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Un sermón predicado en el servicio religioso semanal del Seminario Bíblico de Colombia en conformidad con el tema semestral ‘Viviendo la fidelidad de Dios’.

3 abril 2025

Moisés apacentaba el rebaño de Jetro su suegro, sacerdote de Madián; condujo el rebaño hacia el lado occidental del desierto y llegó a Horeb, el monte de Dios. Y el ángel del SEÑOR se le apareció en una llama de fuego, en medio de una zarza. Al fijarse Moisés, vio que la zarza ardía en fuego, pero la zarza no se consumía. Entonces Moisés dijo: “Me acercaré ahora para ver esta maravilla (gran visión), por qué la zarza no se quema.”

Cuando el SEÑOR vio que Moisés se acercaba para mirar, Dios lo llamó de en medio de la zarza, y dijo: “¡Moisés, Moisés!” Y él respondió: “Aquí estoy.” Entonces Dios le dijo: “No te acerques aquí. Quítate las sandalias de los pies, porque el lugar donde estás parado es tierra santa.” Y añadió: “Yo soy el Dios de tu padre, el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob.” Entonces Moisés se cubrió el rostro, porque tenía temor de mirar a Dios.

Y el SEÑOR dijo: “Ciertamente he visto la aflicción de Mi pueblo que está en Egipto, y he escuchado su clamor a causa de sus capataces, pues estoy consciente de sus sufrimientos. “Así que he descendido para librarlos de mano de los Egipcios, y para sacarlos de aquella tierra a una tierra buena y espaciosa, a una tierra que mana leche y miel, al lugar de los Cananeos, de los Hititas, de los Amorreos, de los Ferezeos, de los Heveos y de los Jebuseos. “Y ahora, el clamor de los Israelitas ha llegado hasta Mí, y además he visto la opresión con que los Egipcios los oprimen. “Ahora pues, ven y te enviaré a Faraón, para que saques a Mi pueblo, a los Israelitas, de Egipto.”

Pero Moisés dijo a Dios: “¿Quién soy yo para ir a Faraón, y sacar a los Israelitas de Egipto?” “Ciertamente Yo estaré contigo,” (כי אהיה עמך) le respondió el SEÑOR, “y la señal para ti de que soy Yo el que te ha enviado será ésta: cuando hayas sacado al pueblo de Egipto ustedes adorarán (servirán) a Dios en este monte.”

Entonces Moisés dijo a Dios: “Si voy a los Israelitas, y les digo: ‘El Dios de sus padres me ha enviado a ustedes,’ tal vez me digan: ‘¿Cuál es Su nombre?’ ¿qué les responderé?” Y dijo Dios a Moisés: “YO SOY EL QUE SOY,” (אהיה אשׁר אהיה) y añadió: “Así dirás a los Israelitas: ‘YO SOY (אהיה) me ha enviado a ustedes.’” Dijo además Dios a Moisés: “Así dirás a los Israelitas: ‘El SEÑOR (יהוה), el Dios de sus padres, el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob, me ha enviado a ustedes.’ Este es Mi nombre para siempre, y con él se hará memoria de Mí de generación en generación.

(Éxodo 3.1-15 NBLH)

Me gustan los nombres. No … en realidad, me encantan los nombres.

En los últimos años, en mi lectura diaria de las Escrituras, he renunciado la velocidad normal de la lectura, cambiándola por otra más lenta, para mejor saborear los nombres que aparecen en las genealogías:

Me tomo unos segundos para imaginar la vida de estos abuelos nuestros, preguntándome con qué fin el Señor nos invita a recordarlos.

El museo del pueblo en Jerusalen—Yad Vashem—deriva su nombre de la hermosa promesa de Isaías 56.4-5:

A los eunucos que guardan Mis días de reposo, Escogen lo que Me agrada Y se mantienen firmes en Mi pacto,

Les daré en Mi casa y en Mis muros un lugar, Y un nombre mejor que el de hijos e hijas. Les daré nombre eterno que nunca será borrado.

(Isaías 56.4-5 NBLH)

Hace años tuve la experiencia de caminar por el ‘laberinto de los nombres’ en Yad VaShem, un pasillo de poca luz donde uno escucha desde el sistema de sonido la lectura incesante y casi susurrada de los nombres de los víctimas de los Nazi en Europa. Uno, siendo gentil, se une por unos treinta minutos al pueblo judío en su disciplina de mantener presentes—si no vivos—las hijas e hijos de Israel que perecieron en los fuegos exterminadores de los Nazis, haciendo lo que se puede: nunca dejar de recordar sus nombres.

En un contexto más feliz, anhelo el momento la semana antes del arranque de cada semestre en nuestra comunidad cuando a los profes Ivonne nos envía la lista de los estudiantes que pronto se convertirán en rebaño nuestro. Tomo un momento para contemplar las bellas sílabas colombianas de ‘mis’—si me permiten—ovejas, de mi rebaño:

Johan Danilo Álvarez Sánchez

Isabela García Patiño

Jhon Janner Carballo Denis

Daniela Urango Giraldo…

Bellos nombres, cuyos dueños dentro de días o semanas serán personas que admiro y amo.

