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Convencido de su integridad, el escritor del Salmo 26 aboga por la reivindicación con una confianza que las almas sensibles podrían encontrar perturbadora.

Debemos entender que el escritor ha hecho precisamente lo que los ‘salmos sapienciales’ instruyen al inexperto en la vida si quiere llegar a ser justo y sabio. El salmista puede hablar con transparencia de su trayectoria en la vida porque ha seguido el plan de juego. No es que haya vencido a sus vecinos en un fácil concurso de rectitud personal. Más bien, el plan de YHVH para el desarrollo de una vida humana ha demostrado ser fiable. Excepto, hasta ahora, por la parte de la vindicación.

Hazme justicia, Señor, pues he llevado una vida intachable;
¡en el Señor confío sin titubear!

Examíname, Señor; ¡ponme a prueba! purifica mis entrañas y mi corazón.

Tu gran amor lo tengo presente, y siempre ando en tu verdad.

Salmo 26:1-3 (NIV)

A lo largo del camino, el salmista hace un diagnóstico de la mano del hombre, de la suya propia y de la de sus escépticos.

Con manos limpias e inocentes camino, Señor, en torno a tu altar.

El contexto deja claro que la acción es cultual y no higiénica. No hay ninguna teoría de los gérmenes en juego en la descripción, sino una imagen del hombre que por la fuerza establecida de la disciplina, resultado de años de pequeñas decisiones en la misma dirección, cumple con sus responsabilidades en el culto. Reclama un historial de conducta comprobable, no sólo en los compromisos sociales con la justicia que constituyen el núcleo de la sabiduría bíblica, sino también en lo que respecta al reconocimiento público de su Creador y la solidaridad con su comunidad, que hacen que esa actividad “religiosa” sea densa y social, en lugar de tenue y netamente privada.

Sin embargo, otras manos se han ocupado de manera diferente. Nos enteramos de esto en una súplica:

No juntes mi alma con pecadores, ni mi vida con hombres sanguinarios, en cuyas manos hay ardides inicuos, y cuya diestra está llena de sobornos.

Salmo 26:9-10 (LBLA)

La gramática de la poesía del Salmo 26 va de lo general a lo específico. Después de los ‘pecadores’ más genéricos, el escritor llega a un tipo específico: ‘hombres sanguinarios’. Por lo tanto, probablemente deberíamos leer ‘los dispositivos malignos’ como algo general, con ‘los sobornos’ como un ejemplo específico.

Sólo podemos preguntarnos qué otras cosas han hecho las manos conspiradoras. El menú del desorden se halaga a sí mismo con la variedad. Sin embargo, sabemos por el ejemplo que se nos ofrece, el soborno, que tales actividades son lo más opuesto a la transparencia. Lo que se ve, en los planes de los malvados, casi nunca es lo que se obtiene. Este tipo de manos ocupadas desfigura la realidad en lugar de moldearla hacia su potencial. El murmullo de la mano rápida se satisface en distorsionar la justicia en lugar de desplegarla para el bien común.

Mientras tanto, a un mundo de distancia, pues el realismo de la sabiduría bíblica entiende que los justos y los malvados habitan universos paralelos, incluso cuando sus espacios vitales se encuentran justo al otro lado de una valla o a un número de distancia en un ascensor compartido; la persona inocente lava las manos sagradas en la adoración, preguntándose qué necesidad encontrará esta tarde entre la gente, qué testimonio de gracia podría ofrecer a los abatidos, qué palabra de gratitud podría convertirse, en crescendo, inesperadamente, en una canción.

Nada falta: Salmo 23

La clara y concreta familiaridad de esa primera línea llega en esta mañana difícil como un regalo:

El Señor es mi pastor, nada me faltará.

Salmo 23:1 (LBLA)

Por un momento, esto consume la espesa maleza de la escasez, el dolor y la necesidad. Arroja la tierra bajo mis pies a la luz del sol. Hace que uno se empiece a creer que es verdad.

Oh, como desearía ser pastoreado en la noche más larga, en el valle más oscuro y sombrío del abandono. Cómo anhelaría conocer por un momento la ausencia de escasez, el silenciar del propio grito contra la locura de las cosas.

El cuerpo anhela que sea verdad más que casi cualquier otra cosa. Si esto es la realidad, entonces todo lo demás puede ser soportado.

En lugares de verdes pastos me hace descansar;
junto a aguas de reposo me conduce.
Él restaura mi alma;
me guía por senderos de justicia
por amor de su nombre.

Verdes pastos. Aguas de reposo. Senderos de justicia. Casi puedo recordar su forma, sentir de nuevo la suavidad bajo los pies descalzos, el frescor del agua que rocía, el placer de un camino que lleva -aunque sea erráticamente- a un destino en lugar de agotarse en la confusa falta de forma de la maleza. Hubo un momento, casi toda una vida en realidad, en que la alegría era la norma, en que la risa se acumulaba y fluía como un torrente incluso cuando la justicia parecía haberse reducido a un goteo.

Aunque pase por el valle de sombra de muerte,
no temeré mal alguno, 
porque tú estás conmigo;
tu vara y tu cayado 
me infunden aliento.

Tal vez esta soledad, que carcome el alma, no sea la soledad, sino la percepción ligeramente sesgada de estarlo, porque el que acompaña vela por razones que sólo él puede conocer. Pero ¿acompaña realmente? ¿Camina hasta aquí, conoce el calor de estas lágrimas, sintoniza la rara y arrítmica cacofonía de los sollozos de un hombre adulto?

Es demasiado para ser real, esta falta de querer. Sin embargo, tal vez se convierta en realidad en su momento, aunque la oscuridad no se convierta rápidamente, o nunca, en luz.

Tan lejos: Salmo 22

Ojos que no ven, corazón que no siente.

Así olvidamos a las personas que siempre deberíamos recordar. También perdemos el contacto. “No estamos realmente en contacto”, dice la gente, la ausencia de comunicación lo dice todo.

Eso es lo que pasa con la distancia. No es tanto la cuestión de estar al otro lado del río o de la siguiente ciudad o de un huso horario distinto. Es que no se pueden ver, ni oír.

Decimos: “No me encuentran”. Pueden pasar cosas terribles y el que podría haber hecho algo se entera cuando ya es demasiado tarde. Sólo por estar lejos.

El Salmo 22 es el lamento más famoso del libro de los Salmos, sobre todo porque se dice que sus preguntas iniciales, temibles, salieron de los labios de Jesús mientras estaba colgado, clavado a la máquina de la muerte que abreviamos con palabras muy conocidas como “la cruz”.

Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado? ¿Por qué estás tan lejos de mi salvación y de las palabras de mi clamor?

Salmo 22:1 (LBLA)

La distancia, de hecho, el distanciamiento, que se mantiene frío e insensible como el acero oxidado en el núcleo del abandono podría pasar desapercibido si no volviera a la pluma del salmista dos veces más (hebreo רחק).

No estés lejos de mí, porque la angustia está cerca, pues no hay quien ayude.
Pero tú, oh Señor, no estés lejos; fuerza mía, apresúrate a socorrerme.

Atesoramos una placentera y apacible soledad, bienvenida cuando se puede tener. Pero aquí es diferente, esta es una soledad aterradora, agotadora y desesperada. El salmista lo sabe muy bien, y también el Jesús agonizante. Y aun nosotros también.

Si Dios no oye nuestro grito por la distancia que nos separa, si sus ojos, distantes y ocupados en otras cosas, no se dan cuenta de nuestro ahogo, estamos perdidos.

Sin embargo, el Salmo 22 perdura como un monumento a la desolación humana porque sus peores temores no se hicieron realidad.

Porque Él no ha despreciado ni aborrecido la aflicción del angustiado, ni le ha escondido su rostro; sino que cuando clamó al Señor, lo escuchó.

Resulta que, o bien YHVH no estaba tan lejos como parecía, o bien ha escuchado el grito del agonizante y ha retornado.

Pero, oh, la agonía no compartida y temblorosa de la distancia mientras dura, intenta, aunque sea falsamente, ser la verdad final.

Inamovible: Salmo 125

Con frecuencia considerada una de las cualidades blandas de la personalidad y el carácter, la confianza no se asocia inmediatamente con la firmeza. El emblemático hombre hecho a sí mismo de la psique estadounidense no confía en nadie más que en sí mismo. Por definición, es autosuficiente y no vincula su fortuna a la fiabilidad de nadie más.

No es así la vida del pueblo de YHVH. Aquí prevalece una lógica diferente. La propia fiabilidad de YHVH establece una línea de base de firmeza para aquellos que deciden confiar su destino a su carácter:

Los que confían en el Señor
son como el monte Sión, que es inconmovible, que permanece para siempre.
Como los montes rodean a Jerusalén,
así el Señor rodea a su pueblo
desde ahora y para siempre

Salmo 125: 1-2 (LBLA)

Los baluartes geográficos son una metáfora del cimiento existencial de YHVH. Aquellos que se anclen a este protector tan firme serán ellos mismos inconmovibles. Una cualidad suave se convierte, paradójicamente, en la más fuerte.

La poesía y la redundancia no se la llevan bien.

La disciplina lingüística del poeta le lleva a utilizar la repetición con moderación. Amontonar una y otra vez las mismas sílabas en la pila de palabras es la marca de un torpe palabrero.

A menos que el propósito del poeta lo exija. Entonces, repetir es hablar de su arte, de su oficio, incluso de su verdad.

He aquí, no se adormecerá ni dormirá el que guarda a Israel. El Señor es tu guardador; el Señor es tu sombra a tu mano derecha. El sol no te herirá de día, ni la luna de noche. El Señor te protegerá de todo mal; El guardará tu alma. El Señor guardará tu salida y tu entrada desde ahora y para siempre.

Salmo 121:4-8 (LBLA)

La insistencia del salmista en que YHVH es el cuidador de Israel, el guardia, sobrepasa los cánones normales de contención. No puede decir su verdad con suficiente frecuencia. El proceso por el que los 150 salmos se unieron para convertirse en el salterio del antiguo Israel eliminó los intentos más rústicos de escribir canciones de palabras duraderas y empoderadas. Sólo los más fuertes sobrevivieron. Sólo lo mejor de la camada poética.

El salmo 121 no es una excepción a este alto estándar. Si su autor se repite, es porque cree, y así lo creyeron los encargados de editar la vida cantada de Israel, que su verdad era lo suficientemente grande como para soportar este grado de redundancia intencionada.La verdad del poeta no es sólo para Israel. Después de cantar que “Él que guarda a Israel no se adormecerá ni dormirá…”, el siguiente verso se apresura a hablar de la vida precaria del individuo:

El es tu guardián; es tu sombra.

Tal vez la comunidad, que siempre está cerca del borde fatal del accidente y la fragilidad, necesite que se le hable con frecuencia y con insistencia del deber de guardia divino que salvaguarda su futuro. Nuestro futuro. El suyo y el mío.

YHVH, podríamos recordarnos con una frecuencia profusamente desenfrenada, no se adormecerá ni dormirá.

Uno debería escatimar un pensamiento piadoso para el escritor de un acróstico.

Ya sea que se le exija que haga la tarea o que sea víctima de su propia ambición entusiasta pero autoimpuesta, el hombre o la mujer que se sienta a escribir un poema en el que cada secuencia de versos comienza con la misma letra del alfabeto no merece nuestro desprecio. Si su resultado suena a inexpresivo o inauténtico, merece, en el peor de los casos, nuestra lástima y, más caritativamente, el beneficio de nuestras dudas estéticas.

Tomemos como ejemplo al escritor del larguísimo salmo ciento diecinueve. En unos noventa y siete versos de su larga y paralelística obra, se debate entre las glorias de la revelación de YHVH, por un lado; y por el otro la letra mem (el equivalente hebreo de nuestra letra m).

Su estado comprimido poco envidiable se puede comparar con otras pocas rocas u otro lugar rígido. Es un dilema propio.

Ahora bien, la letra mem es una abreviatura de la expresión más común del hebreo clásico para el contraste. El poeta transpirado vislumbra una salida a su detención:

¡Cuánto amo tu ley!
Todo el día es ella mi meditación.
Tus mandamientos me hacen más sabio que mis enemigos,
porque son míos para siempre.

Salmo 119: 97-98 (LBLA)

Se podría conceder al escritor una cierta victoria en forma de escaramuza. A costa del otro malicioso, ha utilizado una de sus mems y ha subrayado la potencia sapiencial de la meditación sobre las instrucciones de YHVH.

Sin embargo, en medio de la victoria, siente la luz del día. Ahora no puede detenerse:

Tengo más discernimiento que todos mis maestros,
porque tus testimonios son mi meditación.
Entiendo más que los ancianos,
porque tus preceptos he guardado.

