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Archive for July, 2020

La tradición bíblica lucha poderosamente con el exceso aparente del compromiso de YHWH para con David y su ciudad.

No corresponde a la tradición mosaica el hacer promesas sin destacar las responsabilidades que devienen de la generosidad divina. Sin embargo, uno o dos clásicas declaraciones del pacto ‘davídico’ o ‘sionista’ hacen exactamente eso. A mi juicio, los errores teológicos más grandes están al lado del camino donde uno intenta restringir la libertad divina. Aun así, debemos considerar la posibilidad de que una condicionalidad implícita habite incluso en las promesas más absolutas de YHWH para con David y su descendencia. A la final, YHWH es en el drama bíblico un maestro en el rescate creativo de situaciones puestas en peligro por la debilidad humana, la terquedad, o ambas.

Si estas advertencias suenan densas y en algunas ocasiones se alejan del texto que tenemos al frente, no están desvinculadas de él. La misma lucha de la tradición sugiere que los puntos de vista que podríamos catalogar como ‘teológicos’ emergen de la felicidad de las propias promesas de YHWH.

Dejemos que los salmos —presumiblemente uno de los géneros menos cautelosos cuando se trata de articular las cosas que realmente importan—yuxtapongan el juramento seguro de YHWH para con David a un gigantesco si que ambula como un fantasma por los pasillos de Sión y sus edificios reales/religiosos:

El Señor ha jurado a David
una verdad de la cual no se retractará:
De tu descendencia pondré sobre tu trono.
Si tus hijos guardan mi pacto,
y mi testimonio que les enseñaré,
sus hijos también ocuparán tu trono para siempre.

(Salmo 132:11-12 LBLA)

Aunque un lector pedantemente lógico podría con dificultad tragarse la apariencia de una contradicción ingenua, la tradición que aquí está inscrita es consciente de dos realidades. Primero, el legado poético está muy consciente de la inescrutable firmeza de YHWH. Segundo, no negará la responsabilidad profundamente arraigada que el misterioso camino de YHWH con aquellos en los que cae su amor exige en las vidas, aunque infrequentemente se hayan acercado a él. Más a menudo dichas personas —David siendo el primero entre ellos—se ven atrapados en la red del amor divino. Les resulta difícil —si, en teoría, no imposible—liberarse de la red tenaz, envolvente y retentiva que está en sus pies, sus piernas, sus brazos y en todo lo que son.

Las promesas de YHWH. Seres humanos más o menos arruinan el posludio. YHWH encuentra un camino. 

Pareciera que en tal redención dialéctica sobreviven este mundo y el próximo, no sin tragedia pero sí sanos y salvos.

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Si Paul Simon solo pudo encontrar cinco formas para dejar a su amante, el escritor de Salmos 119 claramente le supera. Versículo tras versículo de este poema acróstico –significa que la primera letra de cada línea sigue al alfabeto en un patrón claramente identificable– enaltece la palabra, la ley y la promesa del Señor con un lenguaje usualmente utilizado solo para elogiar el amor romántico.

Me regocijo en tu palabra como quien halla un gran botín.

(Salmo 119:162 LBLA)

Aunque las líneas específicas de este salmo audazmente enfocado han encontrado su camino a la espiritualidad judía y cristiana, para muchos lectores modernos el salmo mismo parece ser tedioso y—me atrevo a decirlo—un poco obsesivo. Un poema como este da primacía a la forma y luego a su contenido. Incluso un lector compresivo tiende a concluir, cuando ve al escritor llegar a la quinta línea que empieza con la letra “ayin”, que debe darse un descanso.  

Sin embargo, vale la pena sujetar la impaciencia moderna con forma, repetición y ley, lo suficiente como para preguntar qué tipo de alma genera una celebración épica de la instrucción divina. ¿Quién, por ejemplo, podría decir esto sin una sonrisa burlona?

Tus testimonios he tomado como herencia para siempre, porque son el gozo de mi corazón.

¿Quién, sin ironía, afirma esto? 

Quebrantada está mi alma anhelando tus ordenanzas en todo tiempo.

Algunos aspectos de dicho perfil vienen a mi mente.

Primero, el escritor está profundamente consciente de su propia fragilidad. Él habita en un mundo donde abundan la amenaza y la traición, uno donde sus pies parecen resbalar al menos que pueda situarlos firmemente en los cimientos de la instrucción divina. 