En una ocasión, compartí con varios de ustedes el gozo que me generó un momento hace muchos años en Costa Rica. Caí en cuenta que en latitudes latinoamericanas me había llegado el lujo de recuperar el apellido de mis abuelos maternos: Potter = Alfarero. Privilegio que se me había robado por la extraña costumbre anglosajona de bendecirnos con un solo apellido en lugar de dos. Abuelo y abuelita Potter habían sido héroes de mi juventud y ahora orgullosamente ostento su apellido en mi firma electrónica y en cualquier oportunidad que se me presente. 

Grandma and Grandpa Potter … David Allen Baer Potter

Admiro … aprecio … es más, en realidad amo los nombres.

Los nombres a lo largo de los años acumulan significado … connotación … riqueza … insinuación … nobleza. Con tiempo, se vuelven casi una manifestación de los seres humanos que los nombres mismos identifican.

El nombre de nuestro Señor es diferente. En uno de los pasajes más formidables de nuestra Biblia, el Dios de los padres anuncia … declara su nombre … y le informa a Moisés que será el nombre recordatorio … el instrumento hablado … el medio por el cual Israel se recordará de la naturaleza de su deidad para las generaciones y los siglos que vienen.

Su nombre es, conforme a nuestra manera de acercarnos como hijos adoptivos de Israel, Yahvé. No es, como los nuestros, un nombre que paulatinamente adquiere su significado dependiendo de cómo nosotros vivamos bajo su rotulación de nuestras vidas. Al contrario, el nombre Yahvé es un vocablo que predice el comportamiento … la conducta … del Dios de Israel. Anuncia su naturaleza desde antes para instruirnos como es Él.

Esta declaración de mi nombre … como el texto nos lo presenta … viene a partir de una intensa colaboración entre el nombre, por un lado, y la extraña llama que arde en un arbusto cualquier … una intensa colaboración entre lo visto y lo oído … una manifestación multifacética de una realidad que sobrepasa la capacidad humana de asimilarla. Una realidad inefable.

La llamada ‘revelación del nombre divino’ en Éxodo 3 es simultáneamente una revelación y una ocultación. La manifestación de un Dios bueno y noble que añora conocer y ser conocido … pero que jamás se permite controlar. Jamás se permite conocer exhaustivamente.

El texto que pide nuestra atención ha sido víctima, a mi criterio, de tres lecturas deficientes … para no decir equivocadas.

La primera deficiencia que nos toca corregir gira en torno al rol que juega la zarza ardiente. En realidad, es cualquier zarza, como el suelo que Moisés pisa es cualquier tierra. El detalle que más nos concierne es la llama que arde en la zarza, pero que no la consume.

2Y el ángel del SEÑOR se le apareció en una llama de fuego, en medio de una zarza. Al fijarse Moisés, vio que la zarza ardía en fuego, pero la zarza no se consumía. 3 Entonces Moisés dijo: “Me acercaré ahora para ver esta maravilla (gran visión), por qué la zarza no se quema.”

Una lectura superficial concluye—en realidad asume—que la extraña visión existe solo para llamarle la atención a Moisés para que deje de dedicarse a las ovejas y tome un atajo importante para llegar a escuchar lo que el Señor le quiere decir. Una vez Moisés se acerque y el Señor le hable, la llama pierde su relevancia. Es cómo un letrero de neón que dice ‘¡Moisés, Moisés, por acá…!’ Y nada más.

Discrepo vehementemente

El mensaje sobre la naturaleza de Yahvé que la voz del ‘Ángel de Yahvé’ declara es inextricablemente integrada a la llama que arde y no consume. Son dos manifestaciones—una visible y la otra audible—de una misma realidad.

La llama comunica la realidad de un Dios que se puede localizar, pero no se puede controlar. Es una realidad dinámica, no estática. Es un Dios cuya presencia se puede afirmar, pero no se puede precisar, mucho menos controlar.

En nuestra casa en los Estados Unidos, Karen y yo tenemos una chimenea. Además, tenemos preparada más leña que podríamos usar si alcanzaramos a cumplir 150 años. Me encanta salir al bosque con mi motosierra y cortar leña sin preocuparme por las extravagantes dimensiones de los montones de leña que mi obsesión genera. Durante los inviernos salvajes de Nueva Inglaterra, nos encanta encender un fuego en la chimenea, sentarnos con la perrita sobre su alfombra, y pasar las horas contemplando la danza de la llama.

Sería absurdo reportar que no sabemos si hay un fuego o no hay un fuego en la chimenea. ¡Obvio que hace treinta minutos no había fuego! ¡Indiscutible que ahora sí hay!

Pero si me preguntas, segundo por segundo, si la llama está allí o si está allí, te pediré con máxima cortesía que no nos pierdas el escaso tiempo que tengo con Karen para descansar delante de la chimenea. La llama danza, la llama es imprevisible, la llama sorprende, la llama hace lo que quiera, la llama aparece donde le dé ganas y se ausenta donde no quiera. Uno no controla la llama. La llama tiene sus propios medios y no los revela.

Pero hay una diferencia entre la llama en nuestra que nos deleita en la chimenea y la que arde en este arbusto del desierto. La nuestra consume

Esta llama no consume. Es decir, el Dios de los padres, a pesar de las incipientes enseñanzas sobre su soberanía que la llama ejemplifica, no existe para destruir. Al contrario, existe para crear. Para generar abundante existencia que le da eco a la realidad primordial de su existencia. Para redimir. Para dar vida.

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Mencioné que una lectura superficial de este formidable texto genera tres deficiencias. 

