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Posts Tagged ‘biblia’

El libro del Éxodo ofrece algunas escenas extrañas y enigmáticas de la vida de Moisés, el libertador y legislador de Israel. Curiosamente, su antigua esposa, la madianita Séfora, interviene en más de una de ellas.

El narrador nos permite tropezar con detalles que creemos que deberíamos haber sabido, pero que no conocemos. Por ejemplo, el hecho de que Moisés había «despedido» no sólo a Séfora, sino también a los dos hijos que le había dado.

Con toda naturalidad, su padre Jetro los trae de vuelta:

Entonces Jetro, suegro de Moisés, tomó a Séfora, mujer de Moisés, después que este la había enviado a su casa, y a sus dos hijos, uno de los cuales se llamaba Gersón, pues Moisés había dicho: He sido peregrino en tierra extranjera, y el nombre del otro era Eliezer, pues había dicho: El Dios de mi padre fue mi ayuda y me libró de la espada de Faraón. Y vino Jetro, suegro de Moisés, con los hijos y la mujer de Moisés al desierto, donde este estaba acampado junto al monte de Dios. Y mandó decir a Moisés: Yo, tu suegro Jetro, vengo a ti con tu mujer y sus dos hijos con ella. Salió Moisés a recibir a su suegro, se inclinó y lo besó; y se preguntaron uno a otro cómo estaban, y entraron en la tienda. Y Moisés contó a su suegro todo lo que el Señor había hecho a Faraón y a los egipcios por amor a Israel, todas las dificultades que les habían sobrevenido en el camino y cómo los había librado el Señor. Y se alegró Jetro de todo el bien que el Señor había hecho a Israel, al librarlo de la mano de los egipcios. 

Aunque es capaz de alegrarse sinceramente de lo bien que YHVH ha pastoreado a sus hebreos por territorio hostil, Jetro no es un devoto del monoteísmo israelita clásico. Sin embargo, el jovial pariente político de Moisés es capaz de reconocer algo bueno cuando lo ve. En una notable muestra de espíritu ecuménico -manifestado no sólo por Jetro, sino también por sus amigos hebreos-, Jetro se une a los rituales previos al Sinaí por los que parece que hay que dar las gracias a YHVH. Acercándose a las afirmaciones bíblicas sobre la unicidad de YHVH, Jetro se declara persuadido de que YHVH es ‘mayor que todos los dioses’:

Entonces Jetro dijo: Bendito sea el Señor que os libró de la mano de los egipcios y de la mano de Faraón, y que libró al pueblo del poder de los egipcios. Ahora sé que el Señor es más grande que todos los dioses; ciertamente, esto se probó cuando trataron al pueblo con arrogancia. Y Jetro, suegro de Moisés, tomó un holocausto y sacrificios para Dios, y Aarón vino con todos los ancianos de Israel a comer con el suegro de Moisés delante de Dios.

Es posible que logremos reprimir nuestra sorpresa inicial ante la generosidad del texto hacia un no israelita, de quien cabría esperar que se sintiera distanciado de Moisés por los detalles del trato que éste podría haber dispensado a su hija y a los hijos de ella. Incluso se podría ver la acogida que recibe en asuntos rituales que normalmente se consideran asuntos internos como un gesto inclusivo no sin precedentes en un sistema religioso por lo demás riguroso.

Sin embargo, lo que sigue es positivamente asombroso. Jetro, el madianita, no sólo se convierte en observador de la gestión político-burocrática que Moisés hace de las quejas y altercados de su pueblo. También los critica con considerable severidad e incluso convence al emergente Israel de que reestructure su modelo y sus procesos de liderazgo.

Cuando el suegro de Moisés vio todo lo que él hacía por el pueblo, dijo: ¿Qué es esto que haces por el pueblo? ¿Por qué juzgas tú solo, y todo el pueblo está delante de ti desde la mañana hasta el atardecer? Y respondió Moisés a su suegro: Porque el pueblo viene a mí para consultar a Dios. Cuando tienen un pleito, vienen a mí, y yo juzgo entre uno y otro, dándoles a conocer los estatutos de Dios y sus leyes. Y el suegro de Moisés le dijo: No está bien lo que haces. Con seguridad desfallecerás tú, y también este pueblo que está contigo, porque el trabajo es demasiado pesado para ti; no puedes hacerlo tú solo. Ahora, escúchame; yo te aconsejaré, y Dios estará contigo. Sé tú el representante del pueblo delante de Dios, y somete los asuntos a Dios. Y enséñales los estatutos y las leyes, y hazles saber el camino en que deben andar y la obra que han de realizar. Además, escogerás de entre todo el pueblo hombres capaces, temerosos de Dios, hombres veraces que aborrezcan las ganancias deshonestas, y los pondrás sobre el pueblo como jefes de mil, de cien, de cincuenta y de diez. Y que juzguen ellos al pueblo en todo tiempo; y que traigan a ti todo pleito grave, pero que ellos juzguen todo pleito sencillo. Así será más fácil para ti, y ellos llevarán la carga contigo. Si haces esto, y Dios te lo manda, tú podrás resistir y todo este pueblo por su parte irá en paz a su lugar.

