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En Éxodo 15, Moisés y Miryam cantan una canción cada uno. Avanzando tambaleantes desde la violenta salvación del Yam Suf (el «Mar de las Cañas»), con los gritos de los egipcios que se ahogaban todavía pegados a ellos como el humo a la ropa de un sobreviviente, los esclavos hebreos fugados cantan.

Y ¡cómo! Las canciones de Moisés y Miryam estallan en agradecimiento. Más de una pizca de Schadenfreude acelera el ritmo. Moisés imagina a toda la tierra contemplando la escena, acobardada ante la aparición de un pueblo favorecido por Dios:

Lo han oído los pueblos y tiemblan;
el pavor se ha apoderado de los habitantes de Filistea.
Entonces se turbaron los príncipes de Edom;
los valientes de Moab se sobrecogieron de temblor;
se acobardaron todos los habitantes de Canaán.
Terror y espanto cae sobre ellos;
por la grandeza de tu brazo quedan inmóviles, como piedra,
hasta que tu pueblo pasa, oh Señor,
hasta que pasa el pueblo que tú has comprado. 

Miryam coge una pandereta y se pone a bailar. Las «hijas de Israel» la siguen. Todo se convierte en movimiento y canto, una celebración de acción de gracias por parte de bailarines que no pueden olvidar cómo -hace apenas un momento- todo parecía perdido, atrapado entre los aurigas egipcios y las aguas infranqueables. La canción de la salvación, cuando se canta tan alto, a menudo esconde en sus sombras bolsas de frenesí, de exceso, de amor, de fiesta. Cuando todas las hijas de una nación bailan, los hombres rara vez se quedan quietos.

Los eruditos bíblicos encuentran en el hebreo arcaico de canciones como ésta -y la canción de Débora, en Jueces 5- algunas de las primeras palabras de la Biblia hebrea. Generaciones las cantan, porque han llegado a sonar pintorescas y poderosas, sin actualizar el lenguaje de una época anterior. Se deleitan con acentos y sílabas cuya rareza les confiere una especie de autoridad que traslada la acción de YHVH en aquel viejo tiempo a este momento, a este ahora, a este aquí.

Qué extraño, entonces, que la murmuración de Éxodo 16 siga al canto y la danza del capítulo que es su precursor. De repente, los hijos e hijas de Israel pronuncian el nombre de YHVH no con gratitud, sino con las amargas palabras del resentimiento causado por el miedo. Uno se pregunta si la danza pareció ridícula y prematura en una mañana posterior, cargada de decepción.

Y toda la congregación de los hijos de Israel murmuró contra Moisés y contra Aarón en el desierto. Y los hijos de Israel les decían: Ojalá hubiéramos muerto a manos del Señor en la tierra de Egipto cuando nos sentábamos junto a las ollas de carne, cuando comíamos pan hasta saciarnos; pues nos habéis traído a este desierto para matar de hambre a toda esta multitud.

La caída libre del canto de salvación a la amarga murmuración es una trayectoria familiar para los lectores de la Biblia hebrea y del Nuevo Testamento. Por desgracia, su fluida arquitectura cuesta abajo ocupa un lugar destacado en la creciente edificación que es Israel. Arcos, balaustradas y escombros están hechos de la misma materia.

También en el Nuevo Testamento, el desaliento proyecta una intención dañina sobre «los que nos trajeron aquí». La cantidad de palabras apostólicas escritas para contrarrestar los chismes y las murmuraciones identifican estos hábitos como algo más que hipotéticas amenazas para el bienestar de una comunidad.

Los címbalos sonaban mientras Miryam y sus hermanas bailaban.

Un sonido diferente y estridente llegó muy pronto. El canto de la salvación es con bastante frecuencia un preludio.

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El libro del Éxodo ofrece algunas escenas extrañas y enigmáticas de la vida de Moisés, el libertador y legislador de Israel. Curiosamente, su esposa, la madianita Séfora, interviene en más de una de ellas.

El narrador nos permite tropezar con detalles que creemos que deberíamos haber sabido, pero que no conocemos. Por ejemplo, el hecho de que Moisés había «despedido» no sólo a Séfora, sino también a los dos hijos que le había dado.