La segunda deficiencia tiene que ver con una ceguera frente al evangelio … frente a las buenas nuevas … que saturan el pasaje:

Ex. 3:13   Entonces Moisés dijo a Dios: “Si voy a los Israelitas, y les digo: ‘El Dios de sus padres me ha enviado a ustedes,’ tal vez me digan: ‘¿Cuál es Su nombre?’ ¿qué les responderé?” 14 Y dijo Dios a Moisés: “YO SOY EL QUE SOY,” y añadió: “Así dirás a los Israelitas: ‘YO SOY me ha enviado a ustedes.’”

A partir de este momento, voy a hacer algo que espero que nunca hagamos en las iglesias que servimos, una aflicción con que espero que nunca carguen a sus ovejas en un contexto eclesial. Lo hago porque compartimos un contexto universitario y académico, donde tenemos el lujo de sumergirnos en semejantes temas. Voy a hablar del Hebreo y del Griego.

¿Qué significa ‘YO SOY EL QUE SOY’?  … אהיה אשר אהיה

Bueno, a partir de la Septuaginta, se supone que tiene que ver con la existencia del Dios de los padres: Ἐγώ εἰμι ὁ ὤν· = ‘Yo soy el que existe’.

Lo que el ángel de Dios revela desde la zarza, desde la perspectiva de esta lectura, es la estupenda novedad de que Dios existe…

Pero no me imagino como la existencia de Dios funciona como buenas nuevas para los esclavos hebreos gimiendo bajo el yugo de su opresor. Es más, en una cultura altamente religiosa, ¿quién hubiera dudado de la existencia de su Dios … o de los dioses?

Tristemente, lo que la Septuaginta alcanza es poner pan sobre la mesa de generaciones de filósofos que se dan a la tarea de debatir que significa ‘Yo soy quien soy’ … o ‘Yo soy el que existe.’

¡Nada o poco que ver con el sufrimiento de los esclavos hebreos que protagonizan el contexto del pasaje! ¡Y muy poco que ver con la expresión hebrea אהיה אשׁר אהיה!

Ahora, cuando estamos ante un verbo medio ambiguo como el verbo hebreo היה, el español nos obliga a tomar una decisión. O vamos con ser o vamos con estar. Muchos idiomas no insisten que el lector tome esta decisión. El español sí, y yo digo por lo tanto, ¡Dios bendiga el español!

Las exigencies de nuestro idioma compartido—el español—nos respaldan mientras practicamos la exegesis que debíamos haber efectuado en primera instancia. El hebreo también corre al rescate pues היה difícilmente hubiera aparecido en esta forma para hablar de existencia. Su implicación más natural hubiera sido presencia.

El nombre divino tiene poco o nada que ver con la existencia del Dios de los Padres, cosa que hasta la época moderna no habría provocado duda. El dilema de los esclavos hebreos es que el Dios de sus padres no aparece. Por las apariencias, por sus moretones, por su cansancio, y por los asesinatos que les ha tocado sufrir, el problema es que aquel Dios se ausentó hace tiempo y ya no hace nada.

El hecho de que el ángel de Dios revela que su nombre es ‘El que está’ o, con un poco más de precisión ‘El que está poderosamente presente para rescatar’… ¡Esas sí son buenas nuevas!

Y para la satisfacción de un exégeta, son buenas noticias que corresponden precisamente con el contexto histórico y literario, por un lado, y con el idioma hebreo, por otro.

‘¿Cómo se llama?’, imagina Moisés que sus hermanos desde su agonía nacional van a preguntarle apenas él les declare que ‘el Dios de los padres me envió?’

‘Diles esto, Moisés’, viene instruyendo la voz que sale de la llama danzante en la zarza que no se consume…

No les digas que yo existo. Diles esto ‘Yo soy el que hace presencia con los suyos. ¡Eso es mi nombre! Presencia para rescatar. Para soltar. Para liberar. Para redimir.

Esta revelación sí consiste en buenas nuevas. Para los eslavos hebreos. Pero también para este peregrino gringo perdido en Colombia, pues el ángel del Señor dice que este es mi nombre para siempre. ¡Yo necesito como nadie un Dios que haga presencia y me salve de mí mismo, que nunca me abandone hasta haberme conducido a mi victoria final! Y quizás uno que otro de ustedes, perdido o ahogándose en su miseria … su pecado … su ansiedad … su sufrimiento … su desesperación … su necesidad … necesito lo mismo.

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Nos queda una lectura deficiente más para remediar.

Una vez más, nos tocará tener paciencia con un idioma que solo una minoría de nosotros hemos estudiado. Así que les pido esa paciencia, mientras intento no complicarles la vida más de lo necesario.

Ex. 3:13   Entonces Moisés dijo a Dios: “Si voy a los Israelitas, y les digo: ‘El Dios de sus padres me ha enviado a ustedes,’ tal vez me digan: ‘¿Cuál es Su nombre?’ ¿qué les responderé?” 14 Y dijo Dios a Moisés: “YO SOY EL QUE SOY,” y añadió: “Así dirás a los Israelitas: ‘YO SOY me ha enviado a ustedes.’” 15 Dijo además Dios a Moisés: “Así dirás a los Israelitas: ‘El SEÑOR, el Dios de sus padres, el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob, me ha enviado a ustedes.’ Este es Mi nombre para siempre, y con él se hará memoria de Mí de generación en generación.

אהיה אשר אהיה

Un imperfecto/yiqtol, primera persona común singular: estaréharé presenciaapareceré

Es un verbo imperfectivo: Uno se encuentra dentro de un proceso en desarrollo, observando su concretización, no sabiendo de antemano su desenlace final.

