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Desaprobamos el momento en que nuestro interlocutor mira distraído por encima de nuestro hombro. O cuando juega con sus llaves. O da la impresión de estar escuchando, pero está con los ojos vacíos como nubes, y sus pensamientos en otra parte.

Deseamos el contacto visual. Estamos hechos para el cara a cara.

Los salmos bíblicos reconocen la naturaleza profundamente relacional de la vida en compañía de YHVH. En sus mejores momentos, ya sea por fuerza o por una devastadora debilidad, los oradores de estas oraciones buscan el rostro del Señor. Y desean que les devuelva la mirada, demostrando que la atención divina es suficiente para un mundo de necesidades.

Escucha, oh Señor, mi voz cuando clamo; ten piedad de mí, y respóndeme. Cuando dijiste: Buscad mi rostro, mi corazón te respondió: Tu rostro, Señor, buscaré. No escondas tu rostro de mí; no rechaces con ira a tu siervo; tú has sido mi ayuda. No me abandones ni me desampares, oh Dios de mi salvación.

Salmo 27:7-9 (LBLA)

Las relaciones traen consigo un temible derecho al rechazo. Podemos mirar hacia otro lado. Fingir que no vemos. Humillar con la falta de atención. No devolver la llamada.

Este impresionante poder está inscrito en la arquitectura de la interacción entre personas. Podemos lapidar con él, ejerciendo nuestro derecho a rechazar el contacto visual, con nuestro derecho a no percibir.

O podemos dar vida con él, dejando a un lado la ocupación o una herida persistente, y haciendo contacto visual. Los salmos están llenos del temor de que el Señor esconda su rostro. La misma literatura se regocija cuando levanta los ojos para congratular a los que más lo necesitan, es más, cuando levanta su rostro para que se dé una conversación íntima.

En este mismo salmo, el escritor esboza la apacible belleza de dicha comunión habitual como objeto de su búsqueda más enérgica:

Una cosa he pedido al Señor, y esa buscaré: que habite yo en la casa del Señor todos los días de mi vida, para contemplar la hermosura del Señor, y para meditar en su templo. Porque en el día de la angustia me esconderá en su tabernáculo; en lo secreto de su tienda me ocultará; sobre una roca me pondrá en alto.

Salmo 27:4-5 (LBLA)

Búsqueda y respuesta, contemplación y conversación. La persona que conoce tal intimidad con YHVH no quiere perderla nunca.

El peor resultado, se imagina uno, es abandonar toda la conversación. Dejar de buscar el rostro de YHVH. Decidir, en amargo silencio, que Él no ve. Que no habla. Que no le importa.

Contra esa “parada en seco”, tenemos esta seguridad:

Porque aunque mi padre y mi madre me hayan abandonado, el Señor me recogerá.

Salmo 27:10 (LBLA)

Un sermón predicado en el servicio religioso del Seminario Bíblico de Colombia

5 Agosto 2021

El título que le dado al mensaje que pretendo presentarles hoy es, ‘Tus 7.000 te necesitan’.

El texto, 1 Reyes 19.1-18, nos narra lo siguiente:

Acab le contó a Jezabel todo lo que Elías había hecho, y cómo había matado a todos los profetas a filo de espada. Entonces Jezabel envió un mensajero a que le dijera a Elías: «¡Que los dioses me castiguen sin piedad si mañana a esta hora no te he quitado la *vida como tú se la quitaste a ellos!»

Elías se asustó y huyó para ponerse a salvo. Cuando llegó a Berseba de Judá, dejó allí a su criado y caminó todo un día por el desierto. Llegó adonde había un arbusto, y se sentó a su sombra con ganas de morirse. «¡Estoy harto, SEÑOR! —protestó—. Quítame la vida, pues no soy mejor que mis antepasados.» (Curiosa expresión, no del todo transparente…)

Luego se acostó debajo del arbusto y se quedó dormido. De repente, un ángel lo tocó y le dijo: «Levántate y come.» Elías miró a su alrededor, y vio a su cabecera un panecillo cocido sobre carbones calientes, y un jarro de agua. Comió y bebió, y volvió a acostarse. (No sé si esa fue la idea del Ángel…)

El ángel del SEÑOR regresó y, tocándolo, le dijo: «Levántate y come, porque te espera un largo viaje.» Elías se levantó, y comió y bebió. Una vez fortalecido por aquella comida, viajó cuarenta días y cuarenta noches hasta que llegó a Horeb, el monte de Dios.

Allí pasó la noche en una cueva. Más tarde, la palabra del SEÑOR vino a él. 

—¿Qué haces aquí, Elías? —le preguntó.

—Me consume mi amor por ti, SEÑOR Dios Todopoderoso —respondió él—. Los israelitas han rechazado tu *pacto, han derribado tus altares, y a tus profetas los han matado a filo de espada. Yo soy el único que ha quedado con vida, ¡y ahora quieren matarme a mí también! (Me parece que el profeta, obsesionado, tiene medio-memorizado el refrán.)

El SEÑOR le ordenó: 

—Sal y preséntate ante mí en la montaña, porque estoy a punto de pasar por allí. 

Como heraldo del SEÑOR vino un viento recio, tan violento que partió las montañas e hizo añicos las rocas; pero el SEÑOR no estaba en el viento. Al viento lo siguió un terremoto, pero el SEÑOR tampoco estaba en el terremoto. Tras el terremoto vino un fuego, pero el SEÑOR tampoco estaba en el fuego. Y después del fuego vino un suave murmullo.

Cuando Elías lo oyó, se cubrió el rostro con el manto y, saliendo, se puso a la entrada de la cueva. Entonces oyó una voz que le dijo: —¿Qué haces aquí, Elías?

Él respondió: —Me consume mi amor por ti, SEÑOR, Dios Todopoderoso. Los israelitas han rechazado tu pacto, han derribado tus altares, y a tus profetas los han matado a filo de espada. Yo soy el único que ha quedado con vida, ¡y ahora quieren matarme a mí también!

El SEÑOR le dijo: 

—Regresa por el mismo camino, y ve al desierto de Damasco. Cuando llegues allá, unge a Jazael como rey de Siria, y a Jehú hijo de Nimsi como rey de Israel; unge también a Eliseo hijo de Safat, de Abel Mejolá, para que te suceda como profeta. Jehú dará muerte a cualquiera que escape de la espada de Jazael, y Eliseo dará muerte a cualquiera que escape de la espada de Jehú. Sin embargo, yo preservaré a siete mil israelitas que no se han arrodillado ante Baal ni lo han besado.”

1 Reyes 19.1-18 (NVI_

Con ese extraño capítulo retumbando en sus oídos, es posible que pueden anticipar ya la dirección de los pensamientos que daré. Les digo de antemano: Este mensaje no será empático.

Espero que esto no sea porque en estos meses de ausencia me haya vuelto muy frío. Espero que la falta de un tono muy confortante que usted quizás perciba a lo largo de los próximos veinte minutos no corresponda a una falta de solidaridad con su persona y su vida ante los desafíos que usted enfrente valientemente cada día.

Al contrario, si usted no percibe en este servicio religioso un cálido abrazo, espero que sea por una razón que tiene su origen en el mismo texto que me toca exponer. Pues este texto se ubica al empalme de lo terapéuticolo misional … y opta por lo misional.

Me gustaría entrar al texto, pasando por dos puertas que el narrador nos deja medio-abiertas.

Primero, reflexionemos sobre el contexto de los sucesos que este pasaje presenta. Sin excepción, el contexto es sangriento.

Israel agoniza bajo un complejo religioso-político, encabezado por dos de los peores villanos que esta monumental historia de Israel conoce: Acab y Jezabel. Esta pareja corrupta y poderosa emplea un batallón de profetas, pero no son profetas de YHVH. Al contrario, el texto es escrupuloso en insistir que las deidades son tanto múltiples como canaanitas: los baales o los dioses.

Los que se aferran a su antigua e idiosincrática confianza en YHVH, el Dios del Éxodo, el Dios de Liberación, el Dios de la Libertad, son escasos. Elías es su profeta.

