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Un regalo de bodas para J.R. y Molly Friesen, casados desde ayer en Billings, Montana, USA

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El ritmo de la vida con YHVH incluye períodos de silencio y quietud en los que el único sonido audible es un gemido. La buena fortuna de aquellos a los que acompaña YHVH es que este momento poco melodioso es, si no corto, al menos limitado. El silencio de la desesperación y el suspiro del dolor tienen su espacio en la enigmática partitura, pero no pretenden dominar el curso de un movimiento a otro ni usurpar el final.

Más bien, los poetas bíblicos nos alertan sobre la erupción ambiciosa y espontánea de un nuevo cántico. La irrupción de esta melodía alegre se produce a menudo cuando menos se espera y arroja toda la pena subdominante en un nuevo marco armónico. Lo que hace un momento sonaba con una tiránica autoconfianza se entiende ahora como un descanso, un preludio, la antesala musical de una alegría corta del tipo que ninguna experiencia musical previa ha preparado.

Un cántico nuevo no tiene resonancia para aquellos que no han llorado en silencio. Su atractivo se pierde para aquellos que no han llorado largamente en una noche amarga con la plena expectativa de que la mañana, también, será inundada por estas malditas e implacables lágrimas. Nadie se sorprende más por la entrada de esta música completamente moderna que aquel cuya lengua y garganta estallan en un frenesí casi involuntario.

Siempre el impulso viene de que YHVH ha actuado de nuevo, magnífica, misericordiosa, asombrosa y restauradoramente. Casi siempre las circunstancias han conspirado para persuadir al eventual cantante de nuevos cánticos de que el propio YHVH ha desaparecido o al menos ha abandonado el arte de la creación y la nueva creación. Donde antes su toque, su don para la redentora sorpresa ha alimentado el alma y ha levantado la mirada, YHVH parece ahora un cuento rústico, el material de una memoria gastada que adorna los márgenes de un cinismo consciente. YHVH y su música se han convertido en una burla. Uno recuerda sus cánticos como en un sueño, secos, agrietados, efímeros, apenas presentes. La vergüenza de haber sido un blanco fácil persiste en esas notas difícilmente recordadas, de haberse dejado engañar, de haber caído en cosas que sólo parecían ser bellas pero que no lo son.

De repente, nace un cántico nuevo. Apenas se puede hablar del regreso de la música, porque esta melodía es más fresca, más nueva, más elevada que la anterior. Este cántico es nuevo. YHVH se ha vuelto, la música estalla de nuevo, hay baile en las calles y un placer estrepitoso en los sofás de los amantes redimidos.

Porque el Señor se deleita en su pueblo;
adornará de salvación a los afligidos.

Regocíjense de gloria los santos;
canten con gozo sobre sus camas. 

Salmo 149.4-5 (LBLA)

Con el tiempo, los hasidim de YHVH -sus fieles– volverán a verse envueltos en el silencio, envueltos en la pena, callados en su dolor. Pero con el tiempo discernirán la irrupción siempre posible del amanecer de la música, de un cántico nuevo, de la prueba recurrente de que el silencio y los gemidos son penúltimos. Enfrentados, limitados por el amor perdurable, el final de esas cosas está siempre cerca. Como la oscuridad a la luz, como el silencio al sonido, como el luto a la alegría, el amor irreprimible no soportará sus presunciones de tiranía.

Esto es siempre cierto: sus fieles volverán a cantar.

Lo que sigue es mi historia. No es muy importante, pero es la única que tengo. Si crees que aprender las lenguas bíblicas debe ser rápido o fácil -y sobre todo si estás esperando que la experiencia sea siempre alegre y simpática- no sigas leyendo. ===========================================================

Yo tuve la suerte de aprender hebreo en condiciones poco óptimas.

La verdad es que no llegué a la tarea con mucha pasión. Me consideraba un ‘tipo del Nuevo Testamento’ y me dispuse para estudiar una M.Div. de manera que fuera más bien una especie de M.A. alargada en Nuevo Testamento. Eran Juan y Pablo los que me aceleraban el pulso, no Moisés y Jeremías. Había aprendido griego en la universidad y nada iba a interponerse entre los textos del Nuevo Testamento y estos ojos míos. Esta alma mía.

Pero el hebreo era un requisito de la M.Div. y no me opuse. Nunca se me había ocurrido que pudiera hacer estudios avanzados en Biblia en el futuro. Esa idea nació años después. No cursé hebreo para que me admitieran posteriormente en un doctorado. Simplemente quería conocer la Biblia desde lo más cerca posible y luego enseñarla como una consecuencia de esa íntima conexión. Cualquier otra cosa me habría parecido una farsa, como si pasara por delante de una cueva llena de diamantes y no asomara la cabeza para ver si alguno de ellos estaba en la superficie para agarrarlo.

