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Posts Tagged ‘reflexión bíblica’

La tradición bíblica lucha poderosamente con el exceso aparente del compromiso de YHWH para con David y su ciudad.

No corresponde a la tradición mosaica el hacer promesas sin destacar las responsabilidades que devienen de la generosidad divina. Sin embargo, uno o dos clásicas declaraciones del pacto ‘davídico’ o ‘sionista’ hacen exactamente eso. A mi juicio, los errores teológicos más grandes están al lado del camino donde uno intenta restringir la libertad divina. Aun así, debemos considerar la posibilidad de que una condicionalidad implícita habite incluso en las promesas más absolutas de YHWH para con David y su descendencia. A la final, YHWH es en el drama bíblico un maestro en el rescate creativo de situaciones puestas en peligro por la debilidad humana, la terquedad, o ambas.

Si estas advertencias suenan densas y en algunas ocasiones se alejan del texto que tenemos al frente, no están desvinculadas de él. La misma lucha de la tradición sugiere que los puntos de vista que podríamos catalogar como ‘teológicos’ emergen de la felicidad de las propias promesas de YHWH.

Dejemos que los salmos —presumiblemente uno de los géneros menos cautelosos cuando se trata de articular las cosas que realmente importan—yuxtapongan el juramento seguro de YHWH para con David a un gigantesco si que ambula como un fantasma por los pasillos de Sión y sus edificios reales/religiosos:

El Señor ha jurado a David
una verdad de la cual no se retractará:
De tu descendencia pondré sobre tu trono.
Si tus hijos guardan mi pacto,
y mi testimonio que les enseñaré,
sus hijos también ocuparán tu trono para siempre.

(Salmo 132:11-12 LBLA)

Aunque un lector pedantemente lógico podría con dificultad tragarse la apariencia de una contradicción ingenua, la tradición que aquí está inscrita es consciente de dos realidades. Primero, el legado poético está muy consciente de la inescrutable firmeza de YHWH. Segundo, no negará la responsabilidad profundamente arraigada que el misterioso camino de YHWH con aquellos en los que cae su amor exige en las vidas, aunque infrequentemente se hayan acercado a él. Más a menudo dichas personas —David siendo el primero entre ellos—se ven atrapados en la red del amor divino. Les resulta difícil —si, en teoría, no imposible—liberarse de la red tenaz, envolvente y retentiva que está en sus pies, sus piernas, sus brazos y en todo lo que son.

Las promesas de YHWH. Seres humanos más o menos arruinan el posludio. YHWH encuentra un camino. 

Pareciera que en tal redención dialéctica sobreviven este mundo y el próximo, no sin tragedia pero sí sanos y salvos.

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Si Paul Simon solo pudo encontrar cinco formas para dejar a su amante, el escritor de Salmos 119 claramente le supera. Versículo tras versículo de este poema acróstico –significa que la primera letra de cada línea sigue al alfabeto en un patrón claramente identificable– enaltece la palabra, la ley y la promesa del Señor con un lenguaje usualmente utilizado solo para elogiar el amor romántico.

Me regocijo en tu palabra como quien halla un gran botín.

(Salmo 119:162 LBLA)

Aunque las líneas específicas de este salmo audazmente enfocado han encontrado su camino a la espiritualidad judía y cristiana, para muchos lectores modernos el salmo mismo parece ser tedioso y—me atrevo a decirlo—un poco obsesivo. Un poema como este da primacía a la forma y luego a su contenido. Incluso un lector compresivo tiende a concluir, cuando ve al escritor llegar a la quinta línea que empieza con la letra “ayin”, que debe darse un descanso.  

Sin embargo, vale la pena sujetar la impaciencia moderna con forma, repetición y ley, lo suficiente como para preguntar qué tipo de alma genera una celebración épica de la instrucción divina. ¿Quién, por ejemplo, podría decir esto sin una sonrisa burlona?

Tus testimonios he tomado como herencia para siempre, porque son el gozo de mi corazón.

¿Quién, sin ironía, afirma esto? 

Quebrantada está mi alma anhelando tus ordenanzas en todo tiempo.

Algunos aspectos de dicho perfil vienen a mi mente.

