para ver a través del torrente de emociones, sentimientos y pensamientos que amenaza con disecarnos en lugar de unirnos.

El salmo ciento dieciséis se deleita en el hecho de que YHVH realmente escucha nuestro clamor. Las circunstancias conspiran, con mucha frecuencia, para situar ese resultado muy por encima de lo que los sociólogos nos han enseñado a entender como nuestras estructuras de plausibilidad. En la angustia, nos sentimos solos, abandonados, sin esperanza. Que Dios nos escuche parece ridículo, después de que nuestros quejidos hayan golpeado su puerta durante tanto tiempo sin que se produzca ningún movimiento en su interior.

Por eso, el rescate divino se produce casi siempre por sorpresa, por mucho que lo hayamos experimentado antes. Una nueva crisis, por definición, nos obliga a recorrer el camino de la desesperación como si fuera la primera vez. Construimos músculos que nos ayudan a hacerlo, una memoria que nos sugiere en silencio que el camino lleva a alguna parte. Sin embargo, lo recorremos siempre como una ruta nueva, amenazante en su soledad insensible.

Cuando YHVH efectivamente escucha, actúa y libera, el salmista se vuelve competente -una vez familiarizado con el patrón- para hablar del reposo del alma:

Vuelve, alma mía, a tu reposo,
porque el Señor te ha colmado de bienes. 

Salmo 116:7 (LBLA)

La incursión del Seol en la vida de los vivos -sobre esto el difunto Bernhard Anderson ha sido particularmente elocuente- es rechazada. Uno recupera la salud, los compañeros, incluso la capacidad de percibir que la vida en este mundo -no sólo en una anhelada liberación del dolor o en un mundo alternativo etéreo- puede ser buena.

Este es el reposo, el regalo de YHVH. Por desgracia, se encuentra al final del camino que acabamos de describir, no al principio. Los que lo encuentran -incluso cuando bailan- siempre tienen las mejillas mojadas de lágrimas.

El salmista, en su difícil situación, citará a veces las palabras grabadas del Señor, a veces con un tono audaz de hacer responsable a YHVH de sus compromisos anteriores. Otras veces, como en el salmo ochenta y seis, la intención parece más benigna. Golpeado por el persistente asalto de sus adversarios, el poeta coloca las palabras autorreveladoras de YHVH -que el testimonio bíblico remonta a la revelación del nombre divino registrada en los primeros capítulos del libro del Éxodo- frente a los hechos inflexibles de su angustia.

Mas tú, Señor, eres un Dios compasivo y lleno de piedad,
lento para la ira y abundante en misericordia y fidelidad.

(Salmo 86:15 (LBLA)

Es curioso que el salmista contraponga el amor paciente de YHVH al ataque implacable. Está claro que no está invocando la lentitud de la ira divina con respecto a sus enemigos, pues sin duda preferiría verlos vaporizados en un momento. Más bien, puede haber una admisión encubierta de su propia indignidad para el rescate de Dios. Hace su invocación, más bien urgente, en el lenguaje de la provocación lenta, porque espera que la propia paciencia de YHVH con él le haya mantenido en la lista de personas para las que el favor de Dios puede ser anticipado.

Compasivo y lleno de piedad, lento para la ira y abundante en misericordia y fidelidad…

Son palabras duraderas, recicladas a menudo cuando un temperamento divino más ardiente habría hecho que las circunstancias de uno sobrepasaran la estación de la esperanza. La asimetría del amor divino, por la que su ira es lenta y su misericordia rápida, su amor abundante y su ira escasa, marca las geometrías de la gracia dentro de cuyas líneas angulares podemos vivir. Hasta que la gracia se desliza en la experiencia humana hacia la presunción, se puede contar con que YHVH es más paciente, más misericordioso, más sufrido de lo que imaginamos.

