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Posts Tagged ‘Génesis’

José, en su madurez, es uno de los personajes más atractivos de las narraciones patriarcales de Israel. Hemos visto su ensoñación juvenil y hemos sentido una leve aversión ante ella. Incluso el modo en que juega con sus hermanos cuando éstos llegan a Egipto en busca de grano y no reconocen a José con sus vestiduras egipcias deja que uno se pregunte si todavía hay demonios oscuros revoloteando en el alma de este hombre, si alguna vez podrán ser subyugados ahora que la agencia corruptora del poder se ha unido a ellos.

Sin embargo, al final José parece haber aprendido a amar y, ciertamente, a perdonar.

Tras la muerte de su padre Jacob/Israel y la elaborada peregrinación de luto que concluye con el entierro de sus huesos en el suelo de Canaán, la tropa regresa a Egipto. Sin el salvoconducto que la vida de su padre -mientras duró- proporcionó a los hermanos antes de José, les aterra la idea de que ahora éste último se vengue por la forma despiadada en que lo dieron por muerto décadas antes en el desierto.

Tal vez con cierta justificación, se acercan a David y le suplican con la autoridad de su padre que les perdone este agravio y los acepte como sus esclavos en Egipto. José está horrorizado, pero su horror ante la idea se ve atenuado por lo que parece ser compasión:

Pero José les dijo: No temáis, ¿acaso estoy yo en lugar de Dios? Vosotros pensasteis hacerme mal, pero Dios lo tornó en bien para que sucediera como vemos hoy, y se preservara la vida de mucha gente. Ahora pues, no temáis; yo proveeré para vosotros y para vuestros hijos. Y los consoló y les habló cariñosamente.

Génesis 50:19-21 (LBLA)

Cuando el libro del Génesis ha llegado a su fin, su sucesor -Éxodo- retoma la narración alertando a su lector de que los descendientes de los hijos de Jacob se han convertido en una tribu numerosa, incluso en una nación dentro de Egipto.

Podría haber sido de otra manera. Si José no hubiera aprendido a ser humilde ante los inescrutables propósitos de YHVH, si su corazón no se hubiera engrandecido en el proceso, los viejos huesos de Jacob podrían haberse convertido en tierra, abandonados en Canaán. Sin nadie que los cuide. Nadie que los llore. Poco prometedor.

 

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Un breve anexo a la historia de la muerte y el entierro de Jacob/Israel muestra cuán profundo la sospecha y el miedo se habían inmiscuido en las células y los nervios de las primeras generaciones de Israel:

Al ver los hermanos de José que su padre había muerto, dijeron: Quizá José guarde rencor contra nosotros, y de cierto nos devuelva todo el mal que le hicimos.

Génesis 50:15 (LBLA)

José lloró cuando sus hermanos le plantearon su atroz negociación de convertirse en sus esclavos si sólo José renunciaba a la triste tradición de la venganza de sangre. Después de todo lo que habían pasado, parece que a este jefe de estado medio hebreo y medio egipcio le apena saber que sus hermanos todavía no le consideran uno de ellos.

El triste arreglo que los hermanos presentaron a José como procedente de su propio padre fallecido – ¿dónde está la reverencia? – suscita esta notable respuesta:

Pero José les dijo: No temáis, ¿acaso estoy yo en lugar de Dios? Vosotros pensasteis hacerme mal, pero Dios lo tornó en bien para que sucediera como vemos hoy, y se preservara la vida de mucha gente. Ahora pues, no temáis; yo proveeré para vosotros y para vuestros hijos. Y los consoló y les habló cariñosamente.

Génesis 50:19-21 (LBLA)

La obra de Dios hace cambiar los corazones de los miembros de la familia de manera desigual. José, dispuesto a atormentar a los hermanos que lo habían vendido como esclavo cuando se presentaron por primera vez ante él como mendigos, parece ser ahora el hermano que más ha interiorizado esa justicia y misericordia que son comunes a YHVH y la aspiración de quienes viven cerca de él.

Hay poca narración abierta en esta sección de la Torá, sólo una insinuación significativa.

Los hijos de Jacob están a punto de transformarse en una nación cuya presencia amenazará al mismo Egipto del que José se ha convertido en salvador en tiempos de hambruna.

