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Posts Tagged ‘texturas’

Los salmos bíblicos hablan con claridad sobre el hecho de que alabamos motivados por un conocimiento parcial.

Uno no puede conocer a YHVH exhaustivamente, nos enseñan. Paradójicamente, la alabanza parece más dinámica precisamente cuando el salmista llega al límite de su propia capacidad para conocer a YHVH. No es que la alabanza habite en el vacío insondable del misterio. Uno no se lanza al gran vacío, allí para alabar. Más bien, uno conoce a YHVH verdaderamente por medio del observar sus caminos en la creación, redención e instrucción, entonces con el tiempo uno se da cuenta de que las virtudes de YHVH superan tanto el conocimiento como la articulación.

Uno comienza con lo que uno conoce de YHVH y alaba con eso.


Grande es el Señor, y digno de ser alabado en gran manera;
y su grandeza es inescrutable.
Una generación alabará tus obras a otra generación,
y anunciará tus hechos poderosos.

Salmo 145:3 (LBLA)

El salmo ciento cuarenta y cinco, como muchos otros, yuxtapone la inescrutabilidad de YHVH, por un lado, y la declaración directa de que el paso normal del legado de una generación a otra incluirá la convocación para conocer los actos de YHVH, por otro.

No existe ninguna contradicción sin sentido en esto. Por el contrario, YHVH llama la atención a las mentes de los individuos, comunidades y generaciones. Sin embargo, los que conocen a YHVH se recuerdan a sí mismos cuán poco de él saben. 

La alabanza es suficiente para aquellos que conocen a YHVH. Pero nunca es exhaustiva.

‘La verdadera religión’, por tomar prestada una frase del Nuevo Testamento al hablar del Antiguo, no supone que el Alto y Santo no sea conocible. De esa forma se encuentra la espiritualidad sin sentido capaz de enervar, aburrir y fascinar por partes iguales.

Tampoco supone que lo conozca exhaustivamente. Ahí está la idolatría proteica.

Los salmos nos instan a la alabanza que es suficiente para que podamos conocer a un Dios que se revela a sí mismo. Alaba sus obras y con mucha expectativa espera más.

Sin embargo, eleva las manos abiertas hacia su cielo en lugar de crear imágenes de él con dedos controladores y agarradores.

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El ojo escrutador del Señor no siempre es una noción agradable para los escritores bíblicos. En su agonía, Job lo encuentra implacable. Los pecadores, nos dicen, lo consideran risible y a veces un tigre de papel destinado a asustar a la gente, pero bastante incapaz una vez que se obtiene un ángulo claro de las cosas.

Por otro lado, el escritor del salmo ciento treinta y nueve se deleita en la visión ilimitada de Dios en su vida. Ciertamente, después de relatar la imposibilidad de esconderse de su creador, él pide aún más transparencia:

Escudríñame, oh Dios, y conoce mi corazón;
pruébame y conoce mis inquietudes.
Y ve si hay en mí camino malo,
y guíame en el camino eterno.

Salmo 139:23-24 (LBLA)

Tal es la notable conclusión de un poema que insiste en que puedes correr pero no puedes esconderte, y luego afirma que una vida sin escapatoria es algo bueno:

¿Adónde me iré de tu Espíritu,
o adónde huiré de tu presencia?
Si subo a los cielos, he aquí, allí estás tú;
si en el Seol preparo mi lecho, allí estás tú.
Si tomo las alas del alba,
y si habito en lo más remoto del mar,
aun allí me guiará tu mano,
y me asirá tu diestra.
Si digo: Ciertamente las tinieblas me envolverán[f],
y la luz en torno mío será noche;
ni aun las tinieblas son oscuras para ti,
y la noche brilla como el día.
Las tinieblas y la luz son iguales para ti.

El escritor no señala qué experiencia de vida, qué dilema existencial puede haber despertado en él pensamientos de huida de Dios. No provee ninguna circunstancia para la hipotética auto-maldición que invocaría a la oscuridad para que lo cubra en sus sombras. Tales detalles sugieren que el hombre ha vivido mucho o al menos ha conocido el lado oscuro de la experiencia o por lo menos que ha sido estudiante de lo vivido.

