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Posts Tagged ‘siervo de YHVH’

Desde el momento en que se presenta al siervo de YHVH en 42.1, hay un indicio de que la carrera del siervo será ardua. De hecho, la fórmula de presentación en 42.1 lo dice con su primer aliento:

הן עבדי אתמך־בו
He aquí mi Siervo, a quien yo sostengo…

Isaías 42.1 (LBLA)

La promesa de YHVH de sostener (תמך) requiere que imaginemos la resistencia al trabajo del siervo, la debilidad potencial del propio siervo, o ambas cosas.

No es de extrañar, pues, que los pasajes que siguen abunden en promesas de YHVH de suministrar todo lo que el siervo necesitará para que persevere hasta la conclusión de la agenda que se le ha asignado.

El capítulo cuarenta y cuatro continúa esta secuencia de promesas, aferrándose a la identidad comunitaria o colectiva del curiosamente llamado «siervo», al tiempo que pinta con nuevos colores las circunstancias de su aventura.

Mas ahora escucha, Jacob, siervo mío, Israel, a quien yo he escogido. Así dice el Señor que te creó, que te formó desde el seno materno, y que te ayudará: «No temas, Jacob, siervo mío, ni tú, Jesurún, a quien he escogido.


Porque derramaré agua sobre la tierra sedienta, y torrentes sobre la tierra seca; derramaré mi Espíritu sobre tu posteridad, y mi bendición sobre tus descendientes.
Ellos brotarán entre la hierba como sauces junto a corrientes de agua». Este dirá: «Yo soy del Señor»,
otro invocará el nombre de Jacob, y otro escribirá en su mano: «Del Señor soy» y se llamará con el nombre de Israel. 

Isaías 44:1-5 (LBLA)

El oráculo inicial del capítulo, citado más arriba, proporciona elementos esenciales para una comprensión global de la figura del siervo en el libro llamado Isaías. Característicamente, lo hace de forma progresiva y en un dialecto de metáforas ricas y complejas.

En primer lugar, encontramos una seguridad adicional en una llamada clásica a superar el miedo – «No temas, Jacob, siervo mío…»- de que no se debe dar más importancia de la debida a un peligro evidente en el contexto de la presencia y la provisión de YHVH. Se mantiene así el tono tranquilizador que ha acompañado al discurso del siervo desde el principio.

Además, encontramos imágenes superpuestas relativas a la provisión de agua en un desierto, por un lado, y a los descendientes/la descendencia, por otro. Éstas se presentan de forma secuencial y se mezclan un momento después, cuando los descendientes/la descendencia mencionados brotan como tamariscos y sauces como consecuencia de la irrigación del desierto por parte de YHVH.

Este juego de imágenes se enriquece aún más al darse cuenta de que el espíritu de YHVH y el agua que proporciona parecen ser dos formas de hablar de la misma cosa.

Por último, el texto abandona el imaginario vegetal con la misma rapidez con la que la había introducido para volver al tema de las personas. Cuando lo hace, nos enteramos de que los hijos del siervo Jacob/Israel que aparecen de repente son en realidad los vástagos de otras naciones que ahora -sorprendentemente- adoptan el nombre de Israel.

El impacto global de este oráculo que complementa el discurso precedente del siervo es extraordinario. La referencia al espíritu de YHVH parece ciertamente un eco de ese espíritu saturador que se posa sobre el prole de Jesé del capítulo 11, quizá vinculando al siervo colectivo de Jacob/Israel con esa figura regia bastante individual. Y el regreso del siervo provisto por YHVH -si éste es el movimiento que debemos imaginar- crea de algún modo un Jacob/Israel más complejo en el acto mismo de su potencialmente agotadora travesía del desierto.

Los hijos descienden de sus padres, pero pertenecen a un pueblo diferente. YHVH, que apoya y sostiene a su siervo, se encargará de ello. La tarea es dura, pero el resultado está asegurado. El siervo es vulnerable, pero extrañamente enriquecido con hijas e hijos que no tuvo en Babilonia ni trajo de ese lugar pronto olvidado. Sin embargo, aquí están, llamándose a sí mismos con los nombres de YHVH, más hijos e hijas que primos recién descubiertos.

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Del mismo modo que el libro llamado Isaías juega con los conceptos de la fuerza de YHVH y su provisión de fuerza a Jacob/Israel, el discurso del libro sobre el siervo de YHVH hace un uso ingenioso de los conceptos de mansedumbre, debilidad y mortecinidad.

La presentación formal del siervo de YHVH en el capítulo 42 inicia esta interacción de conceptos a través de temas paralelos.