La escena final de este acto generativo está llena de miedo y perdón. Israel -y nosotros- descubrimos nuestro perfil en sus líneas.

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Ante la mezcla de tonos, matices y puntos de vista que aparecen en los “cinco libros de Moisés”, los estudiosos de este material han recurrido a menudo a complejas teorías de composición. Seguramente, según la lógica, esas perspectivas divergentes nos obligan a conjeturar una amplia mezcla de tradiciones orales y literarias que, por algún mecanismo, se integraron en el documento o documentos que tenemos ante nosotros.

Es una conjetura razonable. En la naturaleza del caso, los estudiosos con su atención fija en las minucias de los datos a veces llevarán una buena idea a un extremo menos que plausible. Sin embargo, esto no descarta la probabilidad de que complejas capas de tradición hayan hecho sus distintas y variadas contribuciones a nuestro Pentateuco, nuestra Torá, nuestros cinco primeros libros de la Biblia.

Aparte de la cuestión de la historia de su composición, la Torá, tal y como está ahora, ofrece una visión compleja de los acontecimientos que narra. Esto no debería sorprendernos. C.S. Lewis nos ha enseñado con elegancia que la realidad tiene tendencia a ser extraña. La pulcritud ante los acontecimientos -humanos o de otro tipo- es tan a menudo un indicio de que los datos se han alineado con fuerza en una teoría dominante. La propia realidad tiende a ser extraordinaria, al menos si la ordinariez es el empeño de pequeñas mentes por alinear y controlar realidades complicadas.

La narración de José, por ejemplo, es una historia de traición emocionalmente turbulenta, tejida de sueños, ascensos improbables al poder, dolor hundido profundamente en el suelo de una familia y giros extraordinarios del destino. No se lee, en la superficie, como una bonita historia sobre lo bien que Dios dirige las cosas.

Sin embargo, cerca de una de las puntadas críticas de la historia, encontramos al anciano patriarca entregándose a sí mismo sus últimos pensamientos, cargas y bendiciones. Llamado a veces Jacob y a veces Israel -ambos nombres, a su manera, son ominosos-, este personaje ya anciano recibe a su hijo José y a los dos nietos que éste le ha proporcionado. Su comentario es revelador:

E Israel dijo a José: Nunca esperaba ver tu rostro, y he aquí, Dios me ha permitido ver también a tus hijos.

Génesis 48: 11 (LBLA)

Es un comentario extraño y un poco atractivo, ya que Jacob/Israel ha sido un personaje cambiante y cambiado a lo largo de su estancia en el escenario literario del libro. Nos ha dado pocos motivos para admirarlo. Sus palabras suelen transmitir maquinaciones, lloriqueos o autocompasión. Su voz parece capaz de un poco más.

Sin embargo, aquí lo encontramos exclamando en un círculo familiar íntimo en el que Dios ha sido mejor con él de lo que podría haber previsto. De hecho, vemos en el comentario del padre algo de la confianza que el hijo se ha ganado a pulso y donde YHVH no ha estado ausente de los contextos de traición y asesinato por celos. Más bien, ha llevado activamente dichas cosas a un orden culminante por medio del cual se han preservado las vidas de los seres humanos en tiempos de hambruna.

Como pista hermenéutica -incluso como marco-, las palabras del patriarca moribundo arrojan toda la longitud narrativa del Génesis bajo una luz intencionada y favorable.

Sin embargo, poco después, a medida que avanza el libro, el mismo Jacob/Israel se dirige a exponer sus convicciones sobre ‘lo que le sucederá’ a sus doce hijos y a la descendencia de éstos una vez que él haya muerto y desaparecido. En el caso de tres de los hermanos más sobresalientes, se encuentra una renuncia muy violenta:

Rubén, tú eres mi primogénito,
mi poderío y el principio de mi vigor,
prominente en dignidad y prominente en poder.
Incontrolable como el agua, no tendrás preeminencia,
porque subiste a la cama de tu padre,
la profanaste: él subió a mi lecho.
Simeón y Leví son hermanos;
sus armas instrumentos de violencia.
En su consejo no entre mi alma,
a su asamblea no se una mi gloria,
porque en su ira mataron hombres,
y en su obstinación desjarretaron bueyes.
Maldita su ira porque es feroz;
y su furor porque es cruel.
Los dividiré en Jacob,
y los dispersaré en Israel.

