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Archive for the ‘texturas’ Category

El gran swing en el libro de Isaías, la gran bisagra sobre la que gira, es el movimiento entre el juicio y la misericordia.

Más particularmente, el libro entrega  al lector este gran swing—si se me permite llamarlo de esta manera—en función de un golpe personal de parte de YHWH y luego su misericordia sobre Israel/Judá.

Un vistazo viene en la anticipación efusiva del capítulo 60 del embellecimiento de Sion en manos de extranjeros y del  lujo de su producto económico y cultural más fino.

Los extranjeros reconstruirán tus muros, y sus reyes te servirán. Aunque en mi furor te castigué, por mi bondad tendré compasión de ti (Isaías 60:10 NVI).

El castigar en cuestión es el exilio de Judá a Babilonia, sufrido en tiempo delimitado. Por el contrario, la restauración impulsada por la misericordia es abierta y sin conclusión. Por lo tanto, existe una relación asimétrica entre uno y el otro. La ira y el golpe son temporales. El favor y la misericordia están destinados a permanecer.

Isaías expresa temas como éste casi en el estilo de una fuga musical, donde se afirma un tema y luego re-expresa en variaciones aquí, allí, y luego otra vez. El profeta extiende su su trato del tema de la asimetría aún más, mediante la implementación de la lengua del breve momento.

Te abandoné por un instante, pero con profunda compasión volveré a unirme contigo. Por un momento, en un arrebato de enojo, escondí mi rostro de ti; pero con amor eterno te tendré compasión—dice el Señor, tu Redentor— (Isaías 54:7-8 N.V.I.).

Se nos dice que el duro trato de YHWH a Judá es bastante diferente al trato de su regreso hacia su pueblo en misericordia, al menos de dos maneras.

  • El primero es corto, mientras el segundo es largo.
  • Isaías parece presentar el juicio como necesario, pero ajeno a la conducta acostumbrada de YHWH. La misericordia restaurativa, por el contrario, fluye ferozmente de su propio corazón.

A riesgo de perder nuestro camino, esta mirada a la asimetría puede o no ayudarnos a entender una palabra sorprendente y oscura sobre el juicio en Jerusalén/Sion que ocurre antes en el libro:

Sí, el Señor se levantará como en el monte Perasín, se moverá como en el valle de Gabaón; para llevar a cabo su extraña obra, para realizar su insólita tarea (Isaías 28:21).

Sea o no el caso, el libro aporta información adicional sobre el pathos divino en el tierno soliloquio materno que nos espera en el capítulo 49.

Pero Sión dijo: «El Señor me ha abandonado; el Señor se ha olvidado de mí».

« ¿Puede una madre olvidar a su niño de pecho, y dejar de amar al hijo que ha dado a luz? Aun cuando ella lo olvidara, ¡yo no te olvidaré! Grabada te llevo en las palmas de mis manos; tus muros siempre los tengo presentes »  (Isaías 49: 14-16 NVI).

Isaías está plenamente convencido de que el camino hacia la redención de Judá debe pasar por el horno del fuego judicial. No obstante, el profeta no puede permitir que esta aflicción se acerque en demasía al centro de los propósitos de YHWH para su pueblo. A riesgo de disminuir la experiencia de aquellos que nunca regresaron de Babilonia, el exilio aparece aquí como un momento necesario, lamentable y breve. Es sólo la antesala de la Jerusalén resplandeciente.

El bien merecido sufrimiento de Judá aparece aquí en el texto como un breve momento de deserción, una llamarada momentánea de ira justa que transciende un momento antes de que un Dios misericordioso tenga su anhelada oportunidad de amar de nuevo con ese amor que define el amor mismo.

El lector podría preguntarse cuán importante era esta realidad para el profeta y para los custodios de su mensaje, que ellos se arriesgaron a utilizar estas imágenes profundamente humanas para caracterizar al Dios que permanece invisible.

Solo así.

 

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Contra todas las protestaciones de la vergüenza, tu pasado no te define.

Lo que has sido no coincide con quién eres. O lo que llegarás a ser.