He aquí mi Siervo, a quien yo sostengo, mi escogido, en quien mi alma se complace. He puesto mi Espíritu sobre Él; Él traerá justicia a las naciones.No clamará ni alzará su voz, ni hará oír su voz en la calle. No quebrará la caña cascada, ni apagará el pabilo mortecino (פשתה כהה); con fidelidad traerá justicia.
No se desanimará (לא יכהה) ni desfallecerá hasta que haya establecido en la tierra la justicia, y su ley esperarán las costas.

Isaías 42.1-4 (LBLA, Texto hebreo y énfasis añadido)

La tarea y el logro final del siervo se describen como un formidable establecimiento de la justicia en muchas naciones, incluso «en la tierra» (LBLA). En circunstancias normales, cabría esperar que tal hazaña dependiera de la aplicación de una gran fuerza.

Pero no en este caso. Por el contrario, el siervo no apagará «el pabilo mortecino». La expresión emplea el verbo כהה. La metáfora se entiende mejor como la presentación de una persona o una población cansada o desanimada. Se nos pide que imaginemos que el sometimiento de ese pueblo a las condiciones de la justicia no aplastará a los miembros desanimados o vulnerables de su población.

Uno esperaría que la metáfora, una vez cumplida su función, desapareciera. Pero no es así.

Por el contrario, el versículo siguiente insinúa la propia vulnerabilidad de los siervos y la perseverancia efectiva que triunfará sobre ella. La misma raíz se utiliza ahora como verbo. El siervo ‘no desfallecerá’ (לא יכהה). La oscilación en la LBLA entre la naturaleza metafórica del pabilo «mortecino» y la negativa del siervo a «desfallecer» es quizá una concesión necesaria a las exigencias de la traducción. Lamentablemente, sacrifica el juego de palabras que vincula a los miembros débiles entre las naciones que no serán aplastados en el curso de la administración o imposición de justicia del siervo a la propia negativa del siervo a ceder ante el agotamiento con que se entiende que le amenaza su tarea.

No será la última vez que el arte verbal sirva para vincular profundamente al siervo de YHVH con la identidad del propio YHVH o con la de los seres humanos que se verán afectados por su vocación. En este caso, la gentil disposición del siervo hacia los objetos de su vocación y la vulnerabilidad que comparte con ellos, pero que de algún modo supera, conspiran para unir a los dos sujetos en una solidaridad notable, aunque sutilmente sugerente.

Todo esto ocurre en el contexto de la administración de justicia que da forma al mundo y lo transforma, y que el siervo de YHVH parece «sacar» de Sión en beneficio de las naciones que, por su parte, esperan la instrucción que dará forma a su nuevo futuro.

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El famoso Cuarto Cántico del Siervo (Isaías 52.13-53:12) está salpicado de tres preguntas retóricas. Combinadas, presentan con fuerza el fenómeno totalmente imprevisto que es el ‘Siervo de YHVH. Dado que el Cántico personifica e individualiza insistentemente la figura del Siervo, que hasta este momento se ha identificado claramente como Jacob/Israel, utilizaré el pronombre ‘él’ para representar al Siervo en este contexto. Aunque no es el verso inicial del Cántico propiamente dicho, el primer verso del capítulo 53 suelta dos de las tres preguntas retóricas a las que me he referido.

¿Quién ha creído a nuestro mensaje?
¿A quién se ha revelado el brazo del Señor?

Isaías 53.1 (LBLA)

Este dúo reflexivo cumple dos objetivos. En primer lugar, establece la naturaleza imprevista de la persona y/o el proyecto de ‘Siervo’. Curiosamente, la identidad del Siervo no es el único enigma que presenta este cántico. ¿Esa notable ambigüedad se complementa con la identidad de los protagonistas en primera persona del plural, representados aquí por nosotros? Además, la segunda de las dos preguntas lanzadas aquí parece identificar al Siervo y/o su carrera con ‘el brazo del Señor’. Hay otras formas de leer la relación entre el brazo de YHVH y el propio Siervo, pero ésta es a mi juicio la más coherente de las opciones disponibles. 

De alguna manera, el terrible sufrimiento del Siervo impuesto por YHVH parece representar el poderoso compromiso del propio YHVH con Jacob/Israel y quizá incluso con los sorprendidos ‘reyes’ y ‘naciones’ de 52.15. Esto es quizá la paradoja más profunda. Tal vez sea la paradoja en su forma más profunda.

El versículo 8 presenta la tercera de las preguntas retóricas mencionadas. Si se me permite hacer ciertas modificaciones a la traducción ofrecida por la NBLH, tendríamos semejante resultado:

Por opresión y juicio fue quitado; 
¿Quién hubiera podido imaginar su futuro?
Pues él fue cortado de la tierra de los vivientes, 
Herida por la transgresión de mi pueblo.

