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El crescendo es una característica central de la alabaza bíblica. La dinámica de la adoración es tal que un número cada vez mayor de adoradores están atrapados en su fuerza concentradora.

Sin embargo, si se concentra, es decir, si se fija la mirada de la criatura en lo que es más cierto acerca de todo lo creado de lo cual él hace parte, también se descentra, porque su fuerza fluye hacia afuera. Casi por definición, la alabanza es una fuerza centrífuga, su potencia contagiosa cautiva círculos cada vez más grandes en su ruidosa labor.

Cuando el salmista ha agotado su descripción de la alabanza como el ofrecimiento de la comunidad humana, un reflejo recurrente le permite extenderse también al mundo no humano. Él personifica lo que previamente pudo haber sido considerado inerte, aquella naturaleza supuestamente no doxológica que nos rodea: 

¡Ruja el mar y cuanto contiene,
el mundo y los que en él habitan!
¡Batan palmas los ríos;
a una canten jubilosos los montes!

(Salmo 98:7-8 LBLA)

Sería errado leer esto de forma rígida y literalmente, con esa inclinación peculiar de reificación que caracteriza el lector creyente cuando lee la Biblia. Empero, sería mucho más errado no darse cuenta del punto de vista del salmista acerca de la magnitud del circulo de alabanza.

Ciertamente existe algo benevolentemente totalitario en la práctica de alabar al Creador del mundo. Esa alabanza no está completa hasta que todos se han unido a su canto. La euforia de la alabanza lleva consigo una cierta tristeza en la actualidad, porque la comunidad que danza, que canta, y que adora es consciente de que todavía no todos reconocen que la verdad central sobre el Creador y la creación es que el Creador debe ser alabado por su creación.

La coerción no es el motor ni el medio de esta verdad. Al contrario, es impulsada por la agudeza que llega a aquellos que unen sus voces al canto, y sus cuerpos a la danza. YHWH es, como en el salmo dos antes que este es tradicionalmente traducido, muy digno de ser alabado.

Así es la cuestión.

El apóstol Pablo es, similarmente, profundamente doxológico en su entendimiento de la creación, redención y su divino Hacedor. Él sabe muy bien que todo pensamiento verdadero, todo discurso correcto lleva a una inexorablemente a la doxología. Para Pablo, no hay una fuerza coactiva en esto. Así como el salmista, él parece simplemente entender que así es el mundo. Aquellos que lo ven bien, aquellos cuyos lentes no están distorsionados por manchas refractarias, saben que es cierto y comprenden que es la más verdadera de todas las verdades.

Pablo conoce la tristeza, también. Una nota de melancolía que respecta el hecho de que aun no todos alaban de esta manera lo lleva a hablar de aquella creación que ‘gime’ mientas aguarda su completa y catastrófica redención.

Sin embargo, el apóstol está seguro, así como el poeta del salmo noventa y ocho, de que esta triste restricción no siempre detendrá el canto de la humanidad y la explosión doxológica que es el derecho y destino de toda la creación. Un día, él sabe, aún las ríos aplaudirán; incluso los montes cantarán juntos con alegría.

Los salmos están llenos de una asertividad esperanzadora, como que ‘nunca seré sacudido’.

Dicha confianza, aún cuando es más frágil de lo que parece, se basa en la presunta estabilidad moral del mundo. Esto es, la justicia existe y prevalecerá. Si uno no confía en este aspecto de la habilidad de YHWH, entonces ya casi nada importa.

Al mismo tiempo, la experiencia humana sabe sobre esta justicia retrasada. Le duele la realidad vindicativa que sus ojos no han visto y, a decir verdad, muy rara vez vista. Aún así, persiste la firme esperanza en un resultado que las personas razonables pueden acordar. Sabe que YHWH, a la postre, no hará menos que esto.

Porque ni del oriente ni del occidente,
ni del desierto viene el enaltecimiento;
sino que Dios es el juez;
a uno humilla y a otro ensalza.

(Salmo 75:6-7 LBLA)

En los salmos y mucho más allá, la antología bíblica se capta mediante la noción de un drama cósmico. La aleatoriedad no tiene ninguna posibilidad contra la convicción que de YHWH tiene un plan para su mundo, que este plan es apasionado si se resiste misteriosamente a las zonas sombrías pero feroces, que la experiencia humana es el escenario privilegiado de este drama, y que su resultado es seguro. En este teatro cósmico, YHWH mueve sus piezas en una forma que paradójicamente no obtiene resignación sino resolución y decisión. Puesto en términos convencionales, él levanta a los humildes y humilla a los orgullosos. 

El escritor del salmo setenta y cinco prueba este bebedizo fortalecedor mientras contempla la arrogancia de los arrogantes que parecen estar a su alrededor. Se siente seguro de que la perdición de los arrogantes está asegurada. Es más, alaba al “Dios de Jacob” antes de que este misterioso Soberano haya ejecutado la caída de ellos y la frustración de sus planes. 

La alabanza preventiva hace eso. Es lo suficientemente segura de su confianza como para encontrar la fortaleza en el momento de celebrar lo que YHWH apenas está desnudando su brazo fuerte para hacer.

The Idea of a Christian College by [Arthur F. Holmes]This little work, revised in 1975, distills the thinking of one of the most profound conceptual minds behind the modern history of Illinois’ Wheaton College, arguably the flagship of the North American ‘Christian Liberal Arts College’ fleet. Phrases like ‘all truth is God’s truth’ and ‘the integration of faith and learning’ subsequently became common and even anodyne slogans of Christian liberal arts colleges throughout North America.

But in the 1960s, 1970s, 1980s, Holmes was breaking new ground in defense and cultivation of the Christian college. The desire to break free from an inward-looking and fearful Fundamentalism never lay far from the surface. The book still expresses itself with an almost alarming lucidity and is perhaps as much a counter-cultural manifesto in these pragmatic times as it was when Wheaton’s great philosophy teacher was holding forth with his English accent and scribbling the lines of this book with his forceful pen.

Two of the book’s nine chapter titles are questions. The first makes its query in the broadest possible terms: Chapter 1, ‘Why a Christian College?’.

In this opening salvo, the author alleges a veritable jungle of ignorances and misconceptions about what a Christian college is actually for. In this spate of ground-clearing, Holmes is already arguing against a protective and certainly a defensive purpose for such an institution. Holmes finds the answer to his ‘Why?’ in the interpenetration of two distinctives, the educational and the religious. Educationally, the Christian college exists not in order to indoctrinate but rather to educate in ways that are both deep and daring. Religiously, such a college does not keep its piety separate from the other disciplines that come in for research and teaching. Rather it engages all appropriate disciplines from a faith commitment that is articulated and foundational.