En el contexto de la muy particular redención de YHVH de sus hebreos de su esclavitud, incluso de su extracción de la masa de la humanidad y las naciones como un contingente especial y sacerdotal que viviría sus días en intimidad con Él, la inserción de Jetro en el alma del pueblo es asombrosa. El texto permite suponer que el consejo vendrá de fuentes inesperadas, y que su utilidad no se verá mermada por su origen fuera del campamento. Jetro, impresionado por la deidad de Israel pero que no es un monoteísta cerrado, da forma a las tribus de YHVH con una buena palabra en el momento oportuno.

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El libro del Éxodo ofrece algunas escenas extrañas y enigmáticas de la vida de Moisés, el libertador y legislador de Israel. Curiosamente, su esposa, la madianita Séfora, interviene en más de una de ellas.

El narrador nos permite tropezar con detalles que creemos que deberíamos haber sabido, pero que no conocemos. Por ejemplo, el hecho de que Moisés había «despedido» no sólo a Séfora, sino también a los dos hijos que le había dado.

Con toda naturalidad, su padre Jetro los trae de vuelta:

Entonces Jetro, suegro de Moisés, tomó a Séfora, mujer de Moisés, después que este la había enviado a su casa, y a sus dos hijos, uno de los cuales se llamaba Gersón, pues Moisés había dicho: He sido peregrino en tierra extranjera, y el nombre del otro era Eliezer, pues había dicho: El Dios de mi padre fue mi ayuda y me libró de la espada de Faraón. Y vino Jetro, suegro de Moisés, con los hijos y la mujer de Moisés al desierto, donde este estaba acampado junto al monte de Dios. Y mandó decir a Moisés: Yo, tu suegro Jetro, vengo a ti con tu mujer y sus dos hijos con ella. Salió Moisés a recibir a su suegro, se inclinó y lo besó; y se preguntaron uno a otro cómo estaban, y entraron en la tienda. Y Moisés contó a su suegro todo lo que el Señor había hecho a Faraón y a los egipcios por amor a Israel, todas las dificultades que les habían sobrevenido en el camino y cómo los había librado el Señor. Y se alegró Jetro de todo el bien que el Señor había hecho a Israel, al librarlo de la mano de los egipcios. 

Aunque es capaz de alegrarse sinceramente de lo bien que YHVH ha pastoreado a sus hebreos por territorio hostil, Jetro no es un devoto del monoteísmo israelita clásico. Sin embargo, el jovial pariente político de Moisés es capaz de reconocer algo bueno cuando lo ve. En una notable muestra de espíritu ecuménico -manifestado no sólo por Jetro, sino también por sus amigos hebreos-, Jetro se une a los rituales previos al Sinaí por los que parece que hay que dar las gracias a YHVH. Acercándose a las afirmaciones bíblicas sobre la unicidad de YHWV, Jetro se declara persuadido de que YHVH es ‘mayor que todos los dioses’:

Entonces Jetro dijo: Bendito sea el Señor que os libró de la mano de los egipcios y de la mano de Faraón, y que libró al pueblo del poder de los egipcios. Ahora sé que el Señor es más grande que todos los dioses; ciertamente, esto se probó cuando trataron al pueblo con arrogancia. Y Jetro, suegro de Moisés, tomó un holocausto y sacrificios para Dios, y Aarón vino con todos los ancianos de Israel a comer con el suegro de Moisés delante de Dios.

Es posible que logremos reprimir nuestra sorpresa inicial ante la generosidad del texto hacia un no israelita, de quien cabría esperar que se sintiera distanciado de Moisés por los detalles del trato que éste podría haber dispensado a su hija y a los hijos de ella. Incluso se podría ver la acogida que recibe en asuntos rituales que normalmente se consideran asuntos internos como un gesto inclusivo no sin precedentes en un sistema religioso por lo demás riguroso.

Sin embargo, lo que sigue es positivamente asombroso. Jetro, el madianita, no sólo se convierte en observador de la gestión político-burocrática que Moisés hace de las quejas y altercados de su pueblo. También los critica con considerable severidad e incluso convence al emergente Israel de que reestructure su modelo y sus procesos de liderazgo.

Cuando el suegro de Moisés vio todo lo que él hacía por el pueblo, dijo: ¿Qué es esto que haces por el pueblo? ¿Por qué juzgas tú solo, y todo el pueblo está delante de ti desde la mañana hasta el atardecer? Y respondió Moisés a su suegro: Porque el pueblo viene a mí para consultar a Dios. Cuando tienen un pleito, vienen a mí, y yo juzgo entre uno y otro, dándoles a conocer los estatutos de Dios y sus leyes. Y el suegro de Moisés le dijo: No está bien lo que haces. Con seguridad desfallecerás tú, y también este pueblo que está contigo, porque el trabajo es demasiado pesado para ti; no puedes hacerlo tú solo. Ahora, escúchame; yo te aconsejaré, y Dios estará contigo. Sé tú el representante del pueblo delante de Dios, y somete los asuntos a Dios. Y enséñales los estatutos y las leyes, y hazles saber el camino en que deben andar y la obra que han de realizar. Además, escogerás de entre todo el pueblo hombres capaces, temerosos de Dios, hombres veraces que aborrezcan las ganancias deshonestas, y los pondrás sobre el pueblo como jefes de mil, de cien, de cincuenta y de diez. Y que juzguen ellos al pueblo en todo tiempo; y que traigan a ti todo pleito grave, pero que ellos juzguen todo pleito sencillo. Así será más fácil para ti, y ellos llevarán la carga contigo. Si haces esto, y Dios te lo manda, tú podrás resistir y todo este pueblo por su parte irá en paz a su lugar.