Isaías 53.8 (modificación de NBLH por quien escribe)

La alusión a ‘su futuro’ es más bien especulativa. El texto hebreo no especifica un objeto para el verbo imaginar/considerar (binyán polel, שיח), por lo que la partícula כי que sigue inmediatamente puede interpretarse como el contenido de la ‘imaginación’ a la que se hace referencia o como el comienzo de una explicación de la extrañeza de las circunstancias del siervo. La traducción al español de la English Standard Version ofrece un ejemplo del primer enfoque:

Por opresión y juicio fue arrebatado; y en cuanto a su generación, ¿quién consideró que fue cortado de la tierra de los vivientes, herido por la transgresión de mi pueblo?

Isaías 53.8 (Traducción del inglés al español de la ESV, énfasis añadido)

La versión en inglés titulada The New King James Bible ejemplifica esta última interpretación, opción que en español sería así:

Fue sacado de la cárcel y del juicio, ¿Y quién declarará su generación? Porque fue cortado de la tierra de los vivientes; Por las transgresiones de mi pueblo fue herido.

Isaías 53:8 (traducción del inglés al español de la NKJV, énfasis añadido)

Mediante cualquier reconfiguración de la sintaxis, el Cuarto Cántico del Siervo afirma que YHVH realiza en el Siervo un logro contundente e incluso militante. Al mismo tiempo, el Cántico sugiere que el Siervo no encarna ninguna táctica previsible por parte del propio YHVH. Es una sorpresa total y asombrosa.

Nadie lo vio venir, este superviviente maltratado y aplastado. Este portador de la culpa de otros. Este Siervo desconcertante y redentor. Esta víctima y cumplidor del propósito de YHVH.

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Las primeras líneas del primero de los cuatro ‘cantos del siervo’ del libro de Isaías establecen, con su escueta descriptividad, una serie de cualidades sobre esta figura que se mantendrán y desarrollarán en los capítulos siguientes. Se trata, en efecto, de una introducción en todos los sentidos, tal como הן עבדי (‘He aquí a mi siervo’) nos haría esperar.

He aquí mi Siervo, a quien yo sostengo, mi escogido, en quien mi alma se complace. He puesto mi Espíritu sobre Él; Él traerá justicia a las naciones.

No clamará ni alzará su voz, ni hará oír su voz en la calle. No quebrará la caña cascada, ni apagará el pabilo mortecino; con fidelidad traerá justicia.

No se desanimará ni desfallecerá hasta que haya establecido en la tierra la justicia, y su ley esperarán las costas.

Isaías 42.1-4 (LBLA)

A pesar de las frases pulcramente alineadas, casi prosaicas, que perfilan esta figura recién introducida, el vocabulario es tan rico que hace que el intérprete sea reacio a ofrecer el tipo de abreviatura que sigue. Sin embargo, es útil hacerlo.

En primer lugar, la relación del siervo con YHVH es a la vez sustantiva y profundamente sentida, de un modo que capta el formidable giro de la justicia a la misericordia y de la enemistad a la colaboración que surge a partir del capítulo 40 en adelante. YHVH sostiene y elige al siervo. Sin embargo, hay un sentimiento en el acuerdo, pues el siervo es aquel ‘en quien se deleita mi deber’. La expresión subsiguiente -‘he puesto mi Espíritu sobre él’- probablemente envuelve tanto la sustancia como el sentimiento que se han expresado justo antes de ella.

Se ha reparado una ruptura, dando paso a una notable intimidad funcional entre YHVH y su enigmático siervo.

En segundo lugar, hay una preocupación por el papel del siervo en relación con el mundo más allá de las fronteras de Judá. Leemos que el siervo ‘traerá justicia a las naciones’. Más adelante, el siervo se mostrará resistente hasta que ‘haya establecido en la tierra la justicia’. De hecho, se insinúa una especie de reciprocidad, ya que en su lado de las cosas ‘las costas esperan su ley’. La combinación de estos elementos parece sugerir algo más que un mero juicio sobre las naciones. En cualquier caso, este punto podría haberse planteado de forma más sencilla, y la combinación de estos elementos sugiere que las poblaciones alejadas de Judá acogerán con agrado la justicia del siervo cuando llegue y quizás incluso cooperen para que se establezca. 

Esto es aún más cierto si la תורה que esperan las costas en 42.4 se entiende principalmente como una instrucción y no como un régimen impuesto, como parece probable que sea el caso. Si ésta es la lectura correcta, entonces se discierne una alusión a la ansiosa receptividad de las naciones en la Visión de las Visiones en 2.3, teniendo en cuenta que el aprendizaje de la תורה de YHWH allá en aquella montaña exaltada conduce directamente a algún tipo de reordenamiento impuesto -¡aunque bienvenido!- de las relaciones entre las naciones.