Con toda naturalidad, su padre Jetro los trae de vuelta:

Entonces Jetro, suegro de Moisés, tomó a Séfora, mujer de Moisés, después que este la había enviado a su casa, y a sus dos hijos, uno de los cuales se llamaba Gersón, pues Moisés había dicho: He sido peregrino en tierra extranjera, y el nombre del otro era Eliezer, pues había dicho: El Dios de mi padre fue mi ayuda y me libró de la espada de Faraón. Y vino Jetro, suegro de Moisés, con los hijos y la mujer de Moisés al desierto, donde este estaba acampado junto al monte de Dios. Y mandó decir a Moisés: Yo, tu suegro Jetro, vengo a ti con tu mujer y sus dos hijos con ella. Salió Moisés a recibir a su suegro, se inclinó y lo besó; y se preguntaron uno a otro cómo estaban, y entraron en la tienda. Y Moisés contó a su suegro todo lo que el Señor había hecho a Faraón y a los egipcios por amor a Israel, todas las dificultades que les habían sobrevenido en el camino y cómo los había librado el Señor. Y se alegró Jetro de todo el bien que el Señor había hecho a Israel, al librarlo de la mano de los egipcios. 

Aunque es capaz de alegrarse sinceramente de lo bien que YHVH ha pastoreado a sus hebreos por territorio hostil, Jetro no es un devoto del monoteísmo israelita clásico. Sin embargo, el jovial pariente político de Moisés es capaz de reconocer algo bueno cuando lo ve. En una notable muestra de espíritu ecuménico -manifestado no sólo por Jetro, sino también por sus amigos hebreos-, Jetro se une a los rituales previos al Sinaí por los que parece que hay que dar las gracias a YHVH. Acercándose a las afirmaciones bíblicas sobre la unicidad de YHWV, Jetro se declara persuadido de que YHVH es ‘mayor que todos los dioses’:

Entonces Jetro dijo: Bendito sea el Señor que os libró de la mano de los egipcios y de la mano de Faraón, y que libró al pueblo del poder de los egipcios. Ahora sé que el Señor es más grande que todos los dioses; ciertamente, esto se probó cuando trataron al pueblo con arrogancia. Y Jetro, suegro de Moisés, tomó un holocausto y sacrificios para Dios, y Aarón vino con todos los ancianos de Israel a comer con el suegro de Moisés delante de Dios.

Es posible que logremos reprimir nuestra sorpresa inicial ante la generosidad del texto hacia un no israelita, de quien cabría esperar que se sintiera distanciado de Moisés por los detalles del trato que éste podría haber dispensado a su hija y a los hijos de ella. Incluso se podría ver la acogida que recibe en asuntos rituales que normalmente se consideran asuntos internos como un gesto inclusivo no sin precedentes en un sistema religioso por lo demás riguroso.

Sin embargo, lo que sigue es positivamente asombroso. Jetro, el madianita, no sólo se convierte en observador de la gestión político-burocrática que Moisés hace de las quejas y altercados de su pueblo. También los critica con considerable severidad e incluso convence al emergente Israel de que reestructure su modelo y sus procesos de liderazgo.

Cuando el suegro de Moisés vio todo lo que él hacía por el pueblo, dijo: ¿Qué es esto que haces por el pueblo? ¿Por qué juzgas tú solo, y todo el pueblo está delante de ti desde la mañana hasta el atardecer? Y respondió Moisés a su suegro: Porque el pueblo viene a mí para consultar a Dios. Cuando tienen un pleito, vienen a mí, y yo juzgo entre uno y otro, dándoles a conocer los estatutos de Dios y sus leyes. Y el suegro de Moisés le dijo: No está bien lo que haces. Con seguridad desfallecerás tú, y también este pueblo que está contigo, porque el trabajo es demasiado pesado para ti; no puedes hacerlo tú solo. Ahora, escúchame; yo te aconsejaré, y Dios estará contigo. Sé tú el representante del pueblo delante de Dios, y somete los asuntos a Dios. Y enséñales los estatutos y las leyes, y hazles saber el camino en que deben andar y la obra que han de realizar. Además, escogerás de entre todo el pueblo hombres capaces, temerosos de Dios, hombres veraces que aborrezcan las ganancias deshonestas, y los pondrás sobre el pueblo como jefes de mil, de cien, de cincuenta y de diez. Y que juzguen ellos al pueblo en todo tiempo; y que traigan a ti todo pleito grave, pero que ellos juzguen todo pleito sencillo. Así será más fácil para ti, y ellos llevarán la carga contigo. Si haces esto, y Dios te lo manda, tú podrás resistir y todo este pueblo por su parte irá en paz a su lugar.