En el contexto de la muy particular redención de YHVH de sus hebreos de su esclavitud, incluso de su extracción de la masa de la humanidad y las naciones como un contingente especial y sacerdotal que viviría sus días en intimidad con Él, la inserción de Jetro en el alma del pueblo es asombrosa. El texto permite suponer que el consejo vendrá de fuentes inesperadas, y que su utilidad no se verá mermada por su origen fuera del campamento. Jetro, impresionado por la deidad de Israel pero que no es un monoteísta cerrado, da forma a las tribus de YHVH con una buena palabra en el momento oportuno.

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En Éxodo 15, Moisés y Miryam cantan una canción cada uno. Avanzando tambaleantes desde la violenta salvación del Yam Suf (el «Mar de las Cañas»), con los gritos de los egipcios que se ahogaban todavía pegados a ellos como el humo a la ropa de un sobreviviente, los esclavos hebreos fugados cantan.

Y ¡cómo! Las canciones de Moisés y Miryam estallan en agradecimiento. Más de una pizca de Schadenfreude acelera el ritmo. Moisés imagina a toda la tierra contemplando la escena, acobardada ante la aparición de un pueblo favorecido por Dios:

Lo han oído los pueblos y tiemblan;
el pavor se ha apoderado de los habitantes de Filistea.
Entonces se turbaron los príncipes de Edom;
los valientes de Moab se sobrecogieron de temblor;
se acobardaron todos los habitantes de Canaán.
Terror y espanto cae sobre ellos;
por la grandeza de tu brazo quedan inmóviles, como piedra,
hasta que tu pueblo pasa, oh Señor,
hasta que pasa el pueblo que tú has comprado. 

Miryam coge una pandereta y se pone a bailar. Las «hijas de Israel» la siguen. Todo se convierte en movimiento y canto, una celebración de acción de gracias por parte de bailarines que no pueden olvidar cómo -hace apenas un momento- todo parecía perdido, atrapado entre los aurigas egipcios y las aguas infranqueables. La canción de la salvación, cuando se canta tan alto, a menudo esconde en sus sombras bolsas de frenesí, de exceso, de amor, de fiesta. Cuando todas las hijas de una nación bailan, los hombres rara vez se quedan quietos.

Los eruditos bíblicos encuentran en el hebreo arcaico de canciones como ésta -y la canción de Débora, en Jueces 5- algunas de las primeras palabras de la Biblia hebrea. Generaciones las cantan, porque han llegado a sonar pintorescas y poderosas, sin actualizar el lenguaje de una época anterior. Se deleitan con acentos y sílabas cuya rareza les confiere una especie de autoridad que traslada la acción de YHVH en aquel viejo tiempo a este momento, a este ahora, a este aquí.

Qué extraño, entonces, que la murmuración de Éxodo 16 siga al canto y la danza del capítulo que es su precursor. De repente, los hijos e hijas de Israel pronuncian el nombre de YHVH no con gratitud, sino con las amargas palabras del resentimiento causado por el miedo. Uno se pregunta si la danza pareció ridícula y prematura en una mañana posterior, cargada de decepción.

Y toda la congregación de los hijos de Israel murmuró contra Moisés y contra Aarón en el desierto. Y los hijos de Israel les decían: Ojalá hubiéramos muerto a manos del Señor en la tierra de Egipto cuando nos sentábamos junto a las ollas de carne, cuando comíamos pan hasta saciarnos; pues nos habéis traído a este desierto para matar de hambre a toda esta multitud.

La caída libre del canto de salvación a la amarga murmuración es una trayectoria familiar para los lectores de la Biblia Hebrea y del Nuevo Testamento. Por desgracia, su fluida arquitectura cuesta abajo ocupa un lugar destacado en la creciente edificación que es Israel. Arcos, balaustradas y escombros están hechos de la misma materia.

También en el Nuevo Testamento, el desaliento proyecta una intención dañina sobre «los que nos trajeron aquí». La cantidad de palabras apostólicas escritas para contrarrestar los chismes y las murmuraciones identifican estos hábitos como algo más que hipotéticas amenazas para el bienestar de una comunidad.

Los címbalos sonaban mientras Miryam y sus hermanas bailaban.

Un sonido diferente y estridente llegó muy pronto. El canto de la salvación es con bastante frecuencia un preludio.

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Una lectura cristiana del libro llamado Isaías no debería provocar una sorpresa constante. Y, sin embargo, lo hace.

Recordemos que Jesús dijo a una samaritana que «la salvación viene de los judíos».