Primero, el escritor está profundamente consciente de su propia fragilidad. Él habita en un mundo donde abundan la amenaza y la traición, uno donde sus pies parecen resbalar al menos que pueda situarlos firmemente en los cimientos de la instrucción divina. 

En segundo lugar, él cree que YHWH crea y sostiene el mundo. La palabra del Señor para él es un subconjunto de su proyecto de sustento del mundo. El caos y el orden no son teóricos para él, sino más bien las articulaciones de su existencia diaria. 

Tercero, él encuentra en la instrucción de YHWH como dadora de vida. Una y otra vez, contrapone una petición por la instrucción vivificante del Señor ante la desintegración de la vida y la esperanza.

Cuarto, él ha encontrado rica recompensa al dedicar una energía formidable al dominio de los prefectos de YHWH. Su enfoque a ese conjunto de aprendizaje que él cataloga como preceptos, ley(es), promesa y palabra(s) es todo menos pasivo. Él enérgicamente busca su recompensa y las anhela cuando parecen distantes.

El erudito bíblico Walter Brueggemann nos ha enseñado que los salmos hablan a nuestras vidas al grado que hemos sido destrozados o desorientados por los eventos. Uno no esperaría que un salmo nomistico como este—con su concentración inflexible sobre lo que está establecido y verdadero—encaje muy bien en la observación de Brueggemann. Sin embargo, sorprendentemente, parece ser así.

En toda su artificialidad sintética, el salmo 119 nos pide que consideremos si los seres humanos más destruidos o amenazados podrían necesitar, más que nada, una palabra. 

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El poeta que está detrás de nuestro salmo 104 contribuye a un compendio que añade a la acción de YHWH en la historia una celebración a su obra en creación. Es una bella rareza.

Curiosamente, dos características de la participación divina en la creación entretejen la celebración del salmista. 

Primeramente, el salmista observa la acción divina no solo en la creación original, sino en el continuo sustento de las criaturas de YHWH. Cuando se toca esta nota, vemos también la colaboración de las criaturas. YHWH provee los recursos necesarios, y las criaturas responden reuniéndose si son animales, y en la labor del campo y del hogar si son humanos. 

Él hace brotar la hierba para el ganado,
y las plantas para el servicio del hombre,
para que él saque alimento de la tierra,
y vino que alegra el corazón del hombre,
para que haga brillar con aceite su rostro,
y alimento que fortalece el corazón del hombre
.

Los árboles del Señor se sacian,
los cedros del Líbano que Él plantó,
donde hacen sus nidos las aves,
y la cigüeña, cuya morada está en los cipreses.

Los montes altos son para las cabras monteses;
las peñas son refugio para los tejones…

Todos ellos esperan en ti,
para que les des su comida a su tiempo.
Tú les das, ellos recogen;
abres tu mano, se sacian de bienes.

(Salmo 104:14–15 … 27-28 LBLA)

En segundo lugar, no es solo el salmista el que se regocija en esta colaboración modelada y de sustento. YHWH mismo se alegra por esto, tal como el poeta en su contemplación.

¡Sea para siempre la gloria del Señor!
¡Alégrese el Señor en sus obras!
Él mira a la tierra, y ella tiembla;
toca los montes, y humean.
Al Señor cantaré mientras yo viva;
cantaré alabanzas a mi Dios mientras yo exista.
Séale agradable mi meditación;
yo me alegraré en el Señor.

Aquí la creación no es objetivada de ninguna forma impersonal o mecánica. Es una comunidad viva y con aliento, diseñada por YHWH, poblada por seres que son totalmente dependientes de su provisión y encargada, en el caso de los seres humanos, de convertirla en una provisión ampliada y extendida para los demás. 

El ciclo de vida y muerte se reconoce, un asentimiento dado a las temporadas de fulminante escasez. Nada de esto nubla o limita el regocijo del salmista, ni presumiblemente, el del Creador.

Los esfuerzos humanos sobre la vastedad del mar y en el desafío del suelo contribuye a una visión doxológica. 

Hay sinergia, colaboración, e incluso una cierta imitación de Dios en todo esto.

Solo al final los “pecadores” y “los malvados” manchan sus glorias. Estos quedan encomendados al justo poder de YHWH. 

