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Posts Tagged ‘Salmo 150’

Es apropiado que el libro de los Salmos termine justamente con este salmo 150 y que dicho salmo termine con esta doxología totalitaria:

Todo lo que respira alabe al Señor. ¡Aleluya!

Salmo 150:6 (LBLA)

Todos los otros ejemplos de ese tipo de convocación a la alabanza en los salmos que los académicos, desde Hermann Gunkel, han etiquetado como himno, proporcionan un motivo para la doxología a la que llaman a los adoradores congregados o al individuo dispuesto. Ese motivo, esa base para la alabanza suele ser un acto o una cualidad del propio YHVH. Los salmos no le sonríen a la cubierta de la alabanza cuando no hay núcleo. Para ellos no es la constante exaltación de una congregación el alabar más, alabar más fuerte, o alabar mejor. Al contrario, los salmos provocan una alabanza densa. Conoce sus razones.

Hasta el último salmo. El ciento cincuenta, único entre los salmos, no da ninguna razón para la alabanza. Simplemente convoca a los círculos concéntricos de la creación a alabar tan fuerte y tan plenamente como puedan. Si el salmo no proporciona ninguna razón explícita para tal doxología, este fenómeno tiene las razones suficientes.

Parece que el salmo final recoge en su seno las ciento cuarenta y nueve expresiones anteriores de malestar y dolor, de alegría y lamento, de esperanza y desesperación, y las ofrece de nuevo a YHVH en una exuberante alabanza. El salmo, que al principio parece una convocación sin precedentes de alabanza vacía, es exactamente lo contrario. Su alabanza es más densa que cualquier otra. Su doxología recoge todo el aire oxigenado de los tehillim -al fin y al cabo es un libro de alabanzas hasta el detalle del título que se le da- y estalla con un feroz abandono a la presunción de que el lector entenderá lo que pretende.

Desde este punto de vista, parece total y elegantemente apropiado que el verso final de los últimos salmos convoque a todo lo que respira a su alabanza ruidosa y despreocupada. De la alabanza, tal y como los ciento cuarenta y nueve salmos llenan el concepto, nadie debería quedar excluido. De hecho, toda la creación descubre su verdadera vocación precisamente en esa doxología.

No hay nada mejor -nada en lo absoluto, sugiere el salmista- que alabar de esta manera. El dolor y el júbilo, y todo lo demás, ofrecidos a YHVH con los corazones abiertos ante él, constituyen la más alta vocación para todo y todos los que han respirado en la buena tierra de Dios. No hay llamado más denso, más apropiado, más completo en toda la tierra. Sin excepción.

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A medida que avanza el salterio por la recta final hacia el salmo 150, se quita los guantes. La doxología se calienta a máximo fervor, cava hasta los cimientos, invoca incluso a los poderes invisibles y convoca a las luces del cielo.


¡Aleluya! Alabad al Señor desde los cielos; alabadle en las alturas. Alabadle, todos sus ángeles;
alabadle, todos sus ejércitos.
Alabadle, sol y luna; alabadle, todas las estrellas luminosas. Alabadle, cielos de los cielos, y las aguas que están sobre los cielos.
Alaben ellos el nombre del Señor, pues Él ordenó y fueron creados; los estableció eternamente y para siempre, les dio ley que no pasará.

Salmo 148:1-6 LBLA

En el antiguo contexto israelita, invocar al sol y a la luna para alabar a su Hacedor es valiente: frecuentemente se les adoraba como a dioses. Esto también es polémico: Se les pone en su sitio.

En opinión del salmista, no parece importarles, aunque los adoradores de los cuerpos celestes podrían disentir. El salmista se imagina las luces del cielo alabando a YHVH a todo pulmón simplemente por el privilegio de haber sido creadas por orden suya para poder hacerlo.

Se nos pide que aceptemos que no hay ningún rincón del cielo o de la tierra donde se impida adecuadamente la alabanza. Si hay guerra en el cielo, conspiraciones celestiales en marcha, son olvidadas mientras el salmista se adelanta a decir cómo deberían ser las cosas. Cómo serán las cosas.

Los más asombrosos, los más poderosos, los altos y casi santos, incluso estos estallan en canciones cuando llega su momento. Ellos conocen su lugar y se alegran de él.

Cuánto más nosotros los mortales, elevados como estamos ahora, para cantar sin demasiada vergüenza con nuestras pequeñas voces, manos temblorosas, y tristes ayeres.

Tal vez Él nos mandó también a la existencia para que pudiéramos cantar así, con los ojos húmedos porque aún no estamos del todo en casa.

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