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Archive for May, 2024

La polémica de Isaías contra la idolatría da un giro decisivo en el capítulo 44 del libro, que se abre con una llamada a ‘Jacob, siervo mío, Israel, a quien yo he escogido’. Los primeros ocho versículos describen la incomparabilidad de YHVH frente a otros poderes, haciendo hincapié en la fiabilidad de YHVH si su siervo Jacob/Israel confía en él. La principal motivación de tal confianza en YHVH reside en su capacidad para conocer el futuro y hacerlo realidad en la vida de quienes se atreven a confiar en él.

En el versículo 9, sin embargo, la retórica contra la idolatría y los idólatras se vuelve mucho más contundente. La salva inicial, dirigida contra los idólatras, es bastante clara:

Los que dan forma a un ídolo, todos ellos son nada…

Isaías 44.9 (LBLA)

Más fácil de perder en la traducción o por una lectura demasiado acelerada es la insistente negación que se produce en la diatriba subsiguiente, estructurada en torno a las partículas negativas hebreas בל לבלתי , אין y לא. Esta negación es coherente con la exigencia isaística de que los ídolos -por no hablar de sus artesanos- no son nada. Hay que leer por debajo de la sátira, bastante exquisita, para captar la aportación formal que la sustenta. Intentaré aclarar el punto mediante ilustraciones y anotaciones:

Los que dan forma a un ídolo, todos ellos son nada, y sus cosas más preciadas de nada sirven (בל־יועילו); aun sus propios testigos no ven ni entienden (בל־יראו ובל־ידעו), por eso serán avergonzados. ¿Quién ha dado forma a un dios o fundido un ídolo para no tener ganancia (לבלתי הועיל)? He aquí, todos sus compañeros serán avergonzados, pues los artífices son solo hombres. Que se reúnan todos, que se levanten, que tiemblen, que sean a una avergonzados. 


El herrero hace un instrumento cortante; lo trabaja sobre las brasas, lo forma con martillos y lo forja con su brazo fuerte. Después siente hambre y flaquean sus fuerzas (lit. y no hay fuerzas); no bebe agua (ואין כח לא־שׁתה), y desfallece. El carpintero extiende el cordel de medir, traza el diseño con tiza roja, lo labra con gubias, lo traza con el compás y le da forma de hombre y belleza humana para colocarlo en una casa. Corta cedros para sí, toma un ciprés o una encina, y hace que sea fuerte entre los árboles del bosque; planta un pino y la lluvia lo hace crecer. Luego sirve para que el hombre haga fuego, y toma uno y se calienta; también hace fuego para cocer pan; además hace un dios y lo adora; hace de él una imagen tallada, y se postra delante de ella. La mitad del leño quema en el fuego; sobre esta mitad prepara un asado, come carne y se sacia. También se calienta, y dice: ¡Ah!, me he calentado, he visto la llama. Y del resto hace un dios, su ídolo. Se postra delante de él, lo adora, y le ruega, diciendo: Líbrame, pues mi dios eres tú.

Ellos no saben ni entienden (לא ידעו ולא יבינו), porque Él ha cerrado sus ojos para que no vean y su corazón para que no comprendan. Ninguno reflexiona; no tienen conocimiento ni inteligencia (ולא ישיב אל־לבו ולא דעת ולא־תבונה) para decir: He quemado la mitad en el fuego, y también he cocido pan sobre sus brasas. He asado carne y la he comido; y del resto ¿haré una abominación? ¿Me postraré ante un pedazo de madera? Se alimenta de cenizas; el corazón engañado le ha extraviado. A sí mismo no se puede librar, ni decir (ולא־יציל את נפשו ולא יאמר): ¿No es mentira lo que tengo en mi diestra?
Isaías 44.9-20 (LBLA)

Una ironía incisiva, aunque de bajo perfil, puede residir en la pregunta que el idólatra no llega a formular, anclada como está por el introductor negativo הלא: 

¿No es mentira lo que tengo en mi diestra? (הלא שקר בימיני)

Isaías 44.20c

El arte del profeta, al escrutarlo, es parte integrante del componente anti-idolatría de la Visión de Isaías. Aquí hay una retórica fuerte y desmanteladora, que insiste en que los ídolos son inertes, inútiles, la completa decepción de la pretensión del idólatra.