Un pronombre relativo declinable: quede la manera quetal y como

Otra vez, un imperfecto/yiqtol, 1cs, idéntico al primero.

Y luego en v. 15 la condensación de todo esto en el mismo verbo היה pero ahora en tercera persona masculino singular: él estará … él hará presencia.

Permítanme el lujo de un español poco natural:

Yo estaré en la manera que yo estaré…

O acudiendo a la propuesta de un estudiante mío: Yo estaré en la manera que a mi se me dé la gana…

Todo está impregnado de contingencia, de incertidumbre desde la perspectiva de quien necesita a este Dios y de suprema soberanía de parte de Él Mismo.

Yo haré presencia cuando y como yo haga presencia (y en ninguna otra) … Yo me haré poderosamente presente de manera que ustedes jamás controlarán. Pueden contar con mi presencia … pero siempre … a mi manera.

Y luego, nutrido por toda esta explicación audible desde la Zarza, ‘Diles que mi nombre es EL QUE ESTA Y ESTARA…’

Si fuera posible reducir esto a un griego natural … o un español natural … estaríamos más cómodos con el lenguaje, pero no estaríamos hablando de la misma llama danzante que hace presencia para redimir a su manera, no a la nuestra.

El resto del Antiguo Testamento a ratos demuestra su fascinación con esta revelación que simultáneamente es ocultación.

Les refiero a un solo ejemplo, sin salir de las fronteras del libro de Éxodo, otro pasaje genuinamente memorable: (33.18-20)

18 Entonces Moisés dijo: “Te ruego que me muestres Tu gloria.” 19 Y Yahvé respondió: “Yo haré pasar toda Mi bondad delante de ti, y proclamaré el nombre de Yahvé delante de ti. Tendré misericordia del que tendré misericordia, y tendré compasión de quien tendré compasión.” 20 Y añadió: “No puedes ver Mi rostro; porque nadie Me puede ver, y vivir.”


La misma sintaxis, el mismo ritmo hablado, las mismas estructuras gramaticales. Es una exégesis del nombre divino dentro de la misma Biblia.

Pero si nos permitimos un salto al Nuevo Testamento, sería interesante aterrizar en el tercer capítulo del Evangelio de Juan. Pues, allí Jesús da su acostumbrada y muy coherente relectura de su Escritura Hebrea, ajustando las metáforas para actualizar una misma realidad.

3.1 Había un hombre de los Fariseos, llamado Nicodemo, prominente (principal) entre los Judíos. 2 Este vino a Jesús de noche y Le dijo: “Rabí, sabemos que has venido de Dios como maestro, porque nadie puede hacer las señales (los milagros) que Tú haces si Dios no está con él.”

3.3   Jesús le contestó: “En verdad te digo que el que no nace de nuevo no puede ver el reino de Dios.”

3.4   Nicodemo Le dijo: “¿Cómo puede un hombre nacer siendo ya viejo? ¿Acaso puede entrar por segunda vez en el vientre de su madre y nacer?”

3.5   Jesús respondió: “En verdad te digo que el que no nace de agua y del Espíritu no puede entrar en el reino de Dios. 6 “Lo que es nacido de la carne, carne es, y lo que es nacido del Espíritu, espíritu es. 7 “No te asombres de que te haya dicho: ‘Tienen que nacer de nuevo.’ 8 “El viento sopla por donde quiere, y oyes su sonido, pero no sabes de dónde viene ni adónde va; así es todo aquél que es nacido del Espíritu.”

Soberana y redentora presencia de Dios.

Misterio divino. Llama danzante o viento que sopla invisiblemente. Dios redentor y poderosamente presente, pero inescrutablemente incontrolable. Revelación y ocultación.

Creando futuro donde solo olía a muerte.

Yahvé, Dios de los padres. Jesús, hijo encarnado. Viento divino dinámico, nunca estático. 

Como seminaristas, ¿cómo vamos a vivir fielmente en la presencia de esta llama danzante, este Yahvé? ¿Esta llama divina que es viento divino?

Primero, lo que no vamos a hacer: Decidir que nuestro trabajo académico es un mero juego intelectual, y lo que realmente importa es una espiritualidad sentimentalizada y alejada de nuestra vocación. Dios guarde que volvamos a semejante superficialidad, aunque haya sido predicado desde este púlpito.

  1. No vamos a dejar de gemir, anticipando que el Dios que se hace presente a su manera y en su momento responderá.
  2. Vamos a aceptar la realidad de que Yahvé simultáneamente se revela y se oculta. Nunca vamos a anticipar que nuestro conocimiento teológico lo vaya a ‘atrapar’ de manera exhaustiva. Vamos a celebrar la realidad de que su soberanía garantiza sorpresas en nuestras pequeñas y frágiles vidas.
  3. Vamos a deleitarnos en los misterios movimientos de la llama … del viento. Vamos a aprender que al centro de una espiritualidad bíblica … de una fidelidad biblica… yace una pregunta digna de ser repetida diariamente y sin cesar: ¿Y ahora … qué estará haciendo este Dios soberano, incontrolable, presente?

Bendito sea Adonai, el que hace presencia. Llama divina, viento divino. Bondad, misericordia y compasión.

