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Posts Tagged ‘2 Crónicas 19’

Hoy en día se considera como algo ingenuo leer documentos antiguos y preguntarse «qué sucedió realmente». Se nos enseña que los «hechos reales» son inaccesibles tras el velo interpretativo que separa necesariamente a todos los narradores de los acontecimientos espaciotemporales que describen. Además, ¿qué son los acontecimientos «espaciotemporales»? ¿Tiene sentido hablar de ellos al margen de la omnipresente lente interpretativa?

Puede llegar un momento en que tal resignación epistemológica comience a parecer absurda. Mientras tanto, los lectores que no están familiarizados con esta doctrina siguen preguntándose qué sucedió realmente, por ejemplo, el día en que los moabitas y los amonitas entraron en guerra contra el rey Josafat de Judá. Superados ampliamente en número y sin ninguna esperanza táctica, Josafat y su pueblo «buscan al Señor», como si la supervivencia militar pudiera lograrse mediante una iniciativa religiosa de este tipo.

El cronista nos dice que a Judá se le instruyó que esperara en el Señor, se le dijo que esta no era su batalla sino la de Él, se le dijo que la victoria vendría de una manera extraña y digna de alabanza. Se produce la siguiente escena:

Y habiendo consultado con el pueblo, designó a algunos que cantaran al Señor y a algunos que le alabaran en vestiduras santas, conforme salían delante del ejército y que dijeran: 

Dad gracias al Señor, 
porque para siempre es su misericordia. 

Y cuando comenzaron a entonar cánticos y alabanzas, el Señor puso emboscadas contra los hijos de Amón, de Moab y del monte Seir, que habían venido contra Judá, y fueron derrotados. Porque los hijos de Amón y de Moab se levantaron contra los habitantes del monte Seir destruyéndolos completamente, y cuando habían acabado con los habitantes de Seir, cada uno ayudó a destruir a su compañero.

Cuando Judá llegó a la atalaya del desierto, miraron hacia la multitud, y he aquí, solo había cadáveres tendidos por tierra, ninguno había escapado. Al llegar Josafat y su pueblo para recoger el botín, hallaron mucho entre ellos, incluyendo mercaderías, vestidos y objetos preciosos que tomaron para sí, más de lo que podían llevar. Y estuvieron tres días recogiendo el botín, pues había mucho. Al cuarto día se reunieron en el valle de Beraca; porque allí bendijeron al Señor. Por tanto llamaron aquel lugar el Valle de Beraca hasta hoy. Y todos los hombres de Judá y de Jerusalén regresaron, con Josafat al frente de ellos, regresando a Jerusalén con alegría, porque el Señor les había hecho regocijarse sobre sus enemigos.

Ahora bien, esta es una historiografía extraña y sin duda nos aleja más de lo necesario de los hechos brutales del campo de batalla. Educados en el naturalismo y el escepticismo desde la cuna, encontramos poco significado real en esta historia que en su día fue inspiradora.

Quizás ese sea nuestro problema. Puede que los lectores de la Biblia de siglos pasados que descubrieron un vínculo existencial entre sus propias batallas y la práctica de una ciencia militar que comienza con alabanzas no sean más que unos ilusos vergonzosos. Quizá nunca lleguemos a comprender «lo que sucedió» en la famosa batalla que Josafat y su pueblo nunca libraron. Como mínimo, es posible que no conozcamos una versión de los hechos que refleje la realidad con mayor fidelidad que la que nos ha legado un cronista que, al igual que muchos lectores posteriores, estaba convencido de que su interpretación de los acontecimientos era la más veraz posible.

Al resignarnos a los límites de nuestra perspicacia, tal vez nos encontremos un paso más cerca de tararear la melodía de los músicos de Josafat, quienes instaban con vigorosa confianza: «Dad gracias al Señor, porque para siempre es su misericordia». Esto puede ser simplemente un giro hacia el significado central de la historia, en lugar de alejarnos de ella hacia la neblina escapista y religiosa.

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El poder corrompe el corazón de aquellos que nunca imaginaríamos capaces de utilizarlo indebidamente. El poder mueve manos que antes estaban limpias de forma rápida y solapada. El poder corrompe a los hombres y mujeres buenos.

Cuando Josafat estaba reformando el reino de Judá, estableció un listón muy alto para aquellos que ejercerían el poder en el contexto de las disputas locales. Parecía anticipar tanto la bendición como la maldición que conlleva la distribución del poder entre hombres que no son más que carne y, por lo tanto, susceptibles a su fuerza distorsionadora.

Sin embargo, también intuía que YHVH estaría presente en la tarea tan humana y mundana de tomar decisiones difíciles sobre la justicia y la equidad.

(Josafat) puso jueces en el país en todas las ciudades fortificadas de Judá, ciudad por ciudad,y dijo a los jueces: Mirad lo que hacéis, pues no juzgáis en lugar de los hombres, sino en lugar del Señor que está con vosotros cuando hacéis justicia. Ahora pues, que el temor del Señor esté sobre vosotros; tened cuidado en lo que hacéis, porque con el Señor nuestro Dios no hay injusticia ni acepción de personas ni soborno. (2 Crónicas 19:5-7 LBLA)

Uno se pregunta cómo los hombres y mujeres de Judá descubrieron la presencia de YHVH en el proceso ordinario del trabajo de los jueces. Quizás este conocimiento llegó en retrospectiva, al mirar atrás y ver la gradual transformación de su vida en común. Quizás las huellas de YHVH podían rastrearse en la lenta acumulación de justicia, en la disminución gradual del miedo, en la construcción, decisión tras decisión, de la seguridad que llega a un pueblo bien gobernado, libre para hacer lo que hace en lugar de preocuparse por quién le arrebatará tal propiedad o tal libertad.

La nota de urgencia en las instrucciones de Josafat a sus jueces parece provenir de su declaración de que «no hay injusticia con el Señor nuestro Dios».

YHVH es diferente. YHVH no se deja comprar con dinero debajo de la mesa.

Las personas que se dan cuenta de esto encuentran la bendición de YHVH, intuyen su presencia en el transcurso cotidiano de los pequeños momentos. No de forma rápida, rara vez de forma espectacular, sino más bien en el juicio bien meditado, la atención a la justicia, la libertad que se obtiene cuando lo correcto se convierte en lo habitual.

YHVH acecha en diez mil pequeños momentos.

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