El mundo como lo vemos no es, podríamos pausar para considerarlo, inevitable. Tampoco es ordinario. Es la obra de manos divinas. Todo se inclina al regocijo. Es una invitación incluso ahora a la risa apreciativa, a un corazón que se alegre al considerarla. 

¡Bendice al Señor, Oh, alma mía!

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El salmo 103 insiste que vivimos en un mundo en el que una clara visión lleva a la gratitud.

La bendición es realidad. No reconocerlo significa que alguien se ha quedado ciego, quizá aún que ha sucumbido a una mentira. 

Sin embargo, la gratitud requiere una elección—y aún aquella elección continua que se convierte en disciplina—porque por alguna razón desconocida somos propensos a olvidar. La bendición es un hecho, pero la gratitud rara vez ocurre por naturaleza. Requiere practica, disciplina, incluso cultura, para que la bendición se responda con acción de gracias. 

Es por esto que el salmista emplea la figura extraña de exhortar a su propia ‘alma’ a que bendiga al Señor. No es que las bendiciones de YHWH son difíciles de ver, es solo que son fáciles de perder. Son más fáciles aún de olvidar. 

Bendice, alma mía, al Señor,
y no olvides ninguno de sus beneficios.
Él es el que perdona todas tus iniquidades,
el que sana todas tus enfermedades;
el que rescata de la fosa tu vida,
el que te corona de bondad y compasión;
el que colma de bienes tus años,
para que tu juventud se renueve como el águila.                                                    

El Señor hace justicia,
y juicios a favor de todos los oprimidos.
A Moisés dio a conocer sus caminos,
y a los hijos de Israel sus obras.

(Salmo 103:2–7 LBLA, énfasis añadido).

La mayoría del tiempo el último recurso de interpretes sinvergüenzas es insistir que ‘el idioma original afirma verdades que no se entienden en la traducción’. Sin embargo, en este caso es parcialmente cierto.

Las palabras en cursiva son participios del idioma hebreo. En al hebreo clásico el sentido de este es usualmente una actividad continua. Aunque no puede ser el caso con la última cadena de participios—YHWH dio a conocer sus caminos a Moisés solo en el pasado—la preponderancia de la evidencia sugiere que debemos bendecir al Señor aquí precisamente como aquel que habitualmente actúa de esta forma. Es su naturaleza, su hábito divino, el trabajo fácil de su mano derecha. 

Sería una carga para el idioma, pero tendría más sentido traducir esto con la forma del definitivo en inglés, junto con un gerundio: El que está perdonando…El que está sanando…El que está redimiendo…El que está rodeando…El que está satisfaciendo…

En pocas palabras, así es como es YHWH. Tú puedes contrastarlo con otros señores, si quieres, y dar gracias porque has caído bajo el cuidado de este. 

Cuando vemos claramente, en un mundo gobernado como este salmo insiste en que el nuestro es gobernado, bendecimos a su Gobernante. Le damos gracias. Nos volvemos agradecidos.

No se nos pide aquí que superemos la realidad con esfuerzos psicológicos. Se nos pide que veamos las cosas como son.  

De lo contrario, sería lo más extraño, como los tropiezos de un ciego, los placeres infundados del adicto a conspiraciones, o la mujer que se ha apartado totalmente de la realidad. 

¡Escucha, alma mia! 

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El crescendo es una característica central de la alabaza bíblica. La dinámica de la adoración es tal que un número cada vez mayor de adoradores están atrapados en su fuerza concentradora.

Sin embargo, si se concentra, es decir, si se fija la mirada de la criatura en lo que es más cierto acerca de todo lo creado de lo cual él hace parte, también se descentra, porque su fuerza fluye hacia afuera. Casi por definición, la alabanza es una fuerza centrífuga, su potencia contagiosa cautiva círculos cada vez más grandes en su ruidosa labor.

Cuando el salmista ha agotado su descripción de la alabanza como el ofrecimiento de la comunidad humana, un reflejo recurrente le permite extenderse también al mundo no humano. Él personifica lo que previamente pudo haber sido considerado inerte, aquella naturaleza supuestamente no doxológica que nos rodea: 

¡Ruja el mar y cuanto contiene,
el mundo y los que en él habitan!
¡Batan palmas los ríos;
a una canten jubilosos los montes!