En el contexto de la muy particular redención de YHVH de sus hebreos de su esclavitud, incluso de su extracción de la masa de la humanidad y las naciones como un contingente especial y sacerdotal que viviría sus días en intimidad con Él, la inserción de Jetro en el alma del pueblo es asombrosa. El texto permite suponer que el consejo vendrá de fuentes inesperadas, y que su utilidad no se verá mermada por su origen fuera del campamento. Jetro, impresionado por la deidad de Israel pero que no es un monoteísta cerrado, da forma a las tribus de YHVH con una buena palabra en el momento oportuno.

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Desde el momento en que se presenta al siervo de YHVH en 42.1, hay un indicio de que la carrera del siervo será ardua. De hecho, la fórmula de presentación en 42.1 lo dice con su primer aliento:

הן עבדי אתמך־בו
He aquí mi Siervo, a quien yo sostengo…

Isaías 42.1 (LBLA)

La promesa de YHVH de sostener (תמך) requiere que imaginemos la resistencia al trabajo del siervo, la debilidad potencial del propio siervo, o ambas cosas.

No es de extrañar, pues, que los pasajes que siguen abunden en promesas de YHVH de suministrar todo lo que el siervo necesitará para que persevere hasta la conclusión de la agenda que se le ha asignado.

El capítulo cuarenta y cuatro continúa esta secuencia de promesas, aferrándose a la identidad comunitaria o colectiva del curiosamente llamado «siervo», al tiempo que pinta con nuevos colores las circunstancias de su aventura.

Mas ahora escucha, Jacob, siervo mío, Israel, a quien yo he escogido. Así dice el Señor que te creó, que te formó desde el seno materno, y que te ayudará: «No temas, Jacob, siervo mío, ni tú, Jesurún, a quien he escogido.


Porque derramaré agua sobre la tierra sedienta, y torrentes sobre la tierra seca; derramaré mi Espíritu sobre tu posteridad, y mi bendición sobre tus descendientes.
Ellos brotarán entre la hierba como sauces junto a corrientes de agua». Este dirá: «Yo soy del Señor»,
otro invocará el nombre de Jacob, y otro escribirá en su mano: «Del Señor soy» y se llamará con el nombre de Israel. 

Isaías 44:1-5 (LBLA)

El oráculo inicial del capítulo, citado más arriba, proporciona elementos esenciales para una comprensión global de la figura del siervo en el libro llamado Isaías. Característicamente, lo hace de forma progresiva y en un dialecto de metáforas ricas y complejas.

En primer lugar, encontramos una seguridad adicional en una llamada clásica a superar el miedo – «No temas, Jacob, siervo mío…»- de que no se debe dar más importancia de la debida a un peligro evidente en el contexto de la presencia y la provisión de YHVH. Se mantiene así el tono tranquilizador que ha acompañado al discurso del siervo desde el principio.

Además, encontramos imágenes superpuestas relativas a la provisión de agua en un desierto, por un lado, y a los descendientes/la descendencia, por otro. Éstas se presentan de forma secuencial y se mezclan un momento después, cuando los descendientes/la descendencia mencionados brotan como tamariscos y sauces como consecuencia de la irrigación del desierto por parte de YHVH.

Este juego de imágenes se enriquece aún más al darse cuenta de que el espíritu de YHVH y el agua que proporciona parecen ser dos formas de hablar de la misma cosa.

Por último, el texto abandona el imaginario vegetal con la misma rapidez con la que la había introducido para volver al tema de las personas. Cuando lo hace, nos enteramos de que los hijos del siervo Jacob/Israel que aparecen de repente son en realidad los vástagos de otras naciones que ahora -sorprendentemente- adoptan el nombre de Israel.

El impacto global de este oráculo que complementa el discurso precedente del siervo es extraordinario. La referencia al espíritu de YHVH parece ciertamente un eco de ese espíritu saturador que se posa sobre el prole de Jesé del capítulo 11, quizá vinculando al siervo colectivo de Jacob/Israel con esa figura regia bastante individual. Y el regreso del siervo provisto por YHVH -si éste es el movimiento que debemos imaginar- crea de algún modo un Jacob/Israel más complejo en el acto mismo de su potencialmente agotadora travesía del desierto.

Los hijos descienden de sus padres, pero pertenecen a un pueblo diferente. YHVH, que apoya y sostiene a su siervo, se encargará de ello. La tarea es dura, pero el resultado está asegurado. El siervo es vulnerable, pero extrañamente enriquecido con hijas e hijos que no tuvo en Babilonia ni trajo de ese lugar pronto olvidado. Sin embargo, aquí están, llamándose a sí mismos con los nombres de YHVH, más hijos e hijas que primos recién descubiertos.