Esta es al menos, la promesa de YHWH a sus abatidos exiliados en Babilonia.

«Tú, mujer estéril que nunca has dado a luz, ¡grita de alegría! Tú, que nunca tuviste dolores de parto, ¡prorrumpe en canciones y grita con júbilo! Porque más hijos que la casada tendrá la desamparada—dice el Señor— (Isaías 54:1 N.V.I.).

La falta de hijos en el Antiguo Testamento era una gran vergüenza. Quizás tener un hijo y luego perderlo, fue peor que nunca haberlos tenido. Este es un ejemplo del alcance cultural  que subyace en la literatura bíblica.

En la cosmovisión radical de Isaías, YHWH no quiere nada que ver con las  pretensiones arrogantes de la vergüenza. Al contrario, aquella que no ha cortado el aire con gritos en la labor de parto, después encontrará recompensa con gritos de alegría cuando nuevos hijos e hijas invadirán su hogar.

La experiencia humana sostiene que solamente aquello que ya ha pasado, podrá ser. Una vez más, para YHWH esta lógica no le representa. Él es el Creador de cosas nuevas, cosas no habladas, cosas inimaginables, anhelos profundos, demasiado salvajes y poderosos para las palabras. Él encuentra esos anhelos, los satisface, los crea, los respalda. Luego libera a los suyos para que lleguen a ser lo que han anhelado.

La religión que la Biblia  asume y representa no es ningún credo domesticado.

La fe que halla expresión en estos rollos es salvaje, contraintuitiva, imposible y—en un instante—real. La vida con YHWH no conoce límites, con excepción de aquellos que la providencia de su amor ha establecido.

La mujer estéril en un momento queda restaurada a la fecundidad, descubriendo hijos e hijas que ella no trajo a luz, fluyendo a su lado como ríos de agua. De igual manera, el futuro de YHWH llega espontáneamente desde ángulos y fuentes nunca previstos. No obstante, estos hijos son suyos, son de ella y no de otros. Son regalo de YHWH, fortuna sobreabundante.

A ella se le olvida extrañar los hijos biológicos de esos sueños desechos. No tiene tiempo para echarlos de menos, tan ocupada está con esta cosecha imprevista, riendo, dando volteretas. Ellos se ríen bulliciosamente. Sólo el deleite de ella resuena más.

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El Libro de Isaías en reiteradas ocasiones aborda los temas del cansancio y el descanso.

YHWH es visto como quien ofrece descanso y reposo al abatido, más típicamente en el contexto de aquellos que regresan del exilio y del reposo que se experimenta en el espacio propio de uno. El subtexto trata con un pueblo obstinadamente agitado que se rehúsa a recibir lo que YHWH en su misericordia le ofrece. Ellos aparentan preferir la agotadora experiencia de ser sacados de su lugar y quedarse  dispersos entre las naciones, donde nadie tendrá piedad de un pueblito sin techo y sin reposo.

Incluso, la colocación de los que regresaban de la cautividad en la tierra que una vez les había extraviado, regularmente se expresa con un verbo que resuena como  ‘causar para descansar’ (hebreo: נוח).

Los ídolos que Israel/Judá eligió, son vistos como cargas para llevar; es decir, ellos causan cansancio en lugar de aliviarlo.

No obstante, YHWH hace regresar a sus hijos, o permite que sean llevados por otros, de regreso a su tierra, de tal forma que el cansancio quedará tan solo como un recuerdo que con el tiempo se desvanecerá. De hecho, tales personas ‘se levantarán como alas como águilas, correrán y no se cansarán, caminarán y no desmayarán’.

Qué extraño es entonces encontrar que en  medio de un terrible juicio de Isaías, hay un oráculo que presenta la terrible situación del pueblo de YHWH en el exilio como su rechazo del descanso, una preferencia para permanecer sordos ante esta oferta  de reposo. El profeta insinúa que solo los captores foráneos de Judá les harán comprender a los hijos rebeldes de YHWH, aún si éste lo hace pidiendo prestado el lenguaje indescifrable de los babilonios  para lograrlo.