Génesis 49: 3-7 (LBLA)

YHVH puede sentarse imperturbable en su trono de orden. Sin embargo, en la familia que se gana la parte principal de su atención, persisten el desorden y los traumas profundamente acoplados.

No hay un repentino estallido de una dulce luz en un claro del bosque, un cambio de circunstancias que destierre a los lobos de la vida y de la historia a lo profundo del bosque donde ya no amenazan.

Eso sería ordinario. La vida y la realidad son extrañas.

En esta narración y en toda la antología bíblica se nos enseña a respaldar una hipótesis de lo más extraordinaria: que YHVH ordena su mundo por medio de la justicia. Y que las personas que ha seleccionado como sus agentes no escaparán, no han escapado aún de los ciclos asesinos de daños mutuos de los que el orden y la justicia deben ser seguramente polos opuestos.

Sin embargo, la narración se inclina hacia adelante de una manera que moldea las almas para que anhelen la misma justicia ordenadora que dicha lectura y audición siembran. Es como si ese material colocara sus adverbios locativos y temporales en coyunturas críticas de la reflexión que incumbe a los lectores atentos del material. Adverbios como estos ‘no aquí’; ‘todavía no’; ‘pero algún día’.

No hay que renunciar a estas pequeñas palabras, a estos adverbios, a estas sílabas de paciencia y de esperanza.

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Las narraciones patriarcales parecen casi embriagadas por el hábito desestabilizador de colocar la posteridad y la bendición sobre los hombros del hijo equivocado. El primogénito, una y otra vez, ve cómo las circunstancias superan su privilegio. El menor se convierte en el mayor. El legado saca a su protagonista de lo marginado y lo coloca en el centro.

Este instinto extraño, pero fuerte es un rasgo característico de la historia constitucional de Israel. El brillante erudito bíblico Jon Levenson ha escrito conmovedoramente y con conocimiento de causa sobre ello (The Death and Resurrection of the Beloved Son y  Resurrection and the Restoration of Israel). Para el lector suficientemente sabio como para pasearse despacio por estas páginas, tiene el mismo poder cautivador que ejerce incluso sobre el resto de la literatura bíblica que se ve arrastrada a su órbita.

¿Cómo así? ¿Por qué una rareza se convierte en el centro de la historia? ¿Por qué se preserva con tanto cuidado, como si la sabiduría acumulada del canon viera en el intercambio de menor a mayor una indicación de la forma en cómo el Creador hace las cosas?

Tal vez sea eso. A Israel le enseña su propia narrativa de que la centralidad en el programa de YHWH es una cuestión de chiripa divina. Jacob luchó y engañó por su futuro, pero sus propios hijos y los hijos de sus hijos deben entender que la gracia aparece en lo marginado, en las listas B, en los caminos de los sin credenciales y en los sin esperanza.

La antología bíblica insistirá en este punto de muchas maneras, quizá ninguna tan poderosa como cuando cuenta la historia de Abraham, Isaac y Jacob.

Los primogénitos deberían salir de esta trascendental leyenda bíblica con cuidado de no dar un paso en falso. Los segundos y los duodécimos deberían preguntarse cuándo vendrá la siguiente sorpresa elevadora y de qué inesperado rincón.

Todos nosotros deberíamos entender que, al final, nosotros no hacemos el mundo. YHVH, más bien, sabe cómo hace las cosas.

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Los puestos de gran responsabilidad rara vez permiten a uno dejarse llevar por sus sentimientos. Al igual que Michael Corleone en las películas del Padrino -aunque esperemos que con resultados más redentores- la responsabilidad sobre la vida y el destino de los demás requiere que nos convirtamos en hombres o mujeres razonables.

Elevado a una improbable soberanía sobre la vida en tiempos de hambruna en Egipto, el José bíblico es en muchos sentidos un modelo de autocontrol. La mujer de Potifar, por ejemplo, ve inútiles sus propios encantos en sus intentos de seducir a José. Su discernimiento de los sueños y la valentía de articular su significado con personas cuyas vidas se enriquecerán o se verán truncadas en consecuencia, muestran a José como un hombre que sabe quién es, qué es la verdad y cómo conciliar las exigencias contrapuestas de cada uno.

