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Archive for the ‘texturas’ Category

El salmo 103 insiste que vivimos en un mundo en el que una clara visión lleva a la gratitud.

La bendición es realidad. No reconocerlo significa que alguien se ha quedado ciego, quizá aún que ha sucumbido a una mentira. 

Sin embargo, la gratitud requiere una elección—y aún aquella elección continua que se convierte en disciplina—porque por alguna razón desconocida somos propensos a olvidar. La bendición es un hecho, pero la gratitud rara vez ocurre por naturaleza. Requiere practica, disciplina, incluso cultura, para que la bendición se responda con acción de gracias. 

Es por esto que el salmista emplea la figura extraña de exhortar a su propia ‘alma’ a que bendiga al Señor. No es que las bendiciones de YHWH son difíciles de ver, es solo que son fáciles de perder. Son más fáciles aún de olvidar. 

Bendice, alma mía, al Señor,
y no olvides ninguno de sus beneficios.
Él es el que perdona todas tus iniquidades,
el que sana todas tus enfermedades;
el que rescata de la fosa tu vida,
el que te corona de bondad y compasión;
el que colma de bienes tus años,
para que tu juventud se renueve como el águila.                                                    

El Señor hace justicia,
y juicios a favor de todos los oprimidos.
A Moisés dio a conocer sus caminos,
y a los hijos de Israel sus obras.

(Salmo 103:2–7 LBLA, énfasis añadido).

La mayoría del tiempo el último recurso de interpretes sinvergüenzas es insistir que ‘el idioma original afirma verdades que no se entienden en la traducción’. Sin embargo, en este caso es parcialmente cierto.

Las palabras en cursiva son participios del idioma hebreo. En al hebreo clásico el sentido de este es usualmente una actividad continua. Aunque no puede ser el caso con la última cadena de participios—YHWH dio a conocer sus caminos a Moisés solo en el pasado—la preponderancia de la evidencia sugiere que debemos bendecir al Señor aquí precisamente como aquel que habitualmente actúa de esta forma. Es su naturaleza, su hábito divino, el trabajo fácil de su mano derecha. 

Sería una carga para el idioma, pero tendría más sentido traducir esto con la forma del definitivo en inglés, junto con un gerundio: El que está perdonando…El que está sanando…El que está redimiendo…El que está rodeando…El que está satisfaciendo…

En pocas palabras, así es como es YHWH. Tú puedes contrastarlo con otros señores, si quieres, y dar gracias porque has caído bajo el cuidado de este. 

Cuando vemos claramente, en un mundo gobernado como este salmo insiste en que el nuestro es gobernado, bendecimos a su Gobernante. Le damos gracias. Nos volvemos agradecidos.

No se nos pide aquí que superemos la realidad con esfuerzos psicológicos. Se nos pide que veamos las cosas como son.  

De lo contrario, sería lo más extraño, como los tropiezos de un ciego, los placeres infundados del adicto a conspiraciones, o la mujer que se ha apartado totalmente de la realidad. 

¡Escucha, alma mia! 

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El crescendo es una característica central de la alabaza bíblica. La dinámica de la adoración es tal que un número cada vez mayor de adoradores están atrapados en su fuerza concentradora.

Sin embargo, si se concentra, es decir, si se fija la mirada de la criatura en lo que es más cierto acerca de todo lo creado de lo cual él hace parte, también se descentra, porque su fuerza fluye hacia afuera. Casi por definición, la alabanza es una fuerza centrífuga, su potencia contagiosa cautiva círculos cada vez más grandes en su ruidosa labor.

Cuando el salmista ha agotado su descripción de la alabanza como el ofrecimiento de la comunidad humana, un reflejo recurrente le permite extenderse también al mundo no humano. Él personifica lo que previamente pudo haber sido considerado inerte, aquella naturaleza supuestamente no doxológica que nos rodea: 

¡Ruja el mar y cuanto contiene,
el mundo y los que en él habitan!
¡Batan palmas los ríos;
a una canten jubilosos los montes!

(Salmo 98:7-8 LBLA)

Sería errado leer esto de forma rígida y literalmente, con esa inclinación peculiar de reificación que caracteriza el lector creyente cuando lee la Biblia. Empero, sería mucho más errado no darse cuenta del punto de vista del salmista acerca de la magnitud del circulo de alabanza.