En tercer lugar, se establece firmemente que el modus operandi del siervo es silencioso y persistente. Incluso si el siervo está destinado a lograr grandes cosas internacionales, la dulzura tranquila y persistente de sus modales se mantendrá hasta el final. Un extracto establece el punto:

No clamará ni alzará su voz, ni hará oír su voz en la calle. No quebrará la caña cascada, ni apagará el pabilo mortecino; con fidelidad traerá justicia.

Isaías 42.2-3 (LBLA)

Hay más que decir, incluso en este primero de los cuatro cantos del siervo, sobre la conducta y el logro anticipado del siervo de YHVH. Sin embargo, estas tres observaciones se mantendrán incluso en los momentos en que se elogian los aspectos más gloriosos de la comisión del siervo. Empieza a parecer que su identidad como עבד – siervo de YHVH – es polivalente. Obviamente, esta figura es un siervo en un sentido que se enfrenta al propio YHVH, que aquí lo presenta y lo sostiene. Es decir, es un agente de los designios de YHVH. Sin embargo, sus modales también sugieren la postura de un siervo con respecto a las entidades a las que se enfrenta en el cumplimiento de su encargo. ‘Ni apagará el pabilo mortecino’, es aquí una declaración temprana de este último punto.

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La conmovedora presentación del Siervo de YHVH (עבד יהוה) en el famoso cuarto Canto del Siervo (52.13-53.12) comprende la individualización más intensa y personificada del motivo del Siervo que se puede encontrar en este largo libro. No es difícil ver por qué la interpretación mesiánica del pasaje se ha considerado una interpretación tan natural y ha persistido entre las lecturas cristianas del libro de Isaías desde los primeros tiempos.

Lo que resulta menos evidente en el manejo que el libro hace del motivo del siervo es la inmediata pluralización de la metáfora que se produce a continuación. Ya el 54.17 puede reclamar lo siguiente en nombre de los siervos plurales de YHVH (עבדי יהוה), denominándolo ‘su vindicación de mí (YHVH)’ de una manera que bien puede vincular el pasaje con la famosa experiencia del Siervo en el cuarto Canto:

Ningún arma forjada contra ti prosperará, y condenarás toda lengua que se alce contra ti en juicio.
Esta es la herencia de los siervos del Señor, y su justificación viene de mí —declara el Señor.

Isaías 54.17 (LBLA)

Isaías 56.6 ofrece una mirada pasajera, aunque no menos conmovedora por su brevedad, a los “extranjeros” cuyo amor por el nombre de YHVH los convierte en siervos bienvenidos de él junto a los “eunucos” a quienes, a cambio de una lealtad similar, se les concederá “un lugar y un nombre mejor que el de hijos e hijas” (56.5). En 63.17, una súplica para que el calor del juicio divino se enfríe pronto suplica a YHVH que ‘vuelve por amor de tus siervos, por las tribus de tu heredad’.

Cada una de estas expresiones pluraliza al siervo de una manera que recuerda al singular colectivo representado por “mi siervo Jacob” antes de la intensa individualización de la metáfora del siervo en el cuarto Canto.

Ahora, en el capítulo 65, nos encontramos con un nuevo acontecimiento. Ante la persistente idolatría por parte de los practicantes de un culto aberrante que parecen ser miembros de la Comunidad del Retorno, YHVH lamenta el ágil amor que les ha extendido, no correspondido. El resultado es una división del antiguo pueblo de YHVH en una población cuya incesante provocación hacia él acabará por agotar su paciencia, por un lado, y una población de “siervos” que ahora se convierten en los destinatarios de sus misericordias restauradoras, por otro.

Los siete primeros versículos del capítulo perfilan la primera de estas dos poblaciones cada vez más diferenciadas:

Me dejé buscar por los que no preguntaban por mí; me dejé hallar por los que no me buscaban.
Dije: «Heme aquí, heme aquí», a una nación que no invocaba mi nombre.
Extendí mis manos todo el día hacia un pueblo rebelde, que anda por el camino que no es bueno, en pos de sus pensamientos; un pueblo que de continuo me provoca en mi propio rostro, sacrificando en huertos y quemando incienso sobre ladrillos; que se sientan entre sepulcros y pasan la noche en lugares secretos; que comen carne de cerdo, y en sus ollas hay caldo de carnes inmundas; que dicen: «Quédate donde estás, no te acerques a mí, porque soy más santo que tú». Estos son humo en mi nariz, fuego que arde todo el día.
He aquí, escrito está delante de mí: no guardaré silencio, sino que les daré su pago, y les recompensaré en su seno, por vuestras iniquidades y por las iniquidades de vuestros padres juntamente —dice el Señor. Porque quemaron incienso en los montes, y en las colinas me injuriaron; por tanto mediré en su seno su obra pasada.