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Del mismo modo que el libro llamado Isaías juega con los conceptos de la fuerza de YHVH y su provisión de fuerza a Jacob/Israel, el discurso del libro sobre el siervo de YHVH hace un uso ingenioso de los conceptos de mansedumbre, debilidad y mortecinidad.

La presentación formal del siervo de YHVH en el capítulo 42 inicia esta interacción de conceptos a través de temas paralelos.

He aquí mi Siervo, a quien yo sostengo, mi escogido, en quien mi alma se complace. He puesto mi Espíritu sobre Él; Él traerá justicia a las naciones.No clamará ni alzará su voz, ni hará oír su voz en la calle. No quebrará la caña cascada, ni apagará el pabilo mortecino (פשתה כהה); con fidelidad traerá justicia.
No se desanimará (לא יכהה) ni desfallecerá hasta que haya establecido en la tierra la justicia, y su ley esperarán las costas.

Isaías 42.1-4 (LBLA, Texto hebreo y énfasis añadido)

La tarea y el logro final del siervo se describen como un formidable establecimiento de la justicia en muchas naciones, incluso «en la tierra» (LBLA). En circunstancias normales, cabría esperar que tal hazaña dependiera de la aplicación de una gran fuerza.

Pero no en este caso. Por el contrario, el siervo no apagará «el pabilo mortecino». La expresión emplea el verbo כהה. La metáfora se entiende mejor como la presentación de una persona o una población cansada o desanimada. Se nos pide que imaginemos que el sometimiento de ese pueblo a las condiciones de la justicia no aplastará a los miembros desanimados o vulnerables de su población.

Uno esperaría que la metáfora, una vez cumplida su función, desapareciera. Pero no es así.

Por el contrario, el versículo siguiente insinúa la propia vulnerabilidad de los siervos y la perseverancia efectiva que triunfará sobre ella. La misma raíz se utiliza ahora como verbo. El siervo ‘no desfallecerá’ (לא יכהה). La oscilación en la LBLA entre la naturaleza metafórica del pabilo «mortecino» y la negativa del siervo a «desfallecer» es quizá una concesión necesaria a las exigencias de la traducción. Lamentablemente, sacrifica el juego de palabras que vincula a los miembros débiles entre las naciones que no serán aplastados en el curso de la administración o imposición de justicia del siervo a la propia negativa del siervo a ceder ante el agotamiento con que se entiende que le amenaza su tarea.

No será la última vez que el arte verbal sirva para vincular profundamente al siervo de YHVH con la identidad del propio YHVH o con la de los seres humanos que se verán afectados por su vocación. En este caso, la gentil disposición del siervo hacia los objetos de su vocación y la vulnerabilidad que comparte con ellos, pero que de algún modo supera, conspiran para unir a los dos sujetos en una solidaridad notable, aunque sutilmente sugerente.

Todo esto ocurre en el contexto de la administración de justicia que da forma al mundo y lo transforma, y que el siervo de YHVH parece «sacar» de Sión en beneficio de las naciones que, por su parte, esperan la instrucción que dará forma a su nuevo futuro.

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El trigésimo capítulo del libro de Isaías denuncia la irónica dependencia de Jacob/Israel de Egipto, su antiguo e icónico captor.

Frente a las amenazas políticas contemporáneas, el pueblo se siente extrañamente atraído por el supuesto refugio de Egipto contra la tormenta.

¡Qué lástima!, dice el profeta, ese rechazo de la protección que está más cerca de casa, esa preferencia por un santuario sin valor en el abrazo de un imperio; es sólo el asalto de una tormenta diferente y más peligrosa sobre una nación que se tambalea ignorante.

Por tanto, así dice el Santo de Israel: Ya que habéis desechado esta palabra, y habéis confiado en la opresión y en el engaño, y os habéis apoyado en ellos, por eso esta iniquidad será para vosotros
como muro agrietado a punto de caer, como abultamiento en una pared alta, cuya caída viene de repente, en un instante. Su caída es como el romper de una vasija de alfarero, despedazada sin piedad;
no se halla entre sus pedazos ni un tiesto para tomar fuego del hogar o para sacar agua de una cisterna.

Isaías 30:12-14 (LBLA)

Dos metáforas se agitan inquietas en la denuncia del oráculo. Primero un muro, luego una vasija.

Lo que comparten es la utilidad cotidiana que ofrecen: protección, primero, y provisión, después. Tal vez su utilidad cotidiana -imaginada en lugar de articulada- tenga por objeto contrarrestar la supuesta inutilidad de Egipto.

Sin embargo, vemos cómo se sacrifica su utilidad: Muro y vasija, dos elementos básicos de la vida cotidiana, yacen ahora destrozados hasta quedar irreconocibles. 

