Un destello de luz interrumpe la rigurosa monotonía del manual sacerdotal cuando el capítulo seis de Números llega a su fin.
El Señor instruye a Moisés para que entrene a Aarón y a las nuevas generaciones de hijos aarónicos a bendecir a Israel, hablando cosas buenas sobre ellos en la presencia de YHVH.
El lenguaje de la bendición es uno de los dialectos más ricos en el material bíblico. Su eco perdura en nuestra referencia a las “bendiciones materiales.” Aunque líneas enteras de cursilería religiosa han trivializado la palabra en promoción de baratijas, la noción misma está impregnada de una voluntad esforzada para moldear la experiencia humana.
Bendecir a alguien es desearle solo lo mejor que pueda sucederle y, luego, disponerse activamente para la realización de ese deseo. Bendecir es más concreto que abstracto, y por lo general implica la expresión verbal de la buena voluntad. Las miradas se cruzan, a veces el aliento del que habla calienta la mejilla del oyente, y a menudo una mano toca un hombro, si no es que se da un abrazo.
La narrativa bíblica enriquece este acto al situar a un YHVH atento, que escucha la declaración del hablante como el Garantizador y Ejecutor del bien que se desea.
Bendecir es audaz, pues ¿qué frágil hablante puede reorganizar o reconstruir la vida y las circunstancias de un amigo? Es imposible, o al menos improbable, y por ello la persona que bendice se ofrece a sí misma para pararse activamente en la brecha que separa la pobreza presente de la provisión que se desea, se busca, se persigue.
Bendecir es también aventurarse en la noción espiritualmente violenta de que los propios deseos están alineados con YHVH, quien puede moldear vidas, futuros y entornos; o, aún más inconveniente para las idolatrías que sostienen el statu quo, de que la bendición pronunciada en voz alta pueda mover el corazón y la mano de la deidad a actuar para el bien y no para el mal, cuando previamente estaba inerte, ausente o incluso adverso.
Esto es bendecir.
Es hablar de otra gente, afirmando con palabras, en primera instancia, un futuro que existe solo en la mente débilmente iluminada de quien se atreve a fijar los ojos en otro y declarar en voz alta su voluntad de bien.
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