Isaías 65.1-7 (LBLA)

Es importante observar que una denuncia de este tipo bien podría conducir a la narración de un proyecto de restauración fracasado y a un severo juicio del pueblo en su conjunto. Sin embargo, es evidente que esto no es lo que sigue. En lugar de ello, el pasaje gira decididamente hacia la existencia de una población obediente de ‘siervos’, de manera que el motivo de los siervos queda vinculado al tema anterior del remanente.

Un oráculo posterior, que comienza en el versículo 8, refuerza el contraste entre este grupo de “siervos míos” recién reclutados y la población condenada de la que han salido (“de Jacob… de Judá”, v. 9).

Así dice el Señor: Como cuando se encuentra mosto en el racimo y alguien dice: «No lo destruyas, porque en él hay bendición», así haré yo por mis siervos para no destruirlos a todos. Sacaré de Jacob descendencia y de Judá heredero de mis montes; mis escogidos la heredarán, y mis siervos morarán allí.

Sarón será pastizal para ovejas, y el valle de Acor para lugar de descanso de vacas, para mi pueblo que me busca. Pero vosotros que abandonáis al Señor, que olvidáis mi santo monte, que ponéis mesa para la Fortuna, y que preparáis vino mezclado para el Destino, yo os destinaré a la espada, y todos vosotros os encorvaréis para la matanza. Porque llamé, mas no respondisteis, hablé, mas no oísteis; hicisteis lo malo ante mis ojos y escogisteis aquello que no me complacía.

Por tanto, así dice el Señor Dios: He aquí, mis siervos comerán, mas vosotros tendréis hambre; he aquí, mis siervos beberán, mas vosotros tendréis sed; he aquí, mis siervos se alegrarán, mas vosotros seréis avergonzados; he aquí, mis siervos darán gritos de júbilo con corazón alegre, mas vosotros clamaréis con corazón triste, y con espíritu quebrantado gemiréis.

Y dejaréis vuestro nombre como maldición a mis escogidos; el Señor Dios te matará, pero mis siervos serán llamados por otro nombre. Porque el que es bendecido en la tierra, será bendecido por el Dios de la verdad; y el que jura en la tierra, jurará por el Dios de la verdad; porque han sido olvidadas las angustias primeras, y porque están ocultas a mis ojos.

Isaías 65.8-16 (LBLA)

Resulta un tanto arbitrario detener el examen de este motivo sin aventurarse en el oráculo explicativo (כי־הנני בורא…) que comienza en el versículo 17. Sin embargo, su grupo de imágenes creacionales totalmente nuevo quizá justifique que lo hagamos aquí, aunque sea momentáneamente. Sin embargo, su conjunto totalmente nuevo de imágenes creacionales quizás justifique que uno lo haga aquí, aunque sea momentáneamente.

Si hacemos balance de cómo este capítulo y sus sugerentes precursores (54.17, 56.6, 63.17) han comenzado a desarrollar el motivo del Siervo tras su personalización e individualización al rojo vivo en el cuarto Canto, observaremos el retorno -si no es éste un término demasiado tendencioso- a una identidad colectiva. Sin embargo, esta nueva comunidad de siervos ya no es simplemente “Jacob” o “Israel”. Más bien, estos siervos comprenden una población obediente dentro de una nación divinamente amenazada, convertida ahora en una especie de freno en la mano de YHVH, que de otro modo podría haber golpeado duramente a la nación en respuesta a su provocador desafío.

En el drama isaístico del siervo o siervos de YHVH, el futuro está ahora en manos de este nuevo colectivo, portador de una nueva y genuina inclinación tanto a la obediencia como a la gratitud. Los primeros son problemas olvidados tanto por YHVH como por la humanidad, esta comunidad que lleva un “nombre diferente” aún no revelado. 

Uno intuye que la trayectoria isaística que uno se esfuerza por seguir, aunque no sin una instrucción que cristaliza constantemente, aún tiene más que declarar.

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Es imposible abordar la enigmática figura del Siervo de YHVH (עבד יהוה) sin darse cuenta inmediatamente de que la paradoja acecha en cada sílaba. No hay forma de escapar a esta cualidad de la figura del Siervo, y el reto de una investigación sobre “¿Quién es exactamente?” debe reconocerse desde el principio. Las respuestas a esa pregunta concreta pueden no ser fáciles, pueden no llegar en singular y pueden no llegar en absoluto a menos que se reconfigure la pregunta.

En los seis primeros versículos de Isaías 49 se produce una paradoja que es fiel a la experiencia icónica de los profetas bíblicos. Por un lado, hay un profundo compromiso divino en su llamada a la vocación profética, como aquí en el propósito divino que encomienda al Siervo su improbable tarea.

Por otro lado, existe una palpable sensación de cansancio, insuficiencia e incluso fracaso en la experiencia del profeta. Así sucede en el caso del Siervo de YHVH.