Se complementará en el pasaje que sigue con una catalogación igualmente persistente de las actividades dispares de YHVH. Los ídolos no hacen nada. YHVH nunca deja de hacer. El monoteísmo isaístico, y de hecho el monoteísmo bíblico más amplio, rara vez se ensaya mediante la afirmación de que no existen otros dioses y poderes. Más bien, su dialecto nativo es la incomparabilidad de YHVH. Aquí, YHVH está bastante ocupado. Los ídolos, a pesar del ferviente activismo de sus creadores y devotos, se quedan parados sin hacer nada. De hecho, hay que apuntalarlos para que no se caigan donde juegan los niños.

Antes de que surja de nuevo el perfil de la esperanza en los versículos siguientes y para celebrar la naturaleza redentoramente activa de YHVH, el profeta nos deja entrever el terrible contagio de la nada que fluye de ídolo en idólatra, justificando la conclusión profundamente irónica que paradójicamente encabeza este pasaje:

Los que dan forma a un ídolo, todos ellos son nada…

Isaías 44.9 (LBLA)

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Las primeras líneas del primero de los cuatro ‘cantos del siervo’ del libro de Isaías establecen, con su escueta descriptividad, una serie de cualidades sobre esta figura que se mantendrán y desarrollarán en los capítulos siguientes. Se trata, en efecto, de una introducción en todos los sentidos, tal como הן עבדי (‘He aquí a mi siervo’) nos haría esperar.

He aquí mi Siervo, a quien yo sostengo, mi escogido, en quien mi alma se complace. He puesto mi Espíritu sobre Él; Él traerá justicia a las naciones.

No clamará ni alzará su voz, ni hará oír su voz en la calle. No quebrará la caña cascada, ni apagará el pabilo mortecino; con fidelidad traerá justicia.

No se desanimará ni desfallecerá hasta que haya establecido en la tierra la justicia, y su ley esperarán las costas.

Isaías 42.1-4 (LBLA)

A pesar de las frases pulcramente alineadas, casi prosaicas, que perfilan esta figura recién introducida, el vocabulario es tan rico que hace que el intérprete sea reacio a ofrecer el tipo de abreviatura que sigue. Sin embargo, es útil hacerlo.

En primer lugar, la relación del siervo con YHVH es a la vez sustantiva y profundamente sentida, de un modo que capta el formidable giro de la justicia a la misericordia y de la enemistad a la colaboración que surge a partir del capítulo 40 en adelante. YHVH sostiene y elige al siervo. Sin embargo, hay un sentimiento en el acuerdo, pues el siervo es aquel ‘en quien se deleita mi deber’. La expresión subsiguiente -‘he puesto mi Espíritu sobre él’- probablemente envuelve tanto la sustancia como el sentimiento que se han expresado justo antes de ella.

Se ha reparado una ruptura, dando paso a una notable intimidad funcional entre YHVH y su enigmático siervo.

En segundo lugar, hay una preocupación por el papel del siervo en relación con el mundo más allá de las fronteras de Judá. Leemos que el siervo ‘traerá justicia a las naciones’. Más adelante, el siervo se mostrará resistente hasta que ‘haya establecido en la tierra la justicia’. De hecho, se insinúa una especie de reciprocidad, ya que en su lado de las cosas ‘las costas esperan su ley’. La combinación de estos elementos parece sugerir algo más que un mero juicio sobre las naciones. En cualquier caso, este punto podría haberse planteado de forma más sencilla, y la combinación de estos elementos sugiere que las poblaciones alejadas de Judá acogerán con agrado la justicia del siervo cuando llegue y quizás incluso cooperen para que se establezca. 

Esto es aún más cierto si la תורה que esperan las costas en 42.4 se entiende principalmente como una instrucción y no como un régimen impuesto, como parece probable que sea el caso. Si ésta es la lectura correcta, entonces se discierne una alusión a la ansiosa receptividad de las naciones en la Visión de las Visiones en 2.3, teniendo en cuenta que el aprendizaje de la תורה de YHWH allá en aquella montaña exaltada conduce directamente a algún tipo de reordenamiento impuesto -¡aunque bienvenido!- de las relaciones entre las naciones.

En tercer lugar, se establece firmemente que el modus operandi del siervo es silencioso y persistente. Incluso si el siervo está destinado a lograr grandes cosas internacionales, la dulzura tranquila y persistente de sus modales se mantendrá hasta el final. Un extracto establece el punto:

No clamará ni alzará su voz, ni hará oír su voz en la calle. No quebrará la caña cascada, ni apagará el pabilo mortecino; con fidelidad traerá justicia.