Por eso sus recurrentes actos de amor son nifla’ot (נפלאות), o sorpresas. Para cualquier otro cálculo matemático, el momento de tales misericordias intervinientes habría pasado. Sin embargo YHVH, en su camino hacia el punto de no retorno misericordioso, es insufriblemente y magníficamente lento.

A sermon preached at Wethersfield (CT) Evangelical Free Church on July 3, 2022 as part of series entitled ‘Prayers of the Bible’

David Baer

Psa. 64:0         To the choirmaster. A David Psalm.

Psa. 64:1         Hear my voice, O God, in my complaint;

              preserve my life from dread of the enemy.

2      Hide me from the secret plots of the wicked,

              from the throng of evildoers,

3      who whet their tongues like swords,

              who aim bitter words like arrows,

4      shooting from ambush at the blameless,

              shooting at him suddenly and without fear.

5      They hold fast to their evil purpose;

              they talk of laying snares secretly,

        thinking, “Who can see them?”

6      They search out injustice,

        saying, “We have accomplished a diligent search.”

              For the inward mind and heart of a man are deep.

Psa. 64:7         But God shoots his arrow at them;

              they are wounded suddenly.

8      They are brought to ruin, with their own tongues turned against them;

              all who see them will wag their heads.

9      Then all mankind fears;

              they tell what God has brought about

              and ponder what he has done.

Psa. 64:10        Let the righteous one rejoice in the LORD

              and take refuge in him!

        Let all the upright in heart exult!

Congregational prayer

On this Independence Day weekend, we thank You for the many privileges that our nation has brought to us as its citizens. We are thankful.

We know that the fruits of independence and nationhood have not always in our history been available to all. We ask forgiveness for those times when we have been participants in such shared sin, either by omission or commission. And we thank you that you have on so many occasions been merciful to these United States of America.

We are anxious in this moment, when nothing seems assured. We who have children or grandchildren fear for the world and the nation in which they will come of age. Like the psalmist, we often feel that unrighteousness and conspiracy outrun justice and truth and even decency. Have mercy upon our nation, we ask. 

Among our flock and our families at WEFC, we are plagued by the same illnesses and vices and worries that are common to all of our neighbors. We ask you to be merciful to us. Yet we have hope in our Lord Jesus Christ, we have tasted his goodness, we have known freedom in him. We want more of his Spirit. We ask you for more freedom in Christ, freedom not only to rejoice, but also to serve and even to lay down our perks and our lives as you invite us to do.

We pray that even as you have been present to us in worship, that you now come to us through your Word and then through the Lord’s Supper. We are hopeless without you. Yet we rejoice in your closeness and your care.

Amen.

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Psalm 64 is nobody’s favorite Psalm. 

Nobody memorizes this psalm. I bet we could walk through every home represented in our WEFC family and not find Psalm 64 tucked under a single refrigerator magnet. I can almost guarantee that nobody has this psalm cross-stitched and framed, hanging in the living room.

It’s a dark psalm. It’s foreboding. It begins with a complaint that is then developed in such conspiratorial detail that it doesn’t really even fit any of our established categories of the biblical psalms.

It walks us through a sinister, conspiratorial landscape. Only late in the psalm does the Lord even show up in the prayer’s lines and dissipate the clouds that the psalm has by that point left hanging above our heads. And only in the final clause of the entire psalm does the pray-er discover that he’s not the only one who knows this dark web of fears, conspiracies, and anxiety that has become his life.

The psalm does bring us into the light, does bring us towards hope in its final verse or two. But it makes us wait an unusually long time before it grants us that relief.

The writer of Psalm 64 believes he lives in a dangerous and menacing world. If we share his assessment, then we walk with him on infected soil. The path to school or to work or to grandmother’s house takes us past the open mouth of a dark cave. People are plotting against us—against me—around a candle just inside.

If you have seen anxiety in your life or a family member’s life descend towards paranoia, then this psalm will sound uncomfortably familiar to you, at least in its first verses. In our family, Karen and I not unfamiliar with paranoia. A family member calls up when his own darkness descends. He knows he’s being paranoiac in those moments, he knows the things he fears are probably not real, but he can’t escape the thoughts.