Salmo 119:99-100 (LBLA)

Bajo la influencia de una amenazante formación de consonantes de la mitad del alfabeto, una verdad se ha convertido en un absoluto. Embelesado por la gloria de Torá y la insignificancia de la tarea acróstica, el poeta coquetea con convertirse en un tonto. Su encuentro privado con la instrucción de YHVH, aparentemente queremos entender, lo ha elevado por encima de la sabiduría de los sabios y mentores de su comunidad. Se ha exaltado a sí mismo, bajo estas influencias, a un pináculo muy precario.

Sin embargo, si leemos con simpatía, en algunos casos un esfuerzo mayor que en otros, podemos suponer que su encuentro con la dulce y persistente orientación de la instrucción de YHVH ha sido para este escritor una experiencia tan transformadora que le ha movido lo suficientemente cerca como para asumir el riesgo epistemológico que ahora se ha convertido en su destino. Según esta lectura, no es un tonto, aunque un noble entusiasmo le haya hecho parecerlo momentáneamente.

Si lo que dice a continuación es cierto, puede ser el tipo de persona con la que podemos hacer negocios, el tipo de hombre que nos gustaría ver un poco más por aquí, el tipo de personaje al que podríamos encomendar con confianza las mentes y los corazones de nuestros hijos.

¡Cuán dulces son a mi paladar tus palabras!,
más que la miel a mi boca.
De tus preceptos recibo entendimiento,
por tanto aborrezco todo camino de mentira.

Salmo 119: 103-104 (LBLA)

Durante 364 páginas del calendario, los que se vuelven sabios hacen mejor en no decirlo. El día 365, bajo la influencia de un montón de mems, uno puede perdonar que se diga una verdad diferente.

Desaprobamos el momento en que nuestro interlocutor mira distraído por encima de nuestro hombro. O cuando juega con sus llaves. O da la impresión de estar escuchando, pero está con los ojos vacíos como nubes, y sus pensamientos en otra parte.

Deseamos el contacto visual. Estamos hechos para el cara a cara.

Los salmos bíblicos reconocen la naturaleza profundamente relacional de la vida en compañía de YHVH. En sus mejores momentos, ya sea por fuerza o por una devastadora debilidad, los oradores de estas oraciones buscan el rostro del Señor. Y desean que les devuelva la mirada, demostrando que la atención divina es suficiente para un mundo de necesidades.

Escucha, oh Señor, mi voz cuando clamo; ten piedad de mí, y respóndeme. Cuando dijiste: Buscad mi rostro, mi corazón te respondió: Tu rostro, Señor, buscaré. No escondas tu rostro de mí; no rechaces con ira a tu siervo; tú has sido mi ayuda. No me abandones ni me desampares, oh Dios de mi salvación.

Salmo 27:7-9 (LBLA)

Las relaciones traen consigo un temible derecho al rechazo. Podemos mirar hacia otro lado. Fingir que no vemos. Humillar con la falta de atención. No devolver la llamada.

Este impresionante poder está inscrito en la arquitectura de la interacción entre personas. Podemos lapidar con él, ejerciendo nuestro derecho a rechazar el contacto visual, con nuestro derecho a no percibir.

O podemos dar vida con él, dejando a un lado la ocupación o una herida persistente, y haciendo contacto visual. Los salmos están llenos del temor de que el Señor esconda su rostro. La misma literatura se regocija cuando levanta los ojos para congratular a los que más lo necesitan, es más, cuando levanta su rostro para que se dé una conversación íntima.

En este mismo salmo, el escritor esboza la apacible belleza de dicha comunión habitual como objeto de su búsqueda más enérgica:

Una cosa he pedido al Señor, y esa buscaré: que habite yo en la casa del Señor todos los días de mi vida, para contemplar la hermosura del Señor, y para meditar en su templo. Porque en el día de la angustia me esconderá en su tabernáculo; en lo secreto de su tienda me ocultará; sobre una roca me pondrá en alto.

Salmo 27:4-5 (LBLA)

Búsqueda y respuesta, contemplación y conversación. La persona que conoce tal intimidad con YHVH no quiere perderla nunca.

El peor resultado, se imagina uno, es abandonar toda la conversación. Dejar de buscar el rostro de YHVH. Decidir, en amargo silencio, que Él no ve. Que no habla. Que no le importa.

Contra esa “parada en seco”, tenemos esta seguridad:

Porque aunque mi padre y mi madre me hayan abandonado, el Señor me recogerá.

Salmo 27:10 (LBLA)

Un sermón predicado en el servicio religioso del Seminario Bíblico de Colombia

5 Agosto 2021

El título que le dado al mensaje que pretendo presentarles hoy es, ‘Tus 7.000 te necesitan’.

El texto, 1 Reyes 19.1-18, nos narra lo siguiente:

Acab le contó a Jezabel todo lo que Elías había hecho, y cómo había matado a todos los profetas a filo de espada. Entonces Jezabel envió un mensajero a que le dijera a Elías: «¡Que los dioses me castiguen sin piedad si mañana a esta hora no te he quitado la *vida como tú se la quitaste a ellos!»

Elías se asustó y huyó para ponerse a salvo. Cuando llegó a Berseba de Judá, dejó allí a su criado y caminó todo un día por el desierto. Llegó adonde había un arbusto, y se sentó a su sombra con ganas de morirse. «¡Estoy harto, SEÑOR! —protestó—. Quítame la vida, pues no soy mejor que mis antepasados.» (Curiosa expresión, no del todo transparente…)

Luego se acostó debajo del arbusto y se quedó dormido. De repente, un ángel lo tocó y le dijo: «Levántate y come.» Elías miró a su alrededor, y vio a su cabecera un panecillo cocido sobre carbones calientes, y un jarro de agua. Comió y bebió, y volvió a acostarse. (No sé si esa fue la idea del Ángel…)

El ángel del SEÑOR regresó y, tocándolo, le dijo: «Levántate y come, porque te espera un largo viaje.» Elías se levantó, y comió y bebió. Una vez fortalecido por aquella comida, viajó cuarenta días y cuarenta noches hasta que llegó a Horeb, el monte de Dios.

Allí pasó la noche en una cueva. Más tarde, la palabra del SEÑOR vino a él. 

—¿Qué haces aquí, Elías? —le preguntó.

—Me consume mi amor por ti, SEÑOR Dios Todopoderoso —respondió él—. Los israelitas han rechazado tu *pacto, han derribado tus altares, y a tus profetas los han matado a filo de espada. Yo soy el único que ha quedado con vida, ¡y ahora quieren matarme a mí también! (Me parece que el profeta, obsesionado, tiene medio-memorizado el refrán.)