Isaías 42.2-3 (LBLA)

Hay más que decir, incluso en este primero de los cuatro cantos del siervo, sobre la conducta y el logro anticipado del siervo de YHVH. Sin embargo, estas tres observaciones se mantendrán incluso en los momentos en que se elogian los aspectos más gloriosos de la comisión del siervo. Empieza a parecer que su identidad como עבד – siervo de YHVH – es polivalente. Obviamente, esta figura es un siervo en un sentido que se enfrenta al propio YHVH, que aquí lo presenta y lo sostiene. Es decir, es un agente de los designios de YHVH. Sin embargo, sus modales también sugieren la postura de un siervo con respecto a las entidades a las que se enfrenta en el cumplimiento de su encargo. ‘Ni apagará el pabilo mortecino’, es aquí una declaración temprana de este último punto.

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El enigmático “Oráculo sobre el valle de la visión” de Isaías parece describir a Jerusalén presa del pánico ante el avance de las fuerzas enemigas. Sin embargo, no se trata de un pánico absurdo e ineficaz, al menos no desde el punto de vista pragmático. La ciudad está muy ocupada con la sólida preparación de sus defensas, ciertamente de largo alcance.

Sin embargo, el profeta percibe una falta de conciencia existencial, incluso cuando hay manos ocupadas trabajando.


Confiasteis aquel día en las armas de la casa del bosque, y visteis que eran muchas las brechas en la muralla de la ciudad de David, y recogisteis las aguas del estanque inferior. Entonces contasteis las casas de Jerusalén, y derribasteis casas para fortificar la muralla. Hicisteis un depósito entre las dos murallas para las aguas del estanque viejo. Pero no confiasteis en el que lo hizo, ni considerasteis al que hace mucho tiempo lo planeó.

Isaías 22:8-11 (LBLA)

Los burgueses de una ciudad asediada serían tontos si no emprendieran estos movimientos preparatorios, a pesar del sacrificio táctico de aquellos cuyas casas fueron demolidas por el bien mayor de los muros defensivos de una ciudad.

Sin embargo, desde la perspectiva del profeta, los ciudadanos de Jerusalén hicieron todo esto y aun así fueron tontos.

¿Por qué motivos se podía culpar a unos patriotas tan diligentes?

Pero no mirasteis al que lo hizo, ni tuvisteis en cuenta al que lo planeó hace tiempo.

Los objetos femeninos singulares de los verbos hebreos que generan ‘hizo’ (עשׂה) y ‘planeó’ (יצר, algo desmetaforizado por la LBLA de su traducción más estándar como ‘dio forma’ o ‘moldeó’) no son del todo transparentes. Probablemente, el femenino representa un objeto abstracto. Lo más probable es que el referente del objeto sea toda la calamidad inminente que está a punto de abatirse sobre la ciudad.

Ocupada con estrategias y tácticas defensivas, parece que Jerusalén no contempla la posibilidad de que YHVH esté en esto; peor aún, que su pronta destrucción sea obra del propio YHVH.

Es una interpretación terrible e impopular de los acontecimientos. 

Sin embargo, el libro sugiere que, si es exacta, entonces el trabajo de la Jerusalén asediada no sólo es en vano. Está luchando contra la terrible obra de su Soberano divino.

Jerusalén, en la perspectiva isaística, será redimida por la justicia (1.27a).

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Un sermón pronunciado en el Servicio Religioso de la Fundación Universitaria Seminario Bíblico de Colombia

9 mayo 2024

David Allen Baer Potter

El bus que me lleva varias veces cada semana entre Robledo y San Cristóbal pasa una cantidad de mensajes pintados en rocas, en tablas y por doquier que dicen ‘¡Cristo viene pronto!’ Es una expresión bíblica o por lo menos un concepto que nace y que existe en la Biblia. Confieso que he aprendido a callar un poco el volumen del mensaje reiterado que me asalta en esos viajes en bus. Si no, es capaz de que uno apareciera a la puerta de nuestra iglesia en San Cristóbal en un estado de exaltación suficiente pa’ despertar los muertos. O tal vez en condiciones de pánico suficientes para justificar que los hermanos me hospitalicen.