Las expectativas convencionales—al menos aquellas que asumimos como verdades fundamentales—fracasan estrepitosamente cuando intentamos aplicarlas a la manera en que Dios trata con su pueblo. Ni la democracia ni la igualdad encuentran mucho espacio en la narrativa bíblica, aunque irónicamente, ninguna de estas ideas existiría como principio político sin el fundamento ético que la Escritura les provee.

Al menos en el corto plazo, la vida en la presencia de YHVH se percibe como profundamente injusta.

Esto es particularmente cierto cuando se considera la pesada carga del liderazgo.

Pero a vosotros el Señor os ha tomado y os ha sacado del horno de hierro, de Egipto, para que fuerais pueblo de su heredad como lo sois ahora. Y el Señor se enojó conmigo a causa de vosotros, y juró que yo no pasaría el Jordán, ni entraría en la buena tierra que el Señor tu Dios te da por heredad. Porque yo moriré en esta tierra, no cruzaré el Jordán; mas vosotros pasaréis y tomaréis posesión de esta buena tierra. (Deuteronomio 4:20–22 LBLA)

Moisés ha intercedido ante YHVH en favor de su pueblo obstinado. Ha rogado por sus vidas delante de un Dios airado. Ha clamado: “¡Mátame a mí, pero déjalos vivir!”.

Ha sufrido por causa de ellos. Ha sufrido en lugar de ellos. La vida de este antiguo príncipe egipcio, convertido en libertador y legislador de Israel, no le ha dejado mucho espacio para el gozo. Su destino ha sido insoportable.

Ahora, desde lo alto de las llanuras de Moab, contemplando el valle de Jericó y la tierra prometida más allá del río, Moisés le dice a Israel: “Ustedes recibirán lo que se les prometió. Yo moriré en este lado de las aguas.”

Las ironías son profundas.

Y el Señor se enojó conmigo a causa de vosotros. Porque yo moriré en esta tierra, no cruzaré el Jordán; mas vosotros pasaréis y tomaréis posesión de esta buena tierra. 
Desde la óptica de las expectativas humanas, este desenlace es manifiestamente injusto. Pero hay una humildad poco común en la capacidad de Moisés para aceptar su destino.

No lideramos por lo que podamos obtener. Lideramos, en verdad, porque es lo que debemos hacer.

Mientras nuestro pueblo cruce al otro lado, podemos descansar en paz en nuestra tumba olvidada, de este lado del agua.

La narración de Moisés sobre los acontecimientos que transcurren desde el momento en que Israel se encontró con YHVH en el monte Sion hasta el instante culminante en que pronuncia sus discursos ante un pueblo a punto de sumergir sus pies en el Jordán es un relato condenatorio.

Desde la perspectiva de este legislador, YHVH ha estado atento a las necesidades de su pueblo durante toda su generación de errancia. Esta misma generación diferida ha sido testigo de cómo YHVH los ha guiado a través de la política del semi-nomadismo, los pasos necesarios por territorios reclamados, y cómo ha cultivado en ellos el anhelo de un lugar que puedan llamar propio.

Moisés pregunta retóricamente: ¿Qué otra nación ha conocido a un dios que camine en medio de su pueblo como YHVH ha caminado en Israel? ¿Qué otro pueblo ha recibido estatutos y ordenanzas que engendran comunidad y vida como los que ha recibido Israel? Su descripción de la vida de Israel entre las naciones es una imagen recurrente: ellos adoran ídolos, mientras que Israel adora al Dios viviente que ha establecido su campamento en medio de ellos.

Cuán triste, entonces, resuena la anticipación de Moisés sobre la futura idolatría de Israel, cuán dolorosamente se asienta sobre el corazón. La consecuencia será devastadora, advierte: YHVH los expulsará de la tierra que les habrá entregado. Se convertirán en el despojo de la conquista, arrojados entre aquellas mismas naciones entenebrecidas de las cuales alguna vez parecieron tan distintos.

Sin embargo, Moisés asegura que ese capítulo terrible no será el final de la historia. Habrá redención y un futuro incluso desde ese oscuro punto de partida:

Pero desde allí buscarás al Señor tu Dios, y lo hallarás si lo buscas con todo tu corazón y con toda tu alma. En los postreros días, cuando estés angustiado y todas esas cosas te sobrevengan, volverás al Señor tu Dios y escucharás su voz. Pues el Señor tu Dios es Dios compasivo; no te abandonará, ni te destruirá, ni olvidará el pacto que Él juró a tus padres.

Cuando otro escritor bíblico exhorta a su audiencia a buscad al SEÑOR mientras pueda ser hallado, la urgencia de sus palabras se fundamenta en la posibilidad real de que incluso un Dios paciente se canse de esperar. No obstante, la exhortación descansa también en una verdad aún más profunda, arraigada en la misma estructura de la realidad: YHVH es infinitamente hallable, para aquellos que lo buscan—en el sentido mosaico y deuteronómico—con todo su corazón y con toda su alma.

Si el triunfalismo significa la pérdida desenfrenada de la capacidad de autocrítica porque Dios está de nuestro lado, entonces el triunfalismo es siempre una mala idea.

Sin embargo, hay momentos, tanto en la historia como en los espacios más íntimos de nuestra espiritualidad, en los que la memoria evoca con gozo triunfos pasados, y ese recuerdo es un bien dulce. El prólogo histórico de la dinámica de renovación del pacto en Deuteronomio se adentra en esta evocación de victorias antiguas. Aunque el relato está teñido con la sangre de pueblos derrotados, el lienzo de este “quinto libro de Moisés” no está blanqueado por un nacionalismo altanero. Hay suficiente fracaso protoisraelita en estas líneas como para que cualquier hijo o hija de esa nación lamente las notas sombrías de sus canciones de origen.