Y si esos antecedentes fueran poco, el capítulo suelta otras furias violentas al llegar a su conclusión … y se entra en un nuevo ciclo sangriento de asesinatos … magnicidios … venganza fluyendo por los senderos de Israel como si el Dios que ellos rechazaron se los hubiera entregado totalmente a los sedientos demonios de su egoísmo.

Segundo, no ha pasado mucho tiempo desde que Elías triunfó en su famosa competencia con los ruidosos profetas de Baal en el monte Carmelo. Cuando ahí Baal se quedó inerte en contraste con YHVH, quien respondió con fuego, las extrañas reglas del juego permitieron que los pocos seguidores de YHVH masacraran los profetas del dios impotente del sistema sincretista auspiciado por Acab y Jezabel.

Es esa flamante experiencia de Elías, este profeta de YHVH, que constituye el contexto sin el cual no tenemos la más mínima posibilidad de sacarle al capítulo 19 un sentido que vale la pena.

En esta buena mañana, no voy a tratar de justificar ni explicar ni minimizar los hechos sangrientos practicados por los dos lados en esta competencia por el alma de Israel. Tanto los siervos de Baal como los seguidores de YHVH tiene las manos manchadas de sangre, aunque solo uno de los tiene goza del apoyo del sistema de poder del entorno. Ni derecha ni izquierda, en términos más dolorosamente familiares, pueden pintarse de inocentes.

Dejo la teodicea para mentes más astutas que la mía. Pero insisto: no podemos entender nuestro capítulo 19 sin reflexionar por un momento sobre el capítulo oscuro en que estos eventos transcurren.

Es posible que usted y yo, como los lectores de la Biblia que somos, tenemos el enigmático privilegio de reconocer tal momento histórico por lo que es, precisamente porque no difiere tanto del momento que a nosotros nos toca vivir.

Si así es el contexto, ¿qué nos dice el texto?

Quiero tratar de conducirnos a lo largo de este texto a:

  • Tres repeticiones significativas
  • Una traducción lamentable
  • Un pueblo escondido

Este narrador nos trata con cariño, por lo menos respecto a su decisión de permitir que cada uno de sus tres protagonistas repitan sus palabras y/o sus acciones. Este lujoso fenómeno nos permite penetrar su intención de manera poco común.

¿Quiénes son esos tres protagonistas?

Son…

  • El profeta exhausto y ensimismado, Elías.
  • El misterioso Ángel de YHVH.
  • YHVH mismo.

Veamos entonces aquellas tres repeticiones significativas.

Elías, después del agotamiento y peligro que la tocado vivir, quiere morir. No tiene los recursos emocionales para quitarse la vida, así que le pide a YHVH—irónicamente, el Dador de la vida—que le saque de su miseria, extinguiéndolo.

En su condición exhausta, Elías suelta la curiosa declaración, Quítame la vida, pues no soy mejor que mis antepasados. Mi impresión es que esto refleja el triunfalismo muerto de su victoria en Caramelo y la ironía de su huida al desierto. Ninguna circunstancia conduce a la depresión como el triunfalismo que no resulta … aquella humillación que sigue en pos de la celebridad espiritual que infla el orgullo por medio de su veneno de promesas y garantías estúpidas, dejando a un deshecho.

Luego, la repetición a que me referí:

v. 10—Me consume mi amor por ti, SEÑOR Dios Todopoderoso —respondió él—. Los israelitas han rechazado tu pacto, han derribado tus altares, y a tus profetas los han matado a filo de espada. Yo soy el único que ha quedado con vida, ¡y ahora quieren matarme a mí también!

1Kings 19:14   Él respondió: 

 —Me consume mi amor por ti, SEÑOR, Dios Todopoderoso. Los israelitas han rechazado tu pacto, han derribado tus altares, y a tus profetas los han matado a filo de espada. Yo soy el único que ha quedado con vida, ¡y ahora quieren matarme a mí también!

Bien, ahora, la formidable figura del Ángel del Señor.

Este enigmático personaje aparece dos veces en nuestro pasaje. 

En ambos casos, su comportamiento es para alimentar y fortalecer—podríamos imaginar que animar—al profeto deprimido:

5. De repente, un ángel lo tocó y le dijo: «Levántate y come.» 6 Elías miró a su alrededor, y vio a su cabecera un panecillo cocido sobre carbones calientes, y un jarro de agua. Comió y bebió, y volvió a acostarse.

1Kings 19:7   El ángel del SEÑOR regresó y, tocándolo, le dijo: «Levántate y come, porque te espera un largo viaje.» 8 Elías se levantó, y comió y bebió. Una vez fortalecido por aquella comida, viajó cuarenta días y cuarenta noches hasta que llegó a Horeb, el monte de Dios. 9 Allí pasó la noche en una cueva. 

Fíjense como estas repeticiones se apoyan mutuamente. En todos los casos, se deben leer juntos, pues cada episodio complementa su contraparte.

Mi impresión es que el Ángel del Señor le alimenta para una tarea. El comportamiento de Elías sugiere que le interesa más no pasar hambre que fortalecerse pa’ misión. Esa diferencia representa, a mi criterio, un pequeño y gran detalle.

Tristemente, la Nueva Versión International demuestra la misma falta de imaginación que la mayoría de sus contrapartes manifestan. El verbo נגע no puede significar tocar aquí. Eso es leer de un diccionario sin la más mínima preocupación por contexto o matiz. El contacto entre el Ángel de YHVH—siempre una figura poderosa, si no militar–y nuestro agotado profeta representa contacto físico formidable.

O es un movimiento que acompaña su imperativo ¡Levántate!. O es un fortísimo abrazo entre hermanos de batalla.

Pero no es tocar.

Finalmente, la tercera repetición.


Esta vez y por razones que se nos escapan, no habla esa manifestación de YHVH que se llama el ángel de YHVH, sino YHVH sin condiciones. Su tono es de exasperación divina con un profeta absorto en sus dificultades … absorto en sí mismo.

Al Elías matando culebras en una cueva, YHVH dice: 

 —¿Qué haces aquí, Elías? —le preguntó.

A Elías perdiendo tiempo en el famoso, histórico y muy retrospectivo Monte de Moisés (Horeb), YHVH dice:

13 Cuando Elías lo oyó, se cubrió el rostro con el manto y, saliendo, se puso a la entrada de la cueva. 

 —¿Qué haces aquí, Elías?

Antes de esa reiteración de su frustración con su profeta, YHVH se había revelado de la manera más curiosa:

1Kings 19:11   El SEÑOR le ordenó: 

 —Sal y preséntate ante mí en la montaña, porque estoy a punto de pasar por allí. 

 Como heraldo del SEÑOR vino un viento recio, tan violento que partió las montañas e hizo añicos las rocas; pero el SEÑOR no estaba en el viento. Al viento lo siguió un terremoto, pero el SEÑOR tampoco estaba en el terremoto. 12 Tras el terremoto vino un fuego, pero el SEÑOR tampoco estaba en el fuego. Y después del fuego vino un suave murmullo. 13 Cuando Elías lo oyó, se cubrió el rostro con el manto y, saliendo, se puso a la entrada de la cueva. 

Archive ese episodio en su memoria de corto plazo mientras pasamos a ver aquel tercer fenómeno que mencioné.


Ya vimos …

  • Tres repeticiones significativas
  • Una traducción mala


Ahora … Un pueblo escondido

18 (Y) yo preservaré a siete mil israelitas que no se han arrodillado ante Baal ni lo han besado.

[No ‘Sin embargo’, sino ‘En consecuencia…’ o ‘Es más …’, pues el verbo es w-qataltí; da seguimiento hace el futuro de un movimiento o dinámica que se generó en el muy reciente pasado (gramatical).]

Pero … pero … Elías había insistido tantas veces que solo él se había escapado de la cruel espada de Jezabel … que sus esfuerzos dramáticos … flamantes … públicos … celebrados … victoriosos … triunfantes no habían servido para nada, exactamente como había sucedido con la fidelidad poco efectiva de sus difuntos antepasados.