Estoy seguro de que la fe del hermano que con su pintura y su brocha evangeliza los viajeros que pasamos por esos lares es genuina, sólida y más atrevida que la mía.

Pero estoy seguro de otro detalle a la vez: que la iglesia de Cristo es, como dicen, reformada y siempre reformándose. Como tal, los hijos e hijas de la iglesia tenemos la ineludible vocación de someter todo lo que creemos y todo lo que vivimos … y todo lo que pintamos al lado de la carretera … a la luz de la palabra de Dios.


Hoy pretendo hacer eso con la manera en que anticipamos el triunfo del amor divino en la historia y más allá.


Quiero plantear una pregunta: ¿En realidad podemos esperar?

Además, quiero leer dos pasajes de los profetas del Antiguo Testamento. Observaremos una marcada semejanza entre los dos:

Primero, Miqueas 4.1-4 (NBLH):

Y sucederá en los últimos días Que el monte de la casa del SEÑOR Será establecido como cabeza de los montes; Se elevará sobre las colinas, Y correrán a él los pueblos.

Vendrán muchas naciones y dirán: ‘Vengan y subamos al monte del SEÑOR, A la casa del Dios de Jacob, Para que Él nos instruya en Sus caminos, Y nosotros andemos en Sus sendas.’ Porque de Sion saldrá la ley (תורה, instrucción), Y de Jerusalén la palabra del SEÑOR.

 El juzgará entre muchos pueblos, Y enjuiciará a naciones poderosas y lejanas; Entonces forjarán sus espadas en rejas de arado Y sus lanzas en podaderas. No alzará espada nación contra nación, Ni se adiestrarán más para la guerra. Cada uno se sentará bajo su parra Y bajo su higuera, Y no habrá quien los atemorice, Porque la boca del SEÑOR de los ejércitos ha hablado.

Y ahora nuestro segundo texto, Isaías 2.2-4 (NBLH). Consten que ya les advertí que escucharían mucha semejanza entre los dos textos:

Acontecerá en los postreros días, Que el monte de la casa del SEÑOR Será establecido como cabeza de los montes. Se alzará sobre los collados, Y confluirán a él todas las naciones.

Vendrán muchos pueblos, y dirán: ‘Vengan, subamos al monte del SEÑOR, A la casa del Dios de Jacob, Para que nos enseñe acerca de Sus caminos, Y andemos en Sus sendas.’ Porque de Sion saldrá la ley (תורה, instrucción), Y de Jerusalén la palabra del SEÑOR.

 El juzgará entre las naciones, Y hará decisiones por muchos pueblos. Forjarán sus espadas en rejas de arado, Y sus lanzas en podaderas. No alzará espada nación contra nación, Ni se adiestrarán más para la guerra.

Sus oídos les habrán avisado que la semejanza entre estos dos textos proféticos alcanza una exactitud casi palabra por palabra. Los mejores estudios de esta extraña dinámica sugieren que son dos variantes de un común denominador que yace a la raíz de la expectativa profética en el Antiguo Testamento. En Isaías, esta visión sirve como la visión de visiones de ese extenso libro, el motor de prácticamente cada pasaje del libro. En Miqueas, la realidad es similar. Y si esta convicción del futuro que Dios se compromete a forjar reposa en el corazón del testimonio profético, entonces de seguro debemos leer todos los pasajes ‘escatológicos’ del Nuevo Testamento a la luz de esta esperanza. Es decir, entre otras cosas debemos anticipar la salvación y la reorientación—el discipulado—de ‘todos los pueblos’ y ‘todas las naciones’.

Pero no lo hacemos.

Al contrario, tenemos expectativas flacas … desnutridas … empobrecidas, pues la ‘escatología’ es una de las áreas de nuestra vida cristiana que le hemos sacrificado al espíritu deprimente y lúgubre de nuestro mundo … nuestro mundo afligido y sufriente … nuestro mundo turbulento y confuso … nuestro mundo enfermizo y asfixiante … nuestro mundo borracho y envenenado.

Terminamos esperando que Dios logre sacarnos a unos pocos de acá para trasladarnos a latitudes celestiales más agradables.

Pero esa expectativa—si la dignificamos con el vocablo—no tiene nada que ver con la esperanza profética, que se manifiesta con constantes referencias a ‘toda carne’, ‘todos los pueblos’, ‘todas las naciones’ y otras descripciones de una humanidad redimida en dimensiones asombrosas y triunfantes.