From Holmes’ perspective, theology is bound to exercise a sort of queenly function in this endeavor, even if the author is at pains not to allow his queen rights of tyranny. Significantly, ‘Theological Foundations’ is the title of the book’s second chapter and, in a manner of speaking, of its first declarative chapter. Holmes discerns four theological pillars for the project of the Christian College. First, the fact of creation means there is much to be explored and investigated, all of it coming from a Maker’s good hand. The bugbear here is Gnosticism, which would counteract Holmes’ program by placing that truth which is worth one’s while in the sphere of the esoteric, far removed from the creative sphere that humankind is invited to and charged with investigating.

It is perhaps unfortunate that Holmes capitalizes ‘Gnostic’, inadvertently pointing his reader to a defined religio-intellectual movement that can be historically located rather than to the general disdain for the created physical realm that he clearly intends. The gnosticism he wishes to rebuke is with us today as an unorganized and largely unreflective set of mind whose exponents know little both of the historical Gnostics and of the family resemblance that Holmes glimpses in them.

The second pillar is the human person, a complex and rich feature of creation who is at his or her best when curiosity ranges wide across the created plain. Indeed, ‘(T)he educator’s task is to inspire and equip individuals to think and act for themselves in the dignity of persons created God’s image.’

Third, the fact that the realia that present themselves to us are the work of a single, benign Benefactor means, first, that all truth belongs to God no matter where it is found (that is, not exclusively nor even principally through the lens of theology) and, second, that truth is a unity no matter how beguiling its complexity. Faith, then, does not impede one’s quest to engage and understand truth; it empowers it: ‘Faith is neither a way of knowing nor a source of knowledge. Faith is rather an openness and wholehearted response to God’s self-revelation.’

Holmes’ fourth theological pillar is the oft-referenced ‘cultural mandate’. Human beings are cultural creatures. As such, we imitate God as we engage with and create culture. ‘To confess God as Creator and Christ as Lord is thus to affirm his hand in all life and thought. It is to admit that every part of the created order is sacred, and that the Creator calls us to exhibit his wisdom and power both by exploring the creation and developing its resources and by bringing our own created abilities to fulfillment.’

The Christian College’s theological foundations, then, fuel a robust and fearless education enterprise.

In his third chapter (‘The Liberal Arts: What and Why?’), Holmes traces the historically shifting lines of what has come under study in the enterprise to which we now refer as ‘the liberal arts’. But he is more concerned to move beyond this ‘extensional definition’ to an ‘intensional definition’: ‘the liberal arts are those which are appropriate to persons as persons, rather than to the specific function of a worker or a professional or even a scholar’.

One might consider Holmes’ person as person here to be the second accusative often attached to the verb ‘to teach’. That is, one teaches something to or for someone. His emphasis upon the formation of a person sets his approach and indeed the practices of a ‘liberal arts college’ off from vocational and other forms of education. There may be no more violent rupture than this between the author’s program and the pragmatic spirit of the age that renders unremarkable proposals to assess the value of an educational institution principally or even exclusively by counting the dollars its graduates earn within, say, ten years of their departure from it. Holmes believes that educating the person represents a larger and more compelling ambition than that, nor will he concede that to do so is not to attend to matters of a graduate’s employability.

When we ‘make a person’, in Holmes’ view, we are dealing with a multi-faceted though integrated creature. He or she is a reflective, thinking being, a valuing being, and a responsible agent. There is a place for other kinds of education, Holmes avers, but it is the particular remit of liberal arts education to provide ‘an opportunity to steward life more effectively by becoming more fully a human person in the image of God, by seeing life whole rather than fragmented, by transcending the provincialism of our place in history, our geographic location, or our job.’

Because the entire trajectory of Holmes’ apologia for liberal arts education tacks towards the formation of a person rather than the transmission of skills, Chapter 4 (‘Liberal Arts as Career Preparation’) flows as something other than the rearguard maneuver to which it might otherwise have been reduced, particularly in the face of prevailing notions that any education worthy of one’s dollar must demonstrate a short path to a (well-)paying job. The author is entirely convinced that the liberal arts education is solid preparation for a vocation, but not via a mechanical or short path. Rather, Holmes argues, such education forms a complete person who is eminently employable precisely because she has been pressed into significant scrutiny of her attitude towards work, exposure to a wide breadth of education, and development of conscious values that are patient of articulation. In a day in which one’s vocation may include serial dedication to a sequence of jobs, this—in Holmes’ view of things—is the kind of applicant that any employer should be loath to overlook.

Although an unsympathetic reader might by this point have begun to conclude that Holmes wants the church qua church to keep hands off the education of its young, his deep dive into how faith and learning integrate suggest otherwise (Chapter 5: ‘Integrating Faith and Learning’). Here Holmes argues that if a mature faith does not lie at the root of a Christian liberal arts college’s shared life, then it ought to abandon the adjective ‘Christian’. Yet this centering of Christian faith at the core of the college does not take us back to the notion of indoctrination.

Sometimes even interaction (reviewer: between faith and learning) has been repressed in favor of indoctrination, as if prepackaged answers can satisfy inquiring minds. Students need rather to gain a realistic look at life and to discover for themselves the questions that confront us. They need to work their way painfully through the maze of alternative ideas and arguments while finding out how the Christian faith speaks to such matters. They need a teacher as a catalyst and guide, one who has struggled and is struggling with similar questions and knows some of the pertinent materials and procedures. They need to be exposed to the frontiers of learning where problems are still not fully formulated and knowledge is exploding, and where by the very nature of things, indoctrination is impossible.

Holmes moves on from a soaring paragraph like the one just quoted to survey four approaches to the integration of faith and learning: attitudinal, ethical, foundational, and ‘worldview’. He finds a thoughtful Christian appropriation of each of these approaches as the needed, if composite, thing. The volume’s chapter four is, as one says, worth the price of this little book all by itself. Nearly fifty years on, this propositum rings remarkably undated.