Ahora, YHVH insiste … quizás en consecuencia del retorno de Elías de su ensimismado aislamiento en el remoto sur del país a los pueblos y callejones donde vivía su gente—donde la batalla por el alma de Israel había continuado en su ausencia—que preservaría un remanente cuantioso cuya existencia Elías había negado.

La naturaleza de este pueblo escondido es doble. Primero, es una multitud. ‘Siete mil’ no significa que alguien los haya contado. Al contrario, emplea el numeral modelo ‘siete’ y un segundo número modelo ‘mil’ para hablar de un montón de gente.

Segundo, Elías no los pudo identificar o reconocer en su agotamiento y su pensamiento convencional.

¿Qué debemos hacer con un texto tan complejo? ¿Estamos condenados a creer que lo que tenemos es una extraña incoherencia de temas que conviven en conflicto irreconciliable? ¿Estamos limitados a interpretaciones terapéuticas que limitan la pertinencia de esta narración a pálidas observaciones sobre la necesidad del pastor de tomar un descanso de vez en cuando pa’ no deprimirse?

Pienso que no.

Al contrario, creo que esta historia—una narración que Israel se sintió obligado a preservar como testimonio de su larga aventura con YHVH—demuestra una dinámica imprescindible respecto al trato de Dios con su pueblo y con su profeta.

Los grandes y muy visibles triunfos del profeta fueron apenas un momento en su vocación. Representaron su momento más vulnerable, no su invulnerabilidad.

El profeta ante la presión de su vocación, se hunde, creyéndose solo, imaginando que solo otro Carmelo salvará su pertinencia, su identidad, su vocación, su gente.

El terremoto, la tempestad, todo aquello que representa Dios presente en indiscutible violencia redentora, representa para el profeta el único futuro pal pueblo que él puede imaginar.


Mientras tanto, YHVH, muy lejos del trueno y el fuego de Carmelo, le dice, ‘¿Por qué estás aquí, hundido en tu depresión?’

Y en voz que se compara con un suave murmullo dice, ‘Vuelve a tu gente, Elías. No he sido derrotado. Tengo planes. Preservaré 7 mil que no han doblado la rodilla, que no han besado el Baal…

Ellos te necesitan … allí.

Vuelve y retoma lo básico … lo ordinario … lo simple … lo próximo, pues puede que no hay mas Montes Carmelo.

No creo que me toque pararme aquí para dibujar la pertinencia de este texto para un pueblo agotado a 18 meses del inicio de condiciones pandémicas. Un pueblo en luto. Un pueblo cansado. Un pueblo cuyos profetas más ruidosos han resultado ser falsos profetas. Un pueblo cuyos profetas han perdido mamás, papás, abuelos, hermanos. Un pueblo que duda de sí mismo.

Un pueblo acostumbrado a creer que YHVH aparece en el viente recio, en el terremoto y en el fuego, que YHVH está ausente en el murmullo.

Pero YHVH quizá tiene siete mil que no han doblado rodilla.

No puedo decirte con muestras de barata empatía o con pretensiones de conocer tu situación, qué hacer con tu cansancio.

Pero esto te puedo decir, mis amados profetas y profetisas:

Esos 7 mil … te necesitan.

¡Toma riesgos…!

Una reflexión devocional compartida en el Seminario Bíblico de Colombia

Oración @ Lunes: 26 julio 2021

¿En qué espíritu oramos? ¿En qué postura oramos? ¿Con cuál actitud oramos?

Me parece que casi podríamos substituir la palabra ‘vivimos’ por ‘oramos’, pues nuestras oraciones son un elemento intégral de la vida. Son parte de en lugar de un escape de.

Y si nuestras respuestas a estas inquietudes reflejan el espíritu en que vivimos, la postura en la que vivimos, la actitud con la cual vivimos, pues, la pregunta que suelto va más allá de lo exclusivamente litúrgico y alcanza lo existencial:

¿En qué postura vivimos?

Confieso que esta reflexión reciente de mi parte tiene su génesis en un momento de molestia. En estos días me he vuelto más consciente de que las palabras de despedida comunes y corrientes con las que concluimos una conversación en mi país de origen son estas: ‘Be safe…’ Las voy a traducir como ‘Cuídate’, aunque los que entienden los dos idiomas que compartimos ustedes y yo sabrán que ‘Cuídate’ no es una traducción literal de Be safe. Pero tampoco traiciona la idea al traducirla.

‘Be safe…’ … ‘Cuídate’.

Supongo que un alma más benigna que la mía consideraría que estas palabras son bonitas expresiones de afecto y de buenos deseos. Y, sin duda, lo son. Aun yo puedo reconocer la veracidad de esta evaluación más generosa de los hechos.

Pero a la vez, me parece que una cultura cuya máxima expresión de buenos deseos a la conclusión de una conversación es que nada peligroso le afecte al compañero—Be safe…—es una cultura empobrecida.

Mientras me permito semejantes oscuras y pesimistas reflexiones sobre la cultura en que nací, mi lectura diaria del libro de Isaías me lleva al capítulo 51. Leo para nuestra contemplación un trozo de este pasaje, que aparece en esa sección del libro donde la voz profética labora a todo volumen y con todo instrumento retórico que está a su alcance. Su intención es, convencer a los exiliados en Babilonia a que se atrevan a dejar lo más o menos cómodo para arriesgar la gran aventura de volver a Judá … de caminar con Yahvé en sentido de un futuro desconocido que sí vale la pena y los esfuerzos que esta vida requiere. 

Uno capta en tales líneas que la vida de los redimidos es toda una aventura en presencia de un Dios Guerrero que posee sueños grandísimos:

51.9   ¡Despierta, brazo del SEÑOR!

¡Despierta y vístete de fuerza!

Despierta, como en los días pasados,

como en las generaciones de antaño.

¿No fuiste tú el que despedazó a Rahab,

el que traspasó a ese monstruo marino?

10 ¿No fuiste tú el que secó el mar,

esas aguas del gran abismo?

¿El que en las profundidades del mar hizo un camino

para que por él pasaran los redimidos?

11 Volverán los rescatados del SEÑOR,

y entrarán en Sión con cánticos de júbilo;

su corona será el gozo eterno.

Se llenarán de regocijo y alegría,

y se apartarán de ellos el dolor y los gemidos.

Isaías 51.9-11

No acepto que un pueblo que escucha, atiende y canoniza tales palabras reduzca sus mejores deseos para el compañero de camino a Be safe

A la luz de pasajes como este, ‘Cuídate’ o ‘Be safe’ parece ser la ofrenda final de una cultura exhausta y sin sueños santos … muy lejos de aquella solidaridad vigorizante con Dios y con la comunidad que es el alimento de los peregrinos.

Confieso que este perspectiva que se posesiona de mí en estas semanas es un poco cruel. No le sobra empatía, eso es evidente. Es demandarle más a una sencilla despedida de lo que uno debería de exigir.

Sin embargo, en ese mismo espíritu crítico y para efectos de nuestra reflexión pre-oración esta mañana, sugiero una alternativa:

Hagamos el experimento, aun solo por un día, de despedirnos con palabras como estas: ’Sé valiente.’ ’Sufra con nobleza’. ‘Sea atrevido’; o, mi preferido, ’Toma riesgos’.

Creo que estas despedidas alternas honrarían con mayor integridad al Dios que ’seca el mar’, que ‘despedaza a Rahab’, que ‘en la profundidades del mar hace un camino para que por él pasen los redimidos’.

Y si fuéramos a vivir así, por supuesto oraríamos con ese mismo apetito por el peligro, por el riesgo, por las grandes aventuras a las cuales Yahvé nos convoca.

Concluyo estos pensamientos, entonces, con esta despedida que de una vez nos prepara para orar:

Tomen riesgos…

A sermon preached at Wethersfield Evangelical Free Church, 18 July 2021

If you’re following the teaching given here over these last few weeks, you’ll know that we’re immersed in a sermon series on the ‘one another’ passages of the New Testament. There are many of them and we’re able to touch on a few.