A esa esperanza no le damos la talla. Porque hemos negociado una solución de pequeñas expectativas y esperanzas marchitadas que reducen la gloria de Dios al rescate de unos pocos mientras las multitudes sufren la inagotable llama de la ira divina.

Si una vez uno creía de esa manera, ya no puedo. La Biblia no me lo permite. La Biblia no nos lo permite.

Si voy a reclamar de manera tan atrevida una creencia—llámese ‘escatología’—que tantos sectores de nuestra comunidad evangélica afirman, sería justo que diera argumentos exegéticos y teológicos sofisticados y bien afinados. Pero no tenemos tiempo para semejante ejercicio hoy. Esa tarea queda pendiente. 

El único ofrecimiento que les traigo hoy es una lluvia de metáforas. Mi ambición es modesta. Quiero sembrar nuestra conciencia colectiva con ideas que espero nutran nuestra capacidad de esperar en grande. Quiero moverles unos centímetros en dirección de poder dar una respuesta afirmativa ante la pregunta que planteo: ‘¿En realidad podemos esperar?’

Primera metáfora: El metrónomo de Dios marca lentamente.

La Biblia presenta a un Creador y Redentor triunfante. Es más, en las Escrituras nuestro Señor bendice el mundo que Él creó por medio de su amor triunfante. 

Pero hay un problema pa’ nosotros, feligreses de la Iglesia de los Santos Afanados: El triunfo de Dios no se ve en un día … ni en un año … ni en una década … ni aun en un siglo. 

Su metrónomo redentor marca lentamente.

Miqueas e Isaías, representantes de todo un gremio de profetas bíblicos que—cada uno a su manera y conforme a sus idiosincrasias—compartían una misma esperanza, hablaron de las naciones fluyendo como un inmenso río a la ciudad del Dios de Jacob para recibir su torah, su enseñanza, su instrucción, su orientación, para luego vivir en paz y harmonía bajo el gobierno de YHVH. Cuando se atrevieron a pintar el futuro de Dios en colores que contrastaron tan radicalmente con las tinieblas de su momento histórico, ellos hablaron de algo que nunca iban a presenciar. Hablaron algo que les parecía absurdo … imposible … contrario a la naturaleza de las naciones y del mundo en que nos toca convivir con tales pueblos.

Pero al ritmo del metrónomo de Dios, somos no solo testigos sino participantes en la realización de esa visión tan radical. Tenemos la tendencia, al leer esta visión profética, de identificarnos con Israel, pero esa es una lamentable ilusión óptica. Al contrario,  somos los hijos e hijas, nietos y bisnietas de aquellos pueblos. Sin embargo, nos hemos unido al Israel de Dios y—esto debe ser más visible en un seminario que en cualquier otro lado—nos hemos dado a la tarea de volvernos aprendices … estudiantes … pupilos … discípulos de תורת יהוה, la ley del Señor.

Y aquí estamos, habiendo confluido a Sión, a lo largo de 28 siglos de ritmo redentor … marcado a paso lento … conforme al metrónomo del amor triunfante del Dios de Jacob. 

Yo sé que es difícil aceptarlo a partir de nuestra vivencia apocalíptica evangélica, pero el Señor de la historia no anda afanado. Él toma su buen tiempo. Su metrónomo marca, mide y divide la historia de la redención a paso lento.

Les confesé que lo único que tengo hoy para apoyar mi reclamo es una lluvia de metáforas. Permítanme, pues, una segunda.

 

Segunda metáfora: ¿Qué hora es?

Sospecho que el hermano anónimo que pintó las rocas en la carretera a San Cristóbal sabe a ciencia cierta que son las 11:59 p.m. 

Y siendo la comunidad evangélica que somos, en el primer cuarto del siglo XXI, sospecho que la mayoría de nosotros también asumimos que el reloj de la historia ha marcado 11:59 … p.m. De hecho, los movimientos evangélicos y pentecostales de los últimos cien años han invertido la mayor parte de sus energías escatológicas en salvajes argumentos sobre si son las 11:59 o las 11:57 … p.m.

Y quizás la hora es así de tardía. Con todo candor, yo no sé. Tú tampoco sabes.

Pero me atrevo hacer una observación ingenuamente sencilla: cada generación de cristianos ha sospechado que la generación suya es la última, que Cristo viene muy, muy pronto, y que la hora a un mínimo marca las 11:45 … p.m. Y cada generación ha sido equivocada.

