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Posts Tagged ‘reflexión bíblica’

En los Salmos, así como en la vida, el enemigo está a menudo escondido y es un maquinador implacablemente. Aquí como en tantas otras observaciones, el libro de los Salmos muestra su característico realismo.

Somos más sentimentales y románticos con nuestros adversarios, al menos en los momentos en que podemos admitir su existencia. Nos va más o menos bien con el mal, pues es abstracto y remoto. Pero nos resistimos a la noción de gente malvada. Son muy concretos para nuestra estética postmoderna, en donde todos se mueven en la misma línea moral y casi cualquier acción se tolera si encontramos el ángulo correcto para entender sus causas.

El Salmo 21, aparte de un contexto bíblico más amplio que restringe radicalmente la autoridad del rey, podría ser visto como un fragmento de tiranía, una tosca porción ideológica que enmarca todo lo que el rey quiere a manera la voluntad y el camino de Dios. Pero ese contexto más amplio obstinadamente existe, por ejemplo, en la exhortación del Salmo 146 de no “poner tu confianza en los príncipes, en los mortales, en aquellos en los que no hay salvación”.

Algo fuerte, pero no tosco, está pasando aquí. El salmista ora para que su rey pueda ver a través de los siniestros designios de sus, y por lo tanto de nuestros, adversarios.

Hallará tu mano a todos tus enemigos;

tu diestra hallará a aquellos que te odian.

Aunque intentaron el mal contra ti,

y fraguaron una conspiración,

no prevalecerán. (Salmo 21:8, 11 LBLA)

Hace sólo una generación atrás, todo el mundo sabía que la gente y los pueblos tenían enemigos reales. Tal vez el avance relámpago de las últimas dos décadas nos ha hecho avanzar más allá de la sabiduría común de la historia humana y hacia un alumbramiento moral. O quizás hemos perdido el gusto por la realidad, con sus inconvenientes insistentes.

En los rincones más sórdidos y brutales de la humanidad, donde el giro de los acontecimientos no permite ningún lujo para excusar el mal y mucho menos a las personas malvadas, es algo común orar para que nuestros enemigos sean descubiertos antes de que se lleven a nuestro hijo o al de nuestro vecino. La conspiración y la maquinación no parecen proyecciones ilusorias cuando el carro bomba de la semana pasada fue colocado precisamente donde nuestras mujeres compran sus verduras los martes por la mañana.

Esos rincones oscuros pueden ser donde  nosotros vivamos algún día, Dios no lo quiera. Si es así, la oración de Israel para que la mano derecha de su rey encuentre a tiempo a sus enemigos saldrá de forma más natural de nuestros, alguna vez refinados, labios.

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La espiritualidad bíblica comprende esa crisis extrema del cuerpo y del alma, dentro de la cual el ser humano se encuentra aterrorizado, angustiado, y deshecho en la presencia de YHWH. A veces, la calamidad del alma experimenta el silencio acusador de YHWH como su única e impía comunicación:

Señor, no me reprendas en tu ira,

ni me castigues en tu furor.

Ten piedad de mí, Señor, pues languidezco;

sáname, Señor, porque mis huesos se estremecen.

Mi alma también está muy angustiada;

y tú, oh Señor, ¿hasta cuándo? (Salmo 6:1-3 LBLA)

El vigor audaz y desafiante del miedo nos llega en dichas oraciones. Ellas proporcionan palabras para ese momento cuando pocos parecen capaces de asumir la angustia que parece suficiente para matarnos, pero en vez de eso escoge la determinación menos soportable para prolongar nuestro sufrimiento mientras los cielos permanecen en silencio.

Tampoco el placer catártico eleva el valor de esta pena, porque no hay ninguna. Sólo existe, así les parece a los que la conocen, la enfermadad degenerativa del alma que no tiene fin:

Cansado estoy de mis gemidos;

todas las noches inundo de llanto mi lecho,

con mis lágrimas riego mi cama.

Se consumen de sufrir mis ojos;

han envejecido a causa de todos mis adversarios. (Salmo 6:6-7 LBLA)

Hay un giro, incluso en una oración llena de frustración como esta, hacia la confianza de que YHWH es, de hecho, mejor de lo que parece, una esperanza de que responderá incluso después de su muro de indiferencia divina. Sin embargo, parece un último intento arrojarse a la esperanza porque la alternativa es más desagradable para ser soportada que una declaración de fe llena de emociones.