(Salmo 98:7-8 LBLA)

Sería errado leer esto de forma rígida y literalmente, con esa inclinación peculiar de reificación que caracteriza el lector creyente cuando lee la Biblia. Empero, sería mucho más errado no darse cuenta del punto de vista del salmista acerca de la magnitud del circulo de alabanza.

Ciertamente existe algo benevolentemente totalitario en la práctica de alabar al Creador del mundo. Esa alabanza no está completa hasta que todos se han unido a su canto. La euforia de la alabanza lleva consigo una cierta tristeza en la actualidad, porque la comunidad que danza, que canta, y que adora es consciente de que todavía no todos reconocen que la verdad central sobre el Creador y la creación es que el Creador debe ser alabado por su creación.

La coerción no es el motor ni el medio de esta verdad. Al contrario, es impulsada por la agudeza que llega a aquellos que unen sus voces al canto, y sus cuerpos a la danza. YHWH es, como en el salmo dos antes que este es tradicionalmente traducido, muy digno de ser alabado.

Así es la cuestión.

El apóstol Pablo es, similarmente, profundamente doxológico en su entendimiento de la creación, redención y su divino Hacedor. Él sabe muy bien que todo pensamiento verdadero, todo discurso correcto lleva a una inexorablemente a la doxología. Para Pablo, no hay una fuerza coactiva en esto. Así como el salmista, él parece simplemente entender que así es el mundo. Aquellos que lo ven bien, aquellos cuyos lentes no están distorsionados por manchas refractarias, saben que es cierto y comprenden que es la más verdadera de todas las verdades.

Pablo conoce la tristeza, también. Una nota de melancolía que respecta el hecho de que aun no todos alaban de esta manera lo lleva a hablar de aquella creación que ‘gime’ mientas aguarda su completa y catastrófica redención.

Sin embargo, el apóstol está seguro, así como el poeta del salmo noventa y ocho, de que esta triste restricción no siempre detendrá el canto de la humanidad y la explosión doxológica que es el derecho y destino de toda la creación. Un día, él sabe, aún las ríos aplaudirán; incluso los montes cantarán juntos con alegría.

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Los salmos están llenos de una asertividad esperanzadora, como que ‘nunca seré sacudido’.

Dicha confianza, aún cuando es más frágil de lo que parece, se basa en la presunta estabilidad moral del mundo. Esto es, la justicia existe y prevalecerá. Si uno no confía en este aspecto de la habilidad de YHWH, entonces ya casi nada importa.

Al mismo tiempo, la experiencia humana sabe sobre esta justicia retrasada. Le duele la realidad vindicativa que sus ojos no han visto y, a decir verdad, muy rara vez vista. Aún así, persiste la firme esperanza en un resultado que las personas razonables pueden acordar. Sabe que YHWH, a la postre, no hará menos que esto.

Porque ni del oriente ni del occidente,
ni del desierto viene el enaltecimiento;
sino que Dios es el juez;
a uno humilla y a otro ensalza.

(Salmo 75:6-7 LBLA)

En los salmos y mucho más allá, la antología bíblica se capta mediante la noción de un drama cósmico. La aleatoriedad no tiene ninguna posibilidad contra la convicción que de YHWH tiene un plan para su mundo, que este plan es apasionado si se resiste misteriosamente a las zonas sombrías pero feroces, que la experiencia humana es el escenario privilegiado de este drama, y que su resultado es seguro. En este teatro cósmico, YHWH mueve sus piezas en una forma que paradójicamente no obtiene resignación sino resolución y decisión. Puesto en términos convencionales, él levanta a los humildes y humilla a los orgullosos. 

El escritor del salmo setenta y cinco prueba este bebedizo fortalecedor mientras contempla la arrogancia de los arrogantes que parecen estar a su alrededor. Se siente seguro de que la perdición de los arrogantes está asegurada. Es más, alaba al “Dios de Jacob” antes de que este misterioso Soberano haya ejecutado la caída de ellos y la frustración de sus planes. 