No fue hasta dos semanas antes de asumir responsabilidades en un seminario en Costa Rica que el decano me comentó, ‘Ah, David, es que vos vas a ser nuestro fulano del Antiguo Testamento’. Menos mal había estudiado el idioma en que el primer testamento fue escrito. Pero por solo dos escasos semestres. Y bajo condiciones poco alentadoras.

Mi mujer y yo acabábamos de tener un niño y otro estaba en camino. Ella trabajaba de día en Hewlett Packard y yo trabajaba de noche cargando camiones en UPS, en un dudoso esfuerzo por evitar una deuda educativa que pudiera retrasar nuestro pretendido servicio misionero. Era un trabajo muy agotador para mi cuerpo de veintitantos años, posiblemente tan exigente físicamente como lo había sido el baloncesto colegial para mi cuerpo adolescente una década antes. Por dos años, mi trabajo era cargar y durante otros dos años supervisar a los cargadores, lo que significaba que ahora añadía la responsabilidad organizativa al negocio de cargar los camiones de los chicos que estaban demasiado enfermos, borrachos, deprimidos o poco comprometidos para registrarse a las 3:00 a.m. No era el único trabajo de nadie. Todos trabajábamos en varias cosas. Todos vivíamos al límite.

Para mí fue tanto agotador como necesario, al fin y el cabo era una manera de estar en el seminario sin pasar hambre.

Los fines de semana, mi esposa y yo nos renovábamos sirviendo como pastores de jóvenes en nuestra iglesia. Pero esa es otra historia. Un rollo de grandes ironías y de poco sueño. Éramos locos.

Mi viejo Ford Pinto no tenía calentador y éramos demasiado pobres para averiguar por qué y arreglarlo. A menudo, en el invierno de Nueva Inglaterra, mis viajes de 35 minutos al trabajo eran al volante de un coche en donde la temperatura era de un solo dígito, en Fahrenheit. O menos. A menudo gritaba a todo pulmón mientras avanzaba por la oscura autopista para mantenerme despierto, con todo el cuerpo temblando de frío.

Después del trabajo, apestando por la transpiración del turno de la noche, conducía a la guardería los días que no tenía clases por la mañana para poder recoger a nuestro hijo pequeño Christopher, al que mi mujer había dejado dos horas antes de camino al trabajo. Nuestros carros pasaban por la ruta 128, ella en dirección oeste y yo en dirección este. Yo estudiaba todo el día mientras cuidaba a Christopher. Una vez me desperté con la huella de la alfombra en la cara, tras haberme quedado dormido en el suelo mientras gateaba detrás de mi hijo en pañales.

Como mi despertador sonaba a la 1:30 de la madrugada, solía decirles a los amigos que nos visitaban a eso de las 9:00 de la noche: ‘Pueden quedarse todo el tiempo que quieran, pero, por favor, apaguen las luces cuando hayan terminado’.

Los lunes, miércoles y viernes, después del trabajo nocturno, pasaba por delante de nuestro apartamento con el sol naciente y seguía media hora más hasta el seminario. Mi carro temblaba casi incontrolablemente a los 93 kph, así que lo mantenía estable a 90. Al llegar al seminario, quince o veinte minutos después de que empezara la clase de hebreo, me ponía una sudadera para proteger a los demás estudiantes de mi olor a sudor. Pasaba por la cafetería para comprar dos donuts y dos tazas de café en un esfuerzo a veces fallido por mantenerme despierto durante la clase de hebreo, lo tragaba todo y me dirigía a la última aula de la izquierda.

Entraba tímidamente al aula donde la clase ya había empezado, encontraba un asiento vacío y empezaba a prestar atención a las explicaciones del profesor sobre cosas que, por su propia naturaleza, eran extrañas y nuevas. Nuestro libro de texto era el clásico Introducción al hebreo bíblico de Thomas Lambdin, obra del famoso lingüista de Harvard que había escrito gramáticas de varias lenguas semíticas antiguas. Ni el libro de Lambdin ni nuestro profesor -que había sido alumno de Lambdin- tenían tiempo para los rezagados. Términos como ‘alargamiento compensatorio’ y ‘vocales inalterablemente largas’ se explicaban pacientemente pero sólo una vez. Después se esperaba que lo entendieras o lo averiguaras en casa.

Recuerdo claramente que una mañana hervía de rabia en clase mientras me esforzaba por comprender la lógica del dagesh forte, el dagesh lene y si una bendita sílaba era abierta o cerrada. Me sentí como si me estuvieran torturando para la satisfacción de Thomas Lambdin, de nuestro profesor o de algún creador invisible y malévolo de contenidos curriculares. Era humillante. Me había graduado con mención summa cum laude en la universidad y esto era sólo un seminario.