Vosotros adoráis lo que no conocéis; nosotros adoramos lo que conocemos, porque la salvación viene de los judíos (ε͗κ τῶν Ἰουδαίων).


Juan 4.22 (LBLA, Texto griego insertado y énfasis añadido)

En su contexto, la profunda impresión que Jesús deja en los vecinos de esta samaritana desmiente la idea de que los no judíos queden excluidos de la salvación en cuestión. Sin embargo, los orígenes de esta «salvación» -humanamente hablando- apenas son dudosos para el escritor del Cuarto Evangelio.

Esta afirmación de una secuencia salvífica digna de una cuidadosa consideración no es una excepción. El apóstol más famoso del Nuevo Testamento, en medio de una de sus recurrentes luchas con la interrelación de judíos y gentiles en la economía del Dios de Jacob, emplea una frase que le será útil más de una vez. 

Porque no me avergüenzo del evangelio, pues es el poder de Dios para la salvación de todo el que cree; del judío primeramente y también del griego (Ἰουδαίῳ τε πρῶτον καὶ Ἕλληνι).

Romanos 1:16 (LBLA, Texto griego insertado y énfasis añadido)

Aquí el singular colectivo representa dos veces a masas de personas. Es probable que esto indique la confianza del apóstol en que se trata de una forma arraigada de hacer las cosas, independiente de la manipulación humana, que se reproduce en casos individuales una y otra vez.

Es bastante fácil imaginar que esta secuenciación soteriológica sustituye de algún modo a un nacionalismo judío arraigado previamente en la proclamación cristiana primitiva, abriendo una puerta que antes había permanecido cerrada a los no judíos y asegurando al mismo tiempo que no se subestimara su privilegio. De hecho, mis alumnos me dicen todo el tiempo que así son las cosas. 

Sin embargo, no parece que ésta fuera la manera en que los primeros teólogos cristianos leyeron sus fuentes en la Biblia hebrea.

Más bien parece que la hermenéutica cristiana primitiva descubrió esta secuencia -este anclaje de la salvación expansiva en la particularidad judía- en el influyente libro de Isaías, así como en otros textos judíos. Por ejemplo, el capítulo sesenta de Isaías fija su mirada y dirige su promesa a la Sión restaurada que imagina en algunas de las poesías más elevadas y líricas del libro. 

El transformación en beneficio de Sión se menciona al final del capítulo:

Vendrán a ti humillados los hijos de los que te afligieron, se postrarán a las plantas de tus pies todos los que te despreciaban, y te llamarán Ciudad del Señor, Sión del Santo de Israel.
Por cuanto tú estabas abandonada y aborrecida, sin que nadie pasara por ti, haré de ti gloria eterna, gozo de generación en generación. 
Y mamarás la leche de las naciones, al pecho de los reyes mamarás; entonces sabrás que yo, el Señor, soy tu Salvador y tu Redentor, el Poderoso de Jacob.

Isaías 60.14-16 (LBLA)

Sin embargo, esta conmovedora inversión no debe leerse como una transformación que se produce en detrimento de las naciones que ahora nutren a Sión.

Más bien, los versículos iniciales del capítulo se refieren a Sión iluminada y glorificada de una manera que atrae a los pueblos a modo de promesa secundaria y bendición secuenciada. El destinatario en segunda persona del singular es sin duda la ciudad restaurada.

Levántate, resplandece, porque ha llegado tu luz y la gloria del Señor ha amanecido sobre ti.Porque he aquí, tinieblas cubrirán la tierra y densa oscuridad los pueblos; pero sobre ti amanecerá el Señor, y sobre ti aparecerá su gloria.

Isaías 60:1-3 (NRSV)

Pasajes como éste dirigen la secuencia y anclan la luz de «las naciones» de un modo que fácilmente podría haber inspirado, informado e incluso dado forma a la proclamación neotestamentaria de un movimiento de Jesús que, según las apariencias, se sorprendía a sí mismo a cada paso por la respuesta de los no judíos, y luego se dedicaba a la ardua tarea de cómo integrar a esa «gente nueva» en una familia que comenzó como una rama del judaísmo.

Vendrían tiempos difíciles en ese proceso que los estudiosos suelen identificar como «la separación de los caminos». Sin embargo, es a la vez aleccionador y fascinante observar la forma en que los primeros predicadores y evangelistas del movimiento de Jesús se encontraron leyendo las Escrituras judías de una manera que parece coherente incluso para (algunos) historiadores modernos del Camino.

Resulta que los administradores de esos odres nuevos que los primeros seguidores judíos de Jesús consideraban necesarios para la conservación del vino nuevo no imaginaban que todo se había convertido en algo distinto de lo que había sido. El vigor de su recién descubierta consideración por Jesús resucitado los llevó de nuevo a libros antiguos como el que llamaban «Isaías», para encontrar allí la misma secuencia de salvación, el mismo anclaje de la luz en la revelación de YHVH al propio Israel que infundió la enseñanza de su Señor y la escritura de sus apóstoles.