La alabanza preventiva hace eso. Es lo suficientemente segura de su confianza como para encontrar la fortaleza en el momento de celebrar lo que YHWH apenas está desnudando su brazo fuerte para hacer.

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En este momento, parecemos estar embriagados por nuestra propia autoestima, sin embargo, con pocas esperanzas de lograrlo por la ruta intoxicante que hemos elegido. Por lo tanto, puede parecer un momento difícil para hablar de Dios riéndose sarcásticamente de los pequeños esfuerzos de la humanidad para establecer su estatus y prerrogativa. Sin embargo, los salmos eligen esa imagen cuando sus escritores imaginan al Señor que gobierna a las naciones tomando la medida de los esfuerzos terrenales tendientes a suplantarlo.

Esta risa es un buen sonido -una manera de euanggelion– para aquellos israelitas que se encuentran rodeados por enemigos gentiles cuya enemistad declarada contra el Dios de Jacob debe tener consecuencias dolorosas para sus hijas e hijos. Frecuentemente, la mención del cielo riendo a carcajadas de los designios de los maquinadores es precedida por alguna declaración en labios de los malhechores en el sentido de que “nadie escucha” o “nadie ve”. Son inmunes a la justicia celestial, o así consideran.

Observa el salmo 59.

Aquí el escritor está preocupado por lo que parece ser una amenaza de guerra por parte de los gentiles contra el pueblo de Israel y/o Judá. Su descripción de guerra en términos caninos es de agarre:

Regresan al anochecer, aúllan como perros,
y rondan por la ciudad.
He aquí, se jactan con su boca;
espadas hay en sus labios,
pues dicen: ¿Quién oye? (Salmo 59.6-7 LBLA)

Luego, el sonido de la risa:

Mas tú, oh Señor, te ríes de ellos;
te burlas de todas las naciones.

A causa de su fuerza esperaré en ti,
porque Dios es mi baluarte.
Mi Dios en su misericordia vendrá a mi encuentro;
Dios me permitirá mirar victorioso sobre mis enemigos.

La imagen marca el movimiento contra la soberanía de YHWH sobre su mundo como “cosa de locos”. Dicha insurrección parece prudente desde cierto punto de vista, pero risible cuando se tiene la perspectiva adecuada.

O mira, el tan famoso, salmo 2, un himno de confianza en la arquitectura histórica del Señor y el estatus de su rey ungido:

¿Por qué se sublevan las naciones,
y los pueblos traman cosas vanas?
Se levantan los reyes de la tierra,
y los gobernantes traman unidos
contra el Señor y contra su Ungido, diciendo:
¡Rompamos sus cadenas
y echemos de nosotros sus cuerdas!

Él que se sienta como Rey en los cielos se ríe,
el Señor se burla de ellos.
Luego les hablará en su ira,
y en su furor los aterrará, diciendo:
Pero yo mismo he consagrado a mi Rey
sobre Sión, mi santo monte. (Salmo 2:1-6 LBLA)

Sería un error muy común leer en tal risa burlona un papel de adversario por parte de YHWH hacia los pueblos como naciones. Por el contrario, el mismo material presenta un compromiso con su redención, que es en puntos impresionante en su alcance y belleza. Sin embargo, a través de tales pasajes se evidencia una fuerte corriente de humildad y, a veces, de humillación. Es decir, la redención en los salmos y los profetas llega a las naciones cuando se someten al Dios de Jacob y a veces incluso al mismo Jacob/Israel. No hace falta decir que la historia de la interpretación se ha tardado mucho en discernir qué forma podría tomar tal subyugación—forzada o abrazada con alegría.

Cuando se escucha esta variedad de risa divina, no se dirige contra los no judíos en su totalidad, sino contra las naciones que buscan escapar de la soberanía determinada de YHWH no sólo sobre su pueblo Israel, sino sobre todo el mundo creado. Para los escritores que se complacen en el género, el reino de YHWH incluye no sólo su tribu abrahámica sino también—la frase es importante para fijar la atención de Dios en la gente—el tevah, el “mundo entero habitado”.

Es una estupidez, de hecho es una especie de broma, que pequeños hombres y mujeres se crean capaces de resistirse a tal poder.