Pues bien, Dios hablará a este pueblo con labios burlones y lenguas extrañas, pueblo al que dijo: «Este es el lugar de descanso; que descanse el fatigado»; y también: «Este es el lugar de reposo». ¡Pero no quisieron escuchar! (Isaías 28:11-12 N.V.I.).

Puesto que el libro de Isaías y el canon en el que se erige como pilar, permiten extender esta dinámica más allá de sus históricos orígenes y hasta los márgenes de nuestra lucha constante con Dios y el mundo en el que nos ha colocado, uno podría preguntar:

¿Cómo es posible que nos hayamos vuelto tan nerviosos, tan destrozados, tan fatigados y tan distantes de casa?

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El capítulo 35 del libro de Isaías, inicia tejiendo un puente entre la gran sección del libro que le precede y las siguientes secciones. Este breve capítulo es intensamente lírico, profundamente exuberante y atrevidamente esperanzador.

Como cualquier gran elemento que forma enlaces, presenta temas que nos son familiares a partir de los retazos  que hemos disfrutado en la más oscura primera sección, temas que se desarrollan con amplitud y en ocasiones prodígamente en los siguientes capítulos.

Consistiendo en tan solo diez versos, del  capítulo 35,  exige citarlos  en su totalidad.

Se alegrarán el desierto y el sequedal; se regocijará el desierto y florecerá como el azafrán. Florecerá y se regocijará: ¡gritará de alegría! Se le dará la gloria del Líbano, y el esplendor del Carmelo y de Sarón. Ellos verán la gloria del Señor, el esplendor de nuestro Dios. Fortalezcan las manos débiles, afirmen las rodillas temblorosas;  digan a los de corazón apresurado: «Sean fuertes, no tengan miedo. Su Dios vendrá, vendrá con venganza; con retribución divina vendrá a salvarlos».  Se abrirán entonces los ojos de los ciegos  y se destaparán los oídos de los sordos;  saltará el cojo como un ciervo,  y gritará de alegría la lengua del mudo. Porque aguas brotarán en el desierto, y torrentes en el sequedal. La arena ardiente se convertirá en estanque, la tierra sedienta en manantiales burbujeantes. Las guaridas donde se tendían los chacales serán morada de juncos y papiros.  Habrá allí una calzada  que será llamada Camino de santidad. No viajarán por ella los impuros, ni transitarán por ella los necios; será solo para los que siguen el camino. No habrá allí ningún león, ni bestia feroz que por él pase; ¡Allí no se les encontrará! ¡Por allí pasarán solamente los redimidos!  Y volverán los rescatados por el Señor, y entrarán en Sion con cantos de alegría, coronados de una alegría eterna. Los alcanzarán la alegría y el regocijo,  y se alejarán la tristeza y el gemido (Isaías 35:1-10 N.V.I., ligeramente modificado).

El capítulo es un himno que muestra el regreso de la comunidad exiliada a casa que por consecuencia debió haber perecido en el cautiverio. Además, se esperaba que los pueblos exiliados de la época iban a cooperar para esta realización. Capítulo 35 retoma y se deleita en temas que han llegado a ser los más conocidos para los lectores de Isaías. De esta manera, este puente literario insinúa que esos primeros vistazos de la promesa pronto llegarán a ser preeminentes.

Al riesgo de mencionar tan solo un par de estos temas, el capítulo transforma la frontera mortal que divide el lugar de los exiliados, por un lado, y su nuevo destino, por otro. Es decir, convierte ese espacio temeroso de desierto en sendas que conduce a casa.

Todo aquello que estaba muerto y seco, ahora se vuelve fresco y floreciente.  Todo lo que asesinaba al inocente por su salvaje calor, ahora embellece su sendero e hidrata la  lengua reseca.

No obstante, quiero destacar una pequeña expresión que es particularmente tierna:

Fortalezcan las manos débiles, afirmen las rodillas temblorosas;  digan a los de corazón apresurado: «Sean fuertes, no tengan miedo. Su Dios vendrá, vendrá con venganza; con retribución divina vendrá a salvarlos».  