It’s important for us to take on board that these ‘one another ‘passages—do this to or for each other—are about forming and nourishing health and unity within a community that we as followers of Jesus have committed to. For most of us, that community is Wethersfield Evangelical Free Church.

I’ve chosen to speak this morning on the instruction we receive from two apostles to ‘greet one another with a holy kiss’ or in one case ‘greet one another with a kiss of love’.

This may be the first sermon about kissing that you’ve ever heard. I assure you it’s the first one I’ve ever preached.

In fact, if you were to miss today’s sermon on kissing, it’s likely you’d have a thirty- or forty-year wait until the next one rolls around.

Here’s one of our five passages where this kissing instruction comes to us in the letters of the apostles who shaped and instructed the first Christian communities:

Finally, brothers, rejoice. Aim for restoration, comfort one another, agree with one another, live in peace; and the God of love and peace will be with you. Greet one another with a holy kiss. All the saints greet you. The grace of the Lord Jesus Christ and the love of God and the fellowship of the Holy Spirit be with you all.

2 Corinthians 13.11-14

Now the fact that you’ve probably never heard a sermon about kissing and the fact that I’ve never before preached one doesn’t mean that the apostles had little or nothing to say about kissing. On the contrary, the text I’ve just read is just one of five that are like it. Nearly word for word like it.

The Apostle Paul writes the same instruction at the end of four different letters, each one identical with the others: Greet one another with a holy kiss.

Peter also weighs in on the topic of kissing, although his expression is a little different. He says Greet one another with a kiss of love.

Each time, this summons to kissing comes near the end of a letter when the apostle is wrapping things up. Every single one of these Kiss Commands comes in the context of lots of other greetings. For example, have a listen of how absolutely social the apostle Paul is sounding as he makes his way to the end of his long letter to the Romans.

Rom. 16:3   Greet Prisca and Aquila, my fellow workers in Christ Jesus, 4 who risked their necks for my life, to whom not only I give thanks but all the churches of the Gentiles give thanks as well. 5 Greet also the church in their house. Greet my beloved Epaenetus, who was the first convert to Christ in Asia. 6 Greet Mary, who has worked hard for you. 7 Greet Andronicus and Junia,3 my kinsmen and my fellow prisoners. They are well known to the apostles, and they were in Christ before me. 8 Greet Ampliatus, my beloved in the Lord. 9 Greet Urbanus, our fellow worker in Christ, and my beloved Stachys. 10 Greet Apelles, who is approved in Christ. Greet those who belong to the family of Aristobulus. 11 Greet my kinsman Herodion. Greet those in the Lord who belong to the family of Narcissus. 12 Greet those workers in the Lord, Tryphaena and Tryphosa. Greet the beloved Persis, who has worked hard in the Lord. 13 Greet Rufus, chosen in the Lord; also his mother, who has been a mother to me as well. 14 Greet Asyncritus, Phlegon, Hermes, Patrobas, Hermas, and the brothers5 who are with them. 15Greet Philologus, Julia, Nereus and his sister, and Olympas, and all the saints who are with them. 16 Greet one another with a holy kiss. All the churches of Christ greet you.

Romans 16.3-16

You get the picture, right? There is something very important for Paul in each community’s web of connections with other communities and other Christians and with Paul himself.

Whatever this Holy Kiss is about, it has something to do with being consciously connected with other Christians. This is not just about your spiritual health or mine.

We could put it another way: The order to greet each other with a Holy Kiss only makes sense if we are Jesus-People-in-Community.

So let’s start by recognizing that.

In fact, let’s stick a pin in that and give it a name. Let’s make it a first declaration this morning: 

Holy Kissing is for connected people. 

Here’s a second truth: Kissing is intimate.

I was really hoping I wouldn’t have to talk about this in public. It’s not a topic that’s natural to me. But I think I probably have to say one or two things about it, so here we go…

For starters … this could get awkward fast … there are a lot of ways to kiss somebody.

But every one of them is in some way intimate.

Just to declare the obvious, you can’t really kiss more than one person at a time. Faces aren’t big enough for that. So there’s already intimacy in the simple fact that kissing is a one-on-one enterprise. 

But we can say more about the intimacy that’s native to kissing. 

You can’t kiss from a distance.

You’re exposing your moist lips in close contact with another person’s similarly moist lips … or at least their face. Unless you’re blowing a kiss … which is really just a kind of theatrical imitation of a real kiss … you’re getting very close to the person you’re kissing. If they have a scent or a smell, it comes into your nose. It’s inevitable because you’re that close. You’re momentarily that intimate. If they’re sick, you’ll get what they have. If they sneeze at the wrong time, it’ll be all over you. Depending on the kind of kiss, you may even taste the other person as well as smell them. If they have hair, it may brush your eyes.

Do you see what I mean? Kissing is inevitably intimate, will you grant me that?

So Paul, who is distant from people he cares about, spends a lot of time sending greetings, because he’s not close enough to kiss them and sometimes he’s in prison. But when he turns to the inside of a community—whether at Corinth or Rome or Thessalonica—he says, ‘Look, you guys can get close. I don’t have that privilege. So, you guys, when you gather, greet each other with a kiss.

He’s commanding a kind of intimacy within the Christian community that he’s just spent a lot of ink instructing how to live together and how to live on mission. And he does it over and over again. Something about this practice … this social ritual … this discipline … this kiss … seems to be really important to Paul.

Holy Kissing is for connected people … 

…and….

Kissing is intimate.

But it would be a terrible thing to stop here.

Think about this with me: all kinds of wild and crazy communities could applaud this instruction if what we’ve looked at so far were all Paul was saying … and in some cases they’d be very far from being Christian communities.

There’s one very important … consistently recurring … feature of Paul’s instruction that we haven’t talked about yet. Can you sense what it is?

Paul says, ‘Greet one another with a holy kiss.’

In recent weeks, I’ve worked hard to understand what Paul means by adding the adjective holy to the noun kiss. He does this in all four of his exhortations to community kissing, so it can’t be a casual or mindless move. He has something very important in mind. 

Otherwise, his command would be to greet each other by kissing instead of greet one another with a holy kiss.

I believe his point in consistently calling for a holy kiss is community-building restraint.

I did say, did I not, that this kiss is not about your or my pleasure or spiritual health?

holy kiss is intimacy within limits. There’s a time for kissing without limits, as there is a moment for intimacy without limits. Our own bodies and urges and passions, the way God created us to be, lead us in this direction. And if we need biblical guidance on this, the very sensual book called Song of Solomon makes clear that God values passionate love between a husband and a wife, even urges it, even delights in it. He created the thing, after all. He knows what he’s talking about.

But the holy kiss that communicates greeting … welcome … in a community of Jesus followers enacts intimacy within limits.

It welcomes. It is a way of ‘seeing’ the person who arrives at the door of the community or of the community’s gathering. It makes eye contact and then it makes lip contact or at least cheek contact (the ‘Air Kiss’) or at least feigned cheek contact (the ‘Air Kiss Plus’).

I remember the awkward thrill when I moved to Costa Rica with a young family in 1988 and learned that in that culture a man always greets a woman with a kiss. But I was instructed that you don’t actually let your lips touch a woman’s cheek unless you know her very well or are family with her.

Instead, you touch cheeks and you kiss the air, like this. 

Then—a little later I learned the shades and nuances of this kind of kissed greeting. I learned to do what I’m going to demonstrate here. In fact, I became quite an expert at it … I fancied myself the Rocky Balboa of the Air Kiss Plus.

[Demonstrate the Air Kiss +]

Do you see what I did there? I didn’t actually touch the woman’s cheek, nor did my hand actually touch her shoulder. Both of those things almost happened, but they didn’t really happen. It is the Goldilocks Moment in Costa Rican kissed greetings. And, among expats in Costa Rica, I considered myself a bit of a rock star for getting it just right.

I was an absolutely amazing Almost Kisser.