Sin embargo, José no siempre es tan racional. Cuando los hermanos que lo vendieron como esclavo aparecen sin dinero y hambrientos en Egipto, José se debate entre emociones contradictorias. En su camino hacia una de las declaraciones más citadas de la Biblia sobre la soberanía de YHVH sobre los designios humanos, José lucha con el deseo de devolver un gran daño a sus hermanos manchados de sangre.

Las explicaciones que trazan una gran estrategia, objetivamente ejecutada, parecen forzadas en las palabras y acciones de José. Aquí hay pasión y ansias de venganza:

Cuando José vio a sus hermanos, los reconoció, pero fingió no conocerlos y les habló duramente. Y les dijo: ¿De dónde habéis venido? Y ellos dijeron: De la tierra de Canaán para comprar alimentos. José había reconocido a sus hermanos, aunque ellos no lo habían reconocido. José se acordó de los sueños que había tenido acerca de ellos, y les dijo: Sois espías; habéis venido para ver las partes indefensas de nuestra tierra. Entonces ellos le dijeron: No, señor mío, sino que tus siervos han venido para comprar alimentos. Todos nosotros somos hijos de un mismo padre; somos hombres honrados, tus siervos no son espías. Pero él les dijo: No, sino que habéis venido para ver las partes indefensas de nuestra tierra. Mas ellos dijeron: Tus siervos son doce hermanos, hijos del mismo padre en la tierra de Canaán; y he aquí, el menor está hoy con nuestro padre, y el otro ya no existe. Y José les dijo: Es tal como os dije: sois espías. En esto seréis probados; por vida de Faraón que no saldréis de este lugar a menos que vuestro hermano menor venga aquí. Enviad a uno de vosotros y que traiga a vuestro hermano, mientras vosotros quedáis presos, para que sean probadas vuestras palabras, a ver si hay verdad en vosotros. Y si no, ¡por vida de Faraón!, ciertamente sois espías.Y los puso a todos juntos bajo custodia por tres días.

Génesis 42: 7-17 (LBLA)

José no es un santo hecho de yeso. Podría decirse que es un rostro icónico y profundamente humano que representa a todos los que cargan con grandes desafíos sobre sus hombros y con cierta injusticia en su historia personal. Su confianza en los caminos de YHVH es, desde cualquier punto de vista, notable.

Sin embargo, por el momento desprecia a estos asesinos hipócritas, hermanos o no.

En esto también es como nosotros.

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La norma en la historiografía del otro es escribirlo fuera de la historia significativa. Si no es conveniente degradar al adversario, o si hacerlo requiere mucha energía, la alternativa obvia es ignorarlo.

De este modo, es posible hacer la afirmación muy trillada de que la historia la escribe el vencedor. Ese mantra es más que una verdad a medias, pero se queda corto. No refleja la complejidad de quién registra e interpreta el flujo de vidas y acontecimientos y quién no.

La larga genealogía de Esaú en el capítulo treinta y seis del libro del Génesis debería sorprendernos. Una vez que Jacob -ya sea bajo ese antiguo y sugerente apelativo o bajo su reciente identidad como ‘Israel’- se ha reconciliado con Esaú, éste último podría haber desaparecido fácilmente de la historia constitucional del antiguo Israel. Sería conveniente dejar que se fundiera en la niebla de las cosas, sin ser recordado a la sombra de su nuevo y prominente hermano, el homónimo portador de la promesa de la propia nación.

Sin embargo, aquí están Esaú y sus parientes, trazados a lo largo de cuarenta y tres versos del primer libro de la Biblia hebrea, anotados con todos los detalles ennoblecedores de la genealogía bíblica.

Estos son los nombres de los hijos de Esaú: Elifaz, hijo de Ada, mujer de Esaú, y Reuel, hijo de Basemat, mujer de Esaú. Y los hijos de Elifaz fueron Temán, Omar, Zefo, Gatam y Cenaz. Timna fue concubina de Elifaz, hijo de Esaú, y le dio a luz a Amalec. Estos son los hijos de Ada, mujer de Esaú.

Génesis 36: 10-12 (LBLA)

Hay que preguntarse qué impulso honra así al adversario, al rival, al antagonista histórico. No se habría echado de menos a Esaú, devuelto a su tierra y fuera de la vista mientras Jacob-Israel emigra de la periferia al centro narrativo.

