El imenso libro de Isaías rinde sus tesoros principalmente a los que atentamente disciernen las conexiones que entretejen diversos pasajes en su larga trayectoria.
Al llegar al final del libro, el lector reconoce en la retórica que se lanza contra la liturgia sílabas conocidas y un ángulo de visión reconocible.
El prefacio del libro (capítulo 1), de igual manera, había pronunciado su sentencia contra acciones cúlticas ofrecidas por aquellos cuyas pretensiones religiosas no produjeron un alineamiento de la ética con el consejo y propósito de YHVH:
¿De qué me sirven sus muchos sacrificios? —dice el SEÑOR—. Harto estoy de holocaustos de carneros y de la grasa de animales engordados; la sangre de toros, corderos y cabras no me complace. ¿Por qué vienen a presentarse ante mí? ¿Quién les mandó traer animales para que pisotearan mis atrios? No me sigan trayendo vanas ofrendas; el incienso es para mí una abominación. Luna nueva, día de reposo, asambleas convocadas; ¡no soporto que con su adoración me ofendan! Yo aborrezco sus lunas nuevas y festividades; se me han vuelto una carga que estoy cansado de soportar. Cuando levantan sus manos, yo aparto de ustedes mis ojos; aunque multipliquen sus oraciones, no las escucharé, pues tienen las manos llenas de sangre.
(Isaiah 1:11–15 NVI)
Ahora, el libro se concluye con una misma tonalidad:
Así dice el SEÑOR: «El cielo es mi trono, y la tierra, el estrado de mis pies. ¿Qué casa me pueden construir? ¿Qué morada me pueden ofrecer? Fue mi mano la que hizo todas estas cosas; fue así como llegaron a existir —afirma el SEÑOR—.
Pero los que sacrifican toros son como los que matan hombres; los que ofrecen corderos son como los que desnucan perros; los que presentan ofrendas de grano son como los que ofrecen sangre de cerdo, y los que queman ofrendas de incienso son como los que adoran ídolos. Ellos han escogido sus propios caminos, y se deleitan en sus abominaciones.
La resolución de esta circunstancia trágica el primer capítulo consistió en una revolución ética:
¡Lávense, límpiense! ¡Aparten de mi vista sus obras malvadas! ¡Dejen de hacer el mal! ¡Aprendan a hacer el bien! ¡Busquen la justicia y reprendan al opresor! ¡Aboguen por el huérfano y defiendan a la viuda!
(Isaiah 1:16–17 NVI)
En el último, el mismo concepto se desprende mediante una intensamente distilada abreviatura. Los que están en la capacidad de descubrir un futuro con este YHVH exigente se identifican como ‘ustedes que tiemblan ante su palabra’.
En ambas instancias, la lógica de un remanente es palpable. La condena que el vocero profético de YHVH proclama no representa un ciclo cerrado. Los que reciben semejante denuncia con humildad y arrepentimiento descubrirán ambas vida y vocación.
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