Aun así, hay momentos en que los eventos son puntuados por una nostalgia vivificadora:

Desde Aroer, que está a la orilla del valle del Arnón, y desde la ciudad que está en el valle, aun hasta Galaad, no hubo ciudad inaccesible para nosotros; el Señor nuestro Dios nos las entregó todas… Y tomamos en aquel entonces todas sus ciudades; no quedó ciudad que no les tomáramos: sesenta ciudades, toda la región de Argob, el reino de Og en Basán.

Es sabio, especialmente en tiempos de bajas expectativas y de una evasión pusilánime de cualquier cosa que sugiera la presencia capacitadora de Dios—siempre bienvenida cuando es con otros, pero desconcertante cuando es con nosotros—, dejar espacio para recordar los días en que Dios desnudó su brazo y nos concedió cosas buenas.

Nunca fuimos gigantes. Pero conocimos el sonido de la victoria, saboreamos la compañía inmerecida de Dios, nos dimos palmadas en la espalda con una sonrisa de asombro al reconocer que Él estaba con nosotros cuando menos esperábamos semejante supervisión sobrenatural en nuestras batallas cotidianas.

No hubo ciudad inaccesible.

Desde entonces, hemos conocido fortalezas aún más elevadas y nos hemos apartado tambaleantes de la sombra de algunas, en absoluta ruina.

Pero el sabor de la victoria fue tan dulce, ha perdurado tanto en nuestro paladar, que no nos resignaremos a pensar que nunca más será nuestra.

Famosamente designados como “Torá”, los cinco primeros libros de la Biblia son recibidos como el legado de Moisés, el gran legislador. Sin embargo, “Torá” se relaciona con el verbo “enseñar”, no con “legislar”. Antes que nada, la “Torá” es instrucción. Es enseñanza. Es formación.

El componente legal sustantivo de esta antología mosaica está incrustado en la narración de los orígenes de Israel, un génesis que este pueblo comparte con la humanidad misma. No obstante, la historia no se detiene en la ascendencia común, sino que rápidamente particulariza su enfoque en los descendientes de Abraham y, posteriormente, en los de Jacob. Este recibe el nombre de “Israel”, por su hábito y privilegio de luchar con Dios.

La Torá es la más extraordinaria de las historias nacionales. Cuando el lector llega a Deuteronomio, se encuentra con una serie de exhortaciones de Moisés, las últimas palabras del legislador, que fluyen en este marco literario con la tierra prometida a la vista, una tierra concedida a Israel, pero negada a aquel cuya voluntad épica convirtió esclavos en nación.

Moisés les cuenta su historia. No es para los débiles de corazón.

En años recientes, hemos reaprendido a comprender el poder de la historia, a escuchar en sus texturas una definición de nuestras vidas singulares, a vernos a nosotros mismos como protagonistas o, al menos, como actores secundarios en un relato infinitamente más grande que nosotros. Estamos redescubriendo cómo hallar nuestro propio significado en una historia, cómo valorar en lugar de despreciar la vida de nuestros antepasados, cómo esperar que un vestigio de nosotros mismos permanezca en las sendas y decisiones de quienes nos seguirán cuando nuestro nombre ya no pueda ser recordado.

La historia de Israel es un relato de tropiezos incesantes, de una persistente negativa a cooperar, de una prolongada y quejumbrosa resistencia contra todo aquel que amenazara las esclavitudes que habían aprendido a amar.

La trama de Deuteronomio volverá a proclamar las diez palabras que están en el centro de la vida comunitaria de Israel, pero no sin antes anclar esta columna vertebral moral en una historia de liberación y llamado divino.

Siempre es así en la Biblia: la ley es respuesta antes que iniciativa; el  de la humanidad se eleva como respuesta a una invitación divina, no como una exigencia que provoca un asentimiento renuente por parte de Dios. La legislación encuentra su lugar dentro de una historia de rescate y redención. Este conjunto se convierte en Torá: instrucción antes que ley, una descripción tan apremiante como autoritativa de cómo fueron las cosas, en qué nos hemos convertido y qué asuntos debemos ahora decidir, los hechos a los que debemos aferrarnos.

Cuando Moisés se dispuso a explicar” la Ley que la narrativa pentateuca sitúa en sus manos a través de un encuentro privado con YHVH en el monte Horeb/Sinaí, sus primeras palabras provocan un movimiento hacia una oportunidad llena de riesgo:

El Señor nuestro Dios nos habló en Horeb, diciendo: «Bastante habéis permanecido en este monte

El destino es claro, prometedor y, potencialmente, letal:

Volveos; partid e id a la región montañosa de los amorreos, y a todos sus vecinos, en el Arabá, en la región montañosa, en el valle, en el Neguev, y por la costa del mar, la tierra de los cananeos y el Líbano, hasta el gran río, el río Eufrates. Mirad, he puesto la tierra delante de vosotros; entrad y tomad posesión de la tierra que el Señor juró dar a vuestros padres Abraham, Isaac y Jacob, a ellos y a su descendencia después de ellos.

