Al poner la mano a la tarea de escribir sobre un pasaje violentamente anti-cúltico en este primer día del 2010, uno se enfrenta con un dilemma: hace minutos le puse un punto final a una breve reflexión sobre los primeros versos del libro bíblico de Levítico.
El mencionado libro del Pentateuco—los llamados ‘cinco libros de Moisés’—presenta todo un sistema regulador que permite que YHVH y sus tribus hebreas convivan. Como tal, es un invento celestial, un concepto harmonizante, un regalo de Dios.
¿Cómo, pues, debemos entender las palabras severas de YHVH que encontramos en el primer capítulo de Isaías? ¿Cómo conceptualizar un momento en que YHVH aborrece lo presentado, en el que Dios se atreve a afirmar que los ritos y el culto de su pueblo le cansan, le enferman?
Estamos ante la realidad de una prioridad ética que se manifiesta a lo largo de la tradición bíblica. A veces este orden de prioridades es sutil, casi introvertido. En otros momentos, sale con una violencia retórica que no debe dejar de inquietar.
La prioridad ética reconoce el valor y la dignidad del culto. Es más, insiste en su necesidad. Pero este ángulo de visión subordina el culto a la ética. El culto resulta ser la respuesta indicada a la necesidad de regular la proximidad—llámese comunión—entre YHVH y su pueblo, siempre realizada sobre una forma de vivir eticamente que normaliza y contextualiza el culto con integridad.
En Levítico, entendemos que un acto cúltico indicado puede ser recibido por YHVH como aroma grato. El texto de Isaías nos invita a contemplar la terrible posibilidad de que YHVH puede aborrercer el mismo acto.
No es la ofrenda que varíe, sino las manos que la presentan.
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