It is patently obvious that ‘academic freedom’ is nowadays either a push-and-pull activity within Christian educational institutions—and not merely the Christian liberal arts college—or a topic of derision by secular critics who regard it as impossible within a religious framework or both. Holmes recognizes the dilemma that the alleged existence of the thing surfaces. His sixth chapter, entitled simplify enough ‘Academic Freedom’, addresses ‘(1) why academic freedom is important in the Christian college, (2) how it may be conceived, and (3) some criticisms it meets.’ His discussion is prefaced by a simple definition of his principle term: ‘Academic freedom is the recognition that faith and intellect, like love, cannot be forced and must not be, if each is to play its part in relation to the other.’

Holmes is also cognizant of the damage that is achieved in its absence.

To deny academic freedom is historical suicide. Rather than confirming men in the truth it will drive them from it. Rather than cherishing orthodoxy it will render it suspect to every inquiring mind. Rather than developing the intellectual resources essential to Christian thought and action it will stifle them. Rather than launching a strategic offensive into the citadels of secularism it will incarcerate us in the ill-equipped and outdated strongholds of past wars.

Holmes’ summons to professors to attach the words ‘responsibly’ and ‘carefully’ to their practice of academic freedom will not satisfy all trustees and all alumni, nor indeed will it be applauded by all professors. But it does set off academic freedom in the context of a Christian college context from that intellectual unaccountability which imagines itself devoid of presuppositions and is in other ways painfully and historically naive. One imagines that Holmes would agree that academic freedom is a core principle that in practice is a matter of constant negotiation. 

If the book’s high-water mark has been reached by its fifth or sixth chapter, this does not imply that subsequent chapters represent a winding down. Rather, for example, Chapter 7 (‘College as Community’) anchors all that has been said in a realistic—one might even say unsentimental—view of the college community. Perhaps today more than at the time of writing, ‘community’ is patient of a number of interpretations. Holmes would doubtless reject the most romantic of them, for he is convinced that community is not easily achieved and is built around the reality that the college community’s common cause is educational. One belongs to and participates in this community because one has chosen to learn and to do so in the company both of teachers and of other student learners. One can imagine elements of community that Holmes would happily discard on the grounds that they make little or no contribution to learning. 

Having suffered through chapel services in which the speaker appears to be on a mission to discredit learning, this reviewer finds Holmes’ take on college chapel to be particularly helpful:

So can the college chapel service that is a regular part of community life in the Christian college. It should not be peripheral to the educational task but should constantly renew the vision of a Christian mind. When the well-intentioned speaker discourages intellectual pursuits or cultural involvement or political action, he turns off many students. Chapel speakers should realize that a Christian college exists to cultivate the intellect and involve people in their culture, and that it is therefore more than a conserving influence in the world. A college is Christian in that it does its work in a Christian way, not by encouraging an unthinking faith to counterbalance faithless thought. If education is God’s present calling to students, then no question arises about whether God or studies comes first, for God is to be honored in and through studies. Compartmentalization has no place on the Christian campus.

Holmes constructs his penultimate chapter (8, ‘Experience is not Enough’) around two premises. First, ‘experience alone is not understanding.’ Second, ‘Education requires understanding.’ About a half-century after the book’s first printing, it is challenging to recognize Holmes’ erstwhile antagonists with completely clarity, though it is not difficult to name their daughters and sons. One can surmise that he was battling a reduction of education to quasi-educational ‘practical experiences’ as well as the corresponding diminution of rigorous reflection that accompanies this, as other, reductionisms. Regardless, the chapter’s final paragraph suggests a certain baring of teeth at the approach of adversaries, whether intramural, extramural, or both.

Liberal education develops the person. It is an open invitation to join the human race. Christian liberal arts education is an invitation to become increasingly a Christian person. But neither the excitement of traveling in Europe, nor the trauma of living in a ghetto, nor simply looking at paintings or making them, not unexamined religious experience and service activities can develop an educated person. Experience must be humanized if it is to be educational; to be humanized it must be educated. In the final analysis that is why raw experience is not enough; uneducated experience cannot educate. Experience alone is not education.

This reader was drawn inexorably towards the final chapter with its promised personification of the author’s argument for a certain kind of education. In his ninth chapter—‘The Marks of an Educated Person’—Holmes considers two fictional but highly recognizable individuals who have enjoyed the benefits of a liberal arts education but in fact have not emerged from the process with the desired qualities. His final page is dedicated to a description of another. Her name is Pat, and Holmes’ profile of her is worthy of quotation in full though it will easily signal the five decades that have passed since he conjured her image.

Pat is widely read. She has read Plato and Augustine, Shakespeare and William Faulkner. She’s acquainted with both Bach and Bartók, and enjoys Monet and Picasso. She thinks of them all as her friends. But she does not brag: she wears these friendships lightly.

Pat is alert to the issues of the day: she feels the injustices of apartheid and admits there are ambiguities in Nicaragua. She listens to the other side, rather than reacting with an outburst of ridicule or anger. She measures her judgments before she acts, and before she votes. Her vote, in the end, is the kind of vote a democracy needs—informed, principled, and caring—not just blindly partisan. Her friends tell me she always gets to the heart of an issue.

Pat is aware of some new developments in science and technology, biology in particular, and the moral dimensions of genetic research both interest and concern her greatly—even though her major was literature. She continues to read, to learn, to grow, for she realizes that however large the circumference of her knowledge, just as large are the borders of her ignorance. Yet she doesn’t worship either knowledge, or art, or influence, or even her relationships with her friends. She worships the One from whom all blessings flow, the One who gives but also takes away. Whatever her abilities, whatever her development, whatever her accomplishments, she blesses the name of the Lord.

Pat, I say, is an educated person.

Beyond longing for the increase of Pat’s tribe, what ought one to do with a little and old book like The Idea of A Christian College?

One might begin by placing it at the center of intentional conversation in any number of Christian educational institutions, whether or not they aspire to the moniker ‘liberal arts’. The work is accessible, compelling, and remarkably up to date in the light of its age.

Holmes never insists that the kind of education he describes is the only or even the best kind of education. One suspects that he would wish a thousand flowers to blossom, though he would tenaciously resist any attempt to uproot his particular plant. What he persistently—and by this reviewer’s lights, effectively—combats are the short-cuts, the settling, the mere self-preservation cum indoctrination, the gnostic alternatives to engaging the world as it comes to us, the vicious and purblind pragmatisms that claim to know what is ‘relevant’ and what is not. 

One might wish to query Holmes as to whether the Christian liberal arts education he admires is, is not, or can be made accessible to more than a sliver of the globe’s inhabitants. Alas, he is not present to respond. One guesses, however, that the response we cannot hear would begin by a gently persistent probing of the assumptions behind such a question.