El particularismo bíblico no debe negarse por motivos sentimentales. En la metanarrativa bíblica, Israel importa más que todos los demás pretendientes. Las naciones, cuando no estorban positivamente de manera que se requiera su subyugación o eliminación, son en la antología bíblica principalmente suplementarias al cuidado paternal de YHVH por Israel, su primogénito.

Sin embargo, este mismo particularismo se caricaturiza con demasiada facilidad. Con una persistencia seductora, la mirada de la historia bíblica se desplaza hacia los márgenes, hacia las naciones, hacia Esaú y sus generaciones. Es capaz de tratarlos como importantes, de dignificar su historia y su futuro con un toque de respeto que comúnmente reserva para Israel, la estrella evidente del guion.

En otras palabras, puede permitirles una genealogía tiernamente conservada. Puede concederles la plena estatura de la humanidad, de un espacio con derecho. Puede permitir que el drama paterno y filial se desarrolle incluso entre esas personas, como lo hace entre nosotros.

Puede citar nombres.

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Las carcajadas involuntarias de los redimidos agradecidos se convierten muy repentinamente en bruscas maquinaciones de corazones heridos.

Cuando YHVH hizo lo imposible por traer un niño del vientre desecado de una anciana cuyo dudoso corazón era al menos tan resistente a la reproducción como sus partes bajas, ella renunció de su cultivada enemistad hacia la esperanza y se rio a carcajadas. 

Sara ya no encontró necesario negar que se había reído en la cara de la promesa del cielo. Es más, conmemoró lo absurdo de su escepticismo dando a su hijo improbable un nombre de risa. Sin embargo, incluso esto se quedó corto para expresar su cambio de opinión. Prácticamente invitó a reírse con ella a todos aquellos a quienes llegara la buena noticia, lo que en este caso era una media invitación a reírse de ella.

La historia constituye uno de los mejores momentos de la narrativa bíblica. Sin embargo, el don de Dios y la receptividad de Sara no cambian por completo el juego. La oscuridad que persigue a esta mujer marcada persiste. Habrá víctimas si Sara se sale con la suya. Alguien debe sufrir por el dolor que ella ha conocido. 

Abraham tenía cien años cuando le nació su hijo Isaac.Y dijo Sara: Dios me ha hecho reír; cualquiera que lo oiga se reirá conmigo. Y añadió: ¿Quién le hubiera dicho a Abraham que Sara amamantaría hijos? Pues bien, le he dado a luz un hijo en su vejez.Y el niño creció y fue destetado, y Abraham hizo un gran banquete el día que Isaac fue destetado. Y Sara vio al hijo que Agar la egipcia le había dado a luz a Abraham burlándose de su hijo Isaac, y dijo a Abraham: Echa fuera a esta sierva y a su hijo, porque el hijo de esta sierva no ha de ser heredero juntamente con mi hijo Isaac. Y el asunto angustió a Abraham en gran manera por tratarse de su hijo. 

Génesis 21:5–11 (LBLA)

A medida que avanza la historia, se hace evidente que YHVH protegerá al hijo de la sierva que la cínica Sara entregó a su marido como apoderado reproductivo. De hecho, Sara no se saldrá con la suya.

Sin embargo, la complejidad de la experiencia de Sara nos hace ver que la redención y la celebración sólo curan algunas cosas, no todo.

Sarah sigue marcada y vengativa en medio de su llamada al altar. El vestido blanco de su Primera Comunión cubre unos brazos magullados y llenos de moratones. Su canto de aleluya es tan real como puede llegar a ser, pero su labio se curva con burla y necesidad en el compás de fondo.

Hará falta algo más que un niño milagroso para curar lo que le pasa a Sarah. Y a nosotros.

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A veces creemos que Dios nos escucharía si pudiéramos calmar un poco las cosas y terminar de quitar el polvo.

Los relatos patriarcales del Génesis no ofrecen ningún apoyo a esa idea. La notable interacción de Agar con el Dios de Abraham es revoltosa de principio a fin. Sin embargo, el hijo de esta sierva de la esposa de Abraham, Sarai, recibe un nombre que honra la capacidad de escucha de Dios y el lugar del encuentro de Agar con él tras sus poderes de observación.