Esta declaración muestra que la noticia del retorno—brillante y catalizadora tal como parece desde nuestra distancia—no fue necesariamente para ser acogida por aquellos que habían hecho su desalentada paz con el exilio. Esas personas, que merecen nuestra simpatía, poseen ‘manos débiles’ y ‘rodillas temblorosas que requerirán un cierto refuerzo, si el retorno  va a convertirse en algo más que una canción prometedora.

Pero las manos y las rodillas no son las únicas partes deficientes del cuerpo cautivo de Judá. El texto tiende la mano a quienes tienen un corazón ansioso. Una lectura literal podría traducirse así:

Digan a los apresurados de corazón (alternativamente, ‘los acelerados de corazón’;  hebreo: נמהרי-לב), ‘Sean fuertes; ¡no tengan miedo!’

Para algunos lectores, este diagnóstico un tanto poético, sonará al instante familiar.

La promesa de YHWH llega a los cautivos—ansiosos y apresurados de corazón. Se convierte en buenas nuevas para los que están saturados de adrenalina, los pequeños tan familiarizados con el pánico, los encogidos y los auto-abrigados. Les reta reconsiderar los términos que ellos han negociado con su mundo aterrador y aceptar un nuevo nombre  bastante bullicioso, un nombre un poco desafiante en la faz de los chacales y bandidos que solían patrullar este camino.

¿Ese nombre?: los redimidos.

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Si un libro de la Biblia como Isaías puede ser considerado una fuente inagotable, es en parte porque dicha afirmación descansa en el matiz poético de su lenguaje.

El tercer capítulo del libro, denuncia ferozmente un pueblo sin dirigentes. Los que no han abdicado totalmente de su liderazgo, gobiernan como niños. De hecho, línea tras línea de disección severa del cuerpo político de Judá, cae con un peso casi insoportable ante una temporada electoral caricaturesca cuando el infantilismo se convirtió en una virtud política.

Sin embargo y en contraste, el mismo profeta  sostiene un dominio muy adulto de su lenguaje.

Dos verbos convencionales entran en juego en el versículo doce. He subrayado en cursiva las palabras que inmediatamente rodean estas.

Los opresores de mi pueblo son muchachos, y mujeres se enseñorearon de él. ¡Pueblo mío, los que te guían te engañan y tuercen el curso de tus caminos!” (Isaías 3:12 RVR95)

Cuando los traductores bíblicos notan este  juego lírico de palabras, a veces se ven forzados por el idioma para el cual están elaborando su traducción, a dejar caer lo que tienen en manos. Más una breve incursión en el idioma hebreo del texto, actúa como herramienta para rescatar el sentido.

El verbo traducido por guía se presenta como un sustantivo. Se trata de la palabra hebrea אשר, que sin duda significa guiar. Pero este es un significado derivado. En su esencia, el verbo significa hacer recto, enderezar, mantener fiel.

Esto es precisamente lo que hace un guía. Estos están a cargo de conducir a sus seguidores por un sendero que los llevará  a un destino que, sin la ayuda de expertos,  jamás lograrían llegar. Ante todo, un guía es un ‘enderezador de sendas’. Isaías nota la presencia de tales personas aquí, entre un matorral circundante de líderes desventurados.

El problema es que, estos ‘guías’ hacen precisamente el contrario de los que sus clientes necesitan: Hacer que Judá yerre. Ubicándolas en un curso equivocado y conducirlas por un camino errado.

La palabra en hebreo תעה es un vocablo convencional y por tanto familiar cuando se está describiendo semejante actividad desnaturalizada. Engañar a los guiados es algo que podría esperarse de un tramposo, de un bandido que busca emboscar a otros, incluso de un enemigo astuto. Pero nunca de un guía.

Nunca de un enderezador de caminos.

Isaías regresará a este mismo tema en el capítulo nueve.