La noción de que «la salvación viene de los judíos» se pondría a prueba y a menudo se descartaría en los siglos posteriores, hasta el nuestro incluido. Sin embargo, a este lector cristiano de Isaías le resulta difícil imaginar que esta secuencia, este anclaje de la «fe en Jesús» en la experiencia judía, pueda descartarse sin inventar una nueva religión que esté o vaya a estar a la deriva de sus anclajes.

Por ese camino habitan dragones.

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Desde el momento en que se presenta al siervo de YHVH en 42.1, hay un indicio de que la carrera del siervo será ardua. De hecho, la fórmula de presentación en 42.1 lo dice con su primer aliento:

הן עבדי אתמך־בו
He aquí mi Siervo, a quien yo sostengo…

Isaías 42.1 (LBLA)

La promesa de YHVH de sostener (תמך) requiere que imaginemos la resistencia al trabajo del siervo, la debilidad potencial del propio siervo, o ambas cosas.

No es de extrañar, pues, que los pasajes que siguen abunden en promesas de YHVH de suministrar todo lo que el siervo necesitará para que persevere hasta la conclusión de la agenda que se le ha asignado.

El capítulo cuarenta y cuatro continúa esta secuencia de promesas, aferrándose a la identidad comunitaria o colectiva del curiosamente llamado «siervo», al tiempo que pinta con nuevos colores las circunstancias de su aventura.

Mas ahora escucha, Jacob, siervo mío, Israel, a quien yo he escogido. Así dice el Señor que te creó, que te formó desde el seno materno, y que te ayudará: «No temas, Jacob, siervo mío, ni tú, Jesurún, a quien he escogido.


Porque derramaré agua sobre la tierra sedienta, y torrentes sobre la tierra seca; derramaré mi Espíritu sobre tu posteridad, y mi bendición sobre tus descendientes.
Ellos brotarán entre la hierba como sauces junto a corrientes de agua». Este dirá: «Yo soy del Señor»,
otro invocará el nombre de Jacob, y otro escribirá en su mano: «Del Señor soy» y se llamará con el nombre de Israel. 

Isaías 44:1-5 (LBLA)

El oráculo inicial del capítulo, citado más arriba, proporciona elementos esenciales para una comprensión global de la figura del siervo en el libro llamado Isaías. Característicamente, lo hace de forma progresiva y en un dialecto de metáforas ricas y complejas.

En primer lugar, encontramos una seguridad adicional en una llamada clásica a superar el miedo – «No temas, Jacob, siervo mío…»- de que no se debe dar más importancia de la debida a un peligro evidente en el contexto de la presencia y la provisión de YHVH. Se mantiene así el tono tranquilizador que ha acompañado al discurso del siervo desde el principio.

Además, encontramos imágenes superpuestas relativas a la provisión de agua en un desierto, por un lado, y a los descendientes/la descendencia, por otro. Éstas se presentan de forma secuencial y se mezclan un momento después, cuando los descendientes/la descendencia mencionados brotan como tamariscos y sauces como consecuencia de la irrigación del desierto por parte de YHVH.

Este juego de imágenes se enriquece aún más al darse cuenta de que el espíritu de YHVH y el agua que proporciona parecen ser dos formas de hablar de la misma cosa.

Por último, el texto abandona el imaginario vegetal con la misma rapidez con la que la había introducido para volver al tema de las personas. Cuando lo hace, nos enteramos de que los hijos del siervo Jacob/Israel que aparecen de repente son en realidad los vástagos de otras naciones que ahora -sorprendentemente- adoptan el nombre de Israel.

El impacto global de este oráculo que complementa el discurso precedente del siervo es extraordinario. La referencia al espíritu de YHVH parece ciertamente un eco de ese espíritu saturador que se posa sobre el prole de Jesé del capítulo 11, quizá vinculando al siervo colectivo de Jacob/Israel con esa figura regia bastante individual. Y el regreso del siervo provisto por YHVH -si éste es el movimiento que debemos imaginar- crea de algún modo un Jacob/Israel más complejo en el acto mismo de su potencialmente agotadora travesía del desierto.

Los hijos descienden de sus padres, pero pertenecen a un pueblo diferente. YHVH, que apoya y sostiene a su siervo, se encargará de ello. La tarea es dura, pero el resultado está asegurado. El siervo es vulnerable, pero extrañamente enriquecido con hijas e hijos que no tuvo en Babilonia ni trajo de ese lugar pronto olvidado. Sin embargo, aquí están, llamándose a sí mismos con los nombres de YHVH, más hijos e hijas que primos recién descubiertos.

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Del mismo modo que el libro llamado Isaías juega con los conceptos de la fuerza de YHVH y su provisión de fuerza a Jacob/Israel, el discurso del libro sobre el siervo de YHVH hace un uso ingenioso de los conceptos de mansedumbre, debilidad y mortecinidad.

La presentación formal del siervo de YHVH en el capítulo 42 inicia esta interacción de conceptos a través de temas paralelos.