Ciertamente existe algo benevolentemente totalitario en la práctica de alabar al Creador del mundo. Esa alabanza no está completa hasta que todos se han unido a su canto. La euforia de la alabanza lleva consigo una cierta tristeza en la actualidad, porque la comunidad que danza, que canta, y que adora es consciente de que todavía no todos reconocen que la verdad central sobre el Creador y la creación es que el Creador debe ser alabado por su creación.

La coerción no es el motor ni el medio de esta verdad. Al contrario, es impulsada por la agudeza que llega a aquellos que unen sus voces al canto, y sus cuerpos a la danza. YHWH es, como en el salmo dos antes que este es tradicionalmente traducido, muy digno de ser alabado.

Así es la cuestión.

El apóstol Pablo es, similarmente, profundamente doxológico en su entendimiento de la creación, redención y su divino Hacedor. Él sabe muy bien que todo pensamiento verdadero, todo discurso correcto lleva a una inexorablemente a la doxología. Para Pablo, no hay una fuerza coactiva en esto. Así como el salmista, él parece simplemente entender que así es el mundo. Aquellos que lo ven bien, aquellos cuyos lentes no están distorsionados por manchas refractarias, saben que es cierto y comprenden que es la más verdadera de todas las verdades.

Pablo conoce la tristeza, también. Una nota de melancolía que respecta el hecho de que aun no todos alaban de esta manera lo lleva a hablar de aquella creación que ‘gime’ mientas aguarda su completa y catastrófica redención.

Sin embargo, el apóstol está seguro, así como el poeta del salmo noventa y ocho, de que esta triste restricción no siempre detendrá el canto de la humanidad y la explosión doxológica que es el derecho y destino de toda la creación. Un día, él sabe, aún las ríos aplaudirán; incluso los montes cantarán juntos con alegría.

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Los salmos están llenos de una asertividad esperanzadora, como que ‘nunca seré sacudido’.

Dicha confianza, aún cuando es más frágil de lo que parece, se basa en la presunta estabilidad moral del mundo. Esto es, la justicia existe y prevalecerá. Si uno no confía en este aspecto de la habilidad de YHWH, entonces ya casi nada importa.

Al mismo tiempo, la experiencia humana sabe sobre esta justicia retrasada. Le duele la realidad vindicativa que sus ojos no han visto y, a decir verdad, muy rara vez vista. Aún así, persiste la firme esperanza en un resultado que las personas razonables pueden acordar. Sabe que YHWH, a la postre, no hará menos que esto.

Porque ni del oriente ni del occidente,
ni del desierto viene el enaltecimiento;
sino que Dios es el juez;
a uno humilla y a otro ensalza.

(Salmo 75:6-7 LBLA)

En los salmos y mucho más allá, la antología bíblica se capta mediante la noción de un drama cósmico. La aleatoriedad no tiene ninguna posibilidad contra la convicción que de YHWH tiene un plan para su mundo, que este plan es apasionado si se resiste misteriosamente a las zonas sombrías pero feroces, que la experiencia humana es el escenario privilegiado de este drama, y que su resultado es seguro. En este teatro cósmico, YHWH mueve sus piezas en una forma que paradójicamente no obtiene resignación sino resolución y decisión. Puesto en términos convencionales, él levanta a los humildes y humilla a los orgullosos. 

El escritor del salmo setenta y cinco prueba este bebedizo fortalecedor mientras contempla la arrogancia de los arrogantes que parecen estar a su alrededor. Se siente seguro de que la perdición de los arrogantes está asegurada. Es más, alaba al “Dios de Jacob” antes de que este misterioso Soberano haya ejecutado la caída de ellos y la frustración de sus planes. 

La alabanza preventiva hace eso. Es lo suficientemente segura de su confianza como para encontrar la fortaleza en el momento de celebrar lo que YHWH apenas está desnudando su brazo fuerte para hacer.

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En este momento, parecemos estar embriagados por nuestra propia autoestima, sin embargo, con pocas esperanzas de lograrlo por la ruta intoxicante que hemos elegido. Por lo tanto, puede parecer un momento difícil para hablar de Dios riéndose sarcásticamente de los pequeños esfuerzos de la humanidad para establecer su estatus y prerrogativa. Sin embargo, los salmos eligen esa imagen cuando sus escritores imaginan al Señor que gobierna a las naciones tomando la medida de los esfuerzos terrenales tendientes a suplantarlo.