El SEÑOR le ordenó: 

—Sal y preséntate ante mí en la montaña, porque estoy a punto de pasar por allí. 

Como heraldo del SEÑOR vino un viento recio, tan violento que partió las montañas e hizo añicos las rocas; pero el SEÑOR no estaba en el viento. Al viento lo siguió un terremoto, pero el SEÑOR tampoco estaba en el terremoto. Tras el terremoto vino un fuego, pero el SEÑOR tampoco estaba en el fuego. Y después del fuego vino un suave murmullo.

Cuando Elías lo oyó, se cubrió el rostro con el manto y, saliendo, se puso a la entrada de la cueva. Entonces oyó una voz que le dijo: —¿Qué haces aquí, Elías?

Él respondió: —Me consume mi amor por ti, SEÑOR, Dios Todopoderoso. Los israelitas han rechazado tu pacto, han derribado tus altares, y a tus profetas los han matado a filo de espada. Yo soy el único que ha quedado con vida, ¡y ahora quieren matarme a mí también!

El SEÑOR le dijo: 

—Regresa por el mismo camino, y ve al desierto de Damasco. Cuando llegues allá, unge a Jazael como rey de Siria, y a Jehú hijo de Nimsi como rey de Israel; unge también a Eliseo hijo de Safat, de Abel Mejolá, para que te suceda como profeta. Jehú dará muerte a cualquiera que escape de la espada de Jazael, y Eliseo dará muerte a cualquiera que escape de la espada de Jehú. Sin embargo, yo preservaré a siete mil israelitas que no se han arrodillado ante Baal ni lo han besado.”

1 Reyes 19.1-18 (NVI_

Con ese extraño capítulo retumbando en sus oídos, es posible que pueden anticipar ya la dirección de los pensamientos que daré. Les digo de antemano: Este mensaje no será empático.

Espero que esto no sea porque en estos meses de ausencia me haya vuelto muy frío. Espero que la falta de un tono muy confortante que usted quizás perciba a lo largo de los próximos veinte minutos no corresponda a una falta de solidaridad con su persona y su vida ante los desafíos que usted enfrente valientemente cada día.

Al contrario, si usted no percibe en este servicio religioso un cálido abrazo, espero que sea por una razón que tiene su origen en el mismo texto que me toca exponer. Pues este texto se ubica al empalme de lo terapéuticolo misional … y opta por lo misional.

Me gustaría entrar al texto, pasando por dos puertas que el narrador nos deja medio-abiertas.

Primero, reflexionemos sobre el contexto de los sucesos que este pasaje presenta. Sin excepción, el contexto es sangriento.

Israel agoniza bajo un complejo religioso-político, encabezado por dos de los peores villanos que esta monumental historia de Israel conoce: Acab y Jezabel. Esta pareja corrupta y poderosa emplea un batallón de profetas, pero no son profetas de YHVH. Al contrario, el texto es escrupuloso en insistir que las deidades son tanto múltiples como canaanitas: los baales o los dioses.

Los que se aferran a su antigua e idiosincrática confianza en YHVH, el Dios del Éxodo, el Dios de Liberación, el Dios de la Libertad, son escasos. Elías es su profeta.

Y si esos antecedentes fueran poco, el capítulo suelta otras furias violentas al llegar a su conclusión … y se entra en un nuevo ciclo sangriento de asesinatos … magnicidios … venganza fluyendo por los senderos de Israel como si el Dios que ellos rechazaron se los hubiera entregado totalmente a los sedientos demonios de su egoísmo.

Segundo, no ha pasado mucho tiempo desde que Elías triunfó en su famosa competencia con los ruidosos profetas de Baal en el monte Carmelo. Cuando ahí Baal se quedó inerte en contraste con YHVH, quien respondió con fuego, las extrañas reglas del juego permitieron que los pocos seguidores de YHVH masacraran los profetas del dios impotente del sistema sincretista auspiciado por Acab y Jezabel.

Es esa flamante experiencia de Elías, este profeta de YHVH, que constituye el contexto sin el cual no tenemos la más mínima posibilidad de sacarle al capítulo 19 un sentido que vale la pena.

En esta buena mañana, no voy a tratar de justificar ni explicar ni minimizar los hechos sangrientos practicados por los dos lados en esta competencia por el alma de Israel. Tanto los siervos de Baal como los seguidores de YHVH tiene las manos manchadas de sangre, aunque solo uno de los tiene goza del apoyo del sistema de poder del entorno. Ni derecha ni izquierda, en términos más dolorosamente familiares, pueden pintarse de inocentes.

Dejo la teodicea para mentes más astutas que la mía. Pero insisto: no podemos entender nuestro capítulo 19 sin reflexionar por un momento sobre el capítulo oscuro en que estos eventos transcurren.

Es posible que usted y yo, como los lectores de la Biblia que somos, tenemos el enigmático privilegio de reconocer tal momento histórico por lo que es, precisamente porque no difiere tanto del momento que a nosotros nos toca vivir.

Si así es el contexto, ¿qué nos dice el texto?

Quiero tratar de conducirnos a lo largo de este texto a:

  • Tres repeticiones significativas
  • Una traducción lamentable
  • Un pueblo escondido

Este narrador nos trata con cariño, por lo menos respecto a su decisión de permitir que cada uno de sus tres protagonistas repitan sus palabras y/o sus acciones. Este lujoso fenómeno nos permite penetrar su intención de manera poco común.

¿Quiénes son esos tres protagonistas?

Son…

  • El profeta exhausto y ensimismado, Elías.
  • El misterioso Ángel de YHVH.
  • YHVH mismo.

Veamos entonces aquellas tres repeticiones significativas.

Elías, después del agotamiento y peligro que la tocado vivir, quiere morir. No tiene los recursos emocionales para quitarse la vida, así que le pide a YHVH—irónicamente, el Dador de la vida—que le saque de su miseria, extinguiéndolo.

En su condición exhausta, Elías suelta la curiosa declaración, Quítame la vida, pues no soy mejor que mis antepasados. Mi impresión es que esto refleja el triunfalismo muerto de su victoria en Caramelo y la ironía de su huida al desierto. Ninguna circunstancia conduce a la depresión como el triunfalismo que no resulta … aquella humillación que sigue en pos de la celebridad espiritual que infla el orgullo por medio de su veneno de promesas y garantías estúpidas, dejando a un deshecho.