This reviewer, feet firmly planted in a South American context that no one would call privileged, is convinced that—no matter where we begin—Arthur Holmes’ little apology for something larger, more beautiful, and more enduring would move us higher, move us closer to a shared life of learning and teaching that is worthy of all our sweat and tears.

En este momento, parecemos estar embriagados por nuestra propia autoestima, sin embargo, con pocas esperanzas de lograrlo por la ruta intoxicante que hemos elegido. Por lo tanto, puede parecer un momento difícil para hablar de Dios riéndose sarcásticamente de los pequeños esfuerzos de la humanidad para establecer su estatus y prerrogativa. Sin embargo, los salmos eligen esa imagen cuando sus escritores imaginan al Señor que gobierna a las naciones tomando la medida de los esfuerzos terrenales tendientes a suplantarlo.

Esta risa es un buen sonido -una manera de euanggelion– para aquellos israelitas que se encuentran rodeados por enemigos gentiles cuya enemistad declarada contra el Dios de Jacob debe tener consecuencias dolorosas para sus hijas e hijos. Frecuentemente, la mención del cielo riendo a carcajadas de los designios de los maquinadores es precedida por alguna declaración en labios de los malhechores en el sentido de que “nadie escucha” o “nadie ve”. Son inmunes a la justicia celestial, o así consideran.

Observa el salmo 59.

Aquí el escritor está preocupado por lo que parece ser una amenaza de guerra por parte de los gentiles contra el pueblo de Israel y/o Judá. Su descripción de guerra en términos caninos es de agarre:

Regresan al anochecer, aúllan como perros,
y rondan por la ciudad.
He aquí, se jactan con su boca;
espadas hay en sus labios,
pues dicen: ¿Quién oye? (Salmo 59.6-7 LBLA)

Luego, el sonido de la risa:

Mas tú, oh Señor, te ríes de ellos;
te burlas de todas las naciones.

A causa de su fuerza esperaré en ti,
porque Dios es mi baluarte.
Mi Dios en su misericordia vendrá a mi encuentro;
Dios me permitirá mirar victorioso sobre mis enemigos.

La imagen marca el movimiento contra la soberanía de YHWH sobre su mundo como “cosa de locos”. Dicha insurrección parece prudente desde cierto punto de vista, pero risible cuando se tiene la perspectiva adecuada.

O mira, el tan famoso, salmo 2, un himno de confianza en la arquitectura histórica del Señor y el estatus de su rey ungido:

¿Por qué se sublevan las naciones,
y los pueblos traman cosas vanas?
Se levantan los reyes de la tierra,
y los gobernantes traman unidos
contra el Señor y contra su Ungido, diciendo:
¡Rompamos sus cadenas
y echemos de nosotros sus cuerdas!

Él que se sienta como Rey en los cielos se ríe,
el Señor se burla de ellos.
Luego les hablará en su ira,
y en su furor los aterrará, diciendo:
Pero yo mismo he consagrado a mi Rey
sobre Sión, mi santo monte. (Salmo 2:1-6 LBLA)

Sería un error muy común leer en tal risa burlona un papel de adversario por parte de YHWH hacia los pueblos como naciones. Por el contrario, el mismo material presenta un compromiso con su redención, que es en puntos impresionante en su alcance y belleza. Sin embargo, a través de tales pasajes se evidencia una fuerte corriente de humildad y, a veces, de humillación. Es decir, la redención en los salmos y los profetas llega a las naciones cuando se someten al Dios de Jacob y a veces incluso al mismo Jacob/Israel. No hace falta decir que la historia de la interpretación se ha tardado mucho en discernir qué forma podría tomar tal subyugación—forzada o abrazada con alegría.

Cuando se escucha esta variedad de risa divina, no se dirige contra los no judíos en su totalidad, sino contra las naciones que buscan escapar de la soberanía determinada de YHWH no sólo sobre su pueblo Israel, sino sobre todo el mundo creado. Para los escritores que se complacen en el género, el reino de YHWH incluye no sólo su tribu abrahámica sino también—la frase es importante para fijar la atención de Dios en la gente—el tevah, el “mundo entero habitado”.

Es una estupidez, de hecho es una especie de broma, que pequeños hombres y mujeres se crean capaces de resistirse a tal poder.

Es más para su beneficio, la literatura parece sugerir, encontrar su misericordia en su fuerza, su bondad en su consejo, su futuro—velado por la desconcertante niebla del caos—en la historia.

La ayuda está disponible.

Este es el mensaje que el poeta que creó el Salmo 46 subraya en un tiempo en donde todo parece que lo que es confiable ha sido estremecido. Solo se necesita haber sentido un terremoto para que esa estaca existencial se clave en el alma, que solo aparece cuando la tierra se mueve.

 Se puede suponer que cualquier cosa se mueva bajo coacción. Pero no se supone que la tierra se mueva. Es la Cosa Inmóvil, el escenario en el que todo tipo de mobiliario hace un sonido agrietado y se agita. La gente marcha, corre, se arrastra, algunos se quedan, otros nos hacen desear que se hayan quedado. Pero la tierra en sí misma no se mueve.

 Entonces, de repente, se mueve, dejando a uno a preguntarse si existe algo en que se puede.

Dios es nuestro refugio y fortaleza,
nuestro pronto auxilio en las tribulaciones.
Por tanto, no temeremos aunque la tierra sufra cambios,
y aunque los montes se deslicen al fondo de los mares;
aunque bramen y se agiten sus aguas,
aunque tiemblen los montes con creciente enojo.
(Salmo 46:1-3 LBLA)

Al explorar su tema, el poeta se refiere a Dios en medio del caos con una descripción hebrea que es única en la antología bíblica. Él es, se nos dice, נמצא מאד (nimtsa’ me’od). Para una traducción, el traductor muy literal podría querer algo como esto: muy encontrable/descubrible. Las almas más poéticas nos han dado una convincente y duradera tradución: un pronto auxilio en las tribulaciones.

Lo que esta frase castella consigue con un notable toque estético, sacrifica parcialmente por el otro lado en términos del significado que el salmista desea expresar. Dios no está tan presente en una manera ordinaria e indiscutible, en tiempos de angustia, como la interpretación más bien filosóficamente inclinada en el español podría llevarnos a creer.