Es «esta iniquidad» (העון הזה) lo que se describe en las dos metáforas. Sin embargo, no está del todo claro si debemos entender que la ofensa de Jacob/Israel será aplastada o -alternativamente- que el pueblo mismo se derrumbará a causa de su iniquidad. El texto no parece preocuparse por aclarar este punto.

Lo que sí está claro es la cascada de descriptores. Aquí, el pasaje de nuevo con énfasis añadido:

…por eso esta iniquidad será para vosotros como muro agrietado a punto de caer, como abultamiento en una pared alta, cuya caída viene de repente, en un instante. Su caída es como el romper de una vasija de alfarero, despedazada sin piedad; no se halla entre sus pedazos ni un tiesto para tomar fuego del hogar o para sacar agua de una cisterna.

Isaías 30:13-14 (NRSV, énfasis añadido)

Independientemente de cómo identifiquemos el referente primario de las dos metáforas, es difícil concluir que debamos entender otra cosa que Israel/Jacob hecho pedazos, trágicamente convertido por su propia locura en un ser tan inútil como el propio Egipto.

Un oráculo complementario que comienza en el versículo 15 -o tal vez deberíamos entenderlo como la continuación del pasaje que nos ocupa- nos hablará de mejores perspectivas. Pero no antes de que el lector haya asimilado la impactante imagen de Israel destrozado hasta quedar irreconocible por la obstinada estupidez de su realpolitik.

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En el capítulo tres del libro llamado Isaías, YHVH amenaza con desmantelar a Jerusalén y Judá. Pero antes afirma que las desocupará. De hecho, los primeros versículos del oráculo despojan a la ciudad de todo lo que la constituye. Estos versículos, además de dejar claro su propósito, lo hacen en un contexto en el que la plenitud es un valor honrado e incluso axiomático:

Porque he aquí, el Señor, Dios de los ejércitos, quitará de Jerusalén y de Judá el sustento y el apoyo: todo sustento de pan y todo sustento de agua; al poderoso y al guerrero, al juez y al profeta, al adivino y al anciano, al capitán de cincuenta y al hombre respetable, al consejero, al diestro artífice y al hábil encantador.

Isaías 3.1–3 (LBLA)

El pasaje se esfuerza por sacar el máximo partido de la aliteración que consigue organizar en torno a la raíz משען. La inserción de interpretaciones vocalizadas de los cuatro casos en los que se utiliza esta raíz en una secuencia rápida puede servir para aclarar la cuestión:

Porque he aquí, el Señor, Dios de los ejércitos, quitará de Jerusalén y de Judá el sustento (מַשְׁעֶן, mash’en) y el apoyo (מַשְׁעֵנָה, mashenah): todo sustento de pan (מַשְׁעַן־לֶחֶם, mash’an lechem) y todo sustento de agua (מַשְׁעַן־מָיִם, mash’an mayim)—…

Isaías 3:1 (LBLA, Texto hebreo y trasliterado añadido)

El pronunciamiento performativo utiliza tres variaciones sobre un tema léxico. La tercera de ellas se repite, llenando así un solo versículo con cuatro referencias casi idénticas, aunque no del todo, a «sustento» y «apoyo».

La imagen total es un colapso de las estructuras y provisiones que sustentan la vida civilizada en Jerusalén y Judá. El profeta es recordado aquí como el proveedor de fuegos artificiales verbales. Su efecto debió de rozar la violencia.

El pasaje hará un pivote desde esta intensa metaforización hacia el nombramiento de categorías de las eminencias de Sión en los versículos 2 y 3. Pero antes de que el lector llegue allí, ya ha sentido que la ciudad cae en un sumidero que se ha abierto bajo sus calles, tragándose aquellos pilares eminentes y capaces sobre los que se ha apoyado.

Si la tradición de lectura masorética refleja una interpretación genuinamente antigua, entonces nos encontramos en este verso con un arte retórico de un tipo compacto y agudo que denuncia enérgicamente a una ciudad que el profeta cree que ha superado su propia capacidad de presunción. 

Isaías ha construido la realidad a base de vocales. La gente debe haber recordado el momento en que lo oyó por primera vez.

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En el majestuoso discurso de YHVH que es el capítulo 45 del libro llamado Isaías, la atención recae sobre Ciro y el siervo de YHVH, Jacob/Israel. A Ciro se le llama atrevidamente ‘mi ungido’, empleando el término hebreo משיח de una forma que los mesianismos en desarrollo considerarán casi escandalosa después de que el título de ‘mesías’ se asocie a supuestas figuras ungidas de corta y larga duración.