También aparece asombro por la gloria de ser humano y una agradecida negación a dejar que el crédito de ese esplendor recaiga finalmente en la criatura que lo manifiesta.

Oh Señor, tú me has escudriñado y conocido.
Tú conoces mi sentarme y mi levantarme;
desde lejos comprendes mis pensamientos.
Tú escudriñas mi senda y mi descanso,
y conoces bien todos mis caminos.
Aun antes de que haya palabra en mi boca[c],
he aquí, oh Señor, tú ya la sabes toda.
Por detrás y por delante me has cercado,
y tu mano pusiste sobre mí.
Tal conocimiento es demasiado maravilloso para mí;
es muy elevado, no lo puedo alcanzar.

La vida vivida de esta manera transparente puede no ser siempre algo dulce, parece sugerir el salmista. Existe demasiada oscuridad en los márgenes de este poema para que nosotros pensemos eso. Sin embargo, es maravilloso. Uno es tan profundamente conocido que sólo las hipérboles, imágenes y exclamaciones de la poesía se acercan a decirlo bien.

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La arquitectura ontológica del hebreo bíblico distancia a YHVH de sus criaturas humanas y al mismo tiempo le acerca más a ellos.

La altitud de YHVH—él es representado como elevado, exaltado y levantado—se asocia a una paradoja apasionada con su proximidad a los más humildes. En un pasaje emotivo pasaje del libro de Isaías, él es exaltado y sin embargo vive con el humilde y abatido. En el salmo ciento treinta y ocho, él mira al humilde con precisión exquisita.

Porque el Señor es excelso, y atiende al humilde,
mas al altivo conoce de lejos.

Salmo 138.6 LBLA

Las concepciones ordinarias de poder exaltado son subvertidas otra vez en la segunda línea del verso citado, pues allí el salmista percibe de lejos a la persona que se exalta a una proximidad aparente con YHVH. Intentar acercarse a YHVH por medio de la auto-exaltación es de hecho distanciarse en una hazaña trágica de autoengaño. 

YHVH, el altísimo, mira y se acerca a sus hijas e hijos cuando se han vuelto los más humildes.

El poeta que está detrás del salmo 138 no concluye sus reflexiones con esta hermosa observación, hecha en abstracto. Más bien, él expresa una declaración y una súplica conmovedoras, llena de la mucha humildad que él ha descrito.

Aunque yo ande en medio de la angustia, tú me vivificarás;
extenderás tu mano contra la ira de mis enemigos,
y tu diestra me salvará.
El SEÑOR cumplirá [su propósito] en mí;
eterna, oh SEÑOR, es tu misericordia;
no abandones las obras de tus manos.

Con una regularidad inesperada, los salmos asocian las declaraciones del cuidado de YHVH más confiadas de sí mismas con las peticiones más sentidas para que dicho cuidado no flaquee.

El salmista ha conocido, en algún nivel conoce, que el cuidado intencional de YHVH no se interrumpirá por las agonías de dudas de la experiencia humana. Empero, su palabra final— ¡No abandones las obras de tus manos!—clama con un temor discernible porque el amor tan celebrado de YHVH no se agote mientras su propia vida no esté concluida.

Con una autoconciencia notable, con extraordinario entendimiento de la gloria como de la degradación de la existencia humana, el salmista ubica su propia y frágil vida dentro de una frase que se ha vuelto familiar para el lector como una firma descriptiva de la creación de YHWH: la(s) obras(s) de tus manos.

El poeta se conoce como un objeto de esa misma artesanía. Junto al sol, la luna y las estrellas, él vislumbra en sí mismo las huellas del Maestro Artista. Sin embargo, él sabe que, aquí abajo, algunos intentos fallidos al crear belleza terminan descartados en el piso del estudio, muy arruinados por accidente o por fallo inherente para convertirse en algo bueno.

Por un momento, se pregunta si YHVH, creador y sustentador sin defectos, podría también permitirse dicho lapso momentáneo. 

¡No me descartes…!

… clama el trabajo en progreso que es el ser humano. 

¡No me descartes…!, clamamos mientras leemos, encontrando nuestra condición en él. 

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La tradición bíblica lucha poderosamente con el exceso aparente del compromiso de YHWH para con David y su ciudad.