Más bien, él está disponible. Es decir, es sensible a ser buscado. Él escucha y reacciona cuando se le pide. Puede parecer que está oculto o incluso, al contrario de la traducción español que tenemos ante nosotros, ausente, ya que todo lo que es fuerte y fiable es lanzado como las olas en el mar. Pero él se dejará descubrir en esa mêlée por alguien que lo busca asiduamente mientras la casa se quema a su alrededor.

Este salmo, uno de los mejores de la antología bíblica, pasa a explicar el significado de la disponibilidad divina cuando los cimientos se estremecen. Aprendemos, de forma más prosaica, que el Señor está con nosotros. Quizás fue esta afirmación la que llevó a los traductores a expresar la presencia de YHWH con su notable giro de una frase que merece ser repetida: una ayuda muy presente.

Hay un río cuyas corrientes alegran la ciudad de Dios,
las moradas santas del Altísimo.
Dios está en medio de ella, no será sacudida;
Dios la ayudará al romper el alba.
Bramaron las naciones, se tambalearon los reinos;
dio Él su voz, y la tierra se derritió.
El Señor de los ejércitos está con nosotros;
nuestro baluarte es el Dios de Jacob. 

La espiritualidad bíblica, más a menudo de lo que vence las circunstancias de caos, alimenta un espíritu tranquilo en el centro de la existencia. Pero aun esta afirmación no es es mecánica, no es el producto de una quietud forjada por la fuerza de un alma human. Más bien, es el resultado del paradójico esfuerzo de buscar a un Dios que se deja encontrar a la fuerza, normalmente mientras las montañas y los pueblos continúan su furia justo afuera de la frágil puerta.

El salmista se enfrenta a Dios como cualquier par de amigos que lo hace bebiendo cerveza en el bar. Es una franqueza inquietante que evidencia la verdad de la circunstancia sin poner en peligro la larga fraternidad, que es el cimiento que une a tales amigos.

Los Salmos 42 y 43 están unidos por este vínculo verbal:

¿Por qué voy a inquietarme? ¿Por qué me voy a angustiar?
En Dios pondré mi esperanza, y todavía lo alabaré. ¡Él es mi Salvador y mi Dios! (Salmo 42:11 y 43:5 NVI)

Este estribillo logra un sofisticado autodiagnóstico, reconociendo a la vez tanto la depresión que prevalece como la incapacidad de alabar a Dios que es su compañero. Sin embargo, si el orador no puede alabar a Dios, aún puede dirigirse a él. Esa conversación viene como el severo desafío de un amigo ofendido:

Salmo 42: «¿Por qué me has olvidado? ¿Por qué debo andar de luto y oprimido por el enemigo?»… ante la burla de mis adversarios, mientras me echan en cara a todas horas: «¿Dónde está tu Dios?»

Salmo 43: ¿Por qué me has rechazado? ¿Por qué debo andar de luto y oprimido por el enemigo?

En cada caso, el salmista mantiene la esperanza de que todavía alabará a Dios, de que la amistad será restaurada a su resistente y satisfactoria mutualidad, de que esta actual soledad es el filo experiencial no del abandono final sino de alguna interrupción inescrutable que con el tiempo se revertirá.

El abrazo de la franca charla sobre la aparente falta de fiabilidad de Dios, por un lado, y la valiente afirmación de la esperanza en él, por el otro, es un instinto bíblico de notable perseverancia. Se ve muy claro el enajenamiento, resistiendo el impulso piadoso de explicarlo. Sin embargo, se aferra a la máxima racionalidad de esperanza en un buen Dios que parece tan amenazada por las contingencias de la experiencia humana, en particular por la experiencia de esa depresión y humillación que sigue a la experiencia de la ausencia de Dios. Él es deus absconditus muy a menudo para nuestro gusto. Sin embargo, él es YHWH, por su propia designación, el Dios que está allí, el Dios que está aquí.

Todo esto lleva a la fe bíblica a una cualidad lineal e histórica que contradice la abstracción. Uno se mueve de una experiencia a otra. Hay muy poco estoicismo aquí, es decir, la oscuridad actual se reconoco por lo que es. Al contrario, hay licencia para declarar la experiencia de este momento, como la pregunta retórica que casi se mofa de Dios por su ausencia, o mediante la confesión que dice que aún hay razones para tener esperanza.

La vida con este Dios, como parecen sugerir los salmos, no es oscuridad y confusión. Sin embargo, tampoco es simple. Es más bien un drama. El momento tras momento, capa sobre capa. Uno camina. Uno hace peregrinaje.

Mientras tanto, uno no sufre en un silencio abnegado. Uno habla. Uno ora.

La peculiaridad generativa del Salmo 23 radica en su negativa a comprometer la amenaza.

El valle de la profunda oscuridad (tradicionalmente conocido como, “el valle de la sombra de la muerte”) y los enemigos que lo rodean permanecen intactos. No se subestima su capacidad destructiva ni se desautoriza la siniestra intención de los enemigos. Simplemente se les deja, en la poética del salmo, ser lo que realmente son.

Esta es sin duda una explicación parcial para el evocación inmediata y duradera del salmo, ya que nuestra propia experiencia presenta más a menudo el desafío de sobrevivir en medio del peligro que de la liberación dramática de las circunstancias que no están hechas ante nuestros ojos.

Sin embargo, el salmo no es tímido.

El vigor que nos cultiva está en una de sus más exquisitas declaraciones.

Tú preparas mesa delante de mí en presencia de mis enemigos. (Salmo 23:5 LBLA)

El banquete del salmista es contradictorio. Es solitario, arriesgado y festivo.

No se menciona la compañía de amigos y familiares, de hecho, la singularidad de la experiencia del salmista es implacable hasta el detalle de que la mesa está preparada para mí. Es una mesa preparada en presencia de sus enemigos. Aunque no están invitados, tampoco están distantes. Finalmente, el poeta se sienta no a un austero picnic sino a la abundancia que es signo de una imagen bien embadurnada y un vino que se desborda.

El salmo ofende todas las expectativas ordinarias, creando para el poeta y sus lectores un espacio donde el peligro y la alegría cohabitan. La amenaza no se suprime, sino que se relega decididamente a las sombras para que un corazón solitario pueda regocijarse con el cuidado de YHWH mientras ningún amigo está cerca.

En los Salmos, así como en la vida, el enemigo está a menudo escondido y es un maquinador implacablemente. Aquí como en tantas otras observaciones, el libro de los Salmos muestra su característico realismo.