He aquí mi Siervo, a quien yo sostengo, mi escogido, en quien mi alma se complace. He puesto mi Espíritu sobre Él; Él traerá justicia a las naciones.No clamará ni alzará su voz, ni hará oír su voz en la calle. No quebrará la caña cascada, ni apagará el pabilo mortecino (פשתה כהה); con fidelidad traerá justicia.
No se desanimará (לא יכהה) ni desfallecerá hasta que haya establecido en la tierra la justicia, y su ley esperarán las costas.

Isaías 42.1-4 (LBLA, Texto hebreo y énfasis añadido)

La tarea y el logro final del siervo se describen como un formidable establecimiento de la justicia en muchas naciones, incluso «en la tierra» (LBLA). En circunstancias normales, cabría esperar que tal hazaña dependiera de la aplicación de una gran fuerza.

Pero no en este caso. Por el contrario, el siervo no apagará «el pabilo mortecino». La expresión emplea el verbo כהה. La metáfora se entiende mejor como la presentación de una persona o una población cansada o desanimada. Se nos pide que imaginemos que el sometimiento de ese pueblo a las condiciones de la justicia no aplastará a los miembros desanimados o vulnerables de su población.

Uno esperaría que la metáfora, una vez cumplida su función, desapareciera. Pero no es así.

Por el contrario, el versículo siguiente insinúa la propia vulnerabilidad de los siervos y la perseverancia efectiva que triunfará sobre ella. La misma raíz se utiliza ahora como verbo. El siervo ‘no desfallecerá’ (לא יכהה). La oscilación en la LBLA entre la naturaleza metafórica del pabilo «mortecino» y la negativa del siervo a «desfallecer» es quizá una concesión necesaria a las exigencias de la traducción. Lamentablemente, sacrifica el juego de palabras que vincula a los miembros débiles entre las naciones que no serán aplastados en el curso de la administración o imposición de justicia del siervo a la propia negativa del siervo a ceder ante el agotamiento con que se entiende que le amenaza su tarea.

No será la última vez que el arte verbal sirva para vincular profundamente al siervo de YHVH con la identidad del propio YHVH o con la de los seres humanos que se verán afectados por su vocación. En este caso, la gentil disposición del siervo hacia los objetos de su vocación y la vulnerabilidad que comparte con ellos, pero que de algún modo supera, conspiran para unir a los dos sujetos en una solidaridad notable, aunque sutilmente sugerente.

Todo esto ocurre en el contexto de la administración de justicia que da forma al mundo y lo transforma, y que el siervo de YHVH parece «sacar» de Sión en beneficio de las naciones que, por su parte, esperan la instrucción que dará forma a su nuevo futuro.

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El trigésimo capítulo del libro de Isaías denuncia la irónica dependencia de Jacob/Israel de Egipto, su antiguo e icónico captor.

Frente a las amenazas políticas contemporáneas, el pueblo se siente extrañamente atraído por el supuesto refugio de Egipto contra la tormenta.

¡Qué lástima!, dice el profeta, ese rechazo de la protección que está más cerca de casa, esa preferencia por un santuario sin valor en el abrazo de un imperio; es sólo el asalto de una tormenta diferente y más peligrosa sobre una nación que se tambalea ignorante.

Por tanto, así dice el Santo de Israel: Ya que habéis desechado esta palabra, y habéis confiado en la opresión y en el engaño, y os habéis apoyado en ellos, por eso esta iniquidad será para vosotros
como muro agrietado a punto de caer, como abultamiento en una pared alta, cuya caída viene de repente, en un instante. Su caída es como el romper de una vasija de alfarero, despedazada sin piedad;
no se halla entre sus pedazos ni un tiesto para tomar fuego del hogar o para sacar agua de una cisterna.

Isaías 30:12-14 (LBLA)

Dos metáforas se agitan inquietas en la denuncia del oráculo. Primero un muro, luego una vasija.

Lo que comparten es la utilidad cotidiana que ofrecen: protección, primero, y provisión, después. Tal vez su utilidad cotidiana -imaginada en lugar de articulada- tenga por objeto contrarrestar la supuesta inutilidad de Egipto.

Sin embargo, vemos cómo se sacrifica su utilidad: Muro y vasija, dos elementos básicos de la vida cotidiana, yacen ahora destrozados hasta quedar irreconocibles. 

Es «esta iniquidad» (העון הזה) lo que se describe en las dos metáforas. Sin embargo, no está del todo claro si debemos entender que la ofensa de Jacob/Israel será aplastada o -alternativamente- que el pueblo mismo se derrumbará a causa de su iniquidad. El texto no parece preocuparse por aclarar este punto.

Lo que sí está claro es la cascada de descriptores. Aquí, el pasaje de nuevo con énfasis añadido:

…por eso esta iniquidad será para vosotros como muro agrietado a punto de caer, como abultamiento en una pared alta, cuya caída viene de repente, en un instante. Su caída es como el romper de una vasija de alfarero, despedazada sin piedad; no se halla entre sus pedazos ni un tiesto para tomar fuego del hogar o para sacar agua de una cisterna.

Isaías 30:13-14 (NRSV, énfasis añadido)

Independientemente de cómo identifiquemos el referente primario de las dos metáforas, es difícil concluir que debamos entender otra cosa que Israel/Jacob hecho pedazos, trágicamente convertido por su propia locura en un ser tan inútil como el propio Egipto.