No corresponde a la tradición mosaica el hacer promesas sin destacar las responsabilidades que devienen de la generosidad divina. Sin embargo, uno o dos clásicas declaraciones del pacto ‘davídico’ o ‘sionista’ hacen exactamente eso. A mi juicio, los errores teológicos más grandes están al lado del camino donde uno intenta restringir la libertad divina. Aun así, debemos considerar la posibilidad de que una condicionalidad implícita habite incluso en las promesas más absolutas de YHWH para con David y su descendencia. A la final, YHWH es en el drama bíblico un maestro en el rescate creativo de situaciones puestas en peligro por la debilidad humana, la terquedad, o ambas.

Si estas advertencias suenan densas y en algunas ocasiones se alejan del texto que tenemos al frente, no están desvinculadas de él. La misma lucha de la tradición sugiere que los puntos de vista que podríamos catalogar como ‘teológicos’ emergen de la felicidad de las propias promesas de YHWH.

Dejemos que los salmos —presumiblemente uno de los géneros menos cautelosos cuando se trata de articular las cosas que realmente importan—yuxtapongan el juramento seguro de YHWH para con David a un gigantesco si que ambula como un fantasma por los pasillos de Sión y sus edificios reales/religiosos:

El Señor ha jurado a David
una verdad de la cual no se retractará:
De tu descendencia pondré sobre tu trono.
Si tus hijos guardan mi pacto,
y mi testimonio que les enseñaré,
sus hijos también ocuparán tu trono para siempre.

(Salmo 132:11-12 LBLA)

Aunque un lector pedantemente lógico podría con dificultad tragarse la apariencia de una contradicción ingenua, la tradición que aquí está inscrita es consciente de dos realidades. Primero, el legado poético está muy consciente de la inescrutable firmeza de YHWH. Segundo, no negará la responsabilidad profundamente arraigada que el misterioso camino de YHWH con aquellos en los que cae su amor exige en las vidas, aunque infrequentemente se hayan acercado a él. Más a menudo dichas personas —David siendo el primero entre ellos—se ven atrapados en la red del amor divino. Les resulta difícil —si, en teoría, no imposible—liberarse de la red tenaz, envolvente y retentiva que está en sus pies, sus piernas, sus brazos y en todo lo que son.

Las promesas de YHWH. Seres humanos más o menos arruinan el posludio. YHWH encuentra un camino. 

Pareciera que en tal redención dialéctica sobreviven este mundo y el próximo, no sin tragedia pero sí sanos y salvos.

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Si Paul Simon solo pudo encontrar cinco formas para dejar a su amante, el escritor de Salmos 119 claramente le supera. Versículo tras versículo de este poema acróstico –significa que la primera letra de cada línea sigue al alfabeto en un patrón claramente identificable– enaltece la palabra, la ley y la promesa del Señor con un lenguaje usualmente utilizado solo para elogiar el amor romántico.

Me regocijo en tu palabra como quien halla un gran botín.

(Salmo 119:162 LBLA)

Aunque las líneas específicas de este salmo audazmente enfocado han encontrado su camino a la espiritualidad judía y cristiana, para muchos lectores modernos el salmo mismo parece ser tedioso y—me atrevo a decirlo—un poco obsesivo. Un poema como este da primacía a la forma y luego a su contenido. Incluso un lector compresivo tiende a concluir, cuando ve al escritor llegar a la quinta línea que empieza con la letra “ayin”, que debe darse un descanso.  

Sin embargo, vale la pena sujetar la impaciencia moderna con forma, repetición y ley, lo suficiente como para preguntar qué tipo de alma genera una celebración épica de la instrucción divina. ¿Quién, por ejemplo, podría decir esto sin una sonrisa burlona?

Tus testimonios he tomado como herencia para siempre, porque son el gozo de mi corazón.

¿Quién, sin ironía, afirma esto? 

Quebrantada está mi alma anhelando tus ordenanzas en todo tiempo.

Algunos aspectos de dicho perfil vienen a mi mente.

Primero, el escritor está profundamente consciente de su propia fragilidad. Él habita en un mundo donde abundan la amenaza y la traición, uno donde sus pies parecen resbalar al menos que pueda situarlos firmemente en los cimientos de la instrucción divina. 

