Si el triunfalismo significa la pérdida desenfrenada de la capacidad de autocrítica porque Dios está de nuestro lado, entonces el triunfalismo es siempre una mala idea.
Sin embargo, hay momentos, tanto en la historia como en los espacios más íntimos de nuestra espiritualidad, en los que la memoria evoca con gozo triunfos pasados, y ese recuerdo es un bien dulce. El prólogo histórico de la dinámica de renovación del pacto en Deuteronomio se adentra en esta evocación de victorias antiguas. Aunque el relato está teñido con la sangre de pueblos derrotados, el lienzo de este “quinto libro de Moisés” no está blanqueado por un nacionalismo altanero. Hay suficiente fracaso protoisraelita en estas líneas como para que cualquier hijo o hija de esa nación lamente las notas sombrías de sus canciones de origen.
Aun así, hay momentos en que los eventos son puntuados por una nostalgia vivificadora:
Desde Aroer, que está a la orilla del valle del Arnón, y desde la ciudad que está en el valle, aun hasta Galaad, no hubo ciudad inaccesible para nosotros; el Señor nuestro Dios nos las entregó todas… Y tomamos en aquel entonces todas sus ciudades; no quedó ciudad que no les tomáramos: sesenta ciudades, toda la región de Argob, el reino de Og en Basán.
Es sabio, especialmente en tiempos de bajas expectativas y de una evasión pusilánime de cualquier cosa que sugiera la presencia capacitadora de Dios—siempre bienvenida cuando es con otros, pero desconcertante cuando es con nosotros—, dejar espacio para recordar los días en que Dios desnudó su brazo y nos concedió cosas buenas.
Nunca fuimos gigantes. Pero conocimos el sonido de la victoria, saboreamos la compañía inmerecida de Dios, nos dimos palmadas en la espalda con una sonrisa de asombro al reconocer que Él estaba con nosotros cuando menos esperábamos semejante supervisión sobrenatural en nuestras batallas cotidianas.
No hubo ciudad inaccesible.
Desde entonces, hemos conocido fortalezas aún más elevadas y nos hemos apartado tambaleantes de la sombra de algunas, en absoluta ruina.
Pero el sabor de la victoria fue tan dulce, ha perdurado tanto en nuestro paladar, que no nos resignaremos a pensar que nunca más será nuestra.
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