Luego, la repetición a que me referí:

v. 10—Me consume mi amor por ti, SEÑOR Dios Todopoderoso —respondió él—. Los israelitas han rechazado tu pacto, han derribado tus altares, y a tus profetas los han matado a filo de espada. Yo soy el único que ha quedado con vida, ¡y ahora quieren matarme a mí también!

1Kings 19:14   Él respondió: 

 —Me consume mi amor por ti, SEÑOR, Dios Todopoderoso. Los israelitas han rechazado tu pacto, han derribado tus altares, y a tus profetas los han matado a filo de espada. Yo soy el único que ha quedado con vida, ¡y ahora quieren matarme a mí también!

Bien, ahora, la formidable figura del Ángel del Señor.

Este enigmático personaje aparece dos veces en nuestro pasaje. 

En ambos casos, su comportamiento es para alimentar y fortalecer—podríamos imaginar que animar—al profeto deprimido:

5. De repente, un ángel lo tocó y le dijo: «Levántate y come.» 6 Elías miró a su alrededor, y vio a su cabecera un panecillo cocido sobre carbones calientes, y un jarro de agua. Comió y bebió, y volvió a acostarse.

1Kings 19:7   El ángel del SEÑOR regresó y, tocándolo, le dijo: «Levántate y come, porque te espera un largo viaje.» 8 Elías se levantó, y comió y bebió. Una vez fortalecido por aquella comida, viajó cuarenta días y cuarenta noches hasta que llegó a Horeb, el monte de Dios. 9 Allí pasó la noche en una cueva. 

Fíjense como estas repeticiones se apoyan mutuamente. En todos los casos, se deben leer juntos, pues cada episodio complementa su contraparte.

Mi impresión es que el Ángel del Señor le alimenta para una tarea. El comportamiento de Elías sugiere que le interesa más no pasar hambre que fortalecerse pa’ misión. Esa diferencia representa, a mi criterio, un pequeño y gran detalle.

Tristemente, la Nueva Versión International demuestra la misma falta de imaginación que la mayoría de sus contrapartes manifestan. El verbo נגע no puede significar tocar aquí. Eso es leer de un diccionario sin la más mínima preocupación por contexto o matiz. El contacto entre el Ángel de YHVH—siempre una figura poderosa, si no militar–y nuestro agotado profeta representa contacto físico formidable.

O es un movimiento que acompaña su imperativo ¡Levántate!. O es un fortísimo abrazo entre hermanos de batalla.

Pero no es tocar.

Finalmente, la tercera repetición.


Esta vez y por razones que se nos escapan, no habla esa manifestación de YHVH que se llama el ángel de YHVH, sino YHVH sin condiciones. Su tono es de exasperación divina con un profeta absorto en sus dificultades … absorto en sí mismo.

Al Elías matando culebras en una cueva, YHVH dice: 

 —¿Qué haces aquí, Elías? —le preguntó.

A Elías perdiendo tiempo en el famoso, histórico y muy retrospectivo Monte de Moisés (Horeb), YHVH dice:

13 Cuando Elías lo oyó, se cubrió el rostro con el manto y, saliendo, se puso a la entrada de la cueva. 

 —¿Qué haces aquí, Elías?

Antes de esa reiteración de su frustración con su profeta, YHVH se había revelado de la manera más curiosa:

1Kings 19:11   El SEÑOR le ordenó: 

 —Sal y preséntate ante mí en la montaña, porque estoy a punto de pasar por allí. 

 Como heraldo del SEÑOR vino un viento recio, tan violento que partió las montañas e hizo añicos las rocas; pero el SEÑOR no estaba en el viento. Al viento lo siguió un terremoto, pero el SEÑOR tampoco estaba en el terremoto. 12 Tras el terremoto vino un fuego, pero el SEÑOR tampoco estaba en el fuego. Y después del fuego vino un suave murmullo. 13 Cuando Elías lo oyó, se cubrió el rostro con el manto y, saliendo, se puso a la entrada de la cueva. 

Archive ese episodio en su memoria de corto plazo mientras pasamos a ver aquel tercer fenómeno que mencioné.


Ya vimos …

  • Tres repeticiones significativas
  • Una traducción mala


Ahora … Un pueblo escondido

18 (Y) yo preservaré a siete mil israelitas que no se han arrodillado ante Baal ni lo han besado.

[No ‘Sin embargo’, sino ‘En consecuencia…’ o ‘Es más …’, pues el verbo es w-qataltí; da seguimiento hace el futuro de un movimiento o dinámica que se generó en el muy reciente pasado (gramatical).]

Pero … pero … Elías había insistido tantas veces que solo él se había escapado de la cruel espada de Jezabel … que sus esfuerzos dramáticos … flamantes … públicos … celebrados … victoriosos … triunfantes no habían servido para nada, exactamente como había sucedido con la fidelidad poco efectiva de sus difuntos antepasados.

Ahora, YHVH insiste … quizás en consecuencia del retorno de Elías de su ensimismado aislamiento en el remoto sur del país a los pueblos y callejones donde vivía su gente—donde la batalla por el alma de Israel había continuado en su ausencia—que preservaría un remanente cuantioso cuya existencia Elías había negado.

La naturaleza de este pueblo escondido es doble. Primero, es una multitud. ‘Siete mil’ no significa que alguien los haya contado. Al contrario, emplea el numeral modelo ‘siete’ y un segundo número modelo ‘mil’ para hablar de un montón de gente.

Segundo, Elías no los pudo identificar o reconocer en su agotamiento y su pensamiento convencional.

¿Qué debemos hacer con un texto tan complejo? ¿Estamos condenados a creer que lo que tenemos es una extraña incoherencia de temas que conviven en conflicto irreconciliable? ¿Estamos limitados a interpretaciones terapéuticas que limitan la pertinencia de esta narración a pálidas observaciones sobre la necesidad del pastor de tomar un descanso de vez en cuando pa’ no deprimirse?

Pienso que no.

Al contrario, creo que esta historia—una narración que Israel se sintió obligado a preservar como testimonio de su larga aventura con YHVH—demuestra una dinámica imprescindible respecto al trato de Dios con su pueblo y con su profeta.

Los grandes y muy visibles triunfos del profeta fueron apenas un momento en su vocación. Representaron su momento más vulnerable, no su invulnerabilidad.

El profeta ante la presión de su vocación, se hunde, creyéndose solo, imaginando que solo otro Carmelo salvará su pertinencia, su identidad, su vocación, su gente.