En segundo lugar, él cree que YHWH crea y sostiene el mundo. La palabra del Señor para él es un subconjunto de su proyecto de sustento del mundo. El caos y el orden no son teóricos para él, sino más bien las articulaciones de su existencia diaria. 

Tercero, él encuentra en la instrucción de YHWH como dadora de vida. Una y otra vez, contrapone una petición por la instrucción vivificante del Señor ante la desintegración de la vida y la esperanza.

Cuarto, él ha encontrado rica recompensa al dedicar una energía formidable al dominio de los prefectos de YHWH. Su enfoque a ese conjunto de aprendizaje que él cataloga como preceptos, ley(es), promesa y palabra(s) es todo menos pasivo. Él enérgicamente busca su recompensa y las anhela cuando parecen distantes.

El erudito bíblico Walter Brueggemann nos ha enseñado que los salmos hablan a nuestras vidas al grado que hemos sido destrozados o desorientados por los eventos. Uno no esperaría que un salmo nomistico como este—con su concentración inflexible sobre lo que está establecido y verdadero—encaje muy bien en la observación de Brueggemann. Sin embargo, sorprendentemente, parece ser así.

En toda su artificialidad sintética, el salmo 119 nos pide que consideremos si los seres humanos más destruidos o amenazados podrían necesitar, más que nada, una palabra. 

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El poeta que está detrás de nuestro salmo 104 contribuye a un compendio que añade a la acción de YHWH en la historia una celebración a su obra en creación. Es una bella rareza.

Curiosamente, dos características de la participación divina en la creación entretejen la celebración del salmista. 

Primeramente, el salmista observa la acción divina no solo en la creación original, sino en el continuo sustento de las criaturas de YHWH. Cuando se toca esta nota, vemos también la colaboración de las criaturas. YHWH provee los recursos necesarios, y las criaturas responden reuniéndose si son animales, y en la labor del campo y del hogar si son humanos. 

Él hace brotar la hierba para el ganado,
y las plantas para el servicio del hombre,
para que él saque alimento de la tierra,
y vino que alegra el corazón del hombre,
para que haga brillar con aceite su rostro,
y alimento que fortalece el corazón del hombre
.

Los árboles del Señor se sacian,
los cedros del Líbano que Él plantó,
donde hacen sus nidos las aves,
y la cigüeña, cuya morada está en los cipreses.

Los montes altos son para las cabras monteses;
las peñas son refugio para los tejones…

Todos ellos esperan en ti,
para que les des su comida a su tiempo.
Tú les das, ellos recogen;
abres tu mano, se sacian de bienes.

(Salmo 104:14–15 … 27-28 LBLA)

En segundo lugar, no es solo el salmista el que se regocija en esta colaboración modelada y de sustento. YHWH mismo se alegra por esto, tal como el poeta en su contemplación.

¡Sea para siempre la gloria del Señor!
¡Alégrese el Señor en sus obras!
Él mira a la tierra, y ella tiembla;
toca los montes, y humean.
Al Señor cantaré mientras yo viva;
cantaré alabanzas a mi Dios mientras yo exista.
Séale agradable mi meditación;
yo me alegraré en el Señor.

Aquí la creación no es objetivada de ninguna forma impersonal o mecánica. Es una comunidad viva y con aliento, diseñada por YHWH, poblada por seres que son totalmente dependientes de su provisión y encargada, en el caso de los seres humanos, de convertirla en una provisión ampliada y extendida para los demás. 

El ciclo de vida y muerte se reconoce, un asentimiento dado a las temporadas de fulminante escasez. Nada de esto nubla o limita el regocijo del salmista, ni presumiblemente, el del Creador.

Los esfuerzos humanos sobre la vastedad del mar y en el desafío del suelo contribuye a una visión doxológica. 

Hay sinergia, colaboración, e incluso una cierta imitación de Dios en todo esto.

Solo al final los “pecadores” y “los malvados” manchan sus glorias. Estos quedan encomendados al justo poder de YHWH. 