The woman felt properly greeted. I felt like the world’s best holy kisser. And no boundaries had been crossed.


It was awesome.

This is not too far, I think, from what Paul means when he insists that in the communities that look to him for apostolic leadership, we greet each other with a holy kiss. I think Peter’s community, which is instructed to greet each other with a kiss of love, would have been practicing the same community-building intimacy with restraint.

Can you begin to imagine how this works?

When we come together as God’s New Israel, as his little flock, as Jesus’ community, we don’t just let people find their way in and take a seat, literally or figuratively. We notice them. We see them. In Paul’s and Peter’s day, we kiss them.

The holy kiss notices … offers intimacy … with the kind of restraint that builds community.

The intimacy is important. The restraint is important. And, together, both create and construct a community where Jesus is Lord and people are at home.

Let’s work towards some concrete take-aways:

As a dude, I wouldn’t welcome a new couple into my Community Group, discover that Mr. Smith works at Pratt and Mrs. Smith is a stay-at-home wife and mother, and then invite Mrs. Smith to go whale watching while Mr. Smith is at work. It wouldn’t be appropriate, mainly because it wouldn’t build community. It might be intimate. But it would be divisive. It would be weird. It wouldn’t be holy in the way that a holy kiss is holy. It would be intimacy without the community-nourishing limits.

holy kiss nourishes intimacy and builds community. It is both one-on-one and broadly social. It is both intimate and public (observable).

Let me take a little bit of a detour:

I’ve noticed over the years that guys, in particular, begin to do two things when they come into Christian faith and Christian community. They begin to sing. And they start to hug.

Both would have been awkward and alien for most guys before Jesus became their Lord. Both are a little bit out there. A little bit alien. Yet Christian guys begin to do both.

I think this is very close to what Paul is getting at with his instructions about greeting with a holy kiss. We are invited to get out there a little and sing … and hug. But we do so in ways that are public and restrained because we’re building community.

We hardly need to be asked to do this. We just do it. It’s natural. It’s good. It’s holy.

So … how come we don’t kiss each other today?

I don’t think it’s because we don’t see each other, although in a Western, individualistic culture, we must always be aware of that tendency. By default, we do make all things about my or your individual convenience or pleasure or spiritual health.

So why don’t we kiss?

Well, most of us are products of a culture that is not overly tactile … touch-oriented. We place a very high value on independence … on personal space.

Somehow, perhaps also in part because we live in an overly sexualized environment, we’ve decided (without really consciously deciding) that a kiss would not build community. It would be weird.

There’s some value in pausing to think about this. Contrary to what some Christians claim, we don’t just read our Bibles literally and go do what the Bible says. People who imagine that this kind of literal reading and implementation of what we’ve read is Christian obedience have not yet thought hard enough. We’re far more selective than that. We pass everything we find in the Bible through a couple of prisms before we act. And we should. We must.

One of those prisms is culture. Culture doesn’t get the final word, but it gets a word. I’m not sure God is concerned that we begin right now to flaunt our cultural norms and begin kissing each other as we gather together. 

But if we’re not going to start kissing each other as our standard greeting, how do we submit obediently to this apostolic instruction?

Here are some practical ways in which I think we practice this odd apostolic instruction.

  • We greet intentionally and verbally.
  • We touch.
  • We make unhurried eye contact.
  • We learn each other’s names and we use them.
  • We shake hands. (There’s more than one way to do this. Personally, I love the firm handshake with the forearm twist … or the shoulder-squeeze twist.)
  • We hug.
  • We ask questions and listen for the answer.

That is to say, we construct Christian community by practicing both intimacy and restraint.

What we do not do … what we must stop doing if it’s become our habit … is to wander in and out with our eyes down, our hands in our pockets, and our hearts playing defense.

We must not do that.

There is room for introverts and extroverts in this practice of Christian greeting. There is space both for the Natural Hugger and the Reserved. But there is no room for untended fear or enmity or distance.

We must open up. We must, figuratively if not literally, learn to kiss one another … in holiness and with all due restraint but also with an openness to the crazy-good new things that happen when we begin to pay attention … to make eye contact … to embrace the other … to become family … to get outside ourselves and care more for the interests of the other than for our own.

When we do this, we’re not merely being nice. We are practicing the same hospitality with which Jesus welcomes us into his company. Into his embrace.

So, if I may: Brothers and sisters … sons and daughters of the living God … servants of our Lord Jesus Christ … spiritual family … Greet one another. Greet one another with a kiss. Greet one another with a holy kiss.

Thus ends the first sermon on kissing that you have likely ever heard.

May our Lord make us family. 

 

Benediction

2 Corinthians 13:14   The grace of the Lord Jesus Christ and the love of God and the fellowship of the Holy Spirit be with you all.

Questions for Community Groups

  1. How do you express appropriate intimacy when you greet someone in our Christian community?
  2. In the light of the instruction to greet one another with a holy kiss, how do we currently err on the side of being too reserved?
  3. Are you aware of any practices in our community or in another where we err on the side of unrestrainedintimacy in greeting or welcoming?
  4. What kind of welcome in our cultural context would communicate that ‘this is a place where Jesus is Lord and you are at home’?

Qohelet brings it.

A brief reflection offered to UWM’s Leadership Team

10 May 2021

John asked me to share something from the Old Testament’s ‘Wisdom Literature’. This happened last Thursday after I shared with him some anecdotes about teaching my ‘Escritos’ (roughly: ‘Old Testament sacred writings’) course at the Biblical Seminary of Colombia. I’m aware that these words will not be ‘inspirational’ in any conventional sense.

So allow me some non-conventionally-inspirational ruminations upon…

  • When God’s purpose is not to reveal doctrine in splendid clarity but rather to invite his people into a hard conversation.
  • What it’s like to teach at the Biblical Seminary of Colombia (and other places like it).
  • Why I loathe the expression ‘training leaders’ (and why most TEI missional scholars would lean away from ‘indoctrination’ and towards ‘constructive theology’…).

One very daring part of the Old Testament’s wisdom literature is the book called Ecclesiastes. This work’s principal speaker is named ‘Qohelet’ according to the Hebrew presentation, so I’ll use that name as a point of reference over the next minutes.

Qohelet starts, ends, and punctuates everything in between with the cry that ‘Everything is vanity!’ (הבל = a breath, momentary, absurd, incomprehensible, a bare illusion)

Along the way, Qohelet makes stupendous claims that are extremely difficult to partner with ‘biblical orthodoxy’.

  • Nothing has meaning.
  • Nothing produces any result/benefit/profit.
  • We’re no better than the animals.
  • Nothing ever makes a difference.
  • God loads us down with meaninglessness in order to weary or even to torment us.
  • And there’s no way out of this endless Doom Loop.

Then, just to keep us off balance, Qohelet pairs these ‘unorthodox’ declarations, which are spoken with brassy self-assurance, with other statements that are more comfortable for believing readers: 

  • ’So here’s what you do: Enjoy the food, sex, and shelter God has given you. They’re his gifts.’
  • ‘Do your best to keep God’s commandments.’

Yet in spite of this whiplash-producing juxtaposition of declarations, never has Judaism or the Christian Church given serious, sustained consideration to the possibility that Ecclesiastes might be anything other than Holy Scripture. What are we to do with that?

Here’s where my students are right now:

They’re working painstakingly through chapter 6 via a methodology we call ‘Theological Conversation’. Each student does a deep dive into one of the chapter’s verses and presents his or her conclusions. Another student is assigned the responsibility of first response. After that initial exchange, it’s no holds barred on conversation that ensues.

“There is an evil that I have seen under the sun, and it lies heavy on mankind: a man to whom God gives wealth, possessions, and honor, so that he lacks nothing of all that he desires, yet God does not give him power to enjoy them, but a stranger enjoys them. This is vanity; it is a grievous evil. If a man fathers a hundred children and lives many years, so that the days of his years are many, but his soul is not satisfied with life’s good things, and he also has no burial, I say that a stillborn child is better off than he. For it comes in vanity and goes in darkness, and in darkness its name is covered. Moreover, it has not seen the sun or known anything, yet it finds rest rather than he. Even though he should live a thousand years twice over, yet enjoy no good—do not all go to the one place?