En la mezcla, el oráculo que comprende los siete primeros versículos del capítulo juega ingeniosamente con el tema del saber y el no saber. El verbo ידע, saber, aparece no menos de cuatro veces, fenómeno que elucubro poniendo en cursiva la traducción e interponiendo el vocabulario hebreo en cuestión:

Así dice el Señor a Ciro, su ungido, a quien he tomado por la diestra, para someter ante él naciones, y para desatar lomos de reyes, para abrir ante él las puertas, para que no queden cerradas las entradas:
Yo iré delante de ti y allanaré los lugares escabrosos; romperé las puertas de bronce y haré pedazos sus barras de hierro. Te daré los tesoros ocultos, y las riquezas de los lugares secretos, para que sepas (למען תדע) que soy yo, el Señor, Dios de Israel, el que te llama por tu nombre. Por amor a mi siervo Jacob y a Israel mi escogido, te he llamado por tu nombre; te he honrado, aunque no me conocías (ולא ידעתני).
Yo soy el Señor, y no hay ningún otro; fuera de mí no hay Dios. Yo te ceñiré, aunque no me has conocido (ולא ידעתני), para que se sepa (למען ידעו) que desde el nacimiento del sol hasta donde se pone, no hay ninguno fuera de mí.

Yo soy el Señor, y no hay otro; el que forma la luz y crea las tinieblas, el que causa bienestar y crea calamidades, yo soy el Señor, el que hace todo esto.

Isaías 45:1-7 (LBLA, énfasis y texto en hebreo añadidos)

Aunque la figura más poderosa del mundo parece bastante despistada, Ciro es respetado por la dignidad que le corresponde como instrumento redentor en manos de YHVH. Sin embargo, esta elevación no debe nada a la conciencia de la gravedad redentora de su liberación de los exiliados judíos de Persia. Permanece ignorante, salvo por el indicio de un eventual despertar de su vocación por YHVH, el Dios de Israel:

…para que sepas que soy yo, el Señor, Dios de Israel, el que te llama por tu nombre. 

Isaías 45.3 (LBLA)

Este fragmento de iluminación, sin embargo, parece ser un detalle de un despertar global más amplio a la incomparabilidad de YHVH, en el que el papel que desempeña Ciro es más instrumental que heroico.

Yo soy el Señor, y no hay ningún otro; fuera de mí no hay Dios. Yo te ceñiré, aunque no me has conocido, para que se sepa que desde el nacimiento del sol hasta donde se pone, no hay ninguno fuera de mí.

(Isaías 45:5-6 LBLA)

Momentáneamente, su conocimiento queda subordinado a la maravilla más amplia de que las naciones lleguen a conocer la singularidad de YHVH.

Ciro es un peón en el juego redentor de YHVH. No se siente humillado por asumir este papel no elegido. Estaba, por así decirlo, ocupándose de sus propios asuntos imperiales. Ciro no es un faraón de corazón duro, que se enfrenta a YHVH oprimiendo a su primogénito y sufriendo las crueles consecuencias de la pérdida del suyo.

Más bien, es una figura un tanto desconcertada en la trama de la visión de Isaías. Se le encomendó una tarea digna y la llevó a cabo en una especie de nebulosa en cuanto a la importancia de sus acciones. Tal vez, de algún modo, llegó a ‘saber’ que formaba parte de algo más grande que él mismo.

Tal vez no.

Hay honor en todo ello. Redención para Israel. Un despertar para el mundo entero.

La gloria sólo para YHVH.

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Es un hecho ampliamente reconocido que los capítulos en prosa de Isaías 36-39 preparan el camino para una postura bastante diferente a partir del capítulo 40 en adelante. Los días en que una división fácil del largo libro llamado Isaías en tres partes claramente divididas y generalmente no relacionadas parecía evidente han pasado. Sin embargo, la realidad de las dos posturas muy diferentes del libro, si se me permiten repetir la palabra tan pronto, es innegable. Los capítulos 1-35 representan una y los capítulos 40-66 la otra.

Los capítulos 36-39 median la diferencia.

Un elemento clave que aparece en la lista de temas a mediar es el paso del periodo de dominación asiria al del señor babilónico exiliado. Los capítulos 36-39 ayudan a negociar ese paso, sobre todo a través de la historia de los emisarios babilonios que visitan el país en el capítulo 39. 