El mundo como lo vemos no es, podríamos pausar para considerarlo, inevitable. Tampoco es ordinario. Es la obra de manos divinas. Todo se inclina al regocijo. Es una invitación incluso ahora a la risa apreciativa, a un corazón que se alegre al considerarla. 

¡Bendice al Señor, Oh, alma mía!

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El salmo 103 insiste que vivimos en un mundo en el que una clara visión lleva a la gratitud.

La bendición es realidad. No reconocerlo significa que alguien se ha quedado ciego, quizá aún que ha sucumbido a una mentira. 

Sin embargo, la gratitud requiere una elección—y aún aquella elección continua que se convierte en disciplina—porque por alguna razón desconocida somos propensos a olvidar. La bendición es un hecho, pero la gratitud rara vez ocurre por naturaleza. Requiere practica, disciplina, incluso cultura, para que la bendición se responda con acción de gracias. 

Es por esto que el salmista emplea la figura extraña de exhortar a su propia ‘alma’ a que bendiga al Señor. No es que las bendiciones de YHWH son difíciles de ver, es solo que son fáciles de perder. Son más fáciles aún de olvidar. 

Bendice, alma mía, al Señor,
y no olvides ninguno de sus beneficios.
Él es el que perdona todas tus iniquidades,
el que sana todas tus enfermedades;
el que rescata de la fosa tu vida,
el que te corona de bondad y compasión;
el que colma de bienes tus años,
para que tu juventud se renueve como el águila.                                                    

El Señor hace justicia,
y juicios a favor de todos los oprimidos.
A Moisés dio a conocer sus caminos,
y a los hijos de Israel sus obras.

(Salmo 103:2–7 LBLA, énfasis añadido).

La mayoría del tiempo el último recurso de interpretes sinvergüenzas es insistir que ‘el idioma original afirma verdades que no se entienden en la traducción’. Sin embargo, en este caso es parcialmente cierto.

Las palabras en cursiva son participios del idioma hebreo. En al hebreo clásico el sentido de este es usualmente una actividad continua. Aunque no puede ser el caso con la última cadena de participios—YHWH dio a conocer sus caminos a Moisés solo en el pasado—la preponderancia de la evidencia sugiere que debemos bendecir al Señor aquí precisamente como aquel que habitualmente actúa de esta forma. Es su naturaleza, su hábito divino, el trabajo fácil de su mano derecha. 

Sería una carga para el idioma, pero tendría más sentido traducir esto con la forma del definitivo en inglés, junto con un gerundio: El que está perdonando…El que está sanando…El que está redimiendo…El que está rodeando…El que está satisfaciendo…

En pocas palabras, así es como es YHWH. Tú puedes contrastarlo con otros señores, si quieres, y dar gracias porque has caído bajo el cuidado de este. 

Cuando vemos claramente, en un mundo gobernado como este salmo insiste en que el nuestro es gobernado, bendecimos a su Gobernante. Le damos gracias. Nos volvemos agradecidos.

No se nos pide aquí que superemos la realidad con esfuerzos psicológicos. Se nos pide que veamos las cosas como son.  

De lo contrario, sería lo más extraño, como los tropiezos de un ciego, los placeres infundados del adicto a conspiraciones, o la mujer que se ha apartado totalmente de la realidad. 

¡Escucha, alma mia! 

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El crescendo es una característica central de la alabaza bíblica. La dinámica de la adoración es tal que un número cada vez mayor de adoradores están atrapados en su fuerza concentradora.

Sin embargo, si se concentra, es decir, si se fija la mirada de la criatura en lo que es más cierto acerca de todo lo creado de lo cual él hace parte, también se descentra, porque su fuerza fluye hacia afuera. Casi por definición, la alabanza es una fuerza centrífuga, su potencia contagiosa cautiva círculos cada vez más grandes en su ruidosa labor.

Cuando el salmista ha agotado su descripción de la alabanza como el ofrecimiento de la comunidad humana, un reflejo recurrente le permite extenderse también al mundo no humano. Él personifica lo que previamente pudo haber sido considerado inerte, aquella naturaleza supuestamente no doxológica que nos rodea: 

¡Ruja el mar y cuanto contiene,
el mundo y los que en él habitan!
¡Batan palmas los ríos;
a una canten jubilosos los montes!