El Señor ha escuchado mi súplica;

el Señor recibe mi oración.

Todos mis enemigos serán avergonzados y se turbarán en gran manera;

se volverán, y de repente serán avergonzados. (Salmo 6:9-10 LBLA)

El lector que se apresura demasiado a la confianza que se esconde en esta conclusión lee incorrectamente. Más aun los amigos de los que sufren y que sólo pueden orar así, ofenden además a la espiritualidad bíblica cuando insisten que el que sufre debe soltar solamente palabras de esperanza.

Esta oración debe ser leída y vivida lentamente. Requiere un énfasis constante en la necesidad de escuchar sus palabras incluso en aquellas líneas donde parece que sólo un supuesto interlocutor tiene ganas de hablar en este presunto diálogo, cuando parece que YHWH no tiene lo suficiente para unírsele.

Sólo después de eso se puede hablar dignamente de la confianza en YHWH quien—Dios sea alabado—escucha y actúa. Antes de eso es un mero halago divino.

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Las palabras importan. A veces hieren. Hay momentos en que también asesinan.

La Biblia hablar sobre el poder de las palabras con mucho cuidado. Sabe que pueden dar vida o quitarla.

Con un claro paralelismo, el salmo 140 arroja su luz sobre el poder destructivo del calumniador, deseando su ausencia de la comunidad con la misma vehemencia que si negara la larga vida al que ejerce la violencia por medios más convencionales:

Que el hombre de mala lengua no permanezca en la tierra;

que al hombre violento lo persiga el mal implacablemente (Salmo 140:11 LBLA).

Debido a que la opinión humana es inconstante y vulnerable a las mentiras elocuentes, la calumnia debe ser considerada como un hábito peligroso. Donde la libertad de expresión ha disfrutado de su libertinaje indiscutible y totalitario, nos resulta difícil imaginar que una comunidad vea la violencia “meramente” verbal de la calumnia como un asunto letal. Nos engañamos a nosotros mismos.

Las palabras importan. Ellas forman la conciencia, a la sociedad, y la práctica. Ennoblecen la ciudad y enfurecen a las turbas divinas.

Las armas y los brazos fuertes que se han vuelto perversos escupen sangre. Las palabras también lo hacen.

Por esto, esta oración de antiengaño: No dejes que el calumniador se establezca en la tierra.

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Palidecemos ante la lucidez del sufrimiento.

Si no hemos experimentado un ataque directo a nuestras vidas, nuestros modos de vida, nuestra familia o nuestra fe, los afilados cuchillos verbales de aquellos que se lamentan parecen incivilizados, inseguros e incómodos. Cuando leemos, evitamos dicho lenguaje, ya sea que nuestro público sean nuestros hijos, nuestra congregación o nosotros mismos.

A decir verdad, la lucidez de los atacados no es una cualidad que funcione bien en todos los contextos. Entendemos que la realidad y los corazones humanos son muy complejos y matizados para encajar en la bifurcación de nuestra raza de buenos y malos. ¿No fue una voz suprimida como la de Alexander Solzhenitsyn, la que nos enseñó dónde está la línea entre el bien y el mal?: no entre los pueblos o incluso entre los individuos, sino a través del corazón de cada ser humano.

Sin embargo, no debemos silenciar la voz de los mártires o los gritos de los vulnerables ante un final doloroso e injusto. Incluso si el interés personal es el motivo más elevado que tenemos, debemos recordar esto: Algún día yo podría necesitar estas palabras.

Porque no hay sinceridad en lo que dicen;

destrucción son sus entrañas,

sepulcro abierto es su garganta;

con su lengua hablan lisonjas[l].

Tenlos por culpables, oh Dios;

¡que caigan por sus mismas intrigas!

Échalos fuera por la multitud de sus transgresiones,

porque se rebelan contra ti. (Salmo 5:9–10 LBLA)

El poeta ha sabido lo suficiente sobre el sufrimiento, para poner una oración penetrante en los labios de aquellos que perdieron todo recurso excepto al propio YHWH.

El quinto salmo, como tantos otros, aclama la ruina como destino de aquellos que atacan la vida de su autor. Mientras dure su lúcido momento, el orador sabe que sus perseguidores se rebelan contra Dios mismo. Él sabe que suerte debe—¡por favor, Dios, hazlo!—caer sobre las cabezas de esos asesinos, cuyos dedos están manchados con la sangre de mi vida.