Si este no es el mejor momento del rey Ezequías, quizá podamos reconocer en la dinámica de la adulación babilónica y la ingenuidad de Ezequías los principios operativos de este oscuro momento, insinuando como lo hace que los babilonios tendrán con el tiempo algo más que decir que palabras halagadoras.

En aquel tiempo Merodac-baladán, hijo de Baladán, rey de Babilonia, envió cartas y un regalo a Ezequías porque oyó que había estado enfermo y se había recuperado. Se alegró por ello Ezequías y les mostró la casa de su tesoro: la plata y el oro, las especias y el aceite precioso, todo su arsenal y todo lo que se hallaba en sus tesoros. No hubo nada en su casa ni en todo su dominio que Ezequías no les mostrara. Entonces el profeta Isaías vino al rey Ezequías, y le dijo: ¿Qué han dicho esos hombres y de dónde han venido a ti? Y Ezequías respondió: Han venido a mí de un país lejano, de Babilonia.Y él dijo: ¿Qué han visto en tu casa? Y Ezequías respondió: Han visto todo lo que hay en mi casa; no hay nada entre mis tesoros que yo no les haya mostrado.

Isaías 39:1-4 (LBLA)

En ese momento, ni Merodac-baladán ni Babilonia son potencias imperiales. De hecho, ambas están sometidas a Asiria, una circunstancia común que Babilonia y Judá probablemente experimentaron de diferentes maneras. Sin embargo, el texto y su lector son conscientes de que Babilonia se convertirá en ese imperio asfixiante, empeñado en la supresión de la pequeña Judá, a cuyo rey presentan ahora regalos halagadores con motivo de su recuperación de la enfermedad.

El versículo dos capta la respuesta de Ezequías en términos tanto de sentimiento como de actuación. 

Se alegró por ello Ezequías y les mostró la casa de su tesoro: la plata y el oro, las especias y el aceite precioso, todo su arsenal y todo lo que se hallaba en sus tesoros. No hubo nada en su casa ni en todo su dominio que Ezequías no les mostrara.

Isaías 39:2 (LBLA, énfasis añadido)

Ciertas traducciones velan el sentimiento ostensible de la bienvenida de Ezequías como su fuera un mero acto diplomático de recibir los embajadores babilónicos. Se podría argumentar que ellas captan correctamente un modismo diplomático o -menos envidiablemente- ocultan un elemento clave de la descripción. No así la LBLA. La expresión hebrea -וישמח עליהם ישעיהו – informa de que Ezequías se alegró por ellos. A este lector le parece que el escritor arroja luz sobre la culpable afición de Ezequías a la adulación, subproducto quizá de una especie de ingenuidad negligente.

Al confidente profético del rey, por supuesto, no le hará ninguna gracia.

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En el capítulo 31 del libro llamado Isaías, una secuencia de oráculos aborda la caída prevista de Egipto y Asiria. El pasaje describe a Israel renunciando y, de hecho, deshaciéndose de sus ‘ídolos de plata y sus ídolos de oro, que os han hecho vuestras manos pecadoras’. Además, la Jerusalén/Zión sitiada es el lugar en el que se centra todo el pasaje.

Porque así me dice el Señor: Tal como gruñe el león o el leoncillo sobre su presa, contra el que se reúne una multitud de pastores, y no se atemoriza de sus voces ni se acobarda por su multitud, así descenderá el Señor de los ejércitos para combatir sobre el monte Sión y sobre su collado.
Como aves que vuelan, así protegerá el Señor de los ejércitos a Jerusalén; la protegerá y la librará, la perdonará y la rescatará.


Volved a aquel de quien tan profundamente os habéis apartado, oh hijos de Israel. Porque en aquel día cada uno repudiará sus ídolos de plata y sus ídolos de oro, que os han hecho vuestras manos pecadoras.

El asirio caerá por espada no de hombre, y la espada no humana lo devorará; no escapará de la espada, y sus jóvenes serán sometidos a trabajos forzados. Su fortaleza a causa del terror pasará, y sus príncipes se espantarán ante el estandarte —declara el Señor, que tiene su fuego en Sión y su horno en Jerusalén.

Isaías 31:4-9 (LBLA, énfasis añadido)

Las tres metáforas principales del pasaje se despliegan de forma efervescente. He puesto en cursiva fragmentos de cada una de ellas en el texto anterior.

En primer lugar, la determinación de YHVH de prevalecer en ‘su combate sobre el monte Sión y sobre su collado’ se retrata como un león intrépido, recién alimentado e intrépido frente a una banda de pastores que intenta ahuyentarlo. Aquí, YHVH se presenta como un león singular que se enfrenta a una ‘banda de pastores’ en plural.