(Salmo 98:7-8 LBLA)

Sería errado leer esto de forma rígida y literalmente, con esa inclinación peculiar de reificación que caracteriza el lector creyente cuando lee la Biblia. Empero, sería mucho más errado no darse cuenta del punto de vista del salmista acerca de la magnitud del circulo de alabanza.

Ciertamente existe algo benevolentemente totalitario en la práctica de alabar al Creador del mundo. Esa alabanza no está completa hasta que todos se han unido a su canto. La euforia de la alabanza lleva consigo una cierta tristeza en la actualidad, porque la comunidad que danza, que canta, y que adora es consciente de que todavía no todos reconocen que la verdad central sobre el Creador y la creación es que el Creador debe ser alabado por su creación.

La coerción no es el motor ni el medio de esta verdad. Al contrario, es impulsada por la agudeza que llega a aquellos que unen sus voces al canto, y sus cuerpos a la danza. YHWH es, como en el salmo dos antes que este es tradicionalmente traducido, muy digno de ser alabado.

Así es la cuestión.

El apóstol Pablo es, similarmente, profundamente doxológico en su entendimiento de la creación, redención y su divino Hacedor. Él sabe muy bien que todo pensamiento verdadero, todo discurso correcto lleva a una inexorablemente a la doxología. Para Pablo, no hay una fuerza coactiva en esto. Así como el salmista, él parece simplemente entender que así es el mundo. Aquellos que lo ven bien, aquellos cuyos lentes no están distorsionados por manchas refractarias, saben que es cierto y comprenden que es la más verdadera de todas las verdades.

Pablo conoce la tristeza, también. Una nota de melancolía que respecta el hecho de que aun no todos alaban de esta manera lo lleva a hablar de aquella creación que ‘gime’ mientas aguarda su completa y catastrófica redención.

Sin embargo, el apóstol está seguro, así como el poeta del salmo noventa y ocho, de que esta triste restricción no siempre detendrá el canto de la humanidad y la explosión doxológica que es el derecho y destino de toda la creación. Un día, él sabe, aún las ríos aplaudirán; incluso los montes cantarán juntos con alegría.

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Los salmos están llenos de una asertividad esperanzadora, como que ‘nunca seré sacudido’.

Dicha confianza, aún cuando es más frágil de lo que parece, se basa en la presunta estabilidad moral del mundo. Esto es, la justicia existe y prevalecerá. Si uno no confía en este aspecto de la habilidad de YHWH, entonces ya casi nada importa.

Al mismo tiempo, la experiencia humana sabe sobre esta justicia retrasada. Le duele la realidad vindicativa que sus ojos no han visto y, a decir verdad, muy rara vez vista. Aún así, persiste la firme esperanza en un resultado que las personas razonables pueden acordar. Sabe que YHWH, a la postre, no hará menos que esto.

Porque ni del oriente ni del occidente,
ni del desierto viene el enaltecimiento;
sino que Dios es el juez;
a uno humilla y a otro ensalza.

(Salmo 75:6-7 LBLA)

En los salmos y mucho más allá, la antología bíblica se capta mediante la noción de un drama cósmico. La aleatoriedad no tiene ninguna posibilidad contra la convicción que de YHWH tiene un plan para su mundo, que este plan es apasionado si se resiste misteriosamente a las zonas sombrías pero feroces, que la experiencia humana es el escenario privilegiado de este drama, y que su resultado es seguro. En este teatro cósmico, YHWH mueve sus piezas en una forma que paradójicamente no obtiene resignación sino resolución y decisión. Puesto en términos convencionales, él levanta a los humildes y humilla a los orgullosos. 

El escritor del salmo setenta y cinco prueba este bebedizo fortalecedor mientras contempla la arrogancia de los arrogantes que parecen estar a su alrededor. Se siente seguro de que la perdición de los arrogantes está asegurada. Es más, alaba al “Dios de Jacob” antes de que este misterioso Soberano haya ejecutado la caída de ellos y la frustración de sus planes. 

La alabanza preventiva hace eso. Es lo suficientemente segura de su confianza como para encontrar la fortaleza en el momento de celebrar lo que YHWH apenas está desnudando su brazo fuerte para hacer.