Nada en la historia escapa al desenfreno imperante.

Agar entra en escena, en primer lugar, por un desordenado acuerdo sexual. Incapaz de engendrar para su marido el hijo deseado, Sarai anima al anciano a acostarse con su sierva para que mediante este acuerdo negociado pueda ‘construir’ un legado. Cuando Agar hace lo que se le pide y concibe, Sarai le hace la vida imposible hasta el punto de que Agar se escapa al amenazante desierto antes que soportar las instigaciones de su señora. Es más, el ‘ángel del Señor’ sale a su encuentro en su angustia, pero luego le ordena inexplicablemente que regrese al entorno en el que se había originado su embarazo y su persecución. También insinúa la amenaza en la que se convertirá su hijo.

He aquí, has concebido y darás a luz un hijo; y le llamarás Ismael, porque el Señor ha oído tu aflicción. Y él será hombre indómito como asno montés; su mano será contra todos, y la mano de todos contra él, y habitará al oriente de todos sus hermanos. 

Génesis 16:11–12 (LBLA)

Incluso el hijo que lleva en su vientre, aunque sea el vástago de una gran nación, será un ‘asno montés’ que hace de la violencia su código de conducta.

Sin embargo, a pesar de que la vida del hijo de Agar desbordará constantemente los límites de lo correcto, se le llamará Ismael –’Dios escucha’- para conmemorar la atención de YHVH hacia su madre en sus apuros.

Para complementar el punto de interacción entre Dios y un ser humano atribulado, que el nombre de Ismael forma cada vez que se pronuncia de forma reflexiva, Agar añade su propio comentario sobre la inesperada capacidad de percepción del cielo:

Y Agar llamó el nombre del Señor que le había hablado: Tú eres un Dios que ve; porque dijo: ¿Estoy todavía con vida después de verle?Por eso se llamó a aquel pozo Beer-lajai-roi; he aquí, está entre Cades y Bered. (Génesis 16:13–14 LBLA)

Así, la narración que establece las circunstancias en las que la fe de Abraham converge con el propósito del cielo de engendrar un pueblo elegido, se ocupa con atención divina de aquellos cuyas vidas se desarrollan un poco al margen de ese célebre proyecto.

Dentro de un momento, el patriarca en formación aventurará ante sus visitantes celestiales, mientras viajan en dirección a la colisión de Sodoma y Gomorra, una atrevida pregunta: ‘¿No hará el Juez de toda la tierra lo correcto?’

La figura de Agar, más que un momento de indisciplina narrativa, prepara al lector ya para comprender lo que debe significar ‘lo correcto’ cuando el Dios de Abraham permite a los seres humanos vislumbrarse a sí mismo. Por un lado, la atención del cielo se dirigirá a menudo y con misericordia al marginado. Por otro, el Dios que pertenece allí arriba parece poseer un enfoque singular que le permite escuchar y ver cuando todo aquí abajo es ruido, sangre y sueños muertos.


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Con los pies recién plantados en tierra seca, los supervivientes de la historia bíblica del diluvio aprenden del propio YHVH que la experiencia no se repetirá jamás. De hecho, la fiable regularidad marcará el futuro, en lugar del desmantelamiento sistemático de la creación que trajo las aguas de la inundación que surgieron desde abajo y golpearon como lluvia incesante.

Mientras la tierra permanezca,
la siembra y la siega, el frío y el calor,
el verano y el invierno, el día y la noche,
nunca cesarán. 

Génesis 8:22 (LBLA)

Así implora la sección versada de las semejantes promesas divinas de no borrar la tierra de las criaturas vivas, como había hecho a raíz de que la humanidad llenara la tierra con nada más que derramamiento de sangre y violencia. El arco iris se identifica como la señal del pacto de YHVH de que no hay que temer esa destrucción cuando caigan las lluvias.

Es demasiado fácil, sobre todo cuando nos hemos acostumbrado a la civilización y a su estabilidad institucional, olvidar lo real que es y ha sido la amenaza del caos para la mayoría de los seres humanos. Es fácil hacer la evaluación errónea de que la regularidad de la vida es un simple hecho en el terreno en lugar de una provisión generosa, algo dado por hecho -quizás- en lugar de un regalo.