En segundo lugar, la protección del Señor a Jerusalén se alinea con ‘aves que vuelan’. Aquí, la naturaleza plural del rebaño se sitúa en el lado de la metáfora de YHVH, mientras que la ciudad está en singular. Aunque las metáforas de YHVH como pájaro no son desconocidas en la Biblia hebrea, cuesta imaginar otro texto bíblico que se atreva a representarlo como una bandada de pájaros.

Finalmente, en la conclusión del oráculo, se nos dice que YHVH tiene un ‘fuego’ en Sión y un ‘horno’ en Jerusalén. Ahora se hace referencia a YHVH a través de una imagen presumiblemente humana, un hombre que cuida de un horno en llamas que está en Jerusalén o que posiblemente sea Jerusalén. El contexto sugiere que el calor del fuego destruye a unos asirios presas del pánico, que se muestran incapaces de conquistar una ciudad tan temiblemente defendida.

Rara vez las metáforas fluyen con tanta energía y diversidad en la representación que Isaías hace de YHVH. Cada una de ellas expone su punto de vista con brevedad, y luego da paso a la siguiente. Juntas, tocan múltiples cuerdas en su descripción de la fuente divina de la seguridad de Sión.

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Si los versículos 1-5 insinúan que la subyugación por parte de YHVH de los ‘pueblos fuertes’ y las ‘naciones despiadadas’ podría ser en realidad para su propio beneficio, el amplio alcance que insinúa se hace casi indiscutible en los versículos 6-10. 

En el texto que sigue, he añadido énfasis a cada referencia a todos/as (en hebreo כל), junto con los sustantivos implicados por este descriptor.

Y el Señor de los ejércitos preparará en este monte para todos los pueblos un banquete de manjares suculentos, un banquete de vino añejo, pedazos escogidos con tuétano, y vino añejo refinado. 

Y destruirá en este monte la cobertura que cubre todos los pueblos, el velo que está extendido sobre todas las naciones.
Él destruirá la muerte para siempre; el Señor Dios enjugará las lágrimas de todos los rostros, y quitará el oprobio de su pueblo de sobre toda la tierra, porque el Señor ha hablado.

Y en aquel día se dirá: He aquí, este es nuestro Dios a quien hemos esperado para que nos salvara; este es el Señor a quien hemos esperado; regocijémonos y alegrémonos en su salvación.


Porque la mano del Señor reposará en este monte.

Isaías 25.6-10 (LBLA, énfasis añadido).

A pesar de este amplio resultado redentor, el texto no pierde de vista una tenaz particularidad. Lo vemos al menos en tres aspectos.

En primer lugar, el monte Sión sigue siendo el escenario. YHVH destruirá ‘en este monte la cobertura que cubre todos los pueblos…’ (7). La declaración culminante del pasaje -si consideramos el discurso inmediatamente posterior y bastante más hosco contra Moab como algo separado- declara que ‘la mano de YHVH se reposará en este monte’ (10).

En segundo lugar, Jacob/Israel sigue estando en el centro de la causalidad. El banquete universal que se describe aquí parece estar supeditado a que YHVH quite ‘el oprobio de su pueblo… de sobre toda la tierra’. No hay razón para imaginar que ‘su pueblo’ tenga un significado distinto del convencional. Sin embargo, cuando quita el oprobio de Jacob, el beneficiario es todo el mundo. Paralelamente a las cláusulas circundantes que son más explícitas sobre el destino bendito de las naciones, ‘de toda la tierra’ se refiere muy probablemente a esos pueblos, así como al propio Jacob.

Por último, el estribillo que se anticipa ‘en aquel día’ debe describir retrospectivamente la experiencia de Jacob/Israel, en lugar de la última inclusión jubilosa de ‘todos los pueblos’:

Y en aquel día se dirá: He aquí, este es nuestro Dios a quien hemos esperado para que nos salvara; este es el Señor a quien hemos esperado; regocijémonos y alegrémonos en su salvación.

Isaías 25.9 (LBLA)

Como tantas veces y de tantas maneras a lo largo del extenso libro llamado Isaías, aquí la restauración de Jacob representa de algún modo la restauración de todas las naciones. O quizá de todas menos una. En 10b-12 sigue el terrible sometimiento de Moab. La separación editorial de la NBLA de esa oscuridad de la luz anterior de este oráculo se realiza sin apoyo del Texto Masorético. Puede que la Visión de Isaías se resista visceralmente a las utopías que apartan su mirada de una especie de resistencia final, funesta y deprimente que al final sólo puede ser sofocada por la fuerza renuente.

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