Tomé todo lo que tenía en mí y mucho más para no rendirme y volver a casa. A veces no quería otra cosa sino eso; pero quería leer y enseñar más la Biblia, así que me quedé.

No le pedí al profesor que me diera clases particulares. Si no hacía un examen, no le pedía al profesor que ampliara el tiempo disponible, porque se me había olvidado leer la carta descriptiva del curso, y no me había dado cuenta de que teníamos un examen en ese tiempo. Me sentía el estudiante más pobre de la clase porque en un día cualquiera todos los demás estudiantes estaban muy por delante de mí. No le eché la culpa a la carta descriptiva del curso, ni insinué que el profesor había gozado de más privilegios que yo o que el hebreo es más difícil para los alumnos como uno que provienen de contextos rurales de dialecto Pennsylvania Dutch. No pregunté si podíamos utilizar otro libro de texto con menos detalles irritantes. No pregunté: ‘¿cuántas horas de estudio tengo que dedicar?’.

Con el tiempo, encontré un punto de apoyo en el idioma. Casi que no. Luego seguí avanzando. Eventualmente, descubrí que podía leer la Biblia hebrea. Todavía aprendo algo nuevo en sus páginas casi todos los días.

La Biblia hebrea todavía me abofetea regularmente y me llama ‘¡Niño!’. Cuando la gente me pregunta -como lo hacen- ‘¿Cuánto tiempo tardaste en aprender hebreo?’, mi única respuesta sincera es ‘Aún no lo sé’.

Pero ahora vivo con este libro, es un libro encantado por Dios. Es inagotablemente rico y alternativamente tranquilizador y deconstructor a la manera de un tío muy sabio y algo recalcitrante con el que no se puede vivir y sin el que no se puede vivir. Desafía credos y confesiones e insiste en que se piense de nuevo, en que se mire más de cerca, en que se considere lo impensable. Si me preguntas por un pasaje del Antiguo Testamento y me dices que no puedo consultar el texto hebreo, lo único que podré hacer es mirar fijamente y con una mirada perdida. Ahora el hebreo está dentro de mí, así los textos que esa lengua genera, cuya interpretación depende de ella. Ha tardado casi cuarenta años y aún no ha terminado conmigo. Sigo siendo su siervo, su esclavo, y los textos mi amo. Aunque a veces me abrazan como si fuera su mejor amigo.

Si la Providencia nos reúne, tipo estudiante y profesor, con el hebreo bíblico como un formidable paisaje frente nosotros, y si crees que tus condiciones no son óptimas para trabajar tan duro como nuestra asignatura nos lo va a pedir, bienvenido. Pero ten cuidado con lo que dices. Puedo ser muy solidario, de hecho lo seré, aunque probablemente no conforme a tus términos. Solidario sí. Pero tu historia no me va a sacar lágrimas. Eventualmente, si tu sobrevives la turbulencia total de las primeras seis semanas, te vas a dar cuenta que nos hemos vuelto amigos. Compañeros en un arduo camino. El mutuo respeto que gobierna nuestra amistad académica será palpable, y aquella amistad más que académica.

Durante las primeras seis semanas, vas a pensar que no te entiendo, peor, que para nada me importa comprenderte. Te vas a preguntar por qué el profe se rehusa a aceptar que tus circunstancias son diferentes. Únicas.

Todo aquello que pensarás es falso, pero todavía no lo sabrás. Si persistes, entenderás. Quizás en algún momento tendremos una conversación sobre la mayordomía de un tesoro. Te contaré que el hebreo y la tradición milenaria de su estudio es mayor que tú y yo. En ese momento, tal vez tú me entenderás. Tal vez no. Al fin y al cabo, no es importante que me comprendas. Lo único que pido es que decidas cuánto quieres lo que te puedo enseñar.

Tuve la suerte de aprender hebreo, en condiciones para nada óptimas. Espero que tengas la misma suerte.

*Dedicado a mi amigo, el Rev. Robert Eyman, Spokane, Washington, USA

Uno de los mejores de los llamados “Salmos del Aleluya”, el ciento cuarenta y siete da una palabra de aliento a los corazones rotos que hay entre nosotros. El poeta se centra en lo apropiado de la alabanza, reconociendo que un universo gobernado con la forma en que éste se rige se ha convertido en un escenario donde la gratitud es la respuesta apropiada.

¡Aleluya! Porque bueno es cantar alabanzas a nuestro Dios,
porque agradable y apropiada es la alabanza.

Salmo 147.1 (LBLA)

Uno no puede llegar a esa respuesta sin haber reflexionado. Desde todos los rincones se presentan evidencias que podrían parecer que la alabanza no es el sonido adecuado en un mundo fragmentado donde la sangre fluye con mucha libertad y el dolor se acumula en pedazos silenciosos y amenazantes. Sin embargo, el salmista apunta a una perspectiva hermenéutica desde donde su mirada recoge motivos de gratitud más que de resentimiento. Está convencido de que su perspectiva es la apropiada, no es un analgésico barato, no es un truco psicológico elaborado simplemente para suavizar el dolor.