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En este momento, parecemos estar embriagados por nuestra propia autoestima, sin embargo, con pocas esperanzas de lograrlo por la ruta intoxicante que hemos elegido. Por lo tanto, puede parecer un momento difícil para hablar de Dios riéndose sarcásticamente de los pequeños esfuerzos de la humanidad para establecer su estatus y prerrogativa. Sin embargo, los salmos eligen esa imagen cuando sus escritores imaginan al Señor que gobierna a las naciones tomando la medida de los esfuerzos terrenales tendientes a suplantarlo.

Esta risa es un buen sonido -una manera de euanggelion– para aquellos israelitas que se encuentran rodeados por enemigos gentiles cuya enemistad declarada contra el Dios de Jacob debe tener consecuencias dolorosas para sus hijas e hijos. Frecuentemente, la mención del cielo riendo a carcajadas de los designios de los maquinadores es precedida por alguna declaración en labios de los malhechores en el sentido de que “nadie escucha” o “nadie ve”. Son inmunes a la justicia celestial, o así consideran.

Observa el salmo 59.

Aquí el escritor está preocupado por lo que parece ser una amenaza de guerra por parte de los gentiles contra el pueblo de Israel y/o Judá. Su descripción de guerra en términos caninos es de agarre:

Regresan al anochecer, aúllan como perros,
y rondan por la ciudad.
He aquí, se jactan con su boca;
espadas hay en sus labios,
pues dicen: ¿Quién oye? (Salmo 59.6-7 LBLA)

Luego, el sonido de la risa:

Mas tú, oh Señor, te ríes de ellos;
te burlas de todas las naciones.

A causa de su fuerza esperaré en ti,
porque Dios es mi baluarte.
Mi Dios en su misericordia vendrá a mi encuentro;
Dios me permitirá mirar victorioso sobre mis enemigos.

La imagen marca el movimiento contra la soberanía de YHWH sobre su mundo como “cosa de locos”. Dicha insurrección parece prudente desde cierto punto de vista, pero risible cuando se tiene la perspectiva adecuada.

O mira, el tan famoso, salmo 2, un himno de confianza en la arquitectura histórica del Señor y el estatus de su rey ungido:

¿Por qué se sublevan las naciones,
y los pueblos traman cosas vanas?
Se levantan los reyes de la tierra,
y los gobernantes traman unidos
contra el Señor y contra su Ungido, diciendo:
¡Rompamos sus cadenas
y echemos de nosotros sus cuerdas!

Él que se sienta como Rey en los cielos se ríe,
el Señor se burla de ellos.
Luego les hablará en su ira,
y en su furor los aterrará, diciendo:
Pero yo mismo he consagrado a mi Rey
sobre Sión, mi santo monte. (Salmo 2:1-6 LBLA)

Sería un error muy común leer en tal risa burlona un papel de adversario por parte de YHWH hacia los pueblos como naciones. Por el contrario, el mismo material presenta un compromiso con su redención, que es en puntos impresionante en su alcance y belleza. Sin embargo, a través de tales pasajes se evidencia una fuerte corriente de humildad y, a veces, de humillación. Es decir, la redención en los salmos y los profetas llega a las naciones cuando se someten al Dios de Jacob y a veces incluso al mismo Jacob/Israel. No hace falta decir que la historia de la interpretación se ha tardado mucho en discernir qué forma podría tomar tal subyugación—forzada o abrazada con alegría.

Cuando se escucha esta variedad de risa divina, no se dirige contra los no judíos en su totalidad, sino contra las naciones que buscan escapar de la soberanía determinada de YHWH no sólo sobre su pueblo Israel, sino sobre todo el mundo creado. Para los escritores que se complacen en el género, el reino de YHWH incluye no sólo su tribu abrahámica sino también—la frase es importante para fijar la atención de Dios en la gente—el tevah, el “mundo entero habitado”.

Es una estupidez, de hecho es una especie de broma, que pequeños hombres y mujeres se crean capaces de resistirse a tal poder.

Es más para su beneficio, la literatura parece sugerir, encontrar su misericordia en su fuerza, su bondad en su consejo, su futuro—velado por la desconcertante niebla del caos—en la historia.

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