Es más para su beneficio, la literatura parece sugerir, encontrar su misericordia en su fuerza, su bondad en su consejo, su futuro—velado por la desconcertante niebla del caos—en la historia.

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La ayuda está disponible.

Este es el mensaje que el poeta que creó el Salmo 46 subraya en un tiempo en donde todo parece que lo que es confiable ha sido estremecido. Solo se necesita haber sentido un terremoto para que esa estaca existencial se clave en el alma, que solo aparece cuando la tierra se mueve.

 Se puede suponer que cualquier cosa se mueva bajo coacción. Pero no se supone que la tierra se mueva. Es la Cosa Inmóvil, el escenario en el que todo tipo de mobiliario hace un sonido agrietado y se agita. La gente marcha, corre, se arrastra, algunos se quedan, otros nos hacen desear que se hayan quedado. Pero la tierra en sí misma no se mueve.

 Entonces, de repente, se mueve, dejando a uno a preguntarse si existe algo en que se puede.

Dios es nuestro refugio y fortaleza,
nuestro pronto auxilio en las tribulaciones.
Por tanto, no temeremos aunque la tierra sufra cambios,
y aunque los montes se deslicen al fondo de los mares;
aunque bramen y se agiten sus aguas,
aunque tiemblen los montes con creciente enojo.
(Salmo 46:1-3 LBLA)

Al explorar su tema, el poeta se refiere a Dios en medio del caos con una descripción hebrea que es única en la antología bíblica. Él es, se nos dice, נמצא מאד (nimtsa’ me’od). Para una traducción, el traductor muy literal podría querer algo como esto: muy encontrable/descubrible. Las almas más poéticas nos han dado una convincente y duradera tradución: un pronto auxilio en las tribulaciones.

Lo que esta frase castella consigue con un notable toque estético, sacrifica parcialmente por el otro lado en términos del significado que el salmista desea expresar. Dios no está tan presente en una manera ordinaria e indiscutible, en tiempos de angustia, como la interpretación más bien filosóficamente inclinada en el español podría llevarnos a creer.

Más bien, él está disponible. Es decir, es sensible a ser buscado. Él escucha y reacciona cuando se le pide. Puede parecer que está oculto o incluso, al contrario de la traducción español que tenemos ante nosotros, ausente, ya que todo lo que es fuerte y fiable es lanzado como las olas en el mar. Pero él se dejará descubrir en esa mêlée por alguien que lo busca asiduamente mientras la casa se quema a su alrededor.

Este salmo, uno de los mejores de la antología bíblica, pasa a explicar el significado de la disponibilidad divina cuando los cimientos se estremecen. Aprendemos, de forma más prosaica, que el Señor está con nosotros. Quizás fue esta afirmación la que llevó a los traductores a expresar la presencia de YHWH con su notable giro de una frase que merece ser repetida: una ayuda muy presente.

Hay un río cuyas corrientes alegran la ciudad de Dios,
las moradas santas del Altísimo.
Dios está en medio de ella, no será sacudida;
Dios la ayudará al romper el alba.
Bramaron las naciones, se tambalearon los reinos;
dio Él su voz, y la tierra se derritió.
El Señor de los ejércitos está con nosotros;
nuestro baluarte es el Dios de Jacob. 

La espiritualidad bíblica, más a menudo de lo que vence las circunstancias de caos, alimenta un espíritu tranquilo en el centro de la existencia. Pero aun esta afirmación no es es mecánica, no es el producto de una quietud forjada por la fuerza de un alma human. Más bien, es el resultado del paradójico esfuerzo de buscar a un Dios que se deja encontrar a la fuerza, normalmente mientras las montañas y los pueblos continúan su furia justo afuera de la frágil puerta.

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El salmista se enfrenta a Dios como cualquier par de amigos que lo hace bebiendo cerveza en el bar. Es una franqueza inquietante que evidencia la verdad de la circunstancia sin poner en peligro la larga fraternidad, que es el cimiento que une a tales amigos.