All the toil of man is for his mouth, yet his appetite is not satisfied. For what advantage has the wise man over the fool? And what does the poor man have who knows how to conduct himself before the living? Better is the sight of the eyes than the wandering of the appetite: this also is vanity and a striving after wind.

Whatever has come to be has already been named, and it is known what man is, and that he is not able to dispute with one stronger than he. The more words, the more vanity, and what is the advantage to man? For who knows what is good for man while he lives the few days of his vain life, which he passes like a shadow? For who can tell man what will be after him under the sun?”

Ecclesiastes 6:1-12 (ESV)

Yet these aren’t necessarily Qohelet’s wildest statements. There are others, like these:

2.7 So I hated life, because what is done under the sun was grievous to me, for all is vanity and a striving after wind.

3.19-20 For what happens to the children of man and what happens to the beasts is the same; as one dies, so dies the other. They all have the same breath, and man has no advantage over the beasts, for all is vanity. All go to one place. All are from the dust, and to dust all return.

And at the same time we’re trying to do justice to an assessment that shows up in the book’s epilogue, a kind of final summary … a tying up of loose ends.

It commends Qohelet for his expertise in shaping Israelites in the ways of wisdom. Then it adds this summary:

“Qohelet sought to find words of delight, and uprightly he wrote words of truth.

The words of the wise are like goads, and like nails firmly fixed are the collected sayings; they are given by one Shepherd.”

Ecclesiastes 12:10-11 (ESV, lightly emended and emphasis added)

So why does an old dude like me continue to invest the countless hours of preparation that are required in order to lead students through arguably depressing and unorthodox literature like Qohelet?

Some days, I’m not sure….

On other, brighter and clearer mornings—and I’m happy to report that these are the more frequent ones—this is what I think I see:

  • I do it for the sheer, inexhaustible, compelling beauty of the biblical text. It feeds me. It’s an intellectual task and and an existential compulsion that I can’t find a way to walk away from. Maybe this what the editor of Ecclesiastes has in mind when he says that Qohelet spoke ‘words of delight’ and ‘words of truth’
  • I do it because I don’t believe Colombia’s emerging Christian leaders basically need a list of things they need to believe. Or, even if they do need that, they can get it from someone who’s not me. I’m not interested in ‘training’ them in any narrow sense. I’m interested in sharing life and study with them to see whether there’s any way I can shape them as human beings whom I’d like to share a beer with. And whom I would trust at my wife’s bedside after a cancer diagnosis.
  • I do it because I believe that both Yahweh and the canonical Scriptures are bold and confident enough to set the table for a believing people’s ongoing conversation, knowing that they will be led into all truth as they refuse to over-simplify the most important things and as they process life honestly as it comes. This feels authentic to me, true to both the nature of Scripture and to life as I experience it. Scripture seems not to insist that redemptive conversations be easy conversations nor overly pious ones, nor conversations where the outcome is known from before things heat up.
  • I do it because I think one of the things theological education must be is frighteningly unpragmatic. I can’t tell you how or and I cannot quantify in what measure Andrés … or María … or Paolo … or Diego … or Tatiana … have been changed by immersion in Ecclesiastes. But I know them. I share life and community with them. I look them in the eye. And I know in by bones that they are better … richer … more human persons and servants of Jesus for having walked this way. So I’m gonna keep doing what I do until God makes me stop.

I think that, for most (not all) of our UWM colleagues who are TEI missional scholars, we could change the ‘I’ to ‘we’. And I suspect we could do the same to include many of you.

‘Vanity of vanities!’, says Qohelet. ‘All is vanity!’

I believe him. But not completely. 

Un regalo de bodas para J.R. y Molly Friesen, casados desde ayer en Billings, Montana, USA

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El ritmo de la vida con YHVH incluye períodos de silencio y quietud en los que el único sonido audible es un gemido. La buena fortuna de aquellos a los que acompaña YHVH es que este momento poco melodioso es, si no corto, al menos limitado. El silencio de la desesperación y el suspiro del dolor tienen su espacio en la enigmática partitura, pero no pretenden dominar el curso de un movimiento a otro ni usurpar el final.

Más bien, los poetas bíblicos nos alertan sobre la erupción ambiciosa y espontánea de un nuevo cántico. La irrupción de esta melodía alegre se produce a menudo cuando menos se espera y arroja toda la pena subdominante en un nuevo marco armónico. Lo que hace un momento sonaba con una tiránica autoconfianza se entiende ahora como un descanso, un preludio, la antesala musical de una alegría corta del tipo que ninguna experiencia musical previa ha preparado.

Un cántico nuevo no tiene resonancia para aquellos que no han llorado en silencio. Su atractivo se pierde para aquellos que no han llorado largamente en una noche amarga con la plena expectativa de que la mañana, también, será inundada por estas malditas e implacables lágrimas. Nadie se sorprende más por la entrada de esta música completamente moderna que aquel cuya lengua y garganta estallan en un frenesí casi involuntario.

Siempre el impulso viene de que YHVH ha actuado de nuevo, magnífica, misericordiosa, asombrosa y restauradoramente. Casi siempre las circunstancias han conspirado para persuadir al eventual cantante de nuevos cánticos de que el propio YHVH ha desaparecido o al menos ha abandonado el arte de la creación y la nueva creación. Donde antes su toque, su don para la redentora sorpresa ha alimentado el alma y ha levantado la mirada, YHVH parece ahora un cuento rústico, el material de una memoria gastada que adorna los márgenes de un cinismo consciente. YHVH y su música se han convertido en una burla. Uno recuerda sus cánticos como en un sueño, secos, agrietados, efímeros, apenas presentes. La vergüenza de haber sido un blanco fácil persiste en esas notas difícilmente recordadas, de haberse dejado engañar, de haber caído en cosas que sólo parecían ser bellas pero que no lo son.

De repente, nace un cántico nuevo. Apenas se puede hablar del regreso de la música, porque esta melodía es más fresca, más nueva, más elevada que la anterior. Este cántico es nuevo. YHVH se ha vuelto, la música estalla de nuevo, hay baile en las calles y un placer estrepitoso en los sofás de los amantes redimidos.

Porque el Señor se deleita en su pueblo;
adornará de salvación a los afligidos.

Regocíjense de gloria los santos;
canten con gozo sobre sus camas. 

Salmo 149.4-5 (LBLA)

Con el tiempo, los hasidim de YHVH -sus fieles– volverán a verse envueltos en el silencio, envueltos en la pena, callados en su dolor. Pero con el tiempo discernirán la irrupción siempre posible del amanecer de la música, de un cántico nuevo, de la prueba recurrente de que el silencio y los gemidos son penúltimos. Enfrentados, limitados por el amor perdurable, el final de esas cosas está siempre cerca. Como la oscuridad a la luz, como el silencio al sonido, como el luto a la alegría, el amor irreprimible no soportará sus presunciones de tiranía.

Esto es siempre cierto: sus fieles volverán a cantar.

Lo que sigue es mi historia. No es muy importante, pero es la única que tengo. Si crees que aprender las lenguas bíblicas debe ser rápido o fácil -y sobre todo si estás esperando que la experiencia sea siempre alegre y simpática- no sigas leyendo. ===========================================================

Yo tuve la suerte de aprender hebreo en condiciones poco óptimas.

La verdad es que no llegué a la tarea con mucha pasión. Me consideraba un ‘tipo del Nuevo Testamento’ y me dispuse para estudiar un M.Div. de manera que fuera más bien una especie de M.A. alargada en Nuevo Testamento. Eran Juan y Pablo los que me aceleraban el pulso, no Moisés y Jeremías. Había aprendido griego en la universidad y nada iba a interponerse entre los textos del Nuevo Testamento y estos ojos míos. Esta alma mía.