¿Pero qué tal si son las 6:00 de la mañana? ¿O si es la una de la tarde?

O un poco más radicalmente, ¿si son las 2:45 de la mañana?

En ese caso, nuestra forma de esperar sería diferente. ¿Qué tal si nuestro momento, donde uno puede aterrizar en cualquier aeropuerto del mundo, grande o pequeño, y encontrar una comunidad de seguidores de Jesús dentro de minutos o un puño de horas … qué tal si esa confirmación del amor triunfante de Dios es … pues Dios apenas haciendo calentamientos? ¿Qué tal si el Señor apenas ha iniciado el camino hacia la plenitud profética, donde—Isaías otra vez—los que conocen al Señor llenarán la tierra como las aguas cubren el mar?

¿Qué hora es? ¿Está seguro? … ¿Estás segura?

Quizás la hora no es tan tarde y nos queda mucho tiempo para admirar el amor triunfante del Señor. Quizás la extensión del evangelio de estas latitudes y a otras es primicias de cosas que solo la visión profética es capaz de admirar. Quizás este mundo afligido está madrugando, camino a su medianoche de luces y de celebración y redención.

 

Tercera metáfora: Mis Medias Rojas @ 2004

Si uno es fanático del mejor equipo de beisbol en la historia humana, animal y cósmica—me refiero por supuesto a las Medias Rojas de Boston—entonces uno está moralmente obligado a odiar el principal rival, los detestables Yanquis de Nueva York. Obvio….

En el trágico y oscuro año 2003, los Yanquis nos eliminaron en el séptimo y último partido del Campeonato de la Liga Americana, por medio de una cadena de sucesos tan tristemente improbables que nos dejaron descorazonados. Nos condenaron a pasar un invierno de lágrimas.

Viene el año 2004. Una vez más, todo se ve posible. Tanto las Medias Rojas como los maléficos Yanquis ostentan una temporada magnífica y figuran entre los mejores equipos de ambas ligas del beisbol profesional en los EE.UU.

Al final de la temporada, en los llamados playoffs, se enfrentan una vez más los Yanquis y las Medias Rojas en el campeonato de la Liga Americana. Es una serie de siete partidos. Hay que ganar cuatro. El ganador avanza a la Serie Mundial. El perdedor llora y se arrastra a su casa.

Pero en 2004, las Medias Rojas han logrado consolidar los roles de varios jugadores increíbles, incluyendo latinos como el boricua Manny Ramírez, los dominicanos David Ortiz y Pedro Ramírez y un shortstop, hijo de la costa caribeña de Colombia, Orlando Cabrero. Somos fuertes. Pero los odiados Yanquis una vez más nos obstaculizan el camino a la Serie Mundial, campeonato que no hemos ganado desde 1918, cuando se nos occurió vender a los Yanquis nuestra mejor estrella, el leyendario Babe Ruth.


Esta vez los Yanquis nos humillan en los primeros tres partidos. Solo les toca ganar uno más para acabar una vez más con nuestros sueños. Es una total calamidad. Ningún equipo en la historia de las Ligas Mayores de beisbol ha podido recuperar después de una desventaja de 3 partidos a 0.  Ninguno.

Pero … pero … en una de las semanas más insuperables en la historia del deporte, las Medias Rojas ganan los próximos cuatro partidos. Avanzan a la Serie Mundial, donde ganan cuatro partidos contra 0 y se nos corona ‘campeones del mundo’. 

En estos últimos dos meses del 2024, me he dado a la tarea de ver las grabaciones de los partidos 4, 5, 6 y 7 de ese inolvidable campeonato de hace veinte años.

Yo sabía quién iba a ganar, claro, octubre del 2004 fue uno de los meses más exhilarantes de mi vida. Pero sentándome a lo largo de dos meses para ver minuto tras minuto, lanzamiento tras lanzamiento, entrada tras entrada, experimenté el mismo ardor, el mismo drama, el mismo pulso acelerado, el mismo delirio de hace 20 años. La conclusión nunca entraba en duda. Pero el play-by-play fue fascinante y conmovedor y … para este peregrino … muy real.

Yo sé quién triunfa en la historia de ese mundo … en la experiencia de la humanidad … en la redención del cosmos. Su nombre es Yahveh … Adonai … el Señor, el Padre de nuestro Señor Jesucristo. 