Or maybe the things you fear—alongside this brother psalmist—really are real. Maybe a rational person shouldfear those things. Maybe the anxiety that grips us in 2022 is a rational response.

By my lights, the writer of Psalm 64 claims to live in a deeply conspiratorial time when it’s impossible to know for sure how much of our anxiety is based on fact and how much is merely imagined.

And you know what? I think we do, too. 

I think that when this psalmist describes his moment, he describes ours as well.

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Now we are a community of Jesus followers. You may be visiting us this morning and may not yet have become a follower of Jesus. If so, you’re warmly welcome among us. We hope you’ll choose to hang out with us often. But a Jesus community is who we are and why we gather.

We claim to have found light and life in the mist of all that I’ve described. That’s our experience. It’s our testimony. It’s our witness. It’s our claim.

So in the light of this conspiratorial psalm this morning, I want to say this:

We rejoice in a dangerous and uncertain world. Our God-given joy takes root in infected soil. We whistle as we walk past the open mouth of that dark cave, not because we are naive, but because we have learned to trust in a reliable Lord who is really there. Really here.

The prayers of the Bible are not always voiced from strength. Quite often, their words flow from weakness. The prayers of the Bible do not always express deep confidence. Quite often they manifest dread and anxiety. We may find some model prayers, but we won’t always find model pray-ers. Perhaps there is no such thing. Maybe we mostly find pray-ers in process … pray-ers in formation … maybe as pray-ers we’re all works in progress.

This psalmist sure seems to be one.

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He prays out of palpable alone-ness. You could cut his anguished isolation with a knife.

In fact, the fact that he is very much alone is the first of three observations I want to make about this psalm.

Let’s hear again those first six verses:

Psa. 64:1            Hear my voice, O God, in my complaint;

                   preserve my life from dread of the enemy.

2        Hide me from the secret plots of the wicked,

                   from the throng of evildoers,

3        who whet their tongues like swords,

                   who aim bitter words like arrows,

4        shooting from ambush at the blameless,

                   shooting at him suddenly and without fear.

5        They hold fast to their evil purpose;

                   they talk of laying snares secretly,

          thinking, “Who can see them?”

6        They search out injustice,

          saying, “We have accomplished a diligent search.”

Do you notice that everything about this psalmist is singular and everything about those who threaten him is plural? He’s outnumbered.

Let me read it again, highlighting the singularity of this psalmist over against the plurality of his enemies… 

Psa. 64:1            Hear my voice, O God, in my complaint;

                   preserve my life from dread of the enemy.

2        Hide me from the secret plots of the wicked,

                   from the throng of evildoers,

3        who whet their tongues like swords,

                   who aim bitter words like arrows,

4        shooting from ambush at the blameless,

                   shooting at him suddenly and without fear.

5        They hold fast to their evil purpose;

                   they talk of laying snares secretly,

          thinking, “Who can see them?”

6        They search out injustice,

          saying, “We have accomplished a diligent search.”

He is all alone. Outnumbered. All the odds are in their favor. He is left only with the hope that God is somehow present … listening … watching … and prepared to act. But all of his address to God is a pleanot yet a report.

Observe with me, too, how invisible those who conspire against him are to him:

Psa. 64: 2 Hide me from the secret plots of the wicked,

                   from the throng of evildoers,

3        who whet their tongues like swords,

                   who aim bitter words like arrows, (YOU CAN’T DODGE AN ARROW, YOU DON’T EVEN SEE IT COMING, IF YOU DON’T BELIEVE ME, TALK TO A DEER HUNTER WITH A SCAR OR TO THE VENISON IN YOUR FREEZER.)

4        shooting from ambush at the blameless,

                   shooting at him suddenly and without fear.

5        They hold fast to their evil purpose;

                   they talk of laying snares secretly, (YOU DON’T SEE A SNARE BEFORE IT’S TOO LATE … TALK TO A TRAPPER WITH A SCAR.)

          thinking, “Who can see them?”