Porque los que guían a este pueblo lo extravían; y los guiados por ellos son tragados (Isaías 9:16 L.B.L.A.).

En estas quietas yuxtaposiciones de dos palabras ordinarias, la retórica de Isaías logra una fuerza incomparable que perdurará.

Se presume que aquí también un remanente en Judá, oyendo una voz persuasiva, optaría por arrepentirse, por cambiar de sentido, por volver a un camino que le prometía un futuro en vez de cenizas.

Es aquí en el leve giro de una frase, en la astuta yuxtaposición de dos palabras comunes para expresar una verdad poco común, es que este libro manifiesta una belleza que justifica su  supervivencia, y sus recursos inagotables.

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Los profetas tienen poca paciencia con aquella religiosidad que asume que la bendición material es respaldo de YHVH. La gente fácilmente se resbala en estas creencias, pensando que ser rico es ser sinónimo de bueno. Isaías no quiere ser parte de esa falsa moral.

Has abandonado a tu pueblo, a los descendientes de Jacob, porque están llenos de astrólogos de Oriente,  de adivinos como los filisteos,  y hacen tratos con extranjeros.  Su tierra está llena de oro y plata,  y sus tesoros son incalculables. En su tierra está llena de caballos,  y sus carros de guerra son incontables.  Su país está lleno de ídolos;  el pueblo adora la obra de sus manos,  lo que han hecho con sus propios dedos. (Isaías 2:6-8 N.V.I., ligeramente editado)

La ironía—con Isaías siempre hay ironía—gira sobre la palabra en hebreo מלא, que significa ‘estar lleno’. El profeta hace una denuncia picante sobre la falsa religión con este verbo, repitiendo el concepto como si no existiera un mañana.

La primera y la última de las frases indicadas en cursiva emplean מלא, señalando la amplitud vaga de su religión. Su misma piedad es un hecho errante, su religiosidad es un rechazo al Dios israelita tan excluyente, quien declara que no hay otro que se compare con él.

La segunda y la tercera frases en cursiva refieren a su riqueza. Ellos no son buenos por ser ricos. Ellos son, al mismo tiempo, muy malos y muy prósperos.

La idolatría, para los profetas, no es jugando. No es mantener la mente abierta, no es el perfume de los sofisticados, ni una preferencia estética entre multitudes de opciones.

Al contrario, la idolatría es traición, rebelión, es el equivalente espiritual de estar estúpidamente caliente, excitado y hambriento con la esposa del vecino. No hay nada bueno en eso.

Es posible maquillar la idolatría con un baño de oro y decorarla con plata. Sin embargo, sigue siendo el camino que conduce a la destrucción.

Las riquezas, declara el texto, no son el respaldo de Dios. A veces la riqueza es sólo la riqueza, son sencillamente las baratijas brillantes de los condenados.

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El primer paso hacia la sanidad es un diagnóstico certero. A pesar que ser objeto de revisión médica implica meter el bisturí de forma minuciosa, cualquier acción es justificada con tal de que el médico logre encontrar la  solución.

Algo similar sucede con los oráculos proféticos de Isaías que presionan una y otra vez, diagnosticando para determinar por qué la nación se encuentra enferma.  Si Israel/Judá requieren ser tratadas,  el profeta Isaías insiste, ellas primero tienen que esforzarse para comprender la naturaleza y gravedad de su aflicción.

Ella debe ver. Ella debe escuchar.

Porque este es un pueblo rebelde; son hijos engañosos, hijos que no quieren escuchar  la ley del Señor. A los videntes les dicen: «¡No tengan más visiones!», y a los profetas: «¡No nos sigan profetizando la verdad! Dígannos cosas agradables, profeticen ilusiones. ¡Apártense del camino,  retírense de esta senda, y dejen de enfrentarnos  con el Santo de Israel!» (Isaías 30:9-11 N.V.I).

En la retórica del profeta Isaías, los niños son presentados en el primer plano por dos razones. Primero, en los diagnósticos fúnebres de los capítulos anteriores del libro, los adultos son quienes deberían estar en capacidad de saber mejor su proceder, pero se comportan como niños.