El terremoto, la tempestad, todo aquello que representa Dios presente en indiscutible violencia redentora, representa para el profeta el único futuro pal pueblo que él puede imaginar.


Mientras tanto, YHVH, muy lejos del trueno y el fuego de Carmelo, le dice, ‘¿Por qué estás aquí, hundido en tu depresión?’

Y en voz que se compara con un suave murmullo dice, ‘Vuelve a tu gente, Elías. No he sido derrotado. Tengo planes. Preservaré 7 mil que no han doblado la rodilla, que no han besado el Baal…

Ellos te necesitan … allí.

Vuelve y retoma lo básico … lo ordinario … lo simple … lo próximo, pues puede que no hay mas Montes Carmelo.

No creo que me toque pararme aquí para dibujar la pertinencia de este texto para un pueblo agotado a 18 meses del inicio de condiciones pandémicas. Un pueblo en luto. Un pueblo cansado. Un pueblo cuyos profetas más ruidosos han resultado ser falsos profetas. Un pueblo cuyos profetas han perdido mamás, papás, abuelos, hermanos. Un pueblo que duda de sí mismo.

Un pueblo acostumbrado a creer que YHVH aparece en el viente recio, en el terremoto y en el fuego, que YHVH está ausente en el murmullo.

Pero YHVH quizá tiene siete mil que no han doblado rodilla.

No puedo decirte con muestras de barata empatía o con pretensiones de conocer tu situación, qué hacer con tu cansancio.

Pero esto te puedo decir, mis amados profetas y profetisas:

Esos 7 mil … te necesitan.

¡Toma riesgos…!

Una reflexión devocional compartida en el Seminario Bíblico de Colombia

Oración @ Lunes: 26 julio 2021

¿En qué espíritu oramos? ¿En qué postura oramos? ¿Con cuál actitud oramos?

Me parece que casi podríamos substituir la palabra ‘vivimos’ por ‘oramos’, pues nuestras oraciones son un elemento intégral de la vida. Son parte de en lugar de un escape de.

Y si nuestras respuestas a estas inquietudes reflejan el espíritu en que vivimos, la postura en la que vivimos, la actitud con la cual vivimos, pues, la pregunta que suelto va más allá de lo exclusivamente litúrgico y alcanza lo existencial:

¿En qué postura vivimos?

Confieso que esta reflexión reciente de mi parte tiene su génesis en un momento de molestia. En estos días me he vuelto más consciente de que las palabras de despedida comunes y corrientes con las que concluimos una conversación en mi país de origen son estas: ‘Be safe…’ Las voy a traducir como ‘Cuídate’, aunque los que entienden los dos idiomas que compartimos ustedes y yo sabrán que ‘Cuídate’ no es una traducción literal de Be safe. Pero tampoco traiciona la idea al traducirla.

‘Be safe…’ … ‘Cuídate’.

Supongo que un alma más benigna que la mía consideraría que estas palabras son bonitas expresiones de afecto y de buenos deseos. Y, sin duda, lo son. Aun yo puedo reconocer la veracidad de esta evaluación más generosa de los hechos.

Pero a la vez, me parece que una cultura cuya máxima expresión de buenos deseos a la conclusión de una conversación es que nada peligroso le afecte al compañero—Be safe…—es una cultura empobrecida.

Mientras me permito semejantes oscuras y pesimistas reflexiones sobre la cultura en que nací, mi lectura diaria del libro de Isaías me lleva al capítulo 51. Leo para nuestra contemplación un trozo de este pasaje, que aparece en esa sección del libro donde la voz profética labora a todo volumen y con todo instrumento retórico que está a su alcance. Su intención es, convencer a los exiliados en Babilonia a que se atrevan a dejar lo más o menos cómodo para arriesgar la gran aventura de volver a Judá … de caminar con Yahvé en sentido de un futuro desconocido que sí vale la pena y los esfuerzos que esta vida requiere. 

Uno capta en tales líneas que la vida de los redimidos es toda una aventura en presencia de un Dios Guerrero que posee sueños grandísimos:

51.9   ¡Despierta, brazo del SEÑOR!

¡Despierta y vístete de fuerza!

Despierta, como en los días pasados,

como en las generaciones de antaño.

¿No fuiste tú el que despedazó a Rahab,

el que traspasó a ese monstruo marino?

10 ¿No fuiste tú el que secó el mar,

esas aguas del gran abismo?

¿El que en las profundidades del mar hizo un camino

para que por él pasaran los redimidos?

11 Volverán los rescatados del SEÑOR,

y entrarán en Sión con cánticos de júbilo;

su corona será el gozo eterno.

Se llenarán de regocijo y alegría,

y se apartarán de ellos el dolor y los gemidos.

Isaías 51.9-11

No acepto que un pueblo que escucha, atiende y canoniza tales palabras reduzca sus mejores deseos para el compañero de camino a Be safe

A la luz de pasajes como este, ‘Cuídate’ o ‘Be safe’ parece ser la ofrenda final de una cultura exhausta y sin sueños santos … muy lejos de aquella solidaridad vigorizante con Dios y con la comunidad que es el alimento de los peregrinos.

Confieso que este perspectiva que se posesiona de mí en estas semanas es un poco cruel. No le sobra empatía, eso es evidente. Es demandarle más a una sencilla despedida de lo que uno debería de exigir.

Sin embargo, en ese mismo espíritu crítico y para efectos de nuestra reflexión pre-oración esta mañana, sugiero una alternativa:

Hagamos el experimento, aun solo por un día, de despedirnos con palabras como estas: ’Sé valiente.’ ’Sufra con nobleza’. ‘Sea atrevido’; o, mi preferido, ’Toma riesgos’.

Creo que estas despedidas alternas honrarían con mayor integridad al Dios que ’seca el mar’, que ‘despedaza a Rahab’, que ‘en la profundidades del mar hace un camino para que por él pasen los redimidos’.

Y si fuéramos a vivir así, por supuesto oraríamos con ese mismo apetito por el peligro, por el riesgo, por las grandes aventuras a las cuales Yahvé nos convoca.

Concluyo estos pensamientos, entonces, con esta despedida que de una vez nos prepara para orar:

Tomen riesgos…

A sermon preached at Wethersfield Evangelical Free Church, 18 July 2021

If you’re following the teaching given here over these last few weeks, you’ll know that we’re immersed in a sermon series on the ‘one another’ passages of the New Testament. There are many of them and we’re able to touch on a few.