Esta risa es un buen sonido -una manera de euanggelion– para aquellos israelitas que se encuentran rodeados por enemigos gentiles cuya enemistad declarada contra el Dios de Jacob debe tener consecuencias dolorosas para sus hijas e hijos. Frecuentemente, la mención del cielo riendo a carcajadas de los designios de los maquinadores es precedida por alguna declaración en labios de los malhechores en el sentido de que “nadie escucha” o “nadie ve”. Son inmunes a la justicia celestial, o así consideran.

Observa el salmo 59.

Aquí el escritor está preocupado por lo que parece ser una amenaza de guerra por parte de los gentiles contra el pueblo de Israel y/o Judá. Su descripción de guerra en términos caninos es de agarre:

Regresan al anochecer, aúllan como perros,
y rondan por la ciudad.
He aquí, se jactan con su boca;
espadas hay en sus labios,
pues dicen: ¿Quién oye? (Salmo 59.6-7 LBLA)

Luego, el sonido de la risa:

Mas tú, oh Señor, te ríes de ellos;
te burlas de todas las naciones.

A causa de su fuerza esperaré en ti,
porque Dios es mi baluarte.
Mi Dios en su misericordia vendrá a mi encuentro;
Dios me permitirá mirar victorioso sobre mis enemigos.

La imagen marca el movimiento contra la soberanía de YHWH sobre su mundo como “cosa de locos”. Dicha insurrección parece prudente desde cierto punto de vista, pero risible cuando se tiene la perspectiva adecuada.

O mira, el tan famoso, salmo 2, un himno de confianza en la arquitectura histórica del Señor y el estatus de su rey ungido:

¿Por qué se sublevan las naciones,
y los pueblos traman cosas vanas?
Se levantan los reyes de la tierra,
y los gobernantes traman unidos
contra el Señor y contra su Ungido, diciendo:
¡Rompamos sus cadenas
y echemos de nosotros sus cuerdas!

Él que se sienta como Rey en los cielos se ríe,
el Señor se burla de ellos.
Luego les hablará en su ira,
y en su furor los aterrará, diciendo:
Pero yo mismo he consagrado a mi Rey
sobre Sión, mi santo monte. (Salmo 2:1-6 LBLA)

Sería un error muy común leer en tal risa burlona un papel de adversario por parte de YHWH hacia los pueblos como naciones. Por el contrario, el mismo material presenta un compromiso con su redención, que es en puntos impresionante en su alcance y belleza. Sin embargo, a través de tales pasajes se evidencia una fuerte corriente de humildad y, a veces, de humillación. Es decir, la redención en los salmos y los profetas llega a las naciones cuando se someten al Dios de Jacob y a veces incluso al mismo Jacob/Israel. No hace falta decir que la historia de la interpretación se ha tardado mucho en discernir qué forma podría tomar tal subyugación—forzada o abrazada con alegría.

Cuando se escucha esta variedad de risa divina, no se dirige contra los no judíos en su totalidad, sino contra las naciones que buscan escapar de la soberanía determinada de YHWH no sólo sobre su pueblo Israel, sino sobre todo el mundo creado. Para los escritores que se complacen en el género, el reino de YHWH incluye no sólo su tribu abrahámica sino también—la frase es importante para fijar la atención de Dios en la gente—el tevah, el “mundo entero habitado”.

Es una estupidez, de hecho es una especie de broma, que pequeños hombres y mujeres se crean capaces de resistirse a tal poder.

Es más para su beneficio, la literatura parece sugerir, encontrar su misericordia en su fuerza, su bondad en su consejo, su futuro—velado por la desconcertante niebla del caos—en la historia.

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La peculiaridad generativa del Salmo 23 radica en su negativa a comprometer la amenaza.

El valle de la profunda oscuridad (tradicionalmente conocido como, “el valle de la sombra de la muerte”) y los enemigos que lo rodean permanecen intactos. No se subestima su capacidad destructiva ni se desautoriza la siniestra intención de los enemigos. Simplemente se les deja, en la poética del salmo, ser lo que realmente son.

Esta es sin duda una explicación parcial para el evocación inmediata y duradera del salmo, ya que nuestra propia experiencia presenta más a menudo el desafío de sobrevivir en medio del peligro que de la liberación dramática de las circunstancias que no están hechas ante nuestros ojos.

Sin embargo, el salmo no es tímido.

El vigor que nos cultiva está en una de sus más exquisitas declaraciones.