Let’s take a deep breath … and let’s take the measure of this man’s predicament.

FIRST: He is all alone.

SECOND: He can’t see his enemies.

Let’s take a deep breath … and let’s the measure of this man’s predicament.

First: He is all alone.

Second: He can’t see his enemies.

I’ve wondered, as I’ve spent many hours with this psalm this week, whether this pray-er is sure that all those invisible conspirators really exist. The nature of a conspiracy is that it takes place in secret. It’s hard to know for sure who’s out there … how many of them there are … how realistic is their threat … and whether they’re even really there … which is pretty bad if they are. Or whether I’m making this all up in my head, which might even be worse.

And even this wondering seems to bring our psalmist closer to our time … and to our anxious, conspiratorial moment. A time when it’s sometimes hard to know who are the crazy ones and who are the sane ones. And where I stand on that spectrum.

If you identify at all with this kind of isolated anxiety, then this psalm is a prayer for you. You should pray it.

Praying in the Bible’s way is not an exact science. We don’t have to know precisely what’s going on around us. We are invited to express before the Lord our ‘complaint’—as this Psalm call its—in hope that we aren’t actually as alone out here as we feel.

Or maybe you know all too well who has plotted against you at work … at school … in your family. Maybe there aren’t really any ambiguities at all. It’s not that things are unclear for you, it’s just that they’re so miserably unfair. So wrong.

And you are so left isolated and defenseless against their plot.

This prayer, then, is also a prayer for you:

Psa. 64:1            Hear my voice, O God, in my complaint;

                   preserve my life from dread of the enemy.

2        Hide me from the secret plots of the wicked,

                   from the throng of evildoers,

3        who whet their tongues like swords,

                   who aim bitter words like arrows,

4        shooting from ambush at the blameless,

                   shooting at him suddenly and without fear.

5        They hold fast to their evil purpose;

                   they talk of laying snares secretly,

          thinking, “Who can see them?”

6        They search out injustice,

          saying, “We have accomplished a diligent search.”

                   For the inward mind and heart of a man are deep.

Before we leave this first part of today’s message, may I leave you with one more observation? It would feel evasive for me not to say something about it before we move on into the two remaining sections of this psalm. It would seem as though I were leaving God’s Word floating in space, unconnected with who we are and where we are in this moment.

In our hyper-politicized moment in this country, how can you know if you’ve fallen prey to the angry environment we live in? No matter whether there are conspiracies and conspirators out there, how can you know when *you* have become conspiratorial (and are playing the enemy’s game)?: When you no longer take your fears to the Lord first before you take them anywhere else.

I think this psalm encourages us to do just that.

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This psalm’s first pray-er felt himself to be very alone. He was isolated and more than a little bit afraid.

 Now the biblical psalms before they are anything else are prayers. They show us the many forms that prayer to the God of Israel and the Father of our Lord Jesus Christ can take. They offer us models for prayer. Not the prayers of model people, necessarily. But the range and diversity and daringness and honesty of prayers as these were prayed by Israel and as they are now prayed by followers of Jesus everywhere. But the psalms do more than merely show is what honest prayers are like. They show us also how honest prayers work.

Very often prayer begins with our darkness and then leads us into deep encounter with God.

That is exactly what happens in this prayer. The prayer takes a step forward at verse 7. In English, this awareness of God’s presence and God’s activity is introduced with the word ‘But…’.

Why this little word?

Well, ‘but’ appears right here in order to represent a turn that the Hebrew pray-er makes in the sudden realization that he is not alone.

Now don’t misunderstand what I’m saying here. He has not yet realized that his plight is one that is familiar to other people. It’s not that he finds himself suddenly in the presence of a sympathetic community. The turning at verse 7 is not that kind of turning.



Rather he sees that his invisible enemies … his unseen conspirators … have their counterpart in the presence of the unseen God … an unseen Ally … an unseen Protector.