Pero el hebreo era un requisito del M.Div. y no me opuse. Nunca se me había ocurrido que pudiera hacer estudios avanzados en Biblia en el futuro. Esa idea nació años después. No cursé hebreo para que me admitieran posteriormente en un doctorado. Simplemente quería conocer la Biblia desde lo más cerca posible y luego enseñarla como una consecuencia de esa íntima conexión. Cualquier otra cosa me habría parecido una farsa, como si pasara por delante de una cueva llena de diamantes y no asomara la cabeza para ver si alguno de ellos estaba en la superficie para agarrarlo.’

No fue hasta dos semanas antes de asumir responsabilidades en un seminario en Costa Rica que el decano me comentó, ‘Ah, David, es que vos vas a ser nuestro fulano del Antiguo Testamento’. Menos mal había estudiado el idioma en que el primer testamento fue escrito. Pero por solo dos escasos semestres. Y bajo condiciones poco alentadoras.

Mi mujer y yo acabábamos de tener un niño y otro estaba en camino. Ella trabajaba de día en Hewlett Packard y yo trabajaba de noche cargando camiones en UPS, en un dudoso esfuerzo por evitar una deuda educativa que pudiera retrasar nuestro pretendido servicio misionero. Era un trabajo muy agotador para mi cuerpo de veintitantos años, posiblemente tan exigente físicamente como lo había sido el baloncesto colegial para mi cuerpo adolescente una década antes. Por dos años, mi trabajo era cargar y durante otros dos años supervisar a los cargadores, lo que significaba que ahora añadía la responsabilidad organizativa al negocio de cargar los camiones de los chicos que estaban demasiado enfermos, borrachos, deprimidos o poco comprometidos para registrarse a las 3:00 a.m. No era el único trabajo de nadie. Todos trabajábamos en varias cosas. Todos vivíamos al límite.

Para mí fue tanto agotador como necesario, al fin y el cabo era una manera de estar en el seminario sin pasar hambre.

Los fines de semana, mi esposa y yo nos renovábamos sirviendo como pastores de jóvenes en nuestra iglesia. Pero esa es otra historia. Un rollo de grandes ironías y de poco sueño. Éramos locos.

Mi viejo Ford Pinto no tenía calentador y éramos demasiado pobres para averiguar por qué y arreglarlo. A menudo, en el invierno de Nueva Inglaterra, mis viajes de 35 minutos al trabajo eran al volante de un coche en donde la temperatura era de un solo dígito, en Fahrenheit. O menos. A menudo gritaba a todo pulmón mientras avanzaba por la oscura autopista para mantenerme despierto, con todo el cuerpo temblando de frío.

Después del trabajo, apestando por la transpiración del turno de la noche, conducía a la guardería los días que no tenía clases por la mañana para poder recoger a nuestro hijo pequeño Christopher, al que mi mujer había dejado dos horas antes de camino al trabajo. Nuestros carros pasaban por la ruta 128, ella en dirección oeste y yo en dirección este. Yo estudiaba todo el día mientras cuidaba a Christopher. Una vez me desperté con la huella de la alfombra en la cara, tras haberme quedado dormido en el suelo mientras gateaba detrás de mi hijo en pañales.

Como mi despertador sonaba a la 1:30 de la madrugada, solía decirles a los amigos que nos visitaban a eso de las 9:00 de la noche: ‘Pueden quedarse todo el tiempo que quieran, pero, por favor, apaguen las luces cuando hayan terminado’.

Los lunes, miércoles y viernes, después del trabajo nocturno, pasaba por delante de nuestro apartamento con el sol naciente y seguía media hora más hasta el seminario. Mi carro temblaba casi incontrolablemente a casi 93 kph, así que lo mantenía estable a 90. Al llegar al seminario, quince o veinte minutos después de que empezara la clase de hebreo, me ponía una sudadera para proteger a los demás estudiantes de mi olor a sudor. Pasaba por la cafetería para comprar dos donuts y dos tazas de café en un esfuerzo a veces fallido por mantenerme despierto durante la clase de hebreo, lo tragaba todo y me dirigía a la última aula de la izquierda.

Entraba tímidamente al aula donde la clase ya había empezado, encontraba un asiento vacío y empezaba a prestar atención a las explicaciones del profesor sobre cosas que, por su propia naturaleza, eran extrañas y nuevas. Nuestro libro de texto era el clásico Introducción al hebreo bíblico de Thomas Lambdin, obra del famoso lingüista de Harvard que había escrito gramáticas de varias lenguas semíticas antiguas. Ni el libro de Lambdin ni nuestro profesor -que había sido alumno de Lambdin- tenían tiempo para los rezagados. Términos como ‘alargamiento compensatorio’ y ‘vocales largas inalterables’ se explicaban pacientemente pero sólo una vez. Después se esperaba que lo entendieras o lo averiguaras en casa.

Recuerdo claramente que una mañana hervía de rabia en clase mientras me esforzaba por comprender la lógica del dagesh forte, el dagesh lene y si una bendita sílaba era abierta o cerrada. Me sentí como si me estuvieran torturando para la satisfacción de Thomas Lambdin, de nuestro profesor, o de algún creador invisible y malévolo de contenidos curriculares. Era humillante. Me había graduado con mención summa cum laude en la universidad y esto era sólo un seminario.

Tomé todo lo que tenía en mí y mucho más para no rendirme y volver a casa. A veces no quería otra cosa sino eso; pero quería leer y enseñar más la Biblia, así que me quedé.

No le pedí al profesor que me diera clases particulares. Si no hacía un examen, no le pedía al profesor que ampliara el tiempo disponible, porque se me había olvidado leer la carta descriptiva del curso, y no me había dado cuenta de que teníamos un examen en ese tiempo. Me sentía el estudiante más pobre de la clase porque en un día cualquiera todos los demás estudiantes estaban muy por delante de mí. No le eché la culpa a la carta descriptiva del curso, ni insinué que el profesor había gozado de más privilegios que yo o que el hebreo es más difícil para los alumnos como uno que provienen de contextos rurales de dialecto Pennsylvania Dutch. No pregunté si podíamos utilizar otro libro de texto con menos detalles irritantes. No pregunté: ‘¿cuántas horas de estudio tengo que dedicar?’.

Con el tiempo, encontré un punto de apoyo en el idioma. Casi que no. Luego seguí avanzando. Eventualmente, descubrí que podía leer la Biblia hebrea. Todavía aprendo algo nuevo en sus páginas casi todos los días.

La Biblia hebrea todavía me abofetea regularmente y me llama ‘¡Niño!’. Cuando la gente me pregunta -como lo hacen- ‘¿Cuánto tiempo tardaste en aprender hebreo?’, mi única respuesta sincera es ‘Aún no lo sé’.

Pero ahora vivo con este libro, es un libro encantado por Dios. Es inagotablemente rico y alternativamente tranquilizador y deconstructor a la manera de un tío muy sabio y algo recalcitrante con el que no se puede vivir y sin el que no se puede vivir. Desafía credos y confesiones e insiste en que se piense de nuevo, en que se mire más de cerca, en que se considere lo impensable. Si me preguntas por un pasaje del Antiguo Testamento y me dices que no puedo consultar el texto hebreo, lo único que podré hacer es mirar fijamente y con una mirada perdida. Ahora el hebreo está dentro de mí, así los textos que esa lengua genera, cuya interpretación depende de ella. Ha tardado casi cuarenta años y aún no ha terminado conmigo. Sigo siendo su siervo, su esclavo, y los textos mi amo. Aunque a veces me abrazan como si fuera su mejor amigo.

Si la Providencia nos reúne, tipo estudiante y profesor, con el hebreo bíblico como un formidable paisaje frente nosotros, y si crees que tus condiciones no son óptimas para trabajar tan duro como nuestra asignatura nos lo va a pedir, bienvenido. Pero ten cuidado con lo que dices. Puedo ser muy solidario, de hecho lo seré, aunque probablemente no conforme a tus términos. Solidario sí. Pero tu historia no me va a sacar lágrimas. Eventualmente, si tu sobrevives la turbulencia total de las primeras seis semanas, te vas a dar cuenta que nos hemos vueltos amigos. Compañeros en un arduo camino. El mutuo respeto que gobierna nuestra amistad académica será palpable, y aquella amistad más que académica.