Somos más sentimentales y románticos con nuestros adversarios, al menos en los momentos en que podemos admitir su existencia. Nos va más o menos bien con el mal, pues es abstracto y remoto. Pero nos resistimos a la noción de gente malvada. Son muy concretos para nuestra estética postmoderna, en donde todos se mueven en la misma línea moral y casi cualquier acción se tolera si encontramos el ángulo correcto para entender sus causas.

El Salmo 21, aparte de un contexto bíblico más amplio que restringe radicalmente la autoridad del rey, podría ser visto como un fragmento de tiranía, una tosca porción ideológica que enmarca todo lo que el rey quiere a manera la voluntad y el camino de Dios. Pero ese contexto más amplio obstinadamente existe, por ejemplo, en la exhortación del Salmo 146 de no “poner tu confianza en los príncipes, en los mortales, en aquellos en los que no hay salvación”.

Algo fuerte, pero no tosco, está pasando aquí. El salmista ora para que su rey pueda ver a través de los siniestros designios de sus, y por lo tanto de nuestros, adversarios.

Hallará tu mano a todos tus enemigos;

tu diestra hallará a aquellos que te odian.

Aunque intentaron el mal contra ti,

y fraguaron una conspiración,

no prevalecerán. (Salmo 21:8, 11 LBLA)

Hace sólo una generación atrás, todo el mundo sabía que la gente y los pueblos tenían enemigos reales. Tal vez el avance relámpago de las últimas dos décadas nos ha hecho avanzar más allá de la sabiduría común de la historia humana y hacia un alumbramiento moral. O quizás hemos perdido el gusto por la realidad, con sus inconvenientes insistentes.

En los rincones más sórdidos y brutales de la humanidad, donde el giro de los acontecimientos no permite ningún lujo para excusar el mal y mucho menos a las personas malvadas, es algo común orar para que nuestros enemigos sean descubiertos antes de que se lleven a nuestro hijo o al de nuestro vecino. La conspiración y la maquinación no parecen proyecciones ilusorias cuando el carro bomba de la semana pasada fue colocado precisamente donde nuestras mujeres compran sus verduras los martes por la mañana.

Esos rincones oscuros pueden ser donde  nosotros vivamos algún día, Dios no lo quiera. Si es así, la oración de Israel para que la mano derecha de su rey encuentre a tiempo a sus enemigos saldrá de forma más natural de nuestros, alguna vez refinados, labios.

La espiritualidad bíblica comprende esa crisis extrema del cuerpo y del alma, dentro de la cual el ser humano se encuentra aterrorizado, angustiado, y deshecho en la presencia de YHWH. A veces, la calamidad del alma experimenta el silencio acusador de YHWH como su única e impía comunicación:

Señor, no me reprendas en tu ira,

ni me castigues en tu furor.

Ten piedad de mí, Señor, pues languidezco;

sáname, Señor, porque mis huesos se estremecen.

Mi alma también está muy angustiada;

y tú, oh Señor, ¿hasta cuándo? (Salmo 6:1-3 LBLA)

El vigor audaz y desafiante del miedo nos llega en dichas oraciones. Ellas proporcionan palabras para ese momento cuando pocos parecen capaces de asumir la angustia que parece suficiente para matarnos, pero en vez de eso escoge la determinación menos soportable para prolongar nuestro sufrimiento mientras los cielos permanecen en silencio.

Tampoco el placer catártico eleva el valor de esta pena, porque no hay ninguna. Sólo existe, así les parece a los que la conocen, la enfermadad degenerativa del alma que no tiene fin:

Cansado estoy de mis gemidos;

todas las noches inundo de llanto mi lecho,

con mis lágrimas riego mi cama.

Se consumen de sufrir mis ojos;

han envejecido a causa de todos mis adversarios. (Salmo 6:6-7 LBLA)

Hay un giro, incluso en una oración llena de frustración como esta, hacia la confianza de que YHWH es, de hecho, mejor de lo que parece, una esperanza de que responderá incluso después de su muro de indiferencia divina. Sin embargo, parece un último intento arrojarse a la esperanza porque la alternativa es más desagradable para ser soportada que una declaración de fe llena de emociones.

El Señor ha escuchado mi súplica;

el Señor recibe mi oración.

Todos mis enemigos serán avergonzados y se turbarán en gran manera;

se volverán, y de repente serán avergonzados. (Salmo 6:9-10 LBLA)

El lector que se apresura demasiado a la confianza que se esconde en esta conclusión lee incorrectamente. Más aun los amigos de los que sufren y que sólo pueden orar así, ofenden además a la espiritualidad bíblica cuando insisten que el que sufre debe soltar solamente palabras de esperanza.

Esta oración debe ser leída y vivida lentamente. Requiere un énfasis constante en la necesidad de escuchar sus palabras incluso en aquellas líneas donde parece que sólo un supuesto interlocutor tiene ganas de hablar en este presunto diálogo, cuando parece que YHWH no tiene lo suficiente para unírsele.

Sólo después de eso se puede hablar dignamente de la confianza en YHWH quien—Dios sea alabado—escucha y actúa. Antes de eso es un mero halago divino.

A sermon delivered at Faith Church, Mansourieh, Lebanon

26 January 2020

 

If you begin to type into Google, ‘Are there snakes in Lebanon?’, the computer will complete the sentence for you by the time you get to the letter ‘L’.

That means lots of people have wanted to know the answer to that question.

But by the time you’ve arrived at the letter ‘e’ of ‘Lebanon’, Google will also show you that lots of people have asked ‘Are there snakes in Lesotho?’ and ‘Are there snakes in ‘Lefkada’?’ and ‘Are there snakes in…’ several state parks in my country that begin with the letter ‘L’.

Lots of people are afraid of snakes, it seems. I have an intense interest in natural ecosystems and have several bookshelves groaning under the weight of books about the birds, the animals, and the trees and plants in the places I have lived. But even I must confess that I share a fear of snakes.

One of the most fearful moments of my life occurred many years ago as I stood in the surf off a beach in Costa Rica, where I lived, with one of my two small boys in my arms. I watched in horror as my younger son—just a toddler—walked on the beach towards where I could see a snake moving about the sand. Johnny was surrounded by many adults who could have rescued him—and eventually did—but none of them was paying attention. I watched, terrified by what I was watching as though in slow motion from out in the sea, too far away to get anyone’s attention, fearing for the life of my little boy.