Psa. 64:7            But God shoots his arrow at them;

                   they are wounded suddenly.

8        They are brought to ruin, with their own tongues turned against them;

                   all who see them will wag their heads.

Let’s dig down deeply into this truth that this prayer is telling in these two little verses.

Do you see the irony in these verses, right here in verses 7 and 8?

Back in verse 4, we read that the wicked ‘shoot… from ambush at the blameless, shooting at him suddenly and without fear.’

Here we see that God shoots his arrow suddenly. In the Hebrew text, the words are the very same two words, just as in our English translation ‘shoot’ and ‘suddenly’ are the same words in verse 4, where they describe the conspirators’ shooting as in verse 7, where they describes God’s sudden shooting.

That’s one aspect of the irony of what the psalmist begins to see clearly as he prays and communicates to us in vv. 7-8. We could bookmark this reality for a moment by observing that ‘maybe the pray-er’s world is not quite as dangerous as he imagined.’

But there is a second irony. It is the conspirators’ own scheming that leads to their downfall. They are brought to ruin ‘with their own tongues turned against them.’

So which is it?

A. Does God turn on his righteous one’s persecutors and destroy them?

B. Or does their own scheming bring their downfall.

Well, the psalmist seems untroubled by the fact that it’s both of these things at the same time.

There’s instruction in this for us, I think.

Why is it, in time, that the worst schemers we’ve ever met … whether in our little private lives or on a public canvas writ large in the form of politics or history … why is it that they are so often … in time … brought low … disgraced … and often destroyed? 

Did they do it to themselves? Yes, because that is how the world works, our psalm tells us.

But did God’s arrow also fly silently and suddenly in the turn of events. Well, yes, because that’s also how the world works, our psalmist would have us believe.

Are we being instructed to have eyes to see the silent hand of God moving in the slow and then sometimes sudden turning of events?



I think so.

More importantly, are we being invited to learn to walk prayerfully and fearlessly through the conspiracies of our moment? Yes, I think so.

You see, there is a permanence in righteousness that tends to outlast its enemies. And there is a fleetingness to the temporary dominance of the unrighteous that tends to fade slowly or to fall suddenly as time in this God-shaped world of ours moves forward.

It turns out, this psalmist comes to understand in prayer, that he is not alone. It turns out, we students of this instruction, come to understand, that we are not alone. God, with his swift arrow, is watching … patiently … but also attentively … and in time actively.

Do we expect it? Do we observe it? Do we quietly give thanks for it?

Or are we bereft of eyes that see the movements of God’s hand no matter how blurry and fleeting and poorly lit the image? Have we become so secularized that we cannot see His hand in our history … in our histories?

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At the end of this psalm—in the last two verses … the final four lines of this psalm, the pray-er finally finds himself in human company.

I’m going to skip over verse 9 and focus in the final moments of this teaching on verse 10.

[Then all mankind fears;

                   they tell what God has brought about

                   and ponder what he has done.]

Psa. 64:10          Let the righteous one rejoice in the LORD

                   and take refuge in him!

          Let all the upright in heart exult!

In the first line of verse 10, our pray-er is still very much alone. But having seen what his eyes have seen—or perhaps what his confidence in the Lord promises his heart that he will see—his is a solitude of rejoicing rather than of trembling in fear. It is an aloneness that shouts out God’s reliability and seeks to find still further refuge in Him.

Then, in the psalm’s final syllables, the pray-er recognizes that God’s trustworthiness amid anxiety-producing circumstances is an experience that all God’s sons and daughters can be expected to experience: Let all the upright in heart exult!

The Psalms so often do this kind of thing, moving from the long, arduous, taxing journey of the individual, who must fight his or her battles himself…

… into the welcoming embrace of a community … of a family … where every one has fought his or her own battles.

There is in fact a coming home to a family like ours at WEFC and hundreds of thousands of other communities where Jesus is honored. But that community of faith … of shared destiny … of Jesus’ presence … never quite eliminates the burden that rests on the shoulders of each of us to engage our fears, our addictions, our anxieties, our sin, our faithlessness … on our own and for ourselves … before God.