It’s important for us to take on board that these ‘one another ‘passages—do this to or for each other—are about forming and nourishing health and unity within a community that we as followers of Jesus have committed to. For most of us, that community is Wethersfield Evangelical Free Church.

I’ve chosen to speak this morning on the instruction we receive from two apostles to ‘greet one another with a holy kiss’ or in one case ‘greet one another with a kiss of love’.

This may be the first sermon about kissing that you’ve ever heard. I assure you it’s the first one I’ve ever preached.

In fact, if you were to miss today’s sermon on kissing, it’s likely you’d have a thirty- or forty-year wait until the next one rolls around.

Here’s one of our five passages where this kissing instruction comes to us in the letters of the apostles who shaped and instructed the first Christian communities:

Finally, brothers, rejoice. Aim for restoration, comfort one another, agree with one another, live in peace; and the God of love and peace will be with you. Greet one another with a holy kiss. All the saints greet you. The grace of the Lord Jesus Christ and the love of God and the fellowship of the Holy Spirit be with you all.

2 Corinthians 13.11-14

Now the fact that you’ve probably never heard a sermon about kissing and the fact that I’ve never before preached one doesn’t mean that the apostles had little or nothing to say about kissing. On the contrary, the text I’ve just read is just one of five that are like it. Nearly word for word like it.

The Apostle Paul writes the same instruction at the end of four different letters, each one identical with the others: Greet one another with a holy kiss.

Peter also weighs in on the topic of kissing, although his expression is a little different. He says Greet one another with a kiss of love.

Each time, this summons to kissing comes near the end of a letter when the apostle is wrapping things up. Every single one of these Kiss Commands comes in the context of lots of other greetings. For example, have a listen of how absolutely social the apostle Paul is sounding as he makes his way to the end of his long letter to the Romans.

Rom. 16:3   Greet Prisca and Aquila, my fellow workers in Christ Jesus, 4 who risked their necks for my life, to whom not only I give thanks but all the churches of the Gentiles give thanks as well. 5 Greet also the church in their house. Greet my beloved Epaenetus, who was the first convert to Christ in Asia. 6 Greet Mary, who has worked hard for you. 7 Greet Andronicus and Junia,3 my kinsmen and my fellow prisoners. They are well known to the apostles, and they were in Christ before me. 8 Greet Ampliatus, my beloved in the Lord. 9 Greet Urbanus, our fellow worker in Christ, and my beloved Stachys. 10 Greet Apelles, who is approved in Christ. Greet those who belong to the family of Aristobulus. 11 Greet my kinsman Herodion. Greet those in the Lord who belong to the family of Narcissus. 12 Greet those workers in the Lord, Tryphaena and Tryphosa. Greet the beloved Persis, who has worked hard in the Lord. 13 Greet Rufus, chosen in the Lord; also his mother, who has been a mother to me as well. 14 Greet Asyncritus, Phlegon, Hermes, Patrobas, Hermas, and the brothers5 who are with them. 15Greet Philologus, Julia, Nereus and his sister, and Olympas, and all the saints who are with them. 16 Greet one another with a holy kiss. All the churches of Christ greet you.

Romans 16.3-16

You get the picture, right? There is something very important for Paul in each community’s web of connections with other communities and other Christians and with Paul himself.

Whatever this Holy Kiss is about, it has something to do with being consciously connected with other Christians. This is not just about your spiritual health or mine.

We could put it another way: The order to greet each other with a Holy Kiss only makes sense if we are Jesus-People-in-Community.

So let’s start by recognizing that.

In fact, let’s stick a pin in that and give it a name. Let’s make it a first declaration this morning: 

Holy Kissing is for connected people. 

Here’s a second truth: Kissing is intimate.

I was really hoping I wouldn’t have to talk about this in public. It’s not a topic that’s natural to me. But I think I probably have to say one or two things about it, so here we go…

For starters … this could get awkward fast … there are a lot of ways to kiss somebody.

But every one of them is in some way intimate.

Just to declare the obvious, you can’t really kiss more than one person at a time. Faces aren’t big enough for that. So there’s already intimacy in the simple fact that kissing is a one-on-one enterprise. 

But we can say more about the intimacy that’s native to kissing. 

You can’t kiss from a distance.

You’re exposing your moist lips in close contact with another person’s similarly moist lips … or at least their face. Unless you’re blowing a kiss … which is really just a kind of theatrical imitation of a real kiss … you’re getting very close to the person you’re kissing. If they have a scent or a smell, it comes into your nose. It’s inevitable because you’re that close. You’re momentarily that intimate. If they’re sick, you’ll get what they have. If they sneeze at the wrong time, it’ll be all over you. Depending on the kind of kiss, you may even taste the other person as well as smell them. If they have hair, it may brush your eyes.

Do you see what I mean? Kissing is inevitably intimate, will you grant me that?

So Paul, who is distant from people he cares about, spends a lot of time sending greetings, because he’s not close enough to kiss them and sometimes he’s in prison. But when he turns to the inside of a community—whether at Corinth or Rome or Thessalonica—he says, ‘Look, you guys can get close. I don’t have that privilege. So, you guys, when you gather, greet each other with a kiss.

He’s commanding a kind of intimacy within the Christian community that he’s just spent a lot of ink instructing how to live together and how to live on mission. And he does it over and over again. Something about this practice … this social ritual … this discipline … this kiss … seems to be really important to Paul.

Holy Kissing is for connected people … 

…and….

Kissing is intimate.

But it would be a terrible thing to stop here.

Think about this with me: all kinds of wild and crazy communities could applaud this instruction if what we’ve looked at so far were all Paul was saying … and in some cases they’d be very far from being Christian communities.

There’s one very important … consistently recurring … feature of Paul’s instruction that we haven’t talked about yet. Can you sense what it is?

Paul says, ‘Greet one another with a holy kiss.’

In recent weeks, I’ve worked hard to understand what Paul means by adding the adjective holy to the noun kiss. He does this in all four of his exhortations to community kissing, so it can’t be a casual or mindless move. He has something very important in mind. 

Otherwise, his command would be to greet each other by kissing instead of greet one another with a holy kiss.

I believe his point in consistently calling for a holy kiss is community-building restraint.

I did say, did I not, that this kiss is not about your or my pleasure or spiritual health?

holy kiss is intimacy within limits. There’s a time for kissing without limits, as there is a moment for intimacy without limits. Our own bodies and urges and passions, the way God created us to be, lead us in this direction. And if we need biblical guidance on this, the very sensual book called Song of Solomon makes clear that God values passionate love between a husband and a wife, even urges it, even delights in it. He created the thing, after all. He knows what he’s talking about.