Así, el derecho sustituye a la gratitud como nuestra postura temperamental por defecto.

El material del Génesis nos recuerda, desde la creación y hasta el relato del diluvio, que el caos es el gran enemigo de la creación y que la estabilidad, la regularidad y la previsibilidad son un logro divino ejecutado en nombre de la creación de YHVH y luego entregado como regalo. Uno puede plantar en un entorno regularizado con la justa expectativa de que las estaciones traerán la cosecha, si no este año, el siguiente. Se puede tener hijos y criarlos para que se enfrenten a un futuro en el que uno ya no esté, con la confianza de que la sabiduría con la que intentamos moldear sus vidas será relevante -es decir, funcionará- en un futuro en el que probablemente nosotros mismos no seamos más que un recuerdo. De hecho, se puede hacer ciencia en un mundo tan regularizado, donde no reina el capricho.

No se trata de pequeños movimientos en la épica lucha de la humanidad por no caer en el caos asesino.

Aquí se insta a considerar el arco iris, y luego a dar gracias porque el mañana será más bien como el día de hoy.

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En el ‘relato de la descendencia de Adán’ que aparece en el capítulo quinto del Génesis, la estructura de la genealogía asume la forma misma de la situación humana.

El resumen de la historia de cada individuo comienza con la vida y termina con la muerte, esto para una estirpe que la narración presenta como sin muerte hasta que se rebelaron contra el Creador que los bendijo tan pronto como les dio la vida. Un ejemplo establece la pauta.

Y Set vivió ciento cinco años, y engendró a Enós. Y vivió Set ochocientos siete años después de haber engendrado a Enós, y engendró hijos e hijas. El total de los días de Set fue de novecientos doce años, y murió. 

Génesis 5:6–8 (LBLA)

Las traducciones modernas ordenan acertadamente el flujo de las cosas con una cláusula subordinada (‘Cuando A haya vivido 105 años…’). El propio texto hebreo desarrolla el ritmo humano a un ritmo más austero: Y A vivió años y engendró a B … Y todos los días de A fueron Y años, y murió. 

Siempre vivió. Siempre desempeñó su papel en el sostenimiento de la estirpe engendrando hijos. Siempre murió.

En contra este ritmo de fondo de esperanza y futilidad, dos individuos proporcionan una síncopa esperanzadora. Inexplicablemente, un tal Enoc ‘camina con Dios’. Independientemente de lo que esta lacónica frase implique sobre la intimidad de este hombre con su Creador, Enoc eludió el sombrío ritmo de la muerte gracias a ella. El texto pide a gritos una explicación, pero no la da. Después de registrar por segunda vez que Enoc ‘caminó con Dios’, el texto se muestra cauto:

… y desapareció porque Dios se lo llevó.

Génesis 5:24 LBLA

Luego se reanuda el ritmo de la futilidad. Matusalén, el hijo de Enoc, vive mucho tiempo, pero sigue el paso de su abuelo y no el de su padre. Muere sin comentarios, como es habitual en su gloriosa y condenada estirpe.

Un tal Lamec interrumpe el ritmo, no desapareciendo como Enoc, sino con un grito de esperanza. Del hijo de Lamec se dice…

…Y Lamec vivió ciento ochenta y dos años, y engendró un hijo. Y le puso por nombre Noé, diciendo: Este nos dará descanso denuestra labor y del trabajo de nuestras manos, por causa de la tierra que el Señor ha maldecido.

Génesis 5:28-29 (LBLA)

Uno se pregunta qué sabía Lamec de su hijo predestinado, respecto al cual el texto del Génesis interrumpiría con el tiempo otro golpe de tambor de las tinieblas, al observar con asombrosa resiliencia…

Mas Noé halló gracia ante los ojos del Señor.

Génesis 6:8 LBLA

Lamec no lo dirá. Habiendo gritado su razón de esperanza, muere en su momento. Silenciado, sin explicaciones, se ve superado por lo inevitable.

Sin embargo, al relatar -aunque sea brevemente- el inescrutable paseo de Enoc y registrar el grito de esperanza de Lamec cuando nace un niño especial, el texto permite anticipar que la insistencia percusiva de la muerte y la futilidad no es más que la base tonal de la que podría surgir una melodía en algún momento imprevisto. Y elevarse.

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