It’s a paradox of being a disciple of Christ, one of the really deep ones. Each of us is very much alone in the most critical decisions about who we will be … and at the same time embraced in the arms of a community that understands, supports, prays, and walks with us.

This psalm is just one of many manifestations of that same reality.

Are you anxious? Are there those who would bring you down? Or bring your church down? Or bring your nation down? (On this Fourth of July).

Does the chaos within and without make you unsure about whether the threat lives only in your head? Or whether it really and truly stalks your family, your workplace, your school, your country?

Then pray:

Psa. 64:1            Hear my voice, O God, in my complaint;

                   preserve my life from dread of the enemy.

2        Hide me from the secret plots of the wicked,

                   from the throng of evildoers,

3        who whet their tongues like swords,

                   who aim bitter words like arrows,

4        shooting from ambush at the blameless,

                   shooting at him suddenly and without fear.

5        They hold fast to their evil purpose;

                   they talk of laying snares secretly,

          thinking, “Who can see them?”

This little, unfavorite psalm is not the answer to all our problems. Nor is it more than a single important voice within Scripture.

But it invites those who trust in God to walk with confidence until that day, soon or far off, when God’s will shall be done … on earth as it is in heaven.

Meanwhile…in this present darkness…

Let the righteous one rejoice in the LORD

                   and take refuge in him!

          Let all the upright in heart exult!

A menudo, la poesía habla tan claramente por su forma como por las palabras que emplea. En estos casos, la estructura triunfa sobre el sonido. Así ocurre, sobre todo, cuando la rigidez de la forma, elegida por él mismo, limita las opciones del poeta. En esos momentos, sólo puede y debe hacer lo que ha elegido.

Por ejemplo, los “salmos acrósticos”. Estas composiciones antinaturales se encadenan a una letra del alfabeto hebreo, imponiendo al espíritu poético el requisito de comenzar los siguientes ocho versos con el equivalente de, por ejemplo, la “c” o la “d” o la “e”. Como un atleta que se entrena con repetidos sprints de 36,5 metros aunque sabe que nunca realizará exactamente ese movimiento después de que suene el silbato y comience el frenesí, el poeta afina sus músculos con un salmo acróstico. Averigua lo que puede hacer y, mientras tanto, descubre facetas de la realidad que el curso normal de la vida simplemente no arroja.

Uno no debería aburrirse muy rápido de los salmos acrósticos. Hay oro -aunque quizás no tan frecuentemente como podríamos desear- en esas colinas.

Para encontrarlo, hay que darle vueltas a la pala durante un tiempo no aprovechable:

Se me acercan los que siguen la maldad;
lejos están de tu ley.
Tú estás cerca, Señor,
y todos tus mandamientos son verdad. 

Salmo 119.150-151

El poeta del Salmo 119 es vulnerable a las acusaciones de banalidad, aunque rara vez sea condenado. Su fascinación por la ley, los estatutos y las ordenanzas de YHVH -es fácil preguntarse si es mejor llamarla obsesión- es intensa y prolongada. Francamente, se lee mejor en el hebreo.

Sus versos 150 y 151 (sí, el salmo es así de largo, y aun más) son un emerger en un claro iluminado por el sol. Aquí hay luz y un poco de vida, descansemos un momento.

La geografía de lo perseguido rara vez ha sido trazada con mayor claridad. Puede que la cartografía moral no elabore listas de los veinte mejores, pero si alguna vez el campo decide hacerlo, uno espera que los jueces pasen un minuto por este claro iluminado.