Desde donde el escritor está (y canta), YHVH parece compasivo, paciente y majestuoso. Una cadena de participios hebreos evoca la revelación del nombre divino en los capítulos tercero y sexto del libro del Éxodo, probablemente de forma intencionada. ¿Quién es YHVH?

YHVH es el que edifica a Jerusalén;
él congrega a los dispersos de Israel;
Él sana a los quebrantados de corazón,
y venda sus heridas.
Él cuenta el número de las estrellas,
y a todas ellas les pone nombre.
Grande es nuestro Señor, y muy poderoso;
su entendimiento es infinito.
Yahweh sostiene al afligido
y humilla a los impíos hasta la tierra. 

Salmo 147.2-6, (LBLA, ligeramente modificado por el autor)

Aquellos que se consideran entre los “quebrantados de corazón”, se dice que encontrarán en YHVH un médico amoroso. Un lenguaje casi idéntico a esta conmovedora frase se emplea en el gran salmo cincuenta y uno de remordimiento. Allí se da un giro a la convención del sacrificio, con consecuencias que los quebrantados de corazón pueden encontrar casi alentadoras:

Porque no te deleitas en sacrificio, de lo contrario yo lo ofrecería;
no te agrada el holocausto.
Los sacrificios de Dios son el espíritu contrito;
al corazón contrito y humillado, oh Dios, no despreciarás. 

Salmo 51.16-17 (LBLA)

Curiosamente, estos dos salmos -el cincuenta y uno y el ciento cuarenta y siete- contraponen sus sorprendentes conclusiones sobre quién atrae realmente la atención reflexiva y activa de YHVH a la expectativa común. En el primero, el sacrificio cultual se convierte en el papel retórico del corazón contrito, y en contraste con el espíritu quebrantado, no logra deleitar a YHVH. En el último, aprendemos que YHVH no se deja impresionar por las demostraciones convencionales de fuerza:

No se deleita en la fuerza del caballo,
ni se complace en las piernas ágiles del hombre.
El Señor favorece a los que le temen,
a los que esperan en su misericordia.

Salmo 147.10-11 (LBLA)

No es de extrañar -aunque sea maravilloso– que una deidad gobernante que actúa de esta manera tan inquietante se convierta en objeto de este tipo de aleluyas. Este YHVH, se nos pide que creamos, se siente irresistiblemente atraído por aquellos que van con el corazón contrito, temiendo a YHVH desde lo más profundo de su fragilidad. Por eso es apropiado que esas personas reconozcan su belleza y lo alaben.

Si el mundo se rige de esta manera, entonces todo lo que se refiere a quiénes somos, si fracasamos, y cómo tenemos éxito, se deconstruye bajo nuestros pies. Entonces YHVH lo rehace todo con una misericordia misteriosa, penetrante, y que sobrepasa todo. Un poeta de Jerusalén no puede imaginar otra respuesta que el cántico bueno y apropiado que llamamos alabanza.

La distancia no siempre es lo que parece.

Los salmos tienen en común con el libro de Isaías una inclinación por invertir las correspondencias normales entre distancia y proximidad. Empleando la superposición entre los conceptos espaciales y morales de altura, estas voces de la antología bíblica afirman que YHVH, en su suprema grandeza, está paradójicamente más cerca de los que son espiritualmente pequeños que de aquellos que se exaltan.

Porque el Señor es excelso, y atiende al humilde, 

mas al altivo conoce de lejos.

Salmo 138.6 (LBLA)

El orgullo consiste en considerarse alto, cerca -se podría suponer- de Dios. El salmista no tendrá nada que ver con el cálculo que equipara la auto-elevación (nuestras traducciones buscan connotaciones morales a través de palabras como “altivez”, pero el texto hebreo no abandona la noción concreta de altura o altitud) con los logros.

¿Quieres estar cerca de YHVH?, parece preguntar el escritor a su lector. ¿Anhelas acceder al Altísimo?

Entonces quédate abajo. YHVH-muy alto-está con los humildes.

La altitud del corazón es de enorme importancia para el testimonio bíblico.

Particularmente en el libro de Isaías, la arrogancia que lleva al ser humano a enaltecerse es una receta segura para ser abatido. Los Salmos también recogen este tema, con un empleo asombroso del mismo vocabulario que Isaías utiliza.

Señor, mi corazón no es soberbioni mis ojos altivos; no ando tras las grandezas,
ni en cosas demasiado difíciles  para mí; sino que he calmado y acallado mi alma; como niño destetado en el regazo de su madre, como niño destetado reposa en mí mi alma.