Escuchadme, islas, y atended, pueblos lejanos. El Señor me llamó desde el seno materno, desde las entrañas de mi madre mencionó mi nombre.
Ha hecho mi boca como espada afilada, en la sombra de su mano me ha escondido; me ha hecho también como saeta escogida, en su aljaba me ha escondido.
Y me dijo: Tú eres mi siervo, Israel, en quien yo mostraré mi gloria.
Y yo dije: En vano he trabajado, en vanidad y en nada he gastado mis fuerzas; pero mi derecho está en el Señor, y mi recompensa con mi Dios.

Y ahora dice el Señor (el que me formó desde el seno materno para ser su siervo, para hacer que Jacob vuelva a Él y que Israel se reúna con Él, porque honrado soy a los ojos del Señor y mi Dios ha sido mi fortaleza), dice Él: Poca cosa es que tú seas mi siervo, para levantar las tribus de Jacob y para restaurar a los que quedaron de Israel; también te haré luz de las naciones, para que mi salvación alcance hasta los confines de la tierra.

Isaías 49.1-6 (LBLA)

La llamada y el nombre prenatales e in vitro del Siervo introducen el pasaje. Esta descripción previa cede el paso a las imágenes de la preparación del siervo por parte de YHVH, que se siguen expresando con la voz del Siervo. A continuación, un pagaré que podría parecer un ladrillo más en el camino de la gloria a la gloria.

Y me dijo: Tú eres mi siervo, Israel, en quien yo mostraré mi gloria.

Isaías 49.3 (LBLA)

Sin embargo, esta previsión optimista no se ve confirmada, al menos a corto plazo. El progreso de la narración parece atrapado en un remolino de insuficiencia percibida por parte del Siervo. La enfática disyuntiva ואני אמרתי  (‘Pero yo dije…’) rompe el impulso esperanzador establecido en los tres primeros versículos del capítulo.

A la queja del Siervo responde la seguridad divina de que los esfuerzos del Siervo darán lugar a logros aún mayores. Sin embargo, esta oscilación entre la seguridad divina, por un lado, y la duda sobre sí mismo y el agotamiento, por otro, atormentará al Siervo durante toda su vida. Es probable que debamos leer el famoso pasaje del final del capítulo 40, con su uso de יגע (estar cansado) y su interacción de agotamiento y suministro divino, como si estuviera cortado por el mismo patrón. Esto no debería sorprendernos, pues es Jacob/Israel quien se queja allí, ya que es Jacob/Israel quien se identifica como el Siervo de YHVH en la mayoría o posiblemente en todos los llamados Cantos del Siervo.

¿Por qué dices, Jacob, y afirmas, Israel: Escondido está mi camino del Señor, y mi derecho pasa inadvertido a mi Dios?
¿Acaso no lo sabes? ¿Es que no lo has oído? El Dios eterno, el Señor, el creador de los confines de la tierra no se fatiga ni se cansa. Su entendimiento es inescrutable.
El da fuerzas al fatigado, y al que no tiene fuerzas, aumenta el vigor.

Aun los mancebos se fatigan y se cansan, y los jóvenes tropiezan y vacilan, pero los que esperan en el Señor renovarán sus fuerzas; se remontarán con alas como las águilas, correrán y no se cansarán, caminarán y no se fatigarán.

Isaías 40.27-31 (LBLA)

Así pues, el propósito divino y la experiencia humana viven en una tensión incómoda y un diálogo persistente a lo largo de los pasajes del Siervo. En el mar de paradojas que es el discurso del Siervo de Isaías, esta antítesis inquieta constituye una gota innegable.

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Isaías habla a menudo del “siervo de YHVH”, un personaje que se mantiene en la sombra, con una clara indicación de que lo que representa es un pueblo. En la misma medida, el “siervo” aparece como una persona.

Este último es el caso de Isaías 50.

El Señor Dios me ha dado lengua de discípulo, para que yo sepa sostener con una palabra al fatigado. Mañana tras mañana me despierta, despierta mi oído para escuchar como los discípulos. El Señor Dios me ha abierto el oído; y no fui desobediente, ni me volví atrás. Di mis espaldas a los que me herían, y mis mejillas a los que me arrancaban la barba; no escondí mi rostro de injurias y esputos.

El Señor Dios me ayuda, por eso no soy humillado, por eso como pedernal he puesto mi rostro, y sé que no seré avergonzado.

Isaías 40:4-7 (LBLA)

Este siervo adopta una postura de aprendiz. El despertar matutino de YHVH se une a un Dios que le abre los oídos para que aprenda. Aprende de buena gana, aunque en el contexto no puede haber sido fácilmente.

Parece que la formación de este siervo -su educación, por así decirlo- es abusiva. Le pegan, le tiran dolorosamente de la barba, la saliva de sus detractores le salpica con su veneno.