Un oráculo complementario que comienza en el versículo 15 -o tal vez deberíamos entenderlo como la continuación del pasaje que nos ocupa- nos hablará de mejores perspectivas. Pero no antes de que el lector haya asimilado la impactante imagen de Israel destrozado hasta quedar irreconocible por la obstinada estupidez de su realpolitik.

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En el capítulo tres del libro llamado Isaías, YHVH amenaza con desmantelar a Jerusalén y Judá. Pero antes afirma que las desocupará. De hecho, los primeros versículos del oráculo despojan a la ciudad de todo lo que la constituye. Estos versículos, además de dejar claro su propósito, lo hacen en un contexto en el que la plenitud es un valor honrado e incluso axiomático:

Porque he aquí, el Señor, Dios de los ejércitos, quitará de Jerusalén y de Judá el sustento y el apoyo: todo sustento de pan y todo sustento de agua; al poderoso y al guerrero, al juez y al profeta, al adivino y al anciano, al capitán de cincuenta y al hombre respetable, al consejero, al diestro artífice y al hábil encantador.

Isaías 3.1–3 (LBLA)

El pasaje se esfuerza por sacar el máximo partido de la aliteración que consigue organizar en torno a la raíz משען. La inserción de interpretaciones vocalizadas de los cuatro casos en los que se utiliza esta raíz en una secuencia rápida puede servir para aclarar la cuestión:

Porque he aquí, el Señor, Dios de los ejércitos, quitará de Jerusalén y de Judá el sustento (מַשְׁעֶן, mash’en) y el apoyo (מַשְׁעֵנָה, mashenah): todo sustento de pan (מַשְׁעַן־לֶחֶם, mash’an lechem) y todo sustento de agua (מַשְׁעַן־מָיִם, mash’an mayim)—…

Isaías 3:1 (LBLA, Texto hebreo y trasliterado añadido)

El pronunciamiento performativo utiliza tres variaciones sobre un tema léxico. La tercera de ellas se repite, llenando así un solo versículo con cuatro referencias casi idénticas, aunque no del todo, a «sustento» y «apoyo».

La imagen total es un colapso de las estructuras y provisiones que sustentan la vida civilizada en Jerusalén y Judá. El profeta es recordado aquí como el proveedor de fuegos artificiales verbales. Su efecto debió de rozar la violencia.

El pasaje hará un pivote desde esta intensa metaforización hacia el nombramiento de categorías de las eminencias de Sión en los versículos 2 y 3. Pero antes de que el lector llegue allí, ya ha sentido que la ciudad cae en un sumidero que se ha abierto bajo sus calles, tragándose aquellos pilares eminentes y capaces sobre los que se ha apoyado.

Si la tradición de lectura masorética refleja una interpretación genuinamente antigua, entonces nos encontramos en este verso con un arte retórico de un tipo compacto y agudo que denuncia enérgicamente a una ciudad que el profeta cree que ha superado su propia capacidad de presunción. 

Isaías ha construido la realidad a base de vocales. La gente debe haber recordado el momento en que lo oyó por primera vez.

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En el majestuoso discurso de YHVH que es el capítulo 45 del libro llamado Isaías, la atención recae sobre Ciro y el siervo de YHVH, Jacob/Israel. A Ciro se le llama atrevidamente ‘mi ungido’, empleando el término hebreo משיח de una forma que los mesianismos en desarrollo considerarán casi escandalosa después de que el título de ‘mesías’ se asocie a supuestas figuras ungidas de corta y larga duración.

En la mezcla, el oráculo que comprende los siete primeros versículos del capítulo juega ingeniosamente con el tema del saber y el no saber. El verbo ידע, saber, aparece no menos de cuatro veces, fenómeno que elucubro poniendo en cursiva la traducción e interponiendo el vocabulario hebreo en cuestión:

Así dice el Señor a Ciro, su ungido, a quien he tomado por la diestra, para someter ante él naciones, y para desatar lomos de reyes, para abrir ante él las puertas, para que no queden cerradas las entradas:
Yo iré delante de ti y allanaré los lugares escabrosos; romperé las puertas de bronce y haré pedazos sus barras de hierro. Te daré los tesoros ocultos, y las riquezas de los lugares secretos, para que sepas (למען תדע) que soy yo, el Señor, Dios de Israel, el que te llama por tu nombre. Por amor a mi siervo Jacob y a Israel mi escogido, te he llamado por tu nombre; te he honrado, aunque no me conocías (ולא ידעתני).
Yo soy el Señor, y no hay ningún otro; fuera de mí no hay Dios. Yo te ceñiré, aunque no me has conocido (ולא ידעתני), para que se sepa (למען ידעו) que desde el nacimiento del sol hasta donde se pone, no hay ninguno fuera de mí.

Yo soy el Señor, y no hay otro; el que forma la luz y crea las tinieblas, el que causa bienestar y crea calamidades, yo soy el Señor, el que hace todo esto.