Salmo 131.1-2 (LBLA)

Sería posible leer estas líneas como un apoyo a la simplificación de la fe cristiana que tan frecuentemente se nos pide en nuestros días. Eso sería un error.

Los Salmos en su conjunto y el testimonio bíblico en su totalidad instan al creyente cristiano a hacer un fuerte uso de sus facultades para buscar la profundidad de la bondad de YHVH, de su mundo y de su manera de actuar con ese mundo. El pensamiento descuidado y la creencia perezosa nunca gozan del sello de aprobación de la fuente de la fe judía y cristiana.

Sin embargo, el punto del salmista es potente. El creyente es un siervo humilde de asuntos profundos y grandes. Su capacidad para explicarlos, para captarlos en su plenitud, es siempre parcial y limitada. El conocimiento de ellos no es ese dominio que ‘envanece’, por tomar una frase de la instrucción del apóstol Pablo. Es más bien una comprensión que lleva a la persona a hacer una autoevaluación adecuada, a descansar en su pequeñez y a apoyarse en el Alto y Santo, como Isaías quiere que pensemos de nuestro Hacedor.

El conocimiento genuino y exacto nos lleva no sólo al movimiento, sino también a la serenidad tranquila. A veces, ambos se enfrentan con incomodidad.

Sin embargo, ambos son invitaciones. Ambos son regalos.

What follows is my story. If you believe that learning the biblical languages should be quick or easy—and especially if you’re looking for tea and sympathy—read no further.

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I had the good fortune to learn Hebrew under less than optimal conditions.

In truth, I did not come to the task with much passion. I considered myself a ‘New Testament guy’ and managed to pull off an M.Div. in ways that made it something of a bulked-up M.A. in New Testament. It was John and Paul who lit me up, not Moses and Jeremiah. I had learned Greek in university and nothing was going to get between me and the texts.

But Hebrew was a requirement of the M.Div. and I was not opposed. It had never occurred to me that I might do advanced studies in Bible in the future. I did not take Hebrew so that I could subsequently be admitted to a Ph.D. I simply wanted to know the Bible from as close in as I could and then to teach it as an outflow of that intimate connection. Anything else would have felt like a travesty, like walking past a cave full of diamonds and not poking your head in to see whether any of them lay on the surface for the taking.

My wife and I had just had a baby boy and another was on the way. She worked days at Hewlett Packard and I worked nights loading trucks at UPS in a questionable effort to avoid educational debt that might delay our intended missionary service. It was a grueling job for my twenty-something body, arguably as physically demanding as state-championship-level basketball had been for my teenage body a decade earlier. For two years, I loaded and for another two years I supervised loaders, which meant that I now layered organizational responsibility to the business of loading the trucks of guys who were too sick or drunk or depressed or uncommitted to punch in at 3:00 a.m. It was nobody’s only job. We were all at the end of the rope.

For me it was exhausting and necessary in equal measure, a way to get through seminary without starving.

On weekends, my wife and I refreshed ourselves by serving as youth pastors at our church. But that’s another story.

My aging Ford Pinto didn’t have heat and we were too poor to find out why and get it fixed. Often in the New England winter my 35-minute drive to work would take place behind the wheel of a car where the temperature was a single digit, Fahrenheit. I would often yell at the top of my lungs as I charged down the dark highway in order to stay awake, my whole body shaking from the cold.

After work, stinking from a night shift’s perspiration, I would drive to the day-care center on days when I didn’t have morning classes in order to pick up our infant son Christopher, whom my wife had dropped off two hours before on her way to work. Our cars would pass on Route 128, she heading west, me heading east. I would study all day while looking after Christopher. Once I woke up with the impress of the carpet on my face, having fallen asleep on the floor while crawling after my diapered-up boy.

Because my alarm clock went off at 1:30 a.m., I would regularly tell visiting friends at about 9:00 p.m., ‘You may stay as long as you want. But please turn off the lights when you’ve finished.’

On Mondays, Wednesdays, and Fridays after the night’s work, I would drive past our apartment into the rising sun and continue on the additional half hour to the seminary. My car would shake almost uncontrollably at 58 mph, so I’d keep it steady at 57. Arriving at the seminary fifteen to twenty minutes after Hebrew class had begun, I’d throw a sweatshirt on to protect the other students from my sweaty stench. I’d stop by the cafeteria to snag two donuts and two cups of coffee in a sometimes failed effort to wake myself up and stay awake for the duration of Hebrew class, gulp it all down, and head down the hall to the last classroom on the left.

I’d let myself sheepishly into the classroom where class was already in session, find an empty seat, and begin to pay attention to the prof’s explanations of things that were by their vary nature alien and new. Our textbook was Thomas Lambdin’s classic Introduction to Biblical Hebrew, the work of the famed Harvard linguist who had written grammars of several ancient Semitic languages. Neither Lambdin’s book nor our prof—who had been Lambdin’s student—suffered fools. Terms like ‘compensatory lengthening’ and ‘inalterably long vowels’ were explained patiently but just once. After that you were expected to understand or figure it out at home.