Sólo el propio YHVH se interpone entre el abuso y la derrota.

Curiosamente, lo que emerge de esta dolorosa experiencia es una fuerza como la roca. Sabiendo que YHVH está con él en presencia de sus enemigos, pone su rostro tan duro como una piedra.

Hay fuerza en la debilidad. Sólo nos damos cuenta de ella cuando limpiamos la saliva de los demás de nuestras mejillas magulladas.

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La polivalencia del imaginario de Isaías hace que uno tenga la sensación de que pisa terreno conocido. Sin embargo, justo antes de dominar ese terreno, el imaginario cambia ante el lector atento. Hay sombras por todas partes, y movimiento entre las sombras.

Al presentar al siervo de YHVH en el capítulo 42, el libro de Isaías repite la paradoja de que son los humildes y los destrozados los que están más cerca de YHVH. Precisamente porque el siervo es el agente de YHVH, será afable con los débiles. El texto emplea la imagen de un pabilo mortecino, que arde débilmente y está a punto de fallar contra la oscuridad. El siervo de YHVH, se nos instruye, no apagará ese tipo de llama valientemente mortecina.

He aquí mi Siervo, a quien yo sostengo, mi escogido, en quien mi alma se complace. He puesto mi Espíritu sobre Él; Él traerá justicia a las naciones. No clamará ni alzará su voz, ni hará oír su voz en la calle. No quebrará la caña cascada, ni apagará el pabilo mortecino; con fidelidad traerá justicia.

Isaías 42.1-3 (LBLA

Sin embargo, un capítulo después, cuando leemos que el poderío de Babilonia no es obstáculo contra lo Nuevo que el Señor está a punto de realizar, el texto echa mano del vocabulario del antiguo Éxodo de la esclavitud en Egipto para presionar hacia la esperanza de que la esclavitud forzada de Judá en Babilonia pronto resultará igual de inútil. Una vez más aparece un pabilo, esta vez con la seguridad de que se apagará.

Así dice el Señor vuestro Redentor, el Santo de Israel: Por vuestra causa envié a Babilonia e hice descender como fugitivos a todos ellos, es decir, a los caldeos, en las naves de las cuales se gloriaban. Yo soy el Señor, vuestro Santo, el Creador de Israel, vuestro Rey.
Así dice el Señor, que abre camino en el mar y sendero en las aguas impetuosas; el que hace salir carro y caballo,  ejército y fuerza (a una se echarán y no se levantarán, como pabilo han sido apagados y extinguidos): No recordéis las cosas anteriores ni consideréis las cosas del pasado. He aquí, hago algo nuevo, ahora acontece; ¿no lo percibís?

Isaías 43:14-19 (LBLA)

Este es el modo de proceder del profeta Isaías con las palabras, y también el modo de proceder de sus reverentes maestros con lo que administran y declaran. El lector que se sienta a sus pies aprende a esperar la ironía, el revés del imaginario, la verdad llevada por la cuidadosa administración del don del lenguaje, la sorpresa está a medio paso.

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Conocemos por primera vez al enigmático ‘siervo del Señor’ al traspasar el umbral de Isaías 42. Sin embargo, para el lector de Isaías tiene un parecido familiar. Y es que lo que aquí se dice del siervo tiene ecos de pensamientos y lenguaje que han resultado importantes para el libro de Isaías a lo largo de los cuarenta y un capítulos que han conducido a este primer encuentro directo.

‘Hay algo en él…’, podríamos preguntarnos. ‘¿Había visto antes a esta persona? ¿A quién me recuerda?’

He aquí mi Siervo, a quien yo sostengo, mi escogido, en quien mi alma se complace. He puesto mi Espíritu sobre Él; Él traerá justicia a las naciones. No clamará ni alzará su voz, ni hará oír su voz en la calle. No quebrará la caña cascada, ni apagará el pabilo mortecino; con fidelidad traerá justicia. No se desanimará ni desfallecerá hasta que haya establecido en la tierra la justicia, y su ley esperarán las costas. 

Isaías 42:1–4 (LBLA)

Si hablo de ‘mi siervo’ (en hebreo: עבדי) como individuo o como persona, no lo hago para prejuzgar la cuestión de su identidad, sino más bien para reflejar el propio tratamiento del texto. De las muchas cosas que se revelan sobre este desconcertante personaje, permítanme destacar algunas que sobresalen en esta primera ‘presentación pública’.

En primer lugar, el texto insiste en que YHVH sostiene al siervo. El siervo no sólo recibe el poder de YHVH, sino que es mantenido en su misión por la presencia sustentadora de YHVH. Veremos más de esto en otro momento, pero sería un descuido no mencionarlo aquí.