Tú preparas mesa delante de mí en presencia de mis enemigos. (Salmo 23:5 LBLA)

El banquete del salmista es contradictorio. Es solitario, arriesgado y festivo.

No se menciona la compañía de amigos y familiares, de hecho, la singularidad de la experiencia del salmista es implacable hasta el detalle de que la mesa está preparada para mí. Es una mesa preparada en presencia de sus enemigos. Aunque no están invitados, tampoco están distantes. Finalmente, el poeta se sienta no a un austero picnic sino a la abundancia que es signo de una imagen bien embadurnada y un vino que se desborda.

El salmo ofende todas las expectativas ordinarias, creando para el poeta y sus lectores un espacio donde el peligro y la alegría cohabitan. La amenaza no se suprime, sino que se relega decididamente a las sombras para que un corazón solitario pueda regocijarse con el cuidado de YHWH mientras ningún amigo está cerca.

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En los Salmos, así como en la vida, el enemigo está a menudo escondido y es un maquinador implacablemente. Aquí como en tantas otras observaciones, el libro de los Salmos muestra su característico realismo.

Somos más sentimentales y románticos con nuestros adversarios, al menos en los momentos en que podemos admitir su existencia. Nos va más o menos bien con el mal, pues es abstracto y remoto. Pero nos resistimos a la noción de gente malvada. Son muy concretos para nuestra estética postmoderna, en donde todos se mueven en la misma línea moral y casi cualquier acción se tolera si encontramos el ángulo correcto para entender sus causas.

El Salmo 21, aparte de un contexto bíblico más amplio que restringe radicalmente la autoridad del rey, podría ser visto como un fragmento de tiranía, una tosca porción ideológica que enmarca todo lo que el rey quiere a manera la voluntad y el camino de Dios. Pero ese contexto más amplio obstinadamente existe, por ejemplo, en la exhortación del Salmo 146 de no “poner tu confianza en los príncipes, en los mortales, en aquellos en los que no hay salvación”.

Algo fuerte, pero no tosco, está pasando aquí. El salmista ora para que su rey pueda ver a través de los siniestros designios de sus, y por lo tanto de nuestros, adversarios.

Hallará tu mano a todos tus enemigos;

tu diestra hallará a aquellos que te odian.

Aunque intentaron el mal contra ti,

y fraguaron una conspiración,

no prevalecerán. (Salmo 21:8, 11 LBLA)

Hace sólo una generación atrás, todo el mundo sabía que la gente y los pueblos tenían enemigos reales. Tal vez el avance relámpago de las últimas dos décadas nos ha hecho avanzar más allá de la sabiduría común de la historia humana y hacia un alumbramiento moral. O quizás hemos perdido el gusto por la realidad, con sus inconvenientes insistentes.

En los rincones más sórdidos y brutales de la humanidad, donde el giro de los acontecimientos no permite ningún lujo para excusar el mal y mucho menos a las personas malvadas, es algo común orar para que nuestros enemigos sean descubiertos antes de que se lleven a nuestro hijo o al de nuestro vecino. La conspiración y la maquinación no parecen proyecciones ilusorias cuando el carro bomba de la semana pasada fue colocado precisamente donde nuestras mujeres compran sus verduras los martes por la mañana.

Esos rincones oscuros pueden ser donde  nosotros vivamos algún día, Dios no lo quiera. Si es así, la oración de Israel para que la mano derecha de su rey encuentre a tiempo a sus enemigos saldrá de forma más natural de nuestros, alguna vez refinados, labios.

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La espiritualidad bíblica comprende esa crisis extrema del cuerpo y del alma, dentro de la cual el ser humano se encuentra aterrorizado, angustiado, y deshecho en la presencia de YHWH. A veces, la calamidad del alma experimenta el silencio acusador de YHWH como su única e impía comunicación:

Señor, no me reprendas en tu ira,

ni me castigues en tu furor.

Ten piedad de mí, Señor, pues languidezco;

sáname, Señor, porque mis huesos se estremecen.

Mi alma también está muy angustiada;

y tú, oh Señor, ¿hasta cuándo? (Salmo 6:1-3 LBLA)

El vigor audaz y desafiante del miedo nos llega en dichas oraciones. Ellas proporcionan palabras para ese momento cuando pocos parecen capaces de asumir la angustia que parece suficiente para matarnos, pero en vez de eso escoge la determinación menos soportable para prolongar nuestro sufrimiento mientras los cielos permanecen en silencio.