Los Salmos 42 y 43 están unidos por este vínculo verbal:

¿Por qué voy a inquietarme? ¿Por qué me voy a angustiar?
En Dios pondré mi esperanza, y todavía lo alabaré. ¡Él es mi Salvador y mi Dios! (Salmo 42:11 y 43:5 NVI)

Este estribillo logra un sofisticado autodiagnóstico, reconociendo a la vez tanto la depresión que prevalece como la incapacidad de alabar a Dios que es su compañero. Sin embargo, si el orador no puede alabar a Dios, aún puede dirigirse a él. Esa conversación viene como el severo desafío de un amigo ofendido:

Salmo 42: «¿Por qué me has olvidado? ¿Por qué debo andar de luto y oprimido por el enemigo?»… ante la burla de mis adversarios, mientras me echan en cara a todas horas: «¿Dónde está tu Dios?»

Salmo 43: ¿Por qué me has rechazado? ¿Por qué debo andar de luto y oprimido por el enemigo?

En cada caso, el salmista mantiene la esperanza de que todavía alabará a Dios, de que la amistad será restaurada a su resistente y satisfactoria mutualidad, de que esta actual soledad es el filo experiencial no del abandono final sino de alguna interrupción inescrutable que con el tiempo se revertirá.

El abrazo de la franca charla sobre la aparente falta de fiabilidad de Dios, por un lado, y la valiente afirmación de la esperanza en él, por el otro, es un instinto bíblico de notable perseverancia. Se ve muy claro el enajenamiento, resistiendo el impulso piadoso de explicarlo. Sin embargo, se aferra a la máxima racionalidad de esperanza en un buen Dios que parece tan amenazada por las contingencias de la experiencia humana, en particular por la experiencia de esa depresión y humillación que sigue a la experiencia de la ausencia de Dios. Él es deus absconditus muy a menudo para nuestro gusto. Sin embargo, él es YHWH, por su propia designación, el Dios que está allí, el Dios que está aquí.

Todo esto lleva a la fe bíblica a una cualidad lineal e histórica que contradice la abstracción. Uno se mueve de una experiencia a otra. Hay muy poco estoicismo aquí, es decir, la oscuridad actual se reconoco por lo que es. Al contrario, hay licencia para declarar la experiencia de este momento, como la pregunta retórica que casi se mofa de Dios por su ausencia, o mediante la confesión que dice que aún hay razones para tener esperanza.

La vida con este Dios, como parecen sugerir los salmos, no es oscuridad y confusión. Sin embargo, tampoco es simple. Es más bien un drama. El momento tras momento, capa sobre capa. Uno camina. Uno hace peregrinaje.

Mientras tanto, uno no sufre en un silencio abnegado. Uno habla. Uno ora.

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La peculiaridad generativa del Salmo 23 radica en su negativa a comprometer la amenaza.

El valle de la profunda oscuridad (tradicionalmente conocido como, “el valle de la sombra de la muerte”) y los enemigos que lo rodean permanecen intactos. No se subestima su capacidad destructiva ni se desautoriza la siniestra intención de los enemigos. Simplemente se les deja, en la poética del salmo, ser lo que realmente son.

Esta es sin duda una explicación parcial para el evocación inmediata y duradera del salmo, ya que nuestra propia experiencia presenta más a menudo el desafío de sobrevivir en medio del peligro que de la liberación dramática de las circunstancias que no están hechas ante nuestros ojos.

Sin embargo, el salmo no es tímido.

El vigor que nos cultiva está en una de sus más exquisitas declaraciones.

Tú preparas mesa delante de mí en presencia de mis enemigos. (Salmo 23:5 LBLA)

El banquete del salmista es contradictorio. Es solitario, arriesgado y festivo.

No se menciona la compañía de amigos y familiares, de hecho, la singularidad de la experiencia del salmista es implacable hasta el detalle de que la mesa está preparada para mí. Es una mesa preparada en presencia de sus enemigos. Aunque no están invitados, tampoco están distantes. Finalmente, el poeta se sienta no a un austero picnic sino a la abundancia que es signo de una imagen bien embadurnada y un vino que se desborda.

El salmo ofende todas las expectativas ordinarias, creando para el poeta y sus lectores un espacio donde el peligro y la alegría cohabitan. La amenaza no se suprime, sino que se relega decididamente a las sombras para que un corazón solitario pueda regocijarse con el cuidado de YHWH mientras ningún amigo está cerca.

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