Se me acercan los que siguen la maldad…
lejos están de tu ley…
Tú estás cerca, Señor…
y todos tus mandamientos son verdad…

La arrogancia autoengañada de los perseguidores del salmista destaca por la fantasía tóxica que es. El salmista encuentra, mientras tanto, protección y luz en la proximidad de YHVH. La verdad de YHVH es sólida. Los planes de los perseguidores se desmoronarán. Uno casi puede oír el eco de una charla basura de la antigüedad, uno se esfuerza por captarla con claridad, suena casi como si preguntara: “¿Quién es tu papi ahora?”.

La luz resplandece a menudo en el texto bíblico.

Ya sea porque el amanecer es en la experiencia humana una expectativa tan fiable o porque el paso de la oscuridad de la noche al resplandor de la mañana es tan dramático, la imagen se presta al vocabulario de la esperanza y la ilusión.

Uno de los grandes enigmas de la vida -y, por tanto, un tema para los poemas inquisitivos que llamamos Salmos- es por qué sufren los justos. ¿Por qué, en un mundo bien gobernado, las mujeres y los hombres buenos deben conocer la oscuridad y la confusión de la noche? ¿Por qué no es el suyo un paseo perpetuo de la luz al resplandor?

Los Salmos no se aventuran a dar respuestas absurdamente sencillas a esas preguntas. Más bien, sus versos acompañan a la persona afligida hasta que puede afirmar con integridad que las cosas no son tan sombrías como parecen en el valle de la sombra de la muerte. O, al menos, tan severas.

De vez en cuando, los Salmos aconsejan paciencia.

La luz resplandece en las tinieblas para el que es recto; Él es clemente, compasivo y justo. 

Salmo 112:4 )LBLA)

Una frase así no miente sobre la ceguera oscura de la noche. No suaviza los contornos sin luz de la oscuridad más profunda.

Más bien señala la temporalidad de la noche tal y como la experimenta el hombre recto. Casi -de vez en cuando esta advertencia es necesaria si se quiere mantener la honestidad- tan previsiblemente como amanece la luz, así cambia el Señor la sombría fortuna de aquellos cuyas vidas se alinean con sus caminos. De hecho, el poeta emplea el viejo lenguaje de la auto-revelación de YHVH para subrayar esta esperanza: el Señor es clementemisericordioso y justo. Este es el mismo vocabulario que se congrega en torno a los momentos del Pentateuco de la auto-revelación inicial de YHVH, aquí transpuesto en una promesa de luz para el hombre o la mujer justos que tropiezan perdidos en la dolorosa oscuridad.

Esta es la doctrina que se proclama y se aplica al individuo que sufre, si es que se puede sacar ese lenguaje cuando se tiene sobre la mesa un antiguo poema bíblico.

Es difícil -de hecho, a veces incluso imposible- creer a medianoche que la mañana llegará. Susurrar ese pensamiento parece casi mentir sobre la noche.

Eso no cambia la fiabilidad del amanecer. Vendrá, sólo hay que esperar y ver.

La vida nos sitúa, con frecuencia, lejos de donde preferiríamos estar.

Esa distancia rebelde puede resentirse, resistirse, puede convertirse en la raíz de nuestra saliva más amarga. Otra posibilidad es abrazar el lugar lejano como una característica de nuestra vocación. Desde allí echamos las raíces que podamos, nos instruimos en el afecto por el lugar adoptivo, pero seguimos hablando de nuestro inquieto anhelo por la ciudad lejana que perdura como morada de nuestro corazón. Incluso llamamos hogar a ese lugar lejano.

Los salmos conocen esta arraigada nostalgia y se atreven a nombrarla. A menudo, Sión -una ciudad que los materiales bíblicos se atreven a comparar con el pecho de nuestra madre- es el lugar que nos llama, el destino deseado de nuestras migraciones. Los que más reclaman sus muros suelen precedernos en el lugar. Así lo dice el salmo ochenta y cuatro:

Aun el gorrión ha hallado casa,
Y la golondrina nido para sí donde poner sus polluelos:
¡Tus altares, oh Señor de los ejércitos,
Rey mío y Dios mío!
¡Cuán bienaventurados son los que moran en Tu casa!
Continuamente te alaban. 