El contexto de este recordatorio colectivo de la historia del pueblo es tanto crucial como dramático. Israel se encuentra en “las llanuras de Moab, al borde de entrar en la tierra que YHVH les había prometido. Moisés, el Legislador, se despide de su pueblo. Su papel en la cobardía de los israelitas cuarenta años antes se da ahora sin mayor explicación como la razón por la cual YHVH no le permitirá pisar la tierra prometida. Su último acto de liderazgo sobre las tribus de los hijos de Israel será pronunciar una serie de discursos de despedida que han llegado hasta nosotros como el libro de Deuteronomio.

La retrospectiva de Moisés llena de matices cuatro décadas de un proceso que pasó de la liberación a la supervivencia y, ahora, a una nueva potencialidad. La misión de Israel no debía cumplirse ni su historia forjarse quedándose inmóvil frente a Horeb mientras su líder practicaba una suerte de diplomacia itinerante como interlocutor entre YHVH y su pueblo en formación. Más bien, “Bastante habéis permanecido en este monte”. Había llegado el momento para estos refugiados de Egipto de emprender el camino hacia un futuro prometido, pero todavía difícil de concebir.

A menudo, la vocación de Israel solo se materializaría al dar pasos de obediencia llena de riesgo ante un mandato de YHVH que parecía, en muchos casos, arbitrario y carente de sentido. Por esta razón, algunos profetas mirarían atrás a esta infancia y adolescencia nacional como una época de confianza pura. Sus descripciones idílicas de los primeros días de la nación son selectivas, pero no dejan de capturar una simplicidad desconocida para las complejidades del asentamiento y sus constantes compromisos.

“Partid e id.

Esta ruda exhortación, acompañada de la promesa de que YHVH iría con ellos—y que, por lo tanto, no había realmente nada que temer—se encuentra en las raíces mismas de la fe bíblica.

Permanecer bajo la sombra de Horeb, negociando la ambivalente proximidad de YHVH en su montaña, habría sido una decisión razonable. Pero ya habían estado allí el tiempo suficiente. Era momento de avanzar, hacia el riesgo y hacia la promesa.

El Pentateuco desarrolla un mundo donde la sangre del asesinado Abel clama desde la tierra en la que fue derramada, imponiendo así una severa misericordia legal sobre sus habitantes establecidos.

¿Qué hacer cuando la sangre contamina la tierra de manera irredimible, a menos que se la tome con la suficiente seriedad como para ser vengada? ¿Cómo evitar que la venganza se convierta en una virtud absoluta cuando supuestamente debe preservar la bendición?

Los levitas, esos marginados litúrgicos por excelencia, desempeñarán un papel en el equilibrio legislativo que Israel establece en sus documentos fundacionales. Leemos en Números 35 que serán los custodios de media docena de ciudades de refugio, suficientes para que cada par de tribus tenga acceso a una. Cuando uno huye por su vida, la proximidad no es una promesa vacía.

La Torá encuentra el equilibrio necesario al delinear lo que en nuestro tiempo diferenciamos como homicidio y asesinato. Con plena conciencia de la dificultad de discernir la intención, el libro de Números impone la pesada carga de la presunción de culpabilidad sobre quien ha causado la muerte de otro. Si es acusado, debe huir, sin importar sus protestas de haber actuado sin mala intención. La sangre ha sido derramada; debe haber una pena. Si esta pena no implica la muerte del homicida—haya actuado con o sin malicia—al menos exigirá un confinamiento prolongado en una ciudad lejana, donde será un extranjero con pocos derechos, salvo el de seguir respirando.

Pero el vengador de la sangre también es restringido. Si entra en una ciudad de refugio para ejecutar su noble acto de retribución familiar, lo hará al precio de convertirse él mismo en un fugitivo. Si la justicia en un mundo donde un hermano asesina a otro no puede siempre ser servida en su totalidad, al menos detendrá el derramamiento de sangre antes de que se convierta en una guerra entre tribus sin fin. Rara vez alguien saldrá de este marco legislativo sintiendo que la justicia ha sido plenamente satisfecha. Con mayor frecuencia, el agravio encontrará un entorno donde, con el paso de los años, su peor extremidad se disipará.

En esta estructura legal apenas queda un leve residuo del decreto divino. En su lugar, se pide a la sabiduría de la comunidad que haga lo mejor posible en medio de circunstancias adversas, para que la vida pueda continuar, los niños jueguen en las calles y los ancianos sean enterrados sin cicatrices.

La vid y el grano llegarán a la cosecha en una tierra libre de la imperecedera contaminación de la sangre.

Lleno de los vertiginosos detalles sobre la distribución de la tierra y el código legal, el Pentateuco puede representar un desafío abrumador para quienes aspiran a “leerlo todo”. Las secciones legales y de herencia en los “cinco libros de Moisés” rara vez figuran entre las páginas más consultadas de las Biblias en nuestros estantes o mesas de noche.

Para abordar este material, se necesita una lente interpretativa, un punto de vista que surja del propio texto y, al mismo tiempo, proporcione una perspectiva desde la cual considerar su intrincada red de detalles. La cohabitación divina con Israel es precisamente un motivo clarificador:

Y no contaminaréis la tierra en que habitáis, en medio de la cual yo moro, pues yo, el Señor, habito en medio de los hijos de Israel.

