A los lectores educados en una hermenéutica de la sospecha les resulta difícil encontrar honor en el sangriento trato que David dispensa a los asesinos de un rey rival. Las palabras de David son nobles, pero las consecuencias de su asesinato judicial —si es que se trata de eso— son claramente beneficiosas.
Quizás la sospecha sea la respuesta prima facie adecuada. Lo que es claramente falso es la suposición de que los compiladores del texto eran demasiado torpes como para vislumbrar las mismas posibilidades sospechosas. El hecho de que no resuelvan las acciones que David describe como honorables en una línea moral plana de bien o mal no es un descuido. Es una profunda conciencia del drama humano, de los motivos contradictorios que suelen alimentarlo y de la responsabilidad del cronista de no distorsionar esta complejidad en aras de la claridad.
Quizás David actuó movido por un agudo sentido del honor, tal y como él mismo afirmó. Esta también es una interpretación plausible e inteligente, si se lleva a cabo siendo conscientes de su contrario, que acecha a la puerta con los dientes afilados para deshacer al heroico David y sentar al falso y sanguinario David en su trono aún caliente.
David marcha, a su debido tiempo, hacia la ciudad jebusea que se convertiría en la Jerusalén Dorada, aunque en ese momento no es más que una fortaleza cananea bien regada sin mucho más que ofrecer. Los guerreros de David responden a este desafío en nombre del hombre como lo harían con tantos otros, proporcionando una evidencia narrativa más poderosa que cualquier decreto monárquico de que algo en este enigmático rey pastor despertó un espíritu noble en aquellos que se unieron a él.
Jesús también marchó, a su manera, hacia Jerusalén. En Jericó, en el camino, cura a un mendigo ciego que no deja de proclamar que «Jesús de Nazaret» —así lo describe el texto— es el bendito «hijo de David». Se podría suponer que los transeúntes callaron al ciego por la incómoda descalificación de sus ojos inútiles, pero la insistencia del texto en el contenido de sus gritos lleva a creer que el elemento más vergonzoso era su realismo verboso y poco refinado.
Jesús le devuelve la vista, atribuyendo el mérito no a su técnica curativa, sino a la fe del hombre. Esa cualidad le permitió ver lo que los que veían bien no podían ver.
Casi se podría concluir que tanto David como su «hijo» nazareno eran más de lo que parecían ser a simple vista, y que el lector perspicaz se tomará la molestia de echar un segundo vistazo sin prisas.
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