But the holy kiss that communicates greeting … welcome … in a community of Jesus followers enacts intimacy within limits.

It welcomes. It is a way of ‘seeing’ the person who arrives at the door of the community or of the community’s gathering. It makes eye contact and then it makes lip contact or at least cheek contact (the ‘Air Kiss’) or at least feigned cheek contact (the ‘Air Kiss Plus’).

I remember the awkward thrill when I moved to Costa Rica with a young family in 1988 and learned that in that culture a man always greets a woman with a kiss. But I was instructed that you don’t actually let your lips touch a woman’s cheek unless you know her very well or are family with her.

Instead, you touch cheeks and you kiss the air, like this. 

Then—a little later I learned the shades and nuances of this kind of kissed greeting. I learned to do what I’m going to demonstrate here. In fact, I became quite an expert at it … I fancied myself the Rocky Balboa of the Air Kiss Plus.

[Demonstrate the Air Kiss +]

Do you see what I did there? I didn’t actually touch the woman’s cheek, nor did my hand actually touch her shoulder. Both of those things almost happened, but they didn’t really happen. It is the Goldilocks Moment in Costa Rican kissed greetings. And, among expats in Costa Rica, I considered myself a bit of a rock star for getting it just right.

I was an absolutely amazing Almost Kisser.

The woman felt properly greeted. I felt like the world’s best holy kisser. And no boundaries had been crossed.


It was awesome.

This is not too far, I think, from what Paul means when he insists that in the communities that look to him for apostolic leadership, we greet each other with a holy kiss. I think Peter’s community, which is instructed to greet each other with a kiss of love, would have been practicing the same community-building intimacy with restraint.

Can you begin to imagine how this works?

When we come together as God’s New Israel, as his little flock, as Jesus’ community, we don’t just let people find their way in and take a seat, literally or figuratively. We notice them. We see them. In Paul’s and Peter’s day, we kiss them.

The holy kiss notices … offers intimacy … with the kind of restraint that builds community.

The intimacy is important. The restraint is important. And, together, both create and construct a community where Jesus is Lord and people are at home.

Let’s work towards some concrete take-aways:

As a dude, I wouldn’t welcome a new couple into my Community Group, discover that Mr. Smith works at Pratt and Mrs. Smith is a stay-at-home wife and mother, and then invite Mrs. Smith to go whale watching while Mr. Smith is at work. It wouldn’t be appropriate, mainly because it wouldn’t build community. It might be intimate. But it would be divisive. It would be weird. It wouldn’t be holy in the way that a holy kiss is holy. It would be intimacy without the community-nourishing limits.

holy kiss nourishes intimacy and builds community. It is both one-on-one and broadly social. It is both intimate and public (observable).

Let me take a little bit of a detour:

I’ve noticed over the years that guys, in particular, begin to do two things when they come into Christian faith and Christian community. They begin to sing. And they start to hug.

Both would have been awkward and alien for most guys before Jesus became their Lord. Both are a little bit out there. A little bit alien. Yet Christian guys begin to do both.

I think this is very close to what Paul is getting at with his instructions about greeting with a holy kiss. We are invited to get out there a little and sing … and hug. But we do so in ways that are public and restrained because we’re building community.

We hardly need to be asked to do this. We just do it. It’s natural. It’s good. It’s holy.

So … how come we don’t kiss each other today?

I don’t think it’s because we don’t see each other, although in a Western, individualistic culture, we must always be aware of that tendency. By default, we do make all things about my or your individual convenience or pleasure or spiritual health.

So why don’t we kiss?

Well, most of us are products of a culture that is not overly tactile … touch-oriented. We place a very high value on independence … on personal space.

Somehow, perhaps also in part because we live in an overly sexualized environment, we’ve decided (without really consciously deciding) that a kiss would not build community. It would be weird.

There’s some value in pausing to think about this. Contrary to what some Christians claim, we don’t just read our Bibles literally and go do what the Bible says. People who imagine that this kind of literal reading and implementation of what we’ve read is Christian obedience have not yet thought hard enough. We’re far more selective than that. We pass everything we find in the Bible through a couple of prisms before we act. And we should. We must.

One of those prisms is culture. Culture doesn’t get the final word, but it gets a word. I’m not sure God is concerned that we begin right now to flaunt our cultural norms and begin kissing each other as we gather together. 

But if we’re not going to start kissing each other as our standard greeting, how do we submit obediently to this apostolic instruction?

Here are some practical ways in which I think we practice this odd apostolic instruction.

  • We greet intentionally and verbally.
  • We touch.
  • We make unhurried eye contact.
  • We learn each other’s names and we use them.
  • We shake hands. (There’s more than one way to do this. Personally, I love the firm handshake with the forearm twist … or the shoulder-squeeze twist.)
  • We hug.
  • We ask questions and listen for the answer.

That is to say, we construct Christian community by practicing both intimacy and restraint.

What we do not do … what we must stop doing if it’s become our habit … is to wander in and out with our eyes down, our hands in our pockets, and our hearts playing defense.

We must not do that.

There is room for introverts and extroverts in this practice of Christian greeting. There is space both for the Natural Hugger and the Reserved. But there is no room for untended fear or enmity or distance.

We must open up. We must, figuratively if not literally, learn to kiss one another … in holiness and with all due restraint but also with an openness to the crazy-good new things that happen when we begin to pay attention … to make eye contact … to embrace the other … to become family … to get outside ourselves and care more for the interests of the other than for our own.

When we do this, we’re not merely being nice. We are practicing the same hospitality with which Jesus welcomes us into his company. Into his embrace.

So, if I may: Brothers and sisters … sons and daughters of the living God … servants of our Lord Jesus Christ … spiritual family … Greet one another. Greet one another with a kiss. Greet one another with a holy kiss.

Thus ends the first sermon on kissing that you have likely ever heard.

May our Lord make us family. 

 

Benediction

2 Corinthians 13:14   The grace of the Lord Jesus Christ and the love of God and the fellowship of the Holy Spirit be with you all.

Questions for Community Groups

  1. How do you express appropriate intimacy when you greet someone in our Christian community?
  2. In the light of the instruction to greet one another with a holy kiss, how do we currently err on the side of being too reserved?
  3. Are you aware of any practices in our community or in another where we err on the side of unrestrainedintimacy in greeting or welcoming?
  4. What kind of welcome in our cultural context would communicate that ‘this is a place where Jesus is Lord and you are at home’?