Así, el versículo final del capítulo 35 de Números enmarca y sella los preceptos que le preceden. YHVH está estableciendo los parámetros y fortaleciendo la estructura de una nación en la que ha decidido hacer su morada. No se ofrece razón alguna para esta extraña elección. De hecho, muchas de las explicaciones comunes son descartadas: Israel no atrae la compañía de YHVH por su grandeza, su santidad o por un instinto desarrollado de obediencia. Por el contrario, estas virtudes brillan por su ausencia.

Sin embargo, el Pentateuco afirma de manera inequívoca que YHVH ha escogido establecer su morada entre los hijos de Israel. Esta realidad exige una respuesta. Gran parte de la reacción esperada se materializa en forma de legislación casuística, un género que parece menos árido y más vivificante si lo entendemos como el medio por el cual esta cohabitación puede ser fructífera en lugar de letal para quienes la experimentan.

El acercamiento divino hacia los seres humanos casi siempre sigue este patrón: inesperado, lleno de gracia, imponente y ferozmente exigente.

Las audaces hijas de Zelofehad proyectan una sombra notable mientras avanzan hacia la Tienda de Reunión para presentar su caso ante Moisés. A lo largo de páginas dedicadas a genealogías, distribución de tierras y establecimiento de gremios, el libro de Números no ha mostrado prisa en registrar el nombre de una mujer.

Sin embargo, sería un error interpretar en este pasaje un atisbo de feminismo incipiente o siquiera una inclinación hacia la igualdad de género. El asunto en cuestión es la preservación del nombre del padre, un hombre desafortunado por no haber dejado hijos varones y, por tanto, vulnerable a ser borrado de la memoria de Israel. Tal destino sería, al menos, tan trágico como la ausencia de descendencia masculina o la muerte misma.

Los estudiosos de la ley israelita —viene a la mente con facilidad la gran obra de Michael Fishbane, Biblical Interpretation in Ancient Israel— identifican en circunstancias como la de las hijas de Zelofehad un pretexto legal que da lugar a declaraciones deliberativas, como las que aparecen en los versículos 8 al 11. Estas constituyen un vertimiento de legislación casuística que, si bien resulta extraña como palabras de YHVH mismo, parece natural como el fruto de la reflexión comunitaria ante un caso de prueba.

Independientemente de su origen, este texto establece un mecanismo por el cual la comunidad israelita puede honrar el nombre de aquel que, en su infortunio, murió sin hijos varones, del mismo modo que honra a quienes partieron rodeados de ellos. Es un procedimiento que encarna el mandamiento de amar al hermano.

No obstante, hay un impacto residual en el hecho de que las hijas de Zelofehad sean quienes fuerzan la cuestión. Este cameo femenino es uno de los primeros de muchos en los que mujeres fieles y determinadas —adjetivos que a menudo van de la mano— trascienden los límites que se les han impuesto y parecen forzar la comprensión divina o humana. Aunque los guardianes de la tradición suelen resistirse ante tales irrupciones, el texto en sí rara vez lo hace.

Aquí hay más que una simple refinación de las leyes de herencia.

No todos los marginados son pobres. No toda piedad es pasiva. No toda súplica dirigida a YHVH se expresa con voz cargada de testosterona.

La mirada de YHVH —y la de su pueblo— rara vez puede ser confinada por la mera convención. Las hijas de Zelofehad también son nombradas.

La caprichosa historia del arma profética contratada por Balac, que dispara salvas, sigue divirtiendo. Sin embargo, también se atreve a narrar con sutileza un relato sobre la religión mágica.

Preocupado por las masas israelitas que atraviesan su territorio, el rey moabita Balac contrata a Balaam, un renombrado lanzador de maldiciones, para que embista a estos disciplinados israelitas antes de que consuman sus campos como langostas o escapen indemnes del otro extremo de sus pastizales. Parece que los reyes-pastores antiguos podían irritarse fácilmente ante tales intrusiones en sus prados metafóricos. Después de todo, el mantenimiento de esos terrenos sustentaba en parte una autoridad regia que, a menudo, tenía poco más en qué apoyarse.

Famosamente, Balaam falla en su misión, pronunciando bendición tras bendición sobre el pueblo de Moisés, cuando se suponía que debía prefigurar su destrucción con palabras incendiarias que, con el tiempo, se convertirían en espadas bañadas en sangre, en respuesta a sus palabras escarlatas.

Esto no habría de suceder.

Bajo esta narrativa, la sórdida historia de los repetidos intentos de Balac para reubicar a Balaam revela la esencia de la religión mágica: una empresa, tanto antigua como moderna, que busca los mismos logros que promete la religión de YHWH, pero sin la entrega de autoridad humana que esta última exige.

Esto tampoco habría de suceder.

La religión mágica es mecánica, mientras que la fe en YHVH, el Dios de los esclavos liberados, es persistentemente —y a veces letalmente— personal. La religión mágica depende de la calibración precisa de palabras, posturas, ritos y ángulos. La religión de YHVH también tiene todos estos elementos (como lo evidencia Levítico), pero en su núcleo plantea un Dios que habla soberanamente desde intenciones inescrutables y bondadosas.

Balac, en cierto sentido, es el hazmerreír de la narrativa literaria. Cree que su monarquía y los recursos para contratar mercenarios le han otorgado control sobre lo que, a estas alturas, el lector ya percibe como la decisión inmutable de YHVH de prosperar a los herederos de Abraham. Imagina que los elementos mecánicos poseen alguna potencia frente a esta resolución divina.

Esto tampoco habría de suceder. En la trama bíblica, la religión mágica no es impotente; simplemente siempre decepciona.