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Posts Tagged ‘Salmo 116’

Sería un error leer en la retórica del Salmo sobre el alma -en hebreo, la נפש (nefesh)- concepciones griegas de un segmento invisible y duradero de la criatura humana. Esto no es así, sobre todo cuando el salmista da órdenes a su alma: “¡Alaba al Señor, alma mía!”, “¡Despierta, alma mía!” y cosas similares.

Con este lenguaje el salmista se dirige a toda su persona, a toda su vida, a su propia existencia. Lejos de segmentar a la persona humana, el lenguaje hebreo del alma trata al ser humano como una unidad integrada, aunque a menudo una unidad que debe luchar para descubrirse a sí misma, para ver a través del torrente de emociones, sentimientos y pensamientos que amenaza con disecarnos en lugar de unirnos.

El salmo ciento dieciséis se deleita en el hecho de que YHVH realmente escucha nuestro clamor. Las circunstancias conspiran, con mucha frecuencia, para situar ese resultado muy por encima de lo que los sociólogos nos han enseñado a entender como nuestras estructuras de plausibilidad. En la angustia, nos sentimos solos, abandonados, sin esperanza. Que Dios nos escuche parece ridículo, después de que nuestros quejidos hayan golpeado su puerta durante tanto tiempo sin que se produzca ningún movimiento en su interior.

Por eso, el rescate divino se produce casi siempre por sorpresa, por mucho que lo hayamos experimentado antes. Una nueva crisis, por definición, nos obliga a recorrer el camino de la desesperación como si fuera la primera vez. Construimos músculos que nos ayudan a hacerlo, una memoria que nos sugiere en silencio que el camino lleva a alguna parte. Sin embargo, lo recorremos siempre como una ruta nueva, amenazante en su soledad insensible.

Cuando YHVH efectivamente escucha, actúa y libera, el salmista se vuelve competente -una vez familiarizado con el patrón- para hablar del reposo del alma:

Vuelve, alma mía, a tu reposo,
porque el Señor te ha colmado de bienes. 

Salmo 116:7 (LBLA)

La incursión del Seol en la vida de los vivos -sobre esto el difunto Bernhard Anderson ha sido particularmente elocuente- es rechazada. Uno recupera la salud, los compañeros, incluso la capacidad de percibir que la vida en este mundo -no sólo en una anhelada liberación del dolor o en un mundo alternativo etéreo- puede ser buena.

Este es el reposo, el regalo de YHVH. Por desgracia, se encuentra al final del camino que acabamos de describir, no al principio. Los que lo encuentran -incluso cuando bailan- siempre tienen las mejillas mojadas de lágrimas.

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Jesús eleva de forma memorable un estatus que se considera muy lamentable.

Bienaventurados los pobres en espíritu, pues de ellos es el reino de los cielos.

Mateo 5:3 (LBLA)

Nadie quiere estar tan empobrecido. Destrozado, abatido bajo una carga insoportable, desprovisto de fuerza emocional. Es un estado que hay que evitar cuando es posible, lamentar cuando no, sobrevivir si se puede.

O eso creíamos, hasta que Jesús nos enseñó que para tener derecho en el gobierno de su Padre en este mundo y en el siguiente es necesario experimentar ese tipo de pobreza.

El salmista, mucho antes de que Jesús pronunciara su cadena de bendiciones sobre los sujetos más inverosímiles, dio un giro similar.

El Señor guarda a los sencillos; estaba yo postrado y me salvó.

Salmo 116:6 (LBLA)

La palabra traducida como “simple” suele utilizarse para hablar de la peligrosa inocencia de un tonto. פתי en el texto hebreo es una palabra familiar. No es un cumplido.

La palabra se cuelga del cuello de los vagabundos demasiado necios para aprender sobre la vida. Uno es educado para reírse de esos simplones, para asegurarse de no cometer nunca el trágico error de convertirse en uno o parecerse a uno. Cruza la calle si es necesario, porque la vida es demasiado precaria para arriesgarlo todo en compañía de los culpables ignorantes.

Sin embargo, el poeta, con la percepción irónica que es común a esta literatura, ve más profundamente, casi anticipando la visión de Jesús de que la pobreza puede ser el camino hacia Dios en lugar de una barricada que aleja al hombre de él.

Resulta que El Señor preserva al simple, seguramente no al tonto ensimismado e ingenuo de los Proverbios, sino al hombre o a la mujer herido(a) que son conscientes de lo poco que saben. El que no tiene nada que reclamar a nadie. El que rechaza su propia incapacidad, el que desearía ser más inteligente, el que anhela comprender, pero siente que se queda corto. Otra vez.

“Bendito…”, casi podemos oír a Jesús diciendo por adelantado en la voz de los Salmos que conocía tan bien, “…es este tipo de simplón”. Porque aunque deseara ser un hombre mejor, con más conocimientos, YHVH lo rodeará. Lo preservará. Le enseñará.

Eso será suficiente.

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