Tampoco el placer catártico eleva el valor de esta pena, porque no hay ninguna. Sólo existe, así les parece a los que la conocen, la enfermadad degenerativa del alma que no tiene fin:

Cansado estoy de mis gemidos;

todas las noches inundo de llanto mi lecho,

con mis lágrimas riego mi cama.

Se consumen de sufrir mis ojos;

han envejecido a causa de todos mis adversarios. (Salmo 6:6-7 LBLA)

Hay un giro, incluso en una oración llena de frustración como esta, hacia la confianza de que YHWH es, de hecho, mejor de lo que parece, una esperanza de que responderá incluso después de su muro de indiferencia divina. Sin embargo, parece un último intento arrojarse a la esperanza porque la alternativa es más desagradable para ser soportada que una declaración de fe llena de emociones.

El Señor ha escuchado mi súplica;

el Señor recibe mi oración.

Todos mis enemigos serán avergonzados y se turbarán en gran manera;

se volverán, y de repente serán avergonzados. (Salmo 6:9-10 LBLA)

El lector que se apresura demasiado a la confianza que se esconde en esta conclusión lee incorrectamente. Más aun los amigos de los que sufren y que sólo pueden orar así, ofenden además a la espiritualidad bíblica cuando insisten que el que sufre debe soltar solamente palabras de esperanza.

Esta oración debe ser leída y vivida lentamente. Requiere un énfasis constante en la necesidad de escuchar sus palabras incluso en aquellas líneas donde parece que sólo un supuesto interlocutor tiene ganas de hablar en este presunto diálogo, cuando parece que YHWH no tiene lo suficiente para unírsele.

Sólo después de eso se puede hablar dignamente de la confianza en YHWH quien—Dios sea alabado—escucha y actúa. Antes de eso es un mero halago divino.

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Las palabras importan. A veces hieren. Hay momentos en que también asesinan.

La Biblia hablar sobre el poder de las palabras con mucho cuidado. Sabe que pueden dar vida o quitarla.

Con un claro paralelismo, el salmo 140 arroja su luz sobre el poder destructivo del calumniador, deseando su ausencia de la comunidad con la misma vehemencia que si negara la larga vida al que ejerce la violencia por medios más convencionales:

Que el hombre de mala lengua no permanezca en la tierra;

que al hombre violento lo persiga el mal implacablemente (Salmo 140:11 LBLA).

Debido a que la opinión humana es inconstante y vulnerable a las mentiras elocuentes, la calumnia debe ser considerada como un hábito peligroso. Donde la libertad de expresión ha disfrutado de su libertinaje indiscutible y totalitario, nos resulta difícil imaginar que una comunidad vea la violencia “meramente” verbal de la calumnia como un asunto letal. Nos engañamos a nosotros mismos.

Las palabras importan. Ellas forman la conciencia, a la sociedad, y la práctica. Ennoblecen la ciudad y enfurecen a las turbas divinas.

Las armas y los brazos fuertes que se han vuelto perversos escupen sangre. Las palabras también lo hacen.

Por esto, esta oración de antiengaño: No dejes que el calumniador se establezca en la tierra.

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Palidecemos ante la lucidez del sufrimiento.

Si no hemos experimentado un ataque directo a nuestras vidas, nuestros modos de vida, nuestra familia o nuestra fe, los afilados cuchillos verbales de aquellos que se lamentan parecen incivilizados, inseguros e incómodos. Cuando leemos, evitamos dicho lenguaje, ya sea que nuestro público sean nuestros hijos, nuestra congregación o nosotros mismos.

A decir verdad, la lucidez de los atacados no es una cualidad que funcione bien en todos los contextos. Entendemos que la realidad y los corazones humanos son muy complejos y matizados para encajar en la bifurcación de nuestra raza de buenos y malos. ¿No fue una voz suprimida como la de Alexander Solzhenitsyn, la que nos enseñó dónde está la línea entre el bien y el mal?: no entre los pueblos o incluso entre los individuos, sino a través del corazón de cada ser humano.

Sin embargo, no debemos silenciar la voz de los mártires o los gritos de los vulnerables ante un final doloroso e injusto. Incluso si el interés personal es el motivo más elevado que tenemos, debemos recordar esto: Algún día yo podría necesitar estas palabras.