Los profetas me lo dijeron. Su Espíritu venció mis dudas. Mi Jesús me lo confirmó. La conclusión no está en duda. El amor divino triunfará.


Pero nos toca vivir cada momento a todo color, con el drama intenso de lo que está en juego. Sufrimos, lloramos, reímos, celebramos como cualquier otro ser humano … lanzamiento por lanzamiento, entrada por entrada … pero sabemos quién triunfa a la conclusión de todo.

Mientras tanto, esperamos en grande.

Cuarta metáfora: El camino a Jardín

Muchos de ustedes saben que este semestre a Karen y a su servidor se nos ha golpeado fuertemente, principalmente mediante la pérdida de nuestro hijo Taylor. No ha sido fácil.

Cumplimos doce años de matrimonio el día 28 de abril y a mi esposa le sorprendí, arrendando una casa en las montañas alrededor del pueblo de Jardín, en el suroeste de nuestra hermosa Antioquia.

El lugar fue indescriptiblemente bello. Nos sentamos por incontables horas, admirando el juego de luz y nube que es un constante en esos espacios andinos, gozándonos en la presencia de las muchas aves que compartieron con nosotros sus vidas de constante movimiento.

De vez en cuando, cuadramos un tuk-tuk que llegaba para llevarnos al pueblo de Jardín. Siempre una aventura en ese camino rocoso y serpentino. Durante los 25 minutos entre casa y pueblo nos preguntábamos, ¿Dónde estará el pueblo? ¿Por ahí? No, creo es por allá. No jamás…


Sabíamos perfectamente bien pa’ donde íbamos. El destino era seguro. Pero era imposible en cualquier momento saber dónde estábamos. A veces la lluvia nos mojó; a ratos al tuktuk le costó subir una loma porque había mucho barro. Había un momento cuando nos preguntamos si hubiera sido mejor quedarnos en casa, pues quizás no llegábamos y la noche se volvía oscura.

La principal objeción al tipo de esperanza robusta que los profetas generan es que, pues, las cosas están tan mal. Es que … la persecución … es que los imperios …. Es que la corrupción … es que la miseria … es que la violencia … es que el nominalismo … es que …

Cristo tiene que volver pronto pa’ sacarnos a los pocos de este infierno.

Pero la esperanza que a mi criterio el testimonio bíblico engendra y sostiene es otra cosa. No niega la realidad de la maldad, de las guerras, de nada. Es una esperanza sumamente realista. Acepta que las Édades y las Épocas de Oscuridad pueden recurrir y asumir muchas formas y cobrar factura horrible.

Pero permítanme volver por última vez a mi lluvia de metáforas:

Si el metrónomo de Dios marca lentamente, su amor triunfará a ritmo suyo.

Si no tenemos ni idea qué hora es, es probable que los problemas de nuestra generación pasarán y cederán su lugar o los problemas de otra generación, sin que esto estorbe el avance de la misión triunfante de Dios.

Si al saber quién gana no le resta el color, el drama, el vigor de estas breves vidas que nos toca realizar, viviremos a todo color, con pasión por Cristo, intoxicados por la llenura del Espíritu de Dios y amando al prójimo como a nosotros mismos. Invertiremos nuestras vidas en el proyecto de Dios, encomendando los resultados a sus manos amorosas.

Y si no nos corresponde saber dónde estamos porque el destino es seguro, aunque la carretera se vuelva oscura, entonces no exageraremos la momentánea confusión que nos aflige en camino.

Y esperaremos. Sí, esperaremos.

Alinearemos nuestras vidas con aquel día cuando toda carne …. todos los pueblos … todas las naciones fluirán como inmenso río a la escuela … al aula … a la casa de nuestro Dios. Y en consecuencia los que conocen a YHVH llenarán la tierra como las aguas cubren el mar.

Somos un seminario y somos seminaristas. Por lo tanto, habrá otros momentos para considerar y debatir las implicaciones escatológicas, misionales y hasta soteriológicas de lo que compartí hoy. Eso es natural, y necesario.

Pero si quieres esperar de veras, no quiero caminar solo. Acompañémonos, pues, esperando el futuro de Dios de veras.

Amen.