En segundo lugar, el siervo es un agente de la justicia (en hebreo: משפט), un tema con profundas raíces en suelo isaístico. El tema se repite tres veces en este oráculo de cuatro versos. Tal vez como resultado de la imposición del Espíritu de YHVH sobre el siervo, éste hará justicia a las naciones. Luego, en un nuevo énfasis sorprendentemente acentuado, impartirá justicia fielmente (o ‘realmente‘). Y, finalmente, el vigor del siervo no disminuirá hasta que haya establecido la justicia en la tierra.

En tercer lugar, en estos versículos aparece una doble aplicación exquisitamente isaística de la terminología de las nociones de quebrar y apagar. La primera afirmación se refiere a la consideración del siervo hacia aquellos que son débiles o están comprometidos de alguna manera material. Tras la afirmación de que el siervo no acechará ruidosamente por las calles, el texto pasa a tratar a los débiles:

No quebrará la caña cascada, ni apagará el pabilo mortecino.

Sin embargo, tan pronto como se hace esta afirmación, el texto aclara que esta ternura no dice nada sobre la propia debilidad del siervo. Repitiendo el mismo vocabulario hebreo para quebrar (קצץ) y apagar (כחה) en orden inverso a su primera aparición, el oráculo afirma que:

No se desanimará ni desfallecerá hasta que haya establecido en la tierra la justicia.

El hecho de que la Versión de la Biblia de las Américas (LBLA) varíe su traducción de רצץ de ‘quebrado’ en el primer caso a ‘desanimado’ en el segundo oculta este sutil doble despliegue de idéntico lenguaje, pero está ahí para que lo vea el lector hebreo. Por último, esta introducción del siervo bien puede alimentar el argumento de que Isaías prevé un lugar de bendición y no de mera condena para ‘las naciones’, aunque esa bendición se encuentre por un camino que se abre paso a través de la justicia enardecida de YHVH. Las costas, se nos dice, esperan la justicia del siervo, que es de hecho la justicia del propio YHVH. 

De manera significativa, esto sitúa el viaje redentor de las naciones junto a la ruta del propio viaje riguroso y esperanzador de Israel/Judá.

También el ‘siervo del Señor’ de Isaías establece sus primeras impresiones. Este agente de la justicia divina, que opera por la propia fuerza y provisión de YHVH, extiende incansablemente la justicia a lo largo y ancho sin arrollar a los débiles y necesitados en el proceso.

El desarrollo del personaje del siervo por parte de Isaías apenas ha comenzado. Ya es rico, sugerente, inquietante y también desconcertante.

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Podría decirse que el rasgo más asombroso de la metanarrativa bíblica es la inclinación de YHVH a emplear agentes no cualificados en la ejecución de su mejor obra.

Algunos textos lo expresan para asegurar que sólo YHVH reciba la gloria del resultado, un asunto que no causa vergüenza a la estética bíblica. Otros simplemente registran el hecho, dejando que el lector establezca el motivo.

La enigmática y polivalente figura del Siervo del libro de Isaías es un buen ejemplo. Independientemente de cómo se interprete la imagen en cada momento -Sión, un remanente del Israel exiliado, el propio Israel castigado, una figura ungida o incluso mesiánica-, el título ‘Siervo’ denota un estatus y una postura serviles. No sólo eso, el Siervo parece compartir las enormes deficiencias de Israel:

¿Quién es ciego sino mi siervo,
tan sordo como el mensajero a quien envío?
¿Quién es tan ciego como el que está en paz conmigo,
tan ciego como el siervo del Señor?

Isaías 42:19 (LBLA)

Aunque la preferencia del libro por la ironía y la inversión puede eliminar parte del aguijón de esta descripción, el hecho es que la sordera y la ceguera endémicas de Israel -incapacidades que tienen su origen literario en el encargo del profeta en la sala del trono en el capítulo seis- se proyectan aquí sobre una figura sombría cuyo principal objetivo es redentor y restaurador.

Esto parece muy poco prometedor, pero está totalmente en consonancia con ese instinto del segundón, el desvalido, el marginado y el abandonado que distingue a la Biblia de toda expresión religiosa corriente. YHVH parece profundamente descuidado o intencionado. Las ironías abundan en más de un plano.

Parece que el instinto de lo que podríamos llamar solidaridad redentora está grabado en la estructura profunda del metarrelato al que me he referido. La salvación en un universo concebido por YHVH no se logra de forma abstracta o distante. Una y otra vez, requiere la más profunda identificación entre agente y objeto.

Sea quien sea el Siervo de YHVH, la figura cojea, pasa por alto, no oye, va dando tropezones sin ver, sin saber, sin entender, incapaz de inspirar esperanza en los corazones de los desesperados y necesitados espectadores.

A menos que YHVH esté con él.

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