Isaías 45:1-7 (LBLA, énfasis y texto en hebreo añadidos)

Aunque la figura más poderosa del mundo parece bastante despistada, Ciro es respetado por la dignidad que le corresponde como instrumento redentor en manos de YHVH. Sin embargo, esta elevación no debe nada a la conciencia de la gravedad redentora de su liberación de los exiliados judíos de Persia. Permanece ignorante, salvo por el indicio de un eventual despertar de su vocación por YHVH, el Dios de Israel:

…para que sepas que soy yo, el Señor, Dios de Israel, el que te llama por tu nombre. 

Isaías 45.3 (LBLA)

Este fragmento de iluminación, sin embargo, parece ser un detalle de un despertar global más amplio a la incomparabilidad de YHVH, en el que el papel que desempeña Ciro es más instrumental que heroico.

Yo soy el Señor, y no hay ningún otro; fuera de mí no hay Dios. Yo te ceñiré, aunque no me has conocido, para que se sepa que desde el nacimiento del sol hasta donde se pone, no hay ninguno fuera de mí.

(Isaías 45:5-6 LBLA)

Momentáneamente, su conocimiento queda subordinado a la maravilla más amplia de que las naciones lleguen a conocer la singularidad de YHVH.

Ciro es un peón en el juego redentor de YHVH. No se siente humillado por asumir este papel no elegido. Estaba, por así decirlo, ocupándose de sus propios asuntos imperiales. Ciro no es un faraón de corazón duro, que se enfrenta a YHVH oprimiendo a su primogénito y sufriendo las crueles consecuencias de la pérdida del suyo.

Más bien, es una figura un tanto desconcertada en la trama de la visión de Isaías. Se le encomendó una tarea digna y la llevó a cabo en una especie de nebulosa en cuanto a la importancia de sus acciones. Tal vez, de algún modo, llegó a ‘saber’ que formaba parte de algo más grande que él mismo.

Tal vez no.

Hay honor en todo ello. Redención para Israel. Un despertar para el mundo entero.

La gloria sólo para YHVH.

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En el capítulo 31 del libro llamado Isaías, una secuencia de oráculos aborda la caída prevista de Egipto y Asiria. El pasaje describe a Israel renunciando y, de hecho, deshaciéndose de sus ‘ídolos de plata y sus ídolos de oro, que os han hecho vuestras manos pecadoras’. Además, la Jerusalén/Zión sitiada es el lugar en el que se centra todo el pasaje.

Porque así me dice el Señor: Tal como gruñe el león o el leoncillo sobre su presa, contra el que se reúne una multitud de pastores, y no se atemoriza de sus voces ni se acobarda por su multitud, así descenderá el Señor de los ejércitos para combatir sobre el monte Sión y sobre su collado.
Como aves que vuelan, así protegerá el Señor de los ejércitos a Jerusalén; la protegerá y la librará, la perdonará y la rescatará.


Volved a aquel de quien tan profundamente os habéis apartado, oh hijos de Israel. Porque en aquel día cada uno repudiará sus ídolos de plata y sus ídolos de oro, que os han hecho vuestras manos pecadoras.

El asirio caerá por espada no de hombre, y la espada no humana lo devorará; no escapará de la espada, y sus jóvenes serán sometidos a trabajos forzados. Su fortaleza a causa del terror pasará, y sus príncipes se espantarán ante el estandarte —declara el Señor, que tiene su fuego en Sión y su horno en Jerusalén.

Isaías 31:4-9 (LBLA, énfasis añadido)

Las tres metáforas principales del pasaje se despliegan de forma efervescente. He puesto en cursiva fragmentos de cada una de ellas en el texto anterior.

En primer lugar, la determinación de YHVH de prevalecer en ‘su combate sobre el monte Sión y sobre su collado’ se retrata como un león intrépido, recién alimentado e intrépido frente a una banda de pastores que intenta ahuyentarlo. Aquí, YHVH se presenta como un león singular que se enfrenta a una ‘banda de pastores’ en plural.

En segundo lugar, la protección del Señor a Jerusalén se alinea con ‘aves que vuelan’. Aquí, la naturaleza plural del rebaño se sitúa en el lado de la metáfora de YHVH, mientras que la ciudad está en singular. Aunque las metáforas de YHVH como pájaro no son desconocidas en la Biblia hebrea, cuesta imaginar otro texto bíblico que se atreva a representarlo como una bandada de pájaros.

Finalmente, en la conclusión del oráculo, se nos dice que YHVH tiene un ‘fuego’ en Sión y un ‘horno’ en Jerusalén. Ahora se hace referencia a YHVH a través de una imagen presumiblemente humana, un hombre que cuida de un horno en llamas que está en Jerusalén o que posiblemente sea Jerusalén. El contexto sugiere que el calor del fuego destruye a unos asirios presas del pánico, que se muestran incapaces de conquistar una ciudad tan temiblemente defendida.

Rara vez las metáforas fluyen con tanta energía y diversidad en la representación que Isaías hace de YHVH. Cada una de ellas expone su punto de vista con brevedad, y luego da paso a la siguiente. Juntas, tocan múltiples cuerdas en su descripción de la fuente divina de la seguridad de Sión.

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