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Los lectores de estas reflexiones habrán observado la percepción de este autor de que el libro de Isaías es esencialmente esperanzador respecto al destino de las naciones. Aunque uno se esfuerza por observar el duro filo del castigo que generalmente precede a la promesa de inclusión de otros pueblos en el plan redentor de YHVH para Israel, la esperanza está ahí. A veces sometida, a veces mezclada con sometimiento aunque sea un sometimiento alegre o muy esperado, a veces estallando extravagantemente de la denuncia a la bendición, casi siempre hay una nota de anticipación esperanzada para los antiguos adversarios de Jacob.

Pero no así para Babilonia, al menos en el capítulo 14 del libro.

Profecía sobre Babilonia que tuvo en visión Isaías, hijo de Amoz.

Levantad estandarte sobre la colina pelada, alzad a ellos la voz, agitad la mano para que entren por las puertas de los nobles. 

Yo he dado órdenes a mis consagrados, también he llamado a mis guerreros, a los que se regocijan de mi gloria, para ejecutar mi ira.
Ruido de tumulto en los montes, como de mucha gente. Ruido de estruendo de reinos, de naciones reunidas. El Señor de los ejércitos pasa revista al ejército para la batalla.
Vienen de una tierra lejana, de los más lejanos horizontes, el Señor y los instrumentos de su indignación, para destruir toda la tierra.

Gemid, porque cerca está el día del Señor; vendrá como destrucción del Todopoderoso.
Por tanto todas las manos se debilitarán, el corazón de todo hombre desfallecerá, y se aterrarán;
dolores y angustias se apoderarán de ellos, como mujer de parto se retorcerán; se mirarán el uno al otro con asombro, rostros en llamas serán sus rostros.
He aquí, el día del Señor viene, cruel, con furia y ardiente ira, para convertir en desolación la tierra y exterminar de ella a sus pecadores.
Pues las estrellas del cielo y sus constelaciones no destellarán su luz; se oscurecerá el sol al salir, y la luna no irradiará su luz.
Castigaré al mundo por su maldad y a los impíos por su iniquidad; también pondré fin a la arrogancia de los soberbios, y abatiré la altivez de los despiadados.

Haré al mortal más escaso que el oro puro, y a la humanidad más que el oro de Ofir. 

Por tanto, haré estremecer los cielos, y la tierra será removida de su lugar ante la furia del Señor de los ejércitos, en el día de su ardiente ira.
Y será como gacela perseguida, o como ovejas que nadie reúne; cada uno volverá a su pueblo, y cada uno huirá a su tierra. 

Cualquiera que sea hallado será traspasado, y cualquiera que sea capturado caerá a espada.
También sus pequeños serán estrellados delante de sus ojos; serán saqueadas sus casas y violadas sus mujeres.He aquí, incitaré contra ellos a los medos, que no estiman la plata ni se deleitan en el oro; 

Con arcos barrerán a los jóvenes, no tendrán compasión del fruto del vientre, ni de los niños tendrán piedad sus ojos.
Y Babilonia, hermosura de los reinos, gloria del orgullo de los caldeos, será como cuando Dios destruyó a Sodoma y a Gomorra; 

Nunca más será poblada ni habitada de generación en generación; no pondrá tienda allí el árabe, ni los pastores harán descansar allí sus rebaños

Sino que allí descansarán los moradores del desierto, y llenas estarán sus casas de búhos; también habitarán allí los avestruces, y allí brincarán las cabras peludas. 

Aullarán las hienas en sus torres fortificadas y los chacales en sus lujosos palacios. Está próximo a llegar su tiempo, y sus días no se prolongarán.

Isaías 13:1-22 (LBLA)

Aunque el oráculo oscila entre Babilonia y todo el mundo habitado -o la humanidad, en general-, nunca se aleja de los anzuelos que penetran en la carne de la Babilonia histórica, la opresora de Judá.

Tal vez se trate de que existe una oposición final y decidida al consejo de YHVH que al final se respeta y se permite que sea lo que es. No es difícil comprender cómo esta oscura denuncia será retomada en la apocalíptica cristiana para señalar no el fin de un imperio histórico a punta de espadas medas (persas), sino una destrucción final de toda resistencia humana al propósito de la Redención.

La observación no mata la esperanza. Pero mata el optimismo espumoso.

Hay, incluso en este oráculo de miseria, un propósito más allá de la batalla, uno que asume el bajo perfil de los imperativos expectantes: ¡Escucha! … ¡Vean! Alguien, al parecer, se beneficiará cuando el río de sangre amaine.

Pero ¡oh, la humanidad!

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