Al mismo tiempo, los fieles pierden su debilidad, su fragilidad hogareña, sus labios vulnerables tan capaces de hipocresía, sus corazones errantes, la semilla del mal que germina en sus almas y sin la providencia de YHWH y una larga acumulación de decisiones pequeñas y justas debe ubicarlos rápidamente al otro lado de la vida. De esta oración:

Pero alégrense todos los que en ti se refugian;

para siempre canten con júbilo,

porque tú los proteges;

regocíjense en ti los que aman tu nombre.

Porque tú, oh Señor, bendices al justo,

como con un escudo lo rodeas de tu favor. (Salmo 5:11–12 LBLA)

La definición de esta población afortunada es la definición del autor mismo. Como él, se refugian en ti.

 En la desesperación, ellos son familia. La lucidez del sufrimiento no solo perfila con una nitidez poco común la silueta de nuestro enemigo. También etiqueta a este “hermano”, a aquella “hermana”, a este “niño” y a esta anciana “abuelita”.

El salmista desea para sus parientes no solo aquella protección que es obviamente necesaria. Él quiere más.

Él anhela la risa. Una risa profunda, alegre, exultante, que mece el vientre.

En la lucidez de la injusta aflicción, uno ora sin tanta palabrería: Haz que aquellos enemigos míos vaguen solos como muertos vivientes. Pero a estos, hazlos reír, incluso en lágrimas, hasta que no puedan recordar por qué.

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Los salmos bíblicos son intensamente realistas, particularmente aquellos que nacen desde la cuna del conflicto.

Ninguna evasiva piadosa, ni ninguna negación sentimental muestra su rostro en este género de la antología bíblica. Uno acusa al enemigo con una precisión tenue, sin evitarlo. De hecho, en un momento en el salterio cuando la aventura apenas arranca, el tercer salmo comienza con tal declaración:

 

¡Oh Señor, cómo se han multiplicado mis adversarios!

Muchos se levantan contra mí. (Salmo 3:1 LBLA)

El valor duradero de tales salmos radica en el hecho de que durante siglos los lectores han llegado a estas extrañas declaraciones de angustia y alabanza por muchas y variadas circunstancias. Nosotros contamos a nuestros propios adversarios y luego encontramos en los salmos bíblicos un apoyo similar con aquellos que han hecho las mismas sumas.

Si esto describe adecuadamente la atracción de estos salmos, la fuerza de ellos es un derivado de la confianza en YHVH ganada con esfuerzo y paciencia, confianza que emerge del horno de la aflicción. Ningún optimismo psicológico explica estos poemas, ningún derecho a la vida, al amor o la búsqueda de la felicidad, ninguna expectativa clara de que las cosas salgan bien al final. En cambio, una confianza refinada, apasionada y sin restricción en la presencia activa y fortalecedora de YHVH da sabor a cada capa del tejido literario.

¡Oh Señor, cómo se han multiplicado mis adversarios!

Tal es la declaración de la realidad de la vida.

Mas tú, oh Señor, eres escudo en derredor mío,

mi gloria, y el que levanta mi cabeza.

Aquí reposa el contrapeso de todo lo que devora, aquí el poder de los salmos leídos por voces que tiemblan, lloran y a aveces enmudecen ante el muro de traumas adquiridas y descritas sin piedad.

Aquí la declaración que resucita a los muertos y deroga los decretos de ese Seol invasivo. Aquí la vida que conoce que la muerte será vencida algún día. Quizás aun hoy.

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La fuerte palabra רמיה (remiyyah) abraza un mundo de decepción en dos pequeñas sílabas y media. A menudo se traduce como ‘engaño’ o ‘negligencia’. No es un término usado por quien realiza la acción a la cual se refiere. Este prefiere descripciones de sus obras que son más apacibles. El está siempre interesado en sí mismo y muy a menudo se encuentra serruchándole el piso a quienes alguna vez confiaron en él y que merecían algo mejor.

Es la congregación de los decepcionados y victimizamos que regresa, en textos como este, e impulsa al descriptor remiyyah en la dirección de aquellos que les fallaron cuando el error llevó a consecuencias muy dolorosas para soportar. Engaño. Negligencia. El aire flota pesado con su aroma abominable. El olor a muerte yace a solo pocos pasos. Remiyyah.