Salmo 84:3-4 (NBLA)

Este poema figura entre los más conmovedores de los salmos canónicos. Es imposible no citarlo en su totalidad:

¡Cuán bienaventurados son los que moran en Tu casa!
Continuamente te alaban. (Selah)
¡Cuán bienaventurado es el hombre cuyo poder está en Ti,
En cuyo corazón están los caminos a Sión!
Pasando por el valle de Baca lo convierten en manantial,
También las lluvias tempranas lo cubren de bendiciones.
Van de poder en poder,
Cada uno de ellos comparece ante Dios en Sión.
¡Oh Señor, Dios de los ejércitos, oye mi oración;
Escucha, oh Dios de Jacob! (Selah)
Mira, oh Dios, escudo nuestro,
Y contempla el rostro de Tu ungido.
Porque mejor es un día en Tus atrios que mil fuera de ellos.
Prefiero estar en el umbral de la casa de mi Dios
Que morar en las tiendas de impiedad.

 Salmo 84:4-10 (NBLA)

Sión es para este poeta el lugar del más profundo reposo de su corazón. De ella son las piedras sobre las que se eleva su sentimiento de pertenencia a un nivel sin precedentes, un torrente de pertenencia al que mira desde pasos lejanos como el momento más verdadero. Imagina a su comunidad cobrando fuerza a medida que avanza hacia ese lugar en su mapa mental, convirtiendo los valles llorosos en manantiales de agua pura por la mera y decidida determinación de la peregrinación.

El salmista pertenece a Sión y la ciudad a él. Allí comprende quién es y quién debe ser.

Las complicadas y viejas palabras de la bendición sacerdotal del capítulo 6 del libro de los Números debían ser pronunciadas durante incontables generaciones sobre “los hijos de Israel”.

Sin embargo, hay en el shalom del Israel bíblico un marcado potencial de bien que fluye mucho más allá de las fronteras de ese pequeño pueblo. Los relatos patriarcales del Génesis nos dicen, un poco enigmáticamente, que todas las naciones de la tierra encontrarán su bendición en el padre Abraham.

El salmo sesenta y siete discierne en estos dos hilos resistentes de la tradición bíblica -bendición para Israel, bendición para las naciones- la autorización para unir las venerables palabras de la bendición sacerdotal a una ferviente esperanza de que toda la tierra pueda emocionarse ante los justos juicios del Dios de Israel. El shalom, para este poeta, no tiene límites. No es un juego de suma cero, es capaz de abarcar a todos los que vengan. El amor no necesita amar menos a su primer objeto para ampliar el círculo a segundos, terceros y más.

Una nota autorreferencial persiste a lo largo del salmo -Israel es el nosotros y el nos-, pero suena con un toque suave y un espíritu generoso.

Puede que las antiguas fronteras no se borren, pero ciertamente se difuminan ante la bondad desbordante de quien llamó a Abraham y bendijo a Israel.

El escritor del Salmo 67 nos da una declaración de la bondad desbordante de YHVH que es muy suya. Quizá no haya nada parecido en el resto de la Biblia. Con una precisión extraordinaria y un gusto por la expresión literal, ha tomado la bendición principal de Israel y la ha extendido de forma abrahámica a aquellas naciones que -como se nos prometió hace tanto tiempo- encontrarían su bendición en Abraham.

Sin embargo, aunque la construcción precisa que hace de las cosas es única, las naciones alegres del salmista y su Israel encantado manifiestan una mentalidad y un corazón que se vislumbran en toda la Escritura. Jesús, Pablo y otros encontrarán su camino tanto para insistir en que la salvación viene de los judíos y a través de ellos como para afirmar que la salvación es el destino de todas las naciones de su Padre.

Israel está en su mejor momento cuando se deleita en ver cómo el Shalom que tan bien conoce se abre paso en la vida de los pueblos.

Estamos en nuestro mejor momento cuando un salmo como éste moldea los corazones y las mentes y anima las manos y los pies.