Let’s listen together as our brother Rabih reads our Bible passage for today, Isaiah 11.1-9. Listen carefully for good news about snakes.

وَيَخْرُجُ قَضِيبٌ مِنْ جِذْعِ يَسَّى، وَيَنْبُتُ غُصْنٌ مِنْ أُصُولِهِ،وَيَحُلُّ عَلَيْهِ رُوحُ ٱلرَّبِّ، رُوحُ ٱلْحِكْمَةِ وَٱلْفَهْمِ، رُوحُ ٱلْمَشُورَةِ وَٱلْقُوَّةِ، رُوحُ ٱلْمَعْرِفَةِ وَمَخَافَةِ ٱلرَّبِّ.وَلَذَّتُهُ تَكُونُ فِي مَخَافَةِ ٱلرَّبِّ، فَلاَ يَقْضِي بِحَسَبِ نَظَرِ عَيْنَيْهِ، وَلاَ يَحْكُمُ بِحَسَبِ سَمْعِ أُذُنَيْهِ،بَلْ يَقْضِي بِالْعَدْلِ لِلْمَسَاكِينِ، وَيَحْكُمُ بِالإِنْصَافِ لِبَائِسِي ٱلْأَرْضِ، وَيَضْرِبُ ٱلْأَرْضَ بِقَضِيبِ فَمِهِ، وَيُمِيتُ ٱلْمُنَافِقَ بِنَفْخَةِ شَفَتَيْهِ.وَيَكُونُ ٱلْبِرُّ مِنْطَقَهَ مَتْنَيْهِ، وَٱلْأَمَانَةُ مِنْطَقَةَ حَقْوَيْهِ.

فَيَسْكُنُ ٱلذِّئْبُ مَعَ ٱلْخَرُوفِ، وَيَرْبُضُ ٱلنَّمِرُ مَعَ ٱلْجَدْيِ، وَٱلْعِجْلُ وَٱلشِّبْلُ وَٱلْمُسَمَّنُ مَعًا، وَصَبِيٌّ صَغِيرٌ يَسُوقُهَا.وَٱلْبَقَرَةُ وَٱلدُّبَّةُ تَرْعَيَانِ. تَرْبُضُ أَوْلاَدُهُمَا مَعًا، وَٱلْأَسَدُ كَالْبَقَرِ يَأْكُلُ تِبْنًا.وَيَلْعَبُ ٱلرَّضِيعُ عَلَى سَرَبِ ٱلصِّلِّ، وَيَمُدُّ ٱلْفَطِيمُ يَدَهُ عَلَى جُحْرِ ٱلْأُفْعُوَانِ.لاَ يَسُوؤُونَ وَلاَ يُفْسِدُونَ فِي كُلِّ جَبَلِ قُدْسِي، لأَنَّ ٱلْأَرْضَ تَمْتَلِئُ مِنْ

There shall come forth a shoot from the stump of Jesse, and a branch from his roots shall bear fruit. And the Spirit of the LORD shall rest upon him, the Spirit of wisdom and understanding, the Spirit of counsel and might, the Spirit of knowledge and the fear of the LORD. And his delight shall be in the fear of the LORD. He shall not judge by what his eyes see, or decide disputes by what his ears hear, but with righteousness he shall judge the poor, and decide with equity for the meek of the earth; and he shall strike the earth with the rod of his mouth, and with the breath of his lips he shall kill the wicked. Righteousness shall be the belt of his waist, and faithfulness the belt of his loins.

The wolf shall dwell with the lamb, and the leopard shall lie down with the young goat, and the calf and the lion and the fattened calf together; and a little child shall lead them. The cow and the bear shall graze; their young shall lie down together; and the lion shall eat straw like the ox. The nursing child shall play over the hole of the cobra, and the weaned child shall put his hand on the adder’s den. They shall not hurt or destroy in all my holy mountain; for the earth shall be full of the knowledge of the LORD as the waters cover the sea. (Isaiah 11:1–9 ESV)

Scripture presents Jesus to us in many ways.

Here, the Old Testament prophet, writing eight centuries before angels would announce Jesus’ birth, glimpses Jesus ahead of time.

Now I’m convinced that he doesn’t yet see Jesus with the clarity of those of us who are privileged to live on this side of Jesus’ life, death, and resurrection. But he sees him, nonetheless.

The prophet sees Jesus as a ‘shoot from the stump of Jesse, and a branch from his roots’. Did you hear that in verse 1 of Rabih’s reading?

Jesse was David’s father. David of course has been dead for two hundred years when the prophet writes these words. Worse yet, Isaiah knows that David’s royal line will very soon be cut off. What little remains of ancient Israel will be king-less and lost in Babylonian exile.

Their whole world will have ended, and all the promises of God—apparently—will have been lost along with their land, their temple, and their king.

Isaiah writes from close proximity to this tragedy. Yet the prophet also sees that, out of that cut-down towering tree that was David, a little shoot—a tiny branch—will surprise us by emerging.

This will be an unexpected new son of David, the one we know—although Isaiah did not yet know him by name—as our Savior, Jesus.

With a beautiful poetic touch, Isaiah describes him in three way: First, by his endowment. Second, by his conduct. Third, by the results of his rule.

First, let’s look at Jesus endowment … his magnificent saturation with the Spirit of God.

وَيَحُلُّ عَلَيْهِ رُوحُ ٱلرَّبِّ، رُوحُ ٱلْحِكْمَةِ وَٱلْفَهْمِ، رُوحُ ٱلْمَشُورَةِ وَٱلْقُوَّةِ، رُوحُ ٱلْمَعْرِفَةِ وَمَخَافَةِ ٱلرَّبِّ.وَلَذَّتُهُ تَكُونُ فِي مَخَافَةِ ٱلرَّبِّ، فَلاَ يَقْضِي بِحَسَبِ

And the Spirit of the LORD shall rest upon him, the Spirit of wisdom and understanding, the Spirit of counsel and might, the Spirit of knowledge and the fear of the LORD. And his delight shall be in the fear of the LORD. (Isaiah 11:2–3 ESV)

The Spirit of the Lord will rest upon this ‘shoot from the stump of Jesse’. The expression in the language of Isaiah is a rich one. It speaks of the kind of resting that saturates a location. We could think of the way thick, billowy clouds sometimes roll over your Lebanese mountains and come to cover … to rest upon … the valleys in between those magnificent ridges.

When the Spirit rests upon a person in this way, there can be no shortage … no deficit … no need of more of the Spirit.