I clearly remember boiling with rage in class one morning as I struggled to penetrate the logic of dagesh forte, dagesh lene, and whether a freakin’ syllable was open or closed. I felt as if I were being tortured for the satisfaction of Thomas Lambdin, of our prof, or of some unseen, malevolent curriculum writer. It was humiliating. I had graduated summa cum laude in university and this was just seminary.

It took everything I had in me and more not to fold my cards and go home. At times I wanted nothing else. But I wanted to read and teach the Bible more. So I stayed.

I did not ask the prof to tutor me privately. If I missed a quiz, I did not ask the prof to extend the available time because I had failed to read the syllabus and did not realize we had a quiz today. I felt I was the poorest student in the classroom because on any given day all the other students were at least fifteen minutes and one or two topics ahead of me. I did not blame the curriculum or suggest that the prof had enjoyed more privileges than me or that Hebrew is more difficult for students who come from rural Pennsylvania Dutch contexts. I did not ask whether we could use a different textbook with fewer irritating details in it. I did not ask ‘how many hours of study are expected of me?’

In time, I found a toe-hold in the language. Barely. Then I got the other foot up onto the cliff. Eventually, I found that I could read the Hebrew Bible. I still learn something new in its pages nearly every day.

The Hebrew Bible still regularly slaps me around and calls me ‘Boy!’. When people ask—as they do—‘How long did it take you to learn Hebrew?’, my only honest answer is ‘I don’t know yet’.

But I live with this book now. It’s God-haunted. It’s inexhaustibly rich and alternately reassuring and deconstructing in the way of a very wise and somewhat recalcitrant uncle whom you can’t live with and can’t live without. It defies creeds and confessions and insists that I think again, that I look more closely, that I consider the unthinkable. If you ask me about a passage from the Old Testament and tell me I can’t look at the text, all I’ll be able to do for you is stare, glassy-eyed. It’s inside of me now. It’s taken nearly forty years and it’s still not finished with me.

If Providence brings us together as student and professor with biblical Hebrew standing formidably astride the landscape before us, and if you feel that your conditions are not optimal for working as hard as our subject is going to ask us to work, be careful what you say.

I had the good fortune to learn Hebrew, under less than optimal conditions. I hope you have the same good fortune.

Jesús eleva de forma memorable un estatus que se considera muy lamentable.

Bienaventurados los pobres en espíritu, pues de ellos es el reino de los cielos.

Mateo 5:3 (LBLA)

Nadie quiere estar tan empobrecido. Destrozado, abatido bajo una carga insoportable, desprovisto de fuerza emocional. Es un estado que hay que evitar cuando es posible, lamentar cuando no, sobrevivir si se puede.

O eso creíamos, hasta que Jesús nos enseñó que para tener derecho en el gobierno de su Padre en este mundo y en el siguiente es necesario experimentar ese tipo de pobreza.

El salmista, mucho antes de que Jesús pronunciara su cadena de bendiciones sobre los sujetos más inverosímiles, dio un giro similar.

El Señor guarda a los sencillos; estaba yo postrado y me salvó.

Salmo 116:6 (LBLA)

La palabra traducida como “simple” suele utilizarse para hablar de la peligrosa inocencia de un tonto. פתי en el texto hebreo es una palabra familiar. No es un cumplido.

La palabra se cuelga del cuello de los vagabundos demasiado necios para aprender sobre la vida. Uno es educado para reírse de esos simplones, para asegurarse de no cometer nunca el trágico error de convertirse en uno o parecerse a uno. Cruza la calle si es necesario, porque la vida es demasiado precaria para arriesgarlo todo en compañía de los culpables ignorantes.

Sin embargo, el poeta, con la percepción irónica que es común a esta literatura, ve más profundamente, casi anticipando la visión de Jesús de que la pobreza puede ser el camino hacia Dios en lugar de una barricada que aleja al hombre de él.

Resulta que El Señor preserva al simple, seguramente no al tonto ensimismado e ingenuo de los Proverbios, sino al hombre o a la mujer herido(a) que son conscientes de lo poco que saben. El que no tiene nada que reclamar a nadie. El que rechaza su propia incapacidad, el que desearía ser más inteligente, el que anhela comprender, pero siente que se queda corto. Otra vez.

“Bendito…”, casi podemos oír a Jesús diciendo por adelantado en la voz de los Salmos que conocía tan bien, “…es este tipo de simplón”. Porque aunque deseara ser un hombre mejor, con más conocimientos, YHVH lo rodeará. Lo preservará. Le enseñará.