En segundo lugar, cuando la promesa redentora del libro florece en la segunda mitad del libro, Jerusalén personificada como adulto, habiéndose imaginado como una mujer sin hijos, queda atónita al ver cuántos niños regresan a ella desde lo lejos.

En el pasaje mencionado, los ‘niños’ son las ‘gentes rebeldes’ de YHWH, impacientes con cualquier demanda que pudiera limitar su libertad para auto-destruirse, aunque esta palabra sea instrucción o corrección.

Aunque aquí no hacen ningún esfuerzo para silenciar al vidente y al profeta, ellos cooptarían su mensaje. Cambiarían el bisturí que es como un filo agudo y quirúrgico de la fe Yahwistica—un instrumento cuya espada servía para efectuar la vida y la curación—por la  suave y cómoda  auto-absorción religiosa.

Silenciar al profeta o comprar su mensaje, el resultado es el mismo.

Los niños rebeldes dan las órdenes, según el escrutinio de Isaías, mientras que aquellos cuya palabra debe ser recibida y honrada, son ordenados de aquí para allá como empleados principiantes. Los mandamientos llegan en un perfecto quiasmo  (incluso aquí el profeta es un artesano), como el resueño del tambor:

¡No veas!

¡No nos profetices lo correcto!

¡Háblanos cosas superficiales!

¡Profetíza ilusiones proféticas!

En demasiadas ocasiones preferimos manejar nuestra piedad de esta manera. Nos gustan nuestros profetas, con todo y corbata, y con buen acento, siempre y cuando no nos incomoden con sus demandas rigurosas.

Ante la ausencia de cierta fuerza, preferimos hacer del profeta nuestro consolador, nuestro entrenador, el agente y manager de nuestra siempre positiva auto-imagen.

Sólo porque YHWH está dispuesto a causarle dolor a los suyos, a fin de que puedan encontrar la redención, nuestra esperanza puede permanecer viva. Y nosotros con ella.

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Las pobres y tristes descripciones del pueblo de YHWH en los momentos más oscuros, sirven para iluminar justamente lo que YHWH desea para su pueblo cuando logre ser sanado y restaurado.

El Libro de Isaías aborda cuestiones de conocimiento y comprensión, en algunos casos desde el lado más oscuro y en otros, desde el lado de la salud y la bendición.

En el primer capítulo del libro, Judá/Israel es comparado con los animales de granja en cuanto a su comprensión y conocimiento.

El buey conoce a su dueño y el asno el pesebre de su amo; ¡pero Israel no conoce, mi pueblo no entiende! (Isaías 1-3 N.V.I).

Los instintos de los animales, en este caso el buey y el burro, quienes buscan satisfacer sus necesidades básicas, sirven de ilustración para comprender el contraste que presenta Isaías con un pueblo que se comporta como éstos. En hebreo las palabras que entran al escenario son ידע y בין.

Isaías subraya lo extremo de la falta de percepción que Judá manifiesta por su decisión de omitir el objeto que normalmente corresponde a estos dos verbos. No es tanto que no conocen esto, ni entienden aquello. ¡Tragicamente, ni conocen ni entienden nada!

En la presentación poco usual de los acontecimientos en el libro, la infame comisión profética que es sometido el profeta, no ocurrirá  hasta que ciertas cosas hayan quedado primero registradas.

El capítulo seis, finalmente Isaías contempla “al Rey” en una visión en el templo. Él se encuentra quebrantado por esta manifestación. Pronto la severa misericordia del llamado profético de Isaías toma forma. Debió haber parecido una experiencia pavorosa, severa y sin piedad alguna.

 Entonces oí la voz del Señor que decía: — ¿A quién enviaré? ¿Quién irá por nosotros? Y respondí: —Aquí estoy. ¡Envíame a mí!  Él dijo: —Ve y dile a este pueblo: “Oigan bien, pero no entiendan;  miren bien, pero no perciban.” (Isaías 6:8-9 N.V.I.).

El  libro enfatiza algo así como cuando se raspa en el  fondo de un barril, pero en este caso lo que se encontrará serán fines redentivos. Israel volverá a re-aprender a ver, a escuchar, y a entender. Aunque primero para ello debería ser conducido al extremo de la lógica de su rebeldía. Y  antes de todo eso, deberá  experimentar la  verdadera ceguera, y la sordera genuina.

Nuevamente las palabras son ידע y בין, esta vez en orden invertido. Israel/Judá tiene que dejar de conocer y cesar de comprender para que pueda—con el tiempo, mediante la misericordia y justicia YHWH—volver a aprender a conocer y a entender.

Uno puede imaginar un pueblo cuyo carácter y comprensión toman su lugar al centro de su persona. Aquella comunidad, en la que el ver y el oír son capaces de producir su fruto, y dirigir a sus súbditos a un profundo compromiso empático entre sí y  con su mundo.

Cómo anhela el corazón pertenecer a tal pueblo, ocupar su espacio en su seno, rodeado por el sabio, el justo y la persona alegre—con conocimiento y entendimiento.

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En medio de muchas razones que el Libro de Isaías se distingue, lo encontramos en su introducción  con la palabra Emanuel  (Hebreo: עמנו אל) como un nombre propio.

Como con todo en este vasto trabajo bíblico, esta introducción sucede enigmáticamente.  El apego más famoso del nombre a un niño que aún no ha nacido, es precedido por la aparición de la palabra en contexto de guerra, amenaza y liberación. Lo cierto es que nadie podría suponer que en este escenario sobresalga un niño.

Por cuanto desechó este pueblo las aguas de Siloé, que corren mansamente, y se regocijó con Rezín y con el hijo de Remalías;  he aquí, por tanto, que el Señor hace subir sobre ellos aguas de ríos, impetuosas y muchas, esto es, al rey de Asiria con todo su poder; el cual subirá sobre todos sus ríos, y pasará sobre todas sus riberas;  y pasando hasta Judá, inundará y pasará adelante, y llegará hasta la garganta; y extendiendo sus alas, llenará la anchura de tu tierra, oh Emanuel (Isaías  8:6–8 R.V.I. ).

La violenta Asiria se levanta impecablemente hasta el borde de casi estar ahogando a la vulnerable, agitada y conspirada Judá. Esas aguas inundarían al pueblo hasta la garganta, sin dejar tregua para la salvación. Aunque hay otra interpretación que hace que ‘Emmanuel’ sea el mismo dueño de las ‘alas extendidas’, la interpretación más común recibe las palabras ‘Oh Emmanuel’ como una exclamación. O bien las alas de Asiria que se despliegan llenarán ‘la  tierra de tu pan, oh Emmanuel’, y donde Emmanuel es el señor de la tierra mancillada. O ‘Emmanuel’ es un grito de desesperación solitario: ‘… y las alas extendidas (de Asiria) llenarán la anchura de su tierra (es decir, de Judá). ¡Oh, Emmanuel!’

En cualquier caso, ‘Dios con nosotros’ continúa siendo una extraña y desconcertante expresión que despierta la curiosidad  del lector sobre lo que se encuentra en este pasaje.

El texto requiere la más mínima pausa antes de ser digerido hacia su segundo uso de Emmanuel como algo cercano a un nombre.  De nuevo, la imagen de un niño no se visualiza ni se escucha.

 Reuníos, pueblos, y seréis quebrantados; oíd, todos los que sois de lejanas tierras; ceñíos, y seréis quebrantados; disponeos, y seréis quebrantados. Tomad consejo, y será anulado; proferid palabra, y no será firme, porque Dios está con nosotros (Isaías  8:9–10 R.V.I.).

La condenada conspiración de dos de los vecinos cercanos de Judá (Siria y Efraín, 7.5-7) se escucha  y hace sentirse por medio del eco. A pesar de que ‘ustedes pueblos’ y ‘todos ustedes países lejanos,’ incluye probablemente a Asiria e incluso a otras naciones, ello comienza con los conspiradores más cerca de casa como los son los vecinos de Judá, Siria y Efraín.

El rostro de desesperación que expresa los judaitas por el ataque asirio, citado unos versos antes, se desvanece ante un mensaje confiado de derrota a las naciones que se atreven a venir en su contra. ‘Emmanuel’ funcionó como un cuasi-nombre en el versículo 8,  su misterio se extiende aún más aquí, donde la palabra provee la razón por la cual Judá no caerá ante las oscuras conspiraciones pueblos y naciones armados.

‘Emmanuel’ –signifique lo que signifique la extraña yuxtaposición de las expresiones hebreas עמנו (‘con nosotros’) y אל (‘Dios’)—no permitirá  la total destrucción  de su tierra y de su pueblo.

Pero, ¿dónde están los niños?

 

 

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os imperios son  vulnerables a la arrogancia. Eventualmente siempre los atrapa la arrogancia.

Cuando YHWH silba a la abeja Asiria para infligir con su ardiente pero redentiva picadura a Judá, la cual se ganó el título de ‘un pueblo sin Dios’. Asiria falla  en comprender lo que significa esta  redención.

Lo envío contra una nación impía, lo mando contra un pueblo que me enfurece, para saquearlo y despojarlo, para pisotearlo como al barro de las calles. Pero esto Asiria no se lo propuso; ¡ni siquiera lo pensó! Sólo busca destruir y aniquilar a muchas naciones.   (Isaías 10: 6-7 N.V.I.)

La distancia entre ‘saquear y despojar y pisotear (Judá) el  fango de las calles’, por un lado, y ‘destruir y cortar las naciones’ podría expresar un solo matiz. Pero para el texto, representa un mundo diferente entre la intención de YHWH y el juego- final de Asiria.

Manifiesta una distinción de propósito y de carácter que lo expresa todo. YHWH (sólo …) propone afligir, para luego sanar. Al contrario, Asiria—la casi indiscutible superpotencia del momento—tiene la intención llevarlos al exterminio.

Si la aparente sorpresa de YHWH ante la severidad de Asiria plantea cuestiones éticas propias sobre el comportamiento divino, eso  debe esperar para otro momento.

Por ahora, es Asiria la arrogante imperial es la que salta a la vista.

Pues dice: ‘¿Acaso no son reyes todos mis jefes? ¿No es Calnó como Carquemis? ¿No es Jamat como Arfad, y Samaria como Damasco? Así como alcanzó mi mano a los reinos de los ídolos, reinos cuyas imágenes superaban a las de Jerusalén y de Samaria, y así como hice con Samaria y sus dioses, también haré con Jerusalén y sus ídolos.’  (Isaías 10:8-11 N.V.I).

Tan cierto como el sol que se levanta en el oriente y se oculta en el occidente, el éxito persuade a los poderosos que el pasado iba a predecir el futuro. Aunque no sea así. Ningún sistema es tan cerrado.

Siempre hay razones para conservar la humildad, entre ellas el andar de personalidades que todavía no se han contemplado. En el libro de Isaías, una de estas presencias clandestinas se atreve a sugerir que las naciones son ante él como simple polvo.

Asiria, en la medida que  el texto pretenda darnos acceso a los pensamientos de esa gran nación, aguarda ciertas respuestas obvias a sus arrogantes preguntas retóricas:

 ¿Acaso no son reyes todos mis jefes? En efecto.

¿No es Calnó como Carquemis? Por supuesto, mi señor.

¿No es Jamat como Arfad? No hay un golpe de diferencia entre ellos, mi rey.

¿No es Samaria como Damasco? Sin duda.

¿No tomará entonces mi mano Jerusalén y sus ídolos? ¡Adelante y exáltate!

Lo que el texto bíblico sabe es que el imperio se vuelve ciego y olvida la realidad de que no está solo en el campo de la grandeza. Otros se inquietan y se incomodan por el momento en que esté ensimisma.

Y para Isaías, la  palabra más importante aún no ha se ha  pronunciada:

Uno de ellos no es un ídolo.

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