Isaiah counts seven aspects of this Spirit, drawing upon words that have become famous in the Old Testament for intelligence, perception, and strength. This new son of David will be supremely endowed with these qualities. He’ll see correctly … he’ll perceive accurately … and he will act effectively. There’s no distracting him, no confusing him, and no stopping him.

You can almost hear Isaiah’s ancient listeners, their kings taken from them, crying ‘Hallelujah!’ when they anticipate this new root, sprung from the stump of Jesse. I hope it makes you say ‘Hallelujah!’ as you consider this Jesus who now rules over us.

Second, the Spirit will make this ruler one who is not deceived by appearances. Let’s hear again, in Arabic, verses 3-5:

وَلَذَّتُهُ تَكُونُ فِي مَخَافَةِ ٱلرَّبِّ، فَلاَ يَقْضِي بِحَسَبِ نَظَرِ عَيْنَيْهِ، وَلاَ يَحْكُمُ بِحَسَبِ سَمْعِ أُذُنَيْهِ،بَلْ يَقْضِي بِالْعَدْلِ لِلْمَسَاكِينِ، وَيَحْكُمُ بِالإِنْصَافِ لِبَائِسِي ٱلْأَرْضِ، وَيَضْرِبُ ٱلْأَرْضَ بِقَضِيبِ فَمِهِ، وَيُمِيتُ ٱلْمُنَافِقَ بِنَفْخَةِ شَفَتَيْهِ.وَيَكُونُ ٱلْبِرُّ مِنْطَقَهَ مَتْنَيْهِ، وَٱلْأَمَانَةُ مِنْطَقَةَ حَقْوَيْهِ.

He shall not judge by what his eyes see, or decide disputes by what his ears hear, but with righteousness he shall judge the poor, and decide with equity for the meek of the earth; and he shall strike the earth with the rod of his mouth, and with the breath of his lips he shall kill the wicked. Righteousness shall be the belt of his waist, and faithfulness the belt of his loins. (Isaiah 11:3–5 ESV)

You know what the problem with rulers is, in your country as well as in Colombia and the United States, where I live? They are driven by appearances rather than by reality.

They cater to the well-dressed and the well-scented. They are misled by the open wounds of the poor, the smell their clothes and body accumulate from living in the street, the unshaven cheeks of the fathers and the sunken eyes of the mothers as they struggle to care for their children.

But not this ruler.

His insight penetrates appearances and goes right to the heart of the matter. As a result, he restores relationships among those whom he rules according to the reality of the thing. When he strikes, he strikes the truly wicked who resist his rule. When he uplifts, he uplifts with righteousness and faithfulness, those who truly need his restorative touch.

This ruler cannot be corrupted. His judgements are always true and right. This is why those who have been rescued by his gracious rule can only praise him with gratitude in their hearts. With gratitude in our hearts.

Finally, let’s come back around to snakes. I’ll ask Rabih to read verses 6-9, where we learn the results of Jesus’ rule:

فَيَسْكُنُ ٱلذِّئْبُ مَعَ ٱلْخَرُوفِ، وَيَرْبُضُ ٱلنَّمِرُ مَعَ ٱلْجَدْيِ، وَٱلْعِجْلُ وَٱلشِّبْلُ وَٱلْمُسَمَّنُ مَعًا، وَصَبِيٌّ صَغِيرٌ يَسُوقُهَا.وَٱلْبَقَرَةُ وَٱلدُّبَّةُ تَرْعَيَانِ. تَرْبُضُ أَوْلاَدُهُمَا مَعًا، وَٱلْأَسَدُ كَالْبَقَرِ يَأْكُلُ تِبْنًا.وَيَلْعَبُ ٱلرَّضِيعُ عَلَى سَرَبِ ٱلصِّلِّ، وَيَمُدُّ ٱلْفَطِيمُ يَدَهُ عَلَى جُحْرِ ٱلْأُفْعُوَانِ.لاَ يَسُوؤُونَ وَلاَ يُفْسِدُونَ فِي كُلِّ جَبَلِ قُدْسِي، لأَنَّ ٱلْأَرْضَ تَمْتَلِئُ مِنْ

The wolf shall dwell with the lamb, and the leopard shall lie down with the young goat, and the calf and the lion and the fattened calf together; and a little child shall lead them. The cow and the bear shall graze; their young shall lie down together; and the lion shall eat straw like the ox. The nursing child shall play over the hole of the cobra, and the weaned child shall put his hand on the adder’s den. They shall not hurt or destroy in all my holy mountain; for the earth shall be full of the knowledge of the LORD as the waters cover the sea. (Isaiah 11:6–9 ESV)

A passage like this takes us back to the garden of Eden, before humanity’s rebellion against our maker. But there is a twist that tells us that we are not truly being taken back to Eden but rather forward to a time when Jesus’ rule will have become complete.

You see, careful readers of Isaiah learn that he is not really talking about animals … about wolves, leopards, calves, lions, even about snakes. Rather, this imagery refers to peoples and to nations.

Jesus’ rule will bring to this bleeding, haunted world a time of peace when we will be free to lose our fears. Our fear of snakes, perhaps, but more importantly, our fear of violence … and conflict … and turmoil. Fear of our enemies.

Why? Well, our ancient rivalries will have become obsolete. They won’t make sense any more and we’ll gladly get rid of them. Our world will have become transformed. That last verse says it best:

لاَ يَسُوؤُونَ وَلاَ يُفْسِدُونَ فِي كُلِّ جَبَلِ قُدْسِي، لأَنَّ ٱلْأَرْضَ تَمْتَلِئُ مِنْ

They shall not hurt or destroy in all my holy mountain; for the earth shall be full of the knowledge of the LORD as the waters cover the sea. (Isaiah 11:9 ESV)

Why do you think Scripture presents us with a ‘forward look’ like this?

I’m convinced it’s so that we align ourselves with Jesus’ rule of justice and peace starting from the moment in which we live. In fact, I think that by doing so we become agents of his increasing dominion over this earth.

We become more and more saturated with God’s own Spirit. We learn to see clearly, penetrating beyond appearances to the reality of those who surround us. And we lay aside our ancient anxieties and enmities and commit to doing no more harm on God’s holy mountain.

A text like this one rarely releases its grip on us before it has asked us one or two awkward questions.

Is your life aligned with Jesus’ rule in this way? Is mine?

Behold, your King. Jesus, the shoot out of the stump of Jesse.