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Archive for March, 2011

Luego de más de un año de abstinencia del cine, decidí acompañar a unos amigos recién llegados al país a ver alguna película. Nos detuvimos frente a la gran sala transitada, mientras observábamos las pocas variedades, como era de esperarse; nos ofrecían los celuloides hollywoodenses.

Eso sí, el trato con mis amigos, una pareja de colombianos estudiantes de teología; era escoger alguna cinta que nos dejara algún contenido para seguir la charla con un cafecito. Nos llamó la atención un título en cartelera: “El Rito”.

Esta película prometía basarse en hechos verosímiles que narraban la historia de un seminarista escéptico, quien luego de varios enfrentamientos con los poderes del mal, convierte su escepticismo en fe renovada que le ayuda a realizar un exorcismo. Según interpreté.

Más allá de calificar la producción como buena o mala, juzgar la actuación como siempre impecable del británico Anthony Hopkins; me puse a meditar en lo que acababa de ver mientras las luces se encendían, los créditos corrían y los espectadores se levantaban de sus sillas satisfechos o ¿insatisfechos?, por este filme.

Para empezar, encontré en esta película varias incongruencias de carácter bíblico y teológico y, una clara intención de favorecer el poder político y jerárquico de la estructura eclesiástica. Para muestra un botón: En algunas escenas el espíritu maligno o demonio dentro de la persona, era intimidado cuando se le mostraba ciertos iconos, tales como: cruces, agua bendita, rosarios, etc. En otra escena el seminarista novato intentó cerrar las cortinas de la ventana de una habitación, pero fue interrumpido por el sacerdote experimentado (Hopkins), quien sujetando a la persona posesa, ordenaba no hacerlo:

-“Para que el demonio supiera quién mandaba allí…” (En ese momento las cámaras nos mostraba al otro lado de la ventana donde a los lejos se divisaba el edificio del Vaticano).

Confieso que el tema no es algo que me desvele. Ya lo decía Juan Stam, citando a su profesor Karl Barth, quien aconsejaba a “mirar todas estas cosas con el rabo del ojo…” Advirtiendo no olvidar que la misión de la iglesia es ante todo Integral.

“La liberación espiritual,” término más reconocido en algunos sectores protestantes, es algo que se debería analizar con pinzas y bisturí en mano. Muchos hemos sido testigos de los abusos que se han cometido a lo largo de las últimas décadas por esta práctica, la cual no niego tenga su fundamento bíblico.

Pero enhorabuena porque hemos superado aquellas “cacerías de demonios” y la fe mediática de ver espíritus en todas partes. Un pastor me compartía lo frustrante que fue dar consejería en esos tiempos. Cierta vez un feligrés justificaba su constante infidelidad a su esposa, alegaba que no era su culpa, sino “de los demonios que le tenían controlado”. ¡Qué desfachatez! Aunque este tipo de pensar fue parte de las secuelas del exceso de una práctica mal interpretada y aplicada que permeó algunos sectores.

Cierta vez Jesús recriminaba la actitud de sus discípulos:

“Maestro, hemos visto a uno que en tu nombre echaba fuera demonios, pero él no nos sigue; y se lo prohibimos, porque no nos seguía. Pero Jesús dijo: No se lo prohibáis; porque ninguno hay que haga milagro en mi nombre, que luego pueda decir mal de mí. Porque el que no es contra nosotros, por nosotros es.” (Marcos 9:38-40).

Para Cristo la práctica del exorcismo, era parte de natural de su quehacer diario como promotor y representante del reino de Dios (Lucas 11:20). Y su respuesta a sus discípulos de: “no prohibirle a otros que lo estaban haciendo…”, nos demuestra que su intención nunca fue conferirle un poder exclusivo a los apóstoles; así como tampoco lo fue delegarle la “franquicia” a un sector o denominación en la actualidad. Su eficacia no descansa en artefactos, ritos o personajes, es un don de Dios dado por la autoridad de Jesús a los que en él creen.

Bien lo dijo el Señor a aquellos setenta, quienes regresaban alegres “como niño con juguete nuevo”. Era de esperarse, ¡habían visto que los demonios se sujetaban…! Más la respuesta del Señor fue como “un balde de agua fría” a sus embelesados semblantes:

“…No se alegren de que puedan someter a los espíritus, sino alégrense de que sus nombres están escritos en el cielo” (Lucas 10:20).

Continuaba la charla con mis amigos reconociendo que aquella mesa se había convertido en un espacio de reflexión por encima de las tazas de café que sorbíamos y recordábamos la época de los años noventa…

Estos fueron los años en que precisamente la “liberación espiritual” cobró mayor auge, pero rápidamente fue eclipsado por otra corriente extrema. En su lugar surgió la proliferación de una espiritualidad que rebosaba el sobre énfasis por entusiasmo del Espíritu Santo, sus dones y sus manifestaciones como un fin en sí mismo. Y de allí fuimos arrastrados por otra ola que promovía un “evangelio de ofertas”, que señalaba las promesas de las soluciones de las necesidades físicas y materiales, por encima de la misión integral y las verdades fundamentales de las escrituras.

Me parece que debemos volver a los exorcismos. Eso sí, aclaro que me estoy refiriendo a la urgente tarea de exorcizar y echar todas aquellas influencias anti-bíblicas que se han ido arraigando en la iglesia y que nosotros hemos permitido.

Juan Stam observando todas estas infiltraciones decía:

Dos de los grandes vicios de la iglesia evangélica hoy son la sed de poder, prestigio y riqueza de algunos de nuestros líderes, y entre los fieles el culto, ciego y casi idolátrico, a las personalidades famosas. Hay mucha obsesión con títulos, oficios y el poder lucir y ser importante. Se emplean constantemente las técnicas de publicidad y promoción del mundo secular. Eso es totalmente contrario al espíritu de Jesucristo y del evangelio.

Dios nos ayude a instruir a las próximas generaciones para que no cometan los mismos errores del pasado y sigan observando a Jesús como el único paradigma a seguir. La instrucción es clara, el Señor nos la mostró: “alégrense de que sus nombres están escritos en el cielo” (Lucas 10:20).

Cuando servimos al reino de Dios, toda acción nos lleva a reafirmar el compromiso cristiano en búsqueda de una genuina conversión y una fe salvífica y no un espectáculo para entretener a las masas. Lo demás, ¡es puro rito!

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