El salmo 78 se lee como un documento antinacionalista. Su teodicea gira en torno a la respuesta de los padres israelitas ante el cuidado constante de YHWH. Ellos se volvieron, leemos en el texto. Ellos fueron infieles. No se dieron cuenta. No les importó. Ellos tentaron a YHWH con su terca ingratitud.

Dos versículos cerca del centro del poema lo afirman de esta manera:

Pero ellos pusieron a prueba a Dios:
se rebelaron contra el Altísimo
y desobedecieron sus estatutos.
Fueron desleales y traidores, como sus padres;
¡tan falsos como un arco defectuoso!
(Salmo 78: 56-57 NVI)

La nítida traducción castiza de la última cláusula podría traducirse desde una perspectiva más rústica: como un arco de engaño. Cuando el arquero está listo para tomar su presa o detener el ataque del enemigo sobre el respaldo de su amigo, el arco le falla. Tira su flecha en vano, exasperantemente hacia el bosque. Una familia pasa hambre o un compañero muere. Así, en términos narrativos, es remiyyah.

La mano de los diligentes gobernará,
pero la indolencia será sujeta a trabajos forzados. (Proverbios 12: 24 LBLA)

El maestro de los proverbios mira desde un ángulo más conductista para detectar el orden correcto de las cosas, como es su costumbre. El diligente encuentra su recompensa en la autoridad que es dada a su responsable desempeño. Sin embargo, este moralista bíblico, también ha conocido el aguijón del engaño, la fruta podrida de la negligencia, ya que cambia el término remiyyah con una familiaridad muy ágil sobre el condenado hombre perezoso de Israel. De hecho, [el] remiyyah representa al hombre mismo. Literalmente, la máxima nos dice que:

La mano de los diligentes gobernará,
pero [el] remiyyah será sujeto a trabajos forzados. (Proverbios 12: 24 LBLA)

El mundo sería un mejor lugar si uno pudiera detener su nariz contra la aspereza del remiyyah. El paisaje se cerniría con una belleza más resplandeciente en la mirada del romántico si tan solo el aerógrafo pudiera sacar la ofensa borrosa del remiyyah de la imagen. Aún así, ninguno sería fiel al hecho.

Remiyyah decepciona, desilusiona, irrumpe, y hace pasar hambruna. Finalmente, destruye al que lo practica.

Tanto como un arco traicionero.

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La silla de escarnecedores es un lugar de descanso muy peligroso. El desprecio es una de las posturas humanas más corrosivas y autodestructivas, particularmente debido al poder con el cual soslaya al sujeto a partir del curso de su corrección o guía desde afuera de su burbuja.

El desprecio desacredita a todos los que llegan antes de que hayan tenido la oportunidad de hacer su aparición, y mucho menos su caso. Porque la calidad es poderosamente antisocial, aquellos cuyas circunstancias u opciones les permiten evadir la compañía de los despectivos son llamados bienaventurados. (more…)

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Debido a la calidad de la relación que une a YHVH y al salmista, aún el sufrimiento más insoportable rara vez se distancia de la mano de YHVH.

La teodicea de los salmos—su intento de dar sentido al comportamiento de Dios—es más complejo que simple. El salterio no se permite eliminar la causalidad de la lista de explicaciones que describen la participación de Dios en nuestro dolor. En mi dolor. (more…)

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El salmista bíblico posee la sorprendente habilidad de contraponer el gozo de la justos a la desolación del malvado sin incitar una masacre. Involucrar el alma de Israel en su autodefinición ideológica la libera de la necesidad de llevar a cabo la venganza a aquellos que aman el mal o, en algunos casos, a aquellos quienes odian a Sion. YHVH se preocupará por la venganza, los salmos parecen afirmarlo. Nuestro deber es mantener la justicia.

Y regocijarse en YHVH. (more…)

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Para el espíritu humano, pocas cosas implican fuerza, estabilidad y firmeza como un árbol. Empleamos sus anillos de crecimiento para establecer el tiempo de eventos que pasaron mucho antes de que naciéramos. Asumimos su presencia aún después de que hayamos marchado. Un árbol mide el pasar de los tiempos que vienen y que van a partir de su sombra, lo que hace que parezcan más pequeños y efímeros. (more…)

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