Eso será suficiente.

La sabiduría bíblica insiste en que la vida es un aula de clases. Aquellos que la viven mejor se involucran en la vida como sus estudiantes.

La lógica de este enfoque de vivir la vida como una experiencia de aprendizaje supone que el camino de las cosas no es inmediatamente evidente. El perezoso y el distraído no le sacarán provecho.

Las cosas que valen la pena requieren un escrutinio prolongado. Las circunstancias y los fenómenos no renuncian rápidamente a su verdad. Lo mejor de la realidad se cocina a fuego lento. El cocinero paciente -y sus seres queridos- disfruta de la comida más rica.

Grandes son las obras del Señor, buscadas por todos los que se deleitan en ellas.

Salmo 111:2 (LBLA)

La primera mitad del verso del salmista podría hacernos anticipar un poco con bombos y platillos en la segunda. Las obras de YHVH son grandes. Uno espera un poco de grandilocuencia, unos fuegos artificiales doxológicos quizás, una música muy fuerte. Anticipamos que el mejor material del Señor, por así decirlo, iluminará los ojos y aguzará los oídos incluso de los más distraídos y lentos. Los transeúntes escucharán el bajo retumbante de nuestra adoración, entrarán y se asombrarán.

Pero este no es el objetivo del poeta.

Por el contrario, las obras de YHVH son tan grandes que piden a gritos una mayor indagación por parte de aquellos cuya pasión despiertan, aquellos que quieren saber más, aquellos que se preocupan lo suficiente como para recorrer el largo camino de la comprensión

Las grandes obras de YHVH son estudiadas por todos los que se deleitan en ellas.

Lo grande no siempre es ruidoso. Lo grande casi nunca es rápido.

Lo grande perdura, seduce, informa y deleita durante toda la vida a los que estudian y persiguen la verdad que las grandes obras esconden bajo su mano.

Nuestra cultura nos entrena para esperar un resumen ejecutivo. La sabiduría bíblica nos pide que leamos todo el libro. Lentamente, volviendo sobre algunas páginas para una segunda y tercera pasada. Garabateando en los márgenes.

Con el tiempo, el judaísmo primitivo acuñó la palabra midrás para denominar ese detenimiento en las cosas importantes que nos recomienda el salmista. La palabra deriva del verbo darás -se puede ver en las consonantes-, las mismas sílabas empleadas por el poeta cuando describe el corazón deleitado estudiando las grandes obras de YHVH.

La vida no nos ofrece ningún sustituto para el aprendizaje paciente, para abordar la vida como un aula de clases, para rechazar la comida rápida en favor del gran y lento plato de la consideración.

La famosa pregunta retórica del octavo salmo está frecuentemente mal interpretada: 

Cuando veo tus cielos, obra de tus dedos, la luna y las estrellas que tú has establecido, digo: ¿Qué es el hombre para que de él te acuerdes, y el hijo del hombre para que lo cuides?

Salmo 8:3-4 (LBLA)

Con demasiada frecuencia se piensa que el ser humano es demasiado insignificante y patético para merecer tal atención divina. En realidad, el contexto sugiere todo lo contrario: hay una gloria intrínseca -aunque velada- en los seres humanos que atrae la mirada de YHWH:

¡Sin embargo, lo has hecho un poco menor que los ángeles, y lo coronas de gloria y majestad! Tú le haces señorear sobre las obras de tus manos; todo lo has puesto bajo sus pies: ovejas y bueyes, todos ellos, y también las bestias del campo, las aves de los cielos y los peces del mar, cuanto atraviesa las sendas de los mares.

Al lado de las enormes dimensiones de la luna y las estrellas, los humanos son criaturas visiblemente pequeñas. Uno no esperaría que YHVH los encontrara fascinantes y dignos de su cuidado. Sin embargo, a pesar de su humilde aspecto, leemos que YHVH los tiene en cuenta, se preocupa por ellos y los ha exaltado por encima del resto de la creación.

Esta fascinación divina por aquellos que los espectadores podrían considerar marginales aparece también en el libro de Isaías.

En un capítulo que está saturado de palabras claves isaianicas tanto para la exaltación como para la humillación, aprendemos que YHVH reside en los extremos paradójicos de su universo:

Porque así dice el Alto y Sublime que vive para siempre, cuyo nombre es Santo: Habito en lo alto y santo, y también con el contrito y humilde de espíritu, para vivificar el espíritu de los humildes y para vivificar el corazón de los contritos.

Isaías 57:15 (LBLA)

La primera traducción de la Biblia hebrea considera escandalosa esta elección de moradas para una deidad elevada y santa como YHVH. El traductor de la Septuaginta, encargado de la inquietante tarea de traducir al griego una obra hebrea de la literatura sagrada tan audaz, se encarga de disimular tranquilamente la conmoción:

Esto dice el Altísimo en alturas, habitando el siglo, Santo en santo, su nombre; Altísimo, en santos reposando; y a pusilánimes dando longanimidad, y dando vida a los del corazón quebrantados.