Durante las primeras seis semanas, vas a pensar que no te entiendo, peor, que para nada me importa comprenderte. Te vas a preguntar por qué el profe se rehusa a aceptar que tus circunstancias son diferentes. Únicas.

Todo aquello que pensarás es falso, pero todavía no lo sabrás. Si persistes, entenderás. Quizás en algún momento tendremos una conversación sobre la mayordomía de un tesoro. Te contaré que el hebreo y la tradición milenaria de su estudio es mayor que tú y yo. En ese momento, tal vez tú me entenderás. Tal vez no. Al fin y al cabo, no es importante que me comprendas. Lo único que pido es que decidas cuánto quieres lo que te puedo enseñar.

Tuve la suerte de aprender hebreo, en condiciones para nada óptimas. Espero que tengas la misma suerte.

*Dedicado a mi amigo, el Rev. Robert Eyman, Spokane, Washington, USA

Uno de los mejores de los llamados “Salmos del Aleluya”, el ciento cuarenta y siete da una palabra de aliento a los corazones rotos que hay entre nosotros. El poeta se centra en lo apropiado de la alabanza, reconociendo que un universo gobernado con la forma en que éste se rige se ha convertido en un escenario donde la gratitud es la respuesta apropiada.

¡Aleluya! Porque bueno es cantar alabanzas a nuestro Dios,
porque agradable y apropiada es la alabanza.

Salmo 147.1 (LBLA)

Uno no puede llegar a esa respuesta sin haber reflexionado. Desde todos los rincones se presentan evidencias que podrían parecer que la alabanza no es el sonido adecuado en un mundo fragmentado donde la sangre fluye con mucha libertad y el dolor se acumula en pedazos silenciosos y amenazantes. Sin embargo, el salmista apunta a una perspectiva hermenéutica desde donde su mirada recoge motivos de gratitud más que de resentimiento. Está convencido de que su perspectiva es la apropiada, no es un analgésico barato, no es un truco psicológico elaborado simplemente para suavizar el dolor.

Desde donde el escritor está (y canta), YHVH parece compasivo, paciente y majestuoso. Una cadena de participios hebreos evoca la revelación del nombre divino en los capítulos tercero y sexto del libro del Éxodo, probablemente de forma intencionada. ¿Quién es YHVH?

YHVH es el que edifica a Jerusalén;
él congrega a los dispersos de Israel;
Él sana a los quebrantados de corazón,
y venda sus heridas.
Él cuenta el número de las estrellas,
y a todas ellas les pone nombre.
Grande es nuestro Señor, y muy poderoso;
su entendimiento es infinito.
Yahweh sostiene al afligido
y humilla a los impíos hasta la tierra. 

Salmo 147.2-6, (LBLA, ligeramente modificado por el autor)

Aquellos que se consideran entre los “quebrantados de corazón”, se dice que encontrarán en YHVH un médico amoroso. Un lenguaje casi idéntico a esta conmovedora frase se emplea en el gran salmo cincuenta y uno de remordimiento. Allí se da un giro a la convención del sacrificio, con consecuencias que los quebrantados de corazón pueden encontrar casi alentadoras:

Porque no te deleitas en sacrificio, de lo contrario yo lo ofrecería;
no te agrada el holocausto.
Los sacrificios de Dios son el espíritu contrito;
al corazón contrito y humillado, oh Dios, no despreciarás. 

Salmo 51.16-17 (LBLA)

Curiosamente, estos dos salmos -el cincuenta y uno y el ciento cuarenta y siete- contraponen sus sorprendentes conclusiones sobre quién atrae realmente la atención reflexiva y activa de YHVH a la expectativa común. En el primero, el sacrificio cultual se convierte en el papel retórico del corazón contrito, y en contraste con el espíritu quebrantado, no logra deleitar a YHVH. En el último, aprendemos que YHVH no se deja impresionar por las demostraciones convencionales de fuerza:

No se deleita en la fuerza del caballo,
ni se complace en las piernas ágiles del hombre.
El Señor favorece a los que le temen,
a los que esperan en su misericordia.

Salmo 147.10-11 (LBLA)

No es de extrañar -aunque sea maravilloso– que una deidad gobernante que actúa de esta manera tan inquietante se convierta en objeto de este tipo de aleluyas. Este YHVH, se nos pide que creamos, se siente irresistiblemente atraído por aquellos que van con el corazón contrito, temiendo a YHVH desde lo más profundo de su fragilidad. Por eso es apropiado que esas personas reconozcan su belleza y lo alaben.

Si el mundo se rige de esta manera, entonces todo lo que se refiere a quiénes somos, si fracasamos, y cómo tenemos éxito, se deconstruye bajo nuestros pies. Entonces YHVH lo rehace todo con una misericordia misteriosa, penetrante, y que sobrepasa todo. Un poeta de Jerusalén no puede imaginar otra respuesta que el cántico bueno y apropiado que llamamos alabanza.

La distancia no siempre es lo que parece.

Los salmos tienen en común con el libro de Isaías una inclinación por invertir las correspondencias normales entre distancia y proximidad. Empleando la superposición entre los conceptos espaciales y morales de altura, estas voces de la antología bíblica afirman que YHVH, en su suprema grandeza, está paradójicamente más cerca de los que son espiritualmente pequeños que de aquellos que se exaltan.

Porque el Señor es excelso, y atiende al humilde, 

mas al altivo conoce de lejos.

Salmo 138.6 (LBLA)

El orgullo consiste en considerarse alto, cerca -se podría suponer- de Dios. El salmista no tendrá nada que ver con el cálculo que equipara la auto-elevación (nuestras traducciones buscan connotaciones morales a través de palabras como “altivez”, pero el texto hebreo no abandona la noción concreta de altura o altitud) con los logros.

¿Quieres estar cerca de YHVH?, parece preguntar el escritor a su lector. ¿Anhelas acceder al Altísimo?

Entonces quédate abajo. YHVH-muy alto-está con los humildes.

La altitud del corazón es de enorme importancia para el testimonio bíblico.

Particularmente en el libro de Isaías, la arrogancia que lleva al ser humano a enaltecerse es una receta segura para ser abatido. Los Salmos también recogen este tema, con un empleo asombroso del mismo vocabulario que Isaías utiliza.

Señor, mi corazón no es soberbioni mis ojos altivos; no ando tras las grandezas,
ni en cosas demasiado difíciles  para mí; sino que he calmado y acallado mi alma; como niño destetado en el regazo de su madre, como niño destetado reposa en mí mi alma.

Salmo 131.1-2 (LBLA)

Sería posible leer estas líneas como un apoyo a la simplificación de la fe cristiana que tan frecuentemente se nos pide en nuestros días. Eso sería un error.

Los Salmos en su conjunto y el testimonio bíblico en su totalidad instan al creyente cristiano a hacer un fuerte uso de sus facultades para buscar la profundidad de la bondad de YHVH, de su mundo y de su manera de actuar con ese mundo. El pensamiento descuidado y la creencia perezosa nunca gozan del sello de aprobación de la fuente de la fe judía y cristiana.

Sin embargo, el punto del salmista es potente. El creyente es un siervo humilde de asuntos profundos y grandes. Su capacidad para explicarlos, para captarlos en su plenitud, es siempre parcial y limitada. El conocimiento de ellos no es ese dominio que ‘envanece’, por tomar una frase de la instrucción del apóstol Pablo. Es más bien una comprensión que lleva a la persona a hacer una autoevaluación adecuada, a descansar en su pequeñez y a apoyarse en el Alto y Santo, como Isaías quiere que pensemos de nuestro Hacedor.

El conocimiento genuino y exacto nos lleva no sólo al movimiento, sino también a la serenidad tranquila. A veces, ambos se enfrentan con incomodidad.

Sin embargo, ambos son invitaciones. Ambos son regalos.