Porque no hay sinceridad en lo que dicen;

destrucción son sus entrañas,

sepulcro abierto es su garganta;

con su lengua hablan lisonjas[l].

Tenlos por culpables, oh Dios;

¡que caigan por sus mismas intrigas!

Échalos fuera por la multitud de sus transgresiones,

porque se rebelan contra ti. (Salmo 5:9–10 LBLA)

El poeta ha sabido lo suficiente sobre el sufrimiento, para poner una oración penetrante en los labios de aquellos que perdieron todo recurso excepto al propio YHWH.

El quinto salmo, como tantos otros, aclama la ruina como destino de aquellos que atacan la vida de su autor. Mientras dure su lúcido momento, el orador sabe que sus perseguidores se rebelan contra Dios mismo. Él sabe que suerte debe—¡por favor, Dios, hazlo!—caer sobre las cabezas de esos asesinos, cuyos dedos están manchados con la sangre de mi vida.

Al mismo tiempo, los fieles pierden su debilidad, su fragilidad hogareña, sus labios vulnerables tan capaces de hipocresía, sus corazones errantes, la semilla del mal que germina en sus almas y sin la providencia de YHWH y una larga acumulación de decisiones pequeñas y justas debe ubicarlos rápidamente al otro lado de la vida. De esta oración:

Pero alégrense todos los que en ti se refugian;

para siempre canten con júbilo,

porque tú los proteges;

regocíjense en ti los que aman tu nombre.

Porque tú, oh Señor, bendices al justo,

como con un escudo lo rodeas de tu favor. (Salmo 5:11–12 LBLA)

La definición de esta población afortunada es la definición del autor mismo. Como él, se refugian en ti.

 En la desesperación, ellos son familia. La lucidez del sufrimiento no solo perfila con una nitidez poco común la silueta de nuestro enemigo. También etiqueta a este “hermano”, a aquella “hermana”, a este “niño” y a esta anciana “abuelita”.

El salmista desea para sus parientes no solo aquella protección que es obviamente necesaria. Él quiere más.

Él anhela la risa. Una risa profunda, alegre, exultante, que mece el vientre.

En la lucidez de la injusta aflicción, uno ora sin tanta palabrería: Haz que aquellos enemigos míos vaguen solos como muertos vivientes. Pero a estos, hazlos reír, incluso en lágrimas, hasta que no puedan recordar por qué.

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Los salmos bíblicos son intensamente realistas, particularmente aquellos que nacen desde la cuna del conflicto.

Ninguna evasiva piadosa, ni ninguna negación sentimental muestra su rostro en este género de la antología bíblica. Uno acusa al enemigo con una precisión tenue, sin evitarlo. De hecho, en un momento en el salterio cuando la aventura apenas arranca, el tercer salmo comienza con tal declaración:

 

¡Oh Señor, cómo se han multiplicado mis adversarios!

Muchos se levantan contra mí. (Salmo 3:1 LBLA)

El valor duradero de tales salmos radica en el hecho de que durante siglos los lectores han llegado a estas extrañas declaraciones de angustia y alabanza por muchas y variadas circunstancias. Nosotros contamos a nuestros propios adversarios y luego encontramos en los salmos bíblicos un apoyo similar con aquellos que han hecho las mismas sumas.

Si esto describe adecuadamente la atracción de estos salmos, la fuerza de ellos es un derivado de la confianza en YHVH ganada con esfuerzo y paciencia, confianza que emerge del horno de la aflicción. Ningún optimismo psicológico explica estos poemas, ningún derecho a la vida, al amor o la búsqueda de la felicidad, ninguna expectativa clara de que las cosas salgan bien al final. En cambio, una confianza refinada, apasionada y sin restricción en la presencia activa y fortalecedora de YHVH da sabor a cada capa del tejido literario.

¡Oh Señor, cómo se han multiplicado mis adversarios!

Tal es la declaración de la realidad de la vida.

Mas tú, oh Señor, eres escudo en derredor mío,

mi gloria, y el que levanta mi cabeza.

Aquí reposa el contrapeso de todo lo que devora, aquí el poder de los salmos leídos por voces que tiemblan, lloran y a aveces enmudecen ante el muro de traumas adquiridas y descritas sin piedad.

Aquí la declaración que resucita a los muertos y deroga los decretos de ese Seol invasivo. Aquí la vida que conoce que la muerte será vencida algún día. Quizás aun hoy.

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