( LXX Isaías 57:15)[1]

El espíritu generoso de YHVH permanece intacto en la obra de este traductor, pero ciertamente no comparte ni el techo ni el suelo manchado de lágrimas con los objetos de su caridad. El escándalo, tal como lo percibió el traductor de la Septuaginta, arroja una luz sobre la notable insistencia en la Biblia hebrea de que YHVH habita con los quebrantados.

Por otra parte, cerca del final del largo libro llamado Isaías, encontramos la fascinación de YHVH localizada una vez más donde menos podríamos esperar vislumbrarla:

Así dice el Señor: El cielo es mi trono y la tierra el estrado de mis pies. ¿Dónde, pues, está la casa que podríais edificarme? ¿Dónde está el lugar de mi reposo? Todo esto lo hizo mi mano, y así todas estas cosas llegaron a ser —declara el Señor. Pero a este miraré: al que es humilde y contrito de espíritu, y que tiembla ante mi palabra. 

Isaías 66:1-2 (LBLA)

El pasaje posee una estructura retórica similar a los otros dos que he citado. Primero presenta algo grandioso que podría suponerse que representa el objeto preferido de la atención del Señor (el sol, la luna, las moradas altas y santas, el trono y el templo jerosolimitano), y luego afirma que en realidad se preocupa más por algo o alguien que podríamos considerar un detalle marginal -incluso una mancha- de su creación. En todos los casos, YHVH o su portavoz bíblico informan que el Señor se siente más fascinado, más atraído por los seres humanos humildes y/o humillados.

La gloria del complemento-esas luces celestiales, ese alto palacio, ese inmenso trono- no se descarta como algo menos que hermoso o impresionante. Pero juega un papel claramente secundario con respecto a los hijos humanos de YHVH en todas sus dificultades rotas, humildes y penitentes.

Qué consuelo, esto, para lectores como éste, que no somos ajenos al espíritu abatido, a corazones temblando ante su palabra.


[1] Traducción tomada de https://www.bibliatodo.com/la-biblia/Version-septuaginta/isaias-57

Es apropiado que el libro de los Salmos termine justamente con este salmo 150 y que dicho salmo termine con esta doxología totalitaria:

Todo lo que respira alabe al Señor. ¡Aleluya!

Salmo 150:6 (LBLA)

Todos los otros ejemplos de ese tipo de convocación a la alabanza en los salmos que los académicos, desde Hermann Gunkel, han etiquetado como himno, proporcionan un motivo para la doxología a la que llaman a los adoradores congregados o al individuo dispuesto. Ese motivo, esa base para la alabanza suele ser un acto o una cualidad del propio YHVH. Los salmos no le sonríen a la cubierta de la alabanza cuando no hay núcleo. Para ellos no es la constante exaltación de una congregación el alabar más, alabar más fuerte, o alabar mejor. Al contrario, los salmos provocan una alabanza densa. Conoce sus razones.

Hasta el último salmo. El ciento cincuenta, único entre los salmos, no da ninguna razón para la alabanza. Simplemente convoca a los círculos concéntricos de la creación a alabar tan fuerte y tan plenamente como puedan. Si el salmo no proporciona ninguna razón explícita para tal doxología, este fenómeno tiene las razones suficientes.

Parece que el salmo final recoge en su seno las ciento cuarenta y nueve expresiones anteriores de malestar y dolor, de alegría y lamento, de esperanza y desesperación, y las ofrece de nuevo a YHVH en una exuberante alabanza. El salmo, que al principio parece una convocación sin precedentes de alabanza vacía, es exactamente lo contrario. Su alabanza es más densa que cualquier otra. Su doxología recoge todo el aire oxigenado de los tehillim -al fin y al cabo es un libro de alabanzas hasta el detalle del título que se le da- y estalla con un feroz abandono a la presunción de que el lector entenderá lo que pretende.

Desde este punto de vista, parece total y elegantemente apropiado que el verso final de los últimos salmos convoque a todo lo que respira a su alabanza ruidosa y despreocupada. De la alabanza, tal y como los ciento cuarenta y nueve salmos llenan el concepto, nadie debería quedar excluido. De hecho, toda la creación descubre su verdadera vocación precisamente en esa doxología.

No hay nada mejor -nada en lo absoluto, sugiere el salmista- que alabar de esta manera. El dolor y el júbilo, y todo lo demás, ofrecidos a YHVH con los corazones abiertos ante él, constituyen la más alta vocación para todo y todos los que han respirado en la buena tierra de Dios. No hay llamado más denso, más apropiado, más completo en toda la tierra. Sin excepción.