En segundo lugar, él cree que YHWH crea y sostiene el mundo. La palabra del Señor para él es un subconjunto de su proyecto de sustento del mundo. El caos y el orden no son teóricos para él, sino más bien las articulaciones de su existencia diaria. 

Tercero, él encuentra en la instrucción de YHWH como dadora de vida. Una y otra vez, contrapone una petición por la instrucción vivificante del Señor ante la desintegración de la vida y la esperanza.

Cuarto, él ha encontrado rica recompensa al dedicar una energía formidable al dominio de los prefectos de YHWH. Su enfoque a ese conjunto de aprendizaje que él cataloga como preceptos, ley(es), promesa y palabra(s) es todo menos pasivo. Él enérgicamente busca su recompensa y las anhela cuando parecen distantes.

El erudito bíblico Walter Brueggemann nos ha enseñado que los salmos hablan a nuestras vidas al grado que hemos sido destrozados o desorientados por los eventos. Uno no esperaría que un salmo nomistico como este—con su concentración inflexible sobre lo que está establecido y verdadero—encaje muy bien en la observación de Brueggemann. Sin embargo, sorprendentemente, parece ser así.

En toda su artificialidad sintética, el salmo 119 nos pide que consideremos si los seres humanos más destruidos o amenazados podrían necesitar, más que nada, una palabra. 

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El poeta que está detrás de nuestro salmo 104 contribuye a un compendio que añade a la acción de YHWH en la historia una celebración a su obra en creación. Es una bella rareza.

Curiosamente, dos características de la participación divina en la creación entretejen la celebración del salmista. 

Primeramente, el salmista observa la acción divina no solo en la creación original, sino en el continuo sustento de las criaturas de YHWH. Cuando se toca esta nota, vemos también la colaboración de las criaturas. YHWH provee los recursos necesarios, y las criaturas responden reuniéndose si son animales, y en la labor del campo y del hogar si son humanos. 

Él hace brotar la hierba para el ganado,
y las plantas para el servicio del hombre,
para que él saque alimento de la tierra,
y vino que alegra el corazón del hombre,
para que haga brillar con aceite su rostro,
y alimento que fortalece el corazón del hombre
.

Los árboles del Señor se sacian,
los cedros del Líbano que Él plantó,
donde hacen sus nidos las aves,
y la cigüeña, cuya morada está en los cipreses.

Los montes altos son para las cabras monteses;
las peñas son refugio para los tejones…

Todos ellos esperan en ti,
para que les des su comida a su tiempo.
Tú les das, ellos recogen;
abres tu mano, se sacian de bienes.

(Salmo 104:14–15 … 27-28 LBLA)

En segundo lugar, no es solo el salmista el que se regocija en esta colaboración modelada y de sustento. YHWH mismo se alegra por esto, tal como el poeta en su contemplación.

¡Sea para siempre la gloria del Señor!
¡Alégrese el Señor en sus obras!
Él mira a la tierra, y ella tiembla;
toca los montes, y humean.
Al Señor cantaré mientras yo viva;
cantaré alabanzas a mi Dios mientras yo exista.
Séale agradable mi meditación;
yo me alegraré en el Señor.

Aquí la creación no es objetivada de ninguna forma impersonal o mecánica. Es una comunidad viva y con aliento, diseñada por YHWH, poblada por seres que son totalmente dependientes de su provisión y encargada, en el caso de los seres humanos, de convertirla en una provisión ampliada y extendida para los demás. 

El ciclo de vida y muerte se reconoce, un asentimiento dado a las temporadas de fulminante escasez. Nada de esto nubla o limita el regocijo del salmista, ni presumiblemente, el del Creador.

Los esfuerzos humanos sobre la vastedad del mar y en el desafío del suelo contribuye a una visión doxológica. 

Hay sinergia, colaboración, e incluso una cierta imitación de Dios en todo esto.

Solo al final los “pecadores” y “los malvados” manchan sus glorias. Estos quedan encomendados al justo poder de YHWH. 

El mundo como lo vemos no es, podríamos pausar para considerarlo, inevitable. Tampoco es ordinario. Es la obra de manos divinas. Todo se inclina al regocijo. Es una invitación incluso ahora a la risa apreciativa, a un corazón que se alegre al considerarla. 

